LA VACUNA: Capítulo 9, CONSPIRACIÓN

Christopher Norton permaneció inmóvil mirando una de las figuras abstractas que había en el despacho. Pensaba en la conversación con Mary y no estaba satisfecho. Tenía la impresión de haber logrado una victoria pírrica, pero no se fiaba de ella, porque sabía que estaba herida en su orgullo, que nunca se daba por vencida y que en cualquier momento podría contraatacar. A veces, una derrota es el punto de inflexión que hace ganar una batalla.

El malhumor, fingido, dejó paso a una expresión contenida de alegría. La sucesión de hechos se desarrollaba tal como habían sido planeados. Mary Fishers tenía un significado para Christopher Norton y una palabra lo definía con certeza: problemas. El mejor remedio para un estorbo es quitarlo de en medio y el futuro del Dr. Norton en el Laboratorio pasaba por deshacerse de Mary. La ambición desmedida de poder de Christopher Norton estaba embargada por la posibilidad de éxito de la vacuna contra el Coronavirus, cuyo máximo exponente era Mary Fishers. Pero la posibilidad sólo es un ente ambiguo, con una proporción de éxito y otra de fracaso, y una serie casuística de hechos que pueden hacer inclinar la balanza hacia uno u otro lado. A veces, las influencias externas, con tendencia mafiosa, pueden originar el desenlace pertinente.

Christopher Norton descolgó el teléfono y marcó el número del despacho de Arthur Sullivan a través de la línea directa.

– Dime Christopher – dijo Arthur Sullivan, que esperaba la llamada del Dr. Norton.

– Problema resuelto – contestó Christopher Norton.

– ¿Te has reunido ya con Mary Fishers?

– Acaba de salir de mi despacho.

– Y… ¿estás seguro que el problema está solucionado?

– No tengas duda.

– Entonces… ¿se lo ha tragado? – preguntó Arthur Sullivan.

–  Albergo mis dudas, pero creo que sí.

– ¿Tienes dudas, Christopher? Eso es nuevo en ti.

– Son dudas razonables. Conoces muy bien a Mary Fishers. Mejor que yo. Conoces su tenacidad y que nunca se achanta por nada. Siempre hay que concederle el beneficio de la duda – respondió, con diplomacia, Christopher Norton.

– ¿Cómo se comportó Mary cuando te comunicó el fracaso de la vacuna? – inquirió Arthur Sullivan, ávido por conocer los detalles.

– Con resignación.

– ¿La miraste a los ojos?

– Sí. Seguí tus consejos.

– ¿Qué expresaban?

– Serenidad.

– No me gusta… Creo que te ha engañado.

– ¿Por qué? – interpeló Christopher Norton, sorprendido.

– Porque es su manera de actuar cuando algo no va bien. Cuanto más preocupada está, más serena se comporta – respondió Arthur Sullivan, sentando cátedra.

– ¿Así lo crees?

– No te quepa duda. Ella es tremendamente minuciosa en su trabajo. Lleva años trabajando en la vacuna. Ha estudiado, detectado y modificado cada una de las partes susceptibles de fallar y la ha perfeccionado hasta que logró un éxito rotundo cuando la experimentó en el modelo virtual que diseñó por ordenador, comprobando que producía una inmunidad efectiva y duradera.

– Estoy de acuerdo – dijo Christopher Norton.

– Por eso mismo, ahora no va a aceptar el fracaso así cómo así. Los mensajes que recibió del Dr. Migeon y de la Dra. Galloway eran muy positivos y dejaban entrever las magníficas expectativas de la vacuna. Francamente, por su expresión, ella sabe que algo no va bien – aseveró Arthur Sullivan.

– Puede pensar lo que quiera, así su tortura será mayor. Nunca descubrirá las magníficas cualidades de 4GLium y la posibilidad que tenemos de poder manipular la información que se analiza a través de él – repuso Christopher Norton, mientras reía satisfecho.

– No me gusta que te rías, Christopher, ni que utilices esos términos con Mary. No quiero que esto sea una tortura para ella – le reprendió Arthur Sullivan -. Además, ahora debemos tener mucho cuidado ya que está herida. Furiosa puede representar un peligro que no debemos menospreciar. No lo olvides.

– Lo siento. Sólo me he dejado llevar por la emoción de haber engañado a Mary Fishers. Ahora sí que la tenemos contra las cuerdas.

– Seguro, pero no obstante, ahora es mejor no perderla de vista. Dispón todo lo necesario para que esté vigilada las veinticuatro horas del día. No quiero que descubra nada – concluyó Arthur Sullivan.

Christopher Norton se reprochó mentalmente el error que había cometido. Conocía el aprecio que sentía Arthur Sullivan por Mary Fishers y él siempre se mantuvo al margen de esa relación, procurando ocultar sus sentimientos hacia ella. En adelante debería tener más cuidado porque una cosa era la trampa que le habían tendido, en uno y otro sentido, por el bien de los intereses de Microgensyn, y otra el emitir juicios de valor que dejaran su figura en entredicho.

– Señora Myers, localíceme al Dr. Hodgkins. Quiero hablar con él – ordenó Christopher Norton.

Cuando algo se tuerce, solo puede ir peor.

Eso de que a ver si tenemos suerte, si la cosa cambia y vamos a mejor, solo son monsergas de monjas pías que se están riendo en tu cara porque saben lo que te va a pasar…

¡Y ya sabes quién ha comprado todas las papeletas para estrellarse!

 

 

Pascale Carter aparcó su coche en el lugar destinado a invitados. Vestía pantalón de pinzas color verde musgo y una chaqueta a juego, blusa blanca discretamente ajustada, unas sandalias escotadas de tiras finas y medio tacón. El conjunto realzaba su belleza y ponía de manifiesto la maravillosa arquitectura de su figura. En la mano izquierda llevaba una pequeña cartera de piel.

Arthur Sullivan abrió la puerta y la invitó a pasar a su despacho. Le propuso sentarse sin reparar en su anatomía ni en la perfecta conjunción de su vestimenta, porque la elegancia que se exhibe con naturalidad siempre pasa desapercibida.

– ¿Quieres beber algo, Pascale?

– No. Gracias.

– ¿Traes los documentos? ¿Están en regla? – preguntó él con avidez.

– Sí. Aquí están – Pascale sacó de su cartera un documento encuadernado, lo cual le imprimía un aire de importancia, y lo dejó encima de la mesa, a la vista de Arthur Sullivan. Todo está en orden – aseguró ella con decisión.

Arthur Sullivan echó un vistazo al memorándum en el que se reflejaban las condiciones acordadas para la fusión de las dos empresas, con las cláusulas impuestas por cada una de las partes, y la fecha en la que tendría validez el documento. Antes de cerrarlo comprobó las firmas y después dio su visto bueno.

– Felicidades. Has hecho un buen trabajo – Arthur Sullivan personalizó en ella todo el trabajo de su bufete de abogados.

– Trabajar bien es mi obligación. Para eso me habéis contratado – respondió ella, disimulando con falsa modestia.

– A propósito, ¿qué piensas del acuerdo?

– Es satisfactorio para las dos partes. Ahora disfrutarás de un período de cuatro años para dirigir la nueva compañía y con una buena estrategia Microgensyn se perpetuará en el poder, y lo que en un principio fue una fusión, acabará siendo una absorción – dijo ella, con tono sereno, interpretando con precisión el deseo de él -. Ahora bien, existe algún matiz con el que no estoy de acuerdo y que es preciso subsanar lo antes posible.

– ¿Cuál? – interrumpió Arthur Sullivan.

– Es peligroso admitir la paridad de tres acciones de Bioconn por una de Microgensyn. Creo que pagáis un precio demasiado elevado. Cuatro a uno sería lo aceptable.

Indudablemente, Pascale tenía razón. Arthur Sullivan la observaba ahora embelesado. Su belleza no le causaba ningún peligro, a su edad la cultura del poder era más fascinante que la de la pasión. Lo que le cautivaba de ella y envidiaba en estos momentos era la mezcla explosiva de juventud, osadía, preparación y ambición.

– ¿Qué propones? – dijo él.

– Ya conoces mi propuesta y espero que hayáis urdido algún plan. El tiempo apremia – respondió ella, presintiendo que estaba en lo cierto y con la seguridad de que la haría partícipe. Para provocarlo se incorporó y apoyó sus codos sobre la mesa.

– El plan está preparado y a punto de iniciarse. Vamos a utilizar a Mary Fishers – le adelantó Arthur Sullivan.

– ¡A esa! – exclamó ella, esbozando una mueca.

– ¿Qué pasa hoy con Mary Fishers? – inquirió él, utilizando un tono de voz áspera, a modo de reprimenda.

– ¿Por qué?

– Porque hoy todo el mundo parece confabulado contra ella. Eres la segunda persona que habla hoy despectivamente de Mary.

– No ha sido mi intención – dijo ella, intentando atenuar lo dicho, prefiriendo emitir en esta ocasión una mentira piadosa -. Disculpa si mi expresión te ha molestado.

– No es eso. No tolero que se hable mal de mis colaboradores – respondió él, con un tono de autoridad en su voz.

La ética es una doctrina común que muchos practican con hipocresía, puesta de manifiesto con códigos elaborados a la medida de uno mismo. Arthur Sullivan era uno de esos. Su filosofía de la vida pasaba por una defensa a ultranza de la empresa y todo lo relativo a ella, sin escamotear en hechos vejatorios para sus empleados cuando la beneficiada fuese la compañía, a los que sin embargo defendía a capa y espada cuando la situación lo requería.

– No volverá a suceder.

– Creo que debes conocer nuestro plan – dijo él, retomando el punto de partida de la conversación, al tiempo que se ponía de pie y comenzaba a caminar por el despacho -. Vamos a utilizar a Mary Fishers para espiar a Jeff Colleman y para que averigüe todo lo que pueda acerca de su vacuna.

– Me parece una idea acertada. Pero, ¿por qué ella? – preguntó Pascale Carter, demostrando su interés, mientras lo seguía con la mirada.

– Porque es la única persona de nuestra empresa que está a la altura científica de Jeff Colleman.

– ¿Crees que lo conseguirá?

– Tengo mis dudas, pero confío en ella. Está muy presionada y reaccionará.

– ¿Tiene ya alguna información?

– Todavía no. Se conocieron en España y salieron juntos. Hoy se van a ver en Bioconn.

– Muy interesante. Necesitamos una información precisa y real con la cual podamos desacreditar a Bioconn y hacer que baje su cotización en bolsa. No nos podemos exponer a divulgar una noticia que pudieran rebatir al instante – afirmó ella.

Pascale Carter acompañaba cada palabra y cada frase con gestos propios, nada estereotipados, que utilizaba para llamar la atención y mantener el hilo de la conversación. Tenía el pelo rubio, muy corto, que peinaba de diferentes maneras, según la ocasión. Unos ojos expresivos, de un color azul transparente. Una boca hecha para sonreír, pero que apenas se permitía debido a la severidad de su carácter.

– Deberías hablar con ella y explicarle qué es lo que necesitamos que investigue – propuso Arthur Sullivan, mientras cerraba la documentación que Pascale le había entregado.

– Me encantaría. Pero… ¿Con qué pretexto me presento ante Mary Fishers? – preguntó Pascale Carter, antes de ponerse de pie.

– Dile lo mismo que nosotros, que es muy importante para el futuro de Microgensyn, que hemos contratado a vuestro bufete para elaborar un proyecto de desarrollo comercial y económico a gran escala, y que por ello necesitamos saber lo que está sucediendo en Bioconn para tomar las decisiones más apropiadas.

La propuesta le halagó, y por nada del mundo hubiera dicho que no. La vanidad es la reina de las cualidades que tiene toda persona que con su esfuerzo, dedicación y un poco de astucia, para sortear en buena lid aquellos obstáculos que se le presentan día a día en su trabajo, ha conseguido todos los objetivos profesionales que se había marcado. Una vez en la cúspide, la hipertrofia de egotismo exige cada vez más, los nuevos retos se convierten en estados afectivos en los que cascadas de hormonas provocan situaciones placenteras, aunque en ocasiones se tornan amargas, como consecuencia de la dificultad supina que plantea la obtención de las nuevas metas, motivadas por el estatus actual, porque entonces la contienda profesional es contra personas equiparables, contra personas vanidosas. Ahora el riesgo es máximo, pero el premio es eterno, más, si cabe, cuando uno se ha hecho a sí mismo.

Pascale Carter contra Mary Fishers. Mujer contra mujer. Las letras contra las ciencias. Dos mujeres forjadas a base de tesón, orgullo, dinamismo y trabajo. Un choque de personalidades vehementes con la sutil perspicacia, la intuición y el carácter para saber dejar para mañana aquello que hoy no se puede conseguir.

Pascale abandonó el despacho de Arthur Sullivan complacida con el desafío al que tendría que enfrentarse. En cualquier conversación que mantenía con los ejecutivos de Microgensyn siempre aparecía el nombre de Mary Fishers: como persona que había conseguido tal o cual descubrimiento, que sus logros habían aportado al Laboratorio un ingente beneficio económico, que sus opiniones siempre eran tenidas en cuenta por lo precisas y pragmáticas que resultaban. Un cúmulo de acontecimientos y de experiencias había minado su curiosidad hasta el punto de esperar con alevosía el momento de llegar a conocer a aquella mujer.

La ocasión la tenía ante sí. Con la sagacidad del depredador esperó el momento oportuno, sin prisas, y ahora su corazón se aceleraba, mientras recorría los pasillos de Microgensyn al encuentro de Mary, y su mirada, profunda, evocaba el recuerdo del día anterior, cuando se la presentó Christopher Norton.

La trama se ponía interesante porque una lucha entre mujeres sagaces podría dar mucho morbo.

Y, mientras tanto, yo me mordía las uñas como un niño pequeño esperando la reunión.

 

 

La señora Wilcox estaba ocupada en la elaboración de unos informes. Su tiempo se consumía entre el ordenador, la impresora, la fotocopiadora y el apilamiento ordenado de los diferentes folios que conformaban las copias que estaba realizando. Para finalizar, diseñó una portada donde destacaba en color rojo el título del estudio científico: «Frecuencia de las mutaciones genéticas del SARS-CoV-2». Más abajo, en azul, constaba la autora del estudio.

Una placa en la puerta que ponía: “Mary Fishers, Directora de Investigación”, en letras blancas sobre fondo gris, llamó la atención de Pascale Carter y supo que había llegado a su destino.

– Buenos días. Estoy buscando a Mary Fishers.

– La Dra. Fishers no se encuentra en estos momentos en su despacho. ¿Está citada con ella? – preguntó la señora Wilcox, mientras colocaba los informes en un anaquel.

– Soy Pascale Carter. No estoy citada pero es muy importante. Tengo que hablar con ella.

– A la Dra. Fishers no le gusta que la interrumpan mientras está trabajando. No obstante, le comunicaré su presencia. Puede tomar asiento, si lo desea – la Sra. Wilcox sabía que a Mary no le gustaba recibir a nadie de forma inesperada, pero su oficio le hizo presentir que aquella no era una visita cualquiera, por lo que optó por localizarla.

– Es usted muy amable – respondió ella, agradecida.

Mary Fishers se encontraba en el laboratorio junto a Brett Johnson. Ambos miraban alternativamente sobre la ventana de observación de un microscopio electrónico y, posteriormente, daba cada uno su opinión acerca de una figura geométrica representada en la pantalla del ordenador. Debatían sobre la pertinencia de colocar un radical en uno u otro locus de la figura. Trabajaban en un nuevo proyecto, en el diseño de lo que en un futuro sería un fármaco contra el Coronavirus.

Su concentración quedó interrumpida por el sonido del teléfono. Lo cogió Brett.

– Toma Mary, es para ti. Es la señora Wilcox.

– Dígame Sra. Wilcox.

– Discúlpeme señorita Fishers. Sé que no le gusta recibir visitas imprevistas, pero aquí hay una señora que quiere hablar con usted. Dice que es importante.

– ¿Quién es? ¿Le ha preguntado su nombre?

– Sí. Se trata de Pascale Carter.

Cuando oyó su nombre quedó impresionada y sintió la curiosidad de conocer el motivo que tendría Pascale Carter para venir a hablar con ella a su despacho, sin anunciar de antemano su llegada.

– Está bien. Dígale que la recibiré en un instante.

Brett y Mary continuaron unos minutos más dialogando sobre la molécula en la que estaban trabajando, hasta que estuvieron de acuerdo. Desde hacía muchos años, el descubrimiento de nuevos fármacos para combatir diferentes enfermedades se centraba en la búsqueda exhaustiva de moléculas en la naturaleza, pero en los últimos años, ayudados por extraordinarios programas informáticos y superordenadores, ese proceso se realizaba ante las pantallas de éstos. Se diseñan moléculas y se analizan sus efectos sobre diferentes modelos de animales virtuales. A través de este proceso se eliminaban del fármaco aquellas cadenas que pudieran producir efectos indeseables y se añadían las que imaginaban que iban a ser beneficiosas.

El proceso era muy complejo pero efectivo en muchas ocasiones. Cuando se tenían las suficientes evidencias de la eficacia del mismo, comenzaba la producción industrial del fármaco para iniciar la siguiente fase de investigación: la experimentación en el modelo animal adecuado para valorar si aquellos efectos que habían programado obtener con el producto químico eran positivos o por el contrario un fracaso.

– Buenos días, señorita Carter – la saludó Mary Fishers, en la antesala de su despacho, en presencia de la señora Wilcox. Con cortesía, Mary le dio la mano a Pascale Carter, obviando las medidas de precaución social que había llevado a rajatabla en España, y luego la invitó a entrar tras ella.

– Me gustaría que me llamaras Pascale. Es más familiar.

– De acuerdo, Pascale.

El despacho de Mary era de grandes proporciones, bien iluminado y muy funcional. Su mesa estaba situada en el fondo y alrededor de ella todos los medios técnicos que precisaba para desarrollar su trabajo. En la pared de la izquierda había una pizarra de material plastificado y en ella estaban rotuladas diferentes fórmulas químicas y varias cadenas que, entrelazadas, configuraban una molécula. Delante de ella se encontraba una mesa rectangular y varias sillas, que utilizaba para las reuniones que mantenía con su equipo de colaboradores. Pascale Carter observó con minuciosidad cada uno de los detalles decorativos y le llamó la atención la gran cantidad de plantas y flores diferentes, además del brillo y esmerado cuidado de éstas.

– Es original su despacho – dijo Pascale, para quedar bien -. Huele a naturaleza, aunque… ¡Esto más parece una selva que el despacho de una científica!

– No creo que haya venido hasta aquí para opinar sobre mis plantas, ni sé cuántos despachos de científicos ha visitado usted – repuso Mary, con tono seco, mientras acariciaba una spathiphyllum de flores blancas.

– No. No he venido a hablar de sus plantas – respondió Pascale, tajante.

– Y… ¿Puedo conocer a qué debo el honor de su visita? – preguntó Mary, con ironía.

– Antes, me gustaría decirle que tengo las mejores referencias de usted y que su trayectoria profesional me parece excelente – Pascale Carter se mostró conciliadora, mientras caminaba hacia Mary.

– Eso ya lo sé. No es necesario que me adule – respondió Mary, volviéndose hacia Pascale.

– El caso es que… – Pascale avanzó hacia las plantas y fijó su mirada en un ciclamen de hojas verdes y flores rosadas -, he venido a hablar de su investigación.

– ¿A qué investigación se refiere? Mi departamento tiene diferentes líneas de investigación.

– A la misión que se le ha encargado con respecto a Jeff Colleman – Pascale evitó pronunciar la palabra espiar.

– ¡Ah, sí! ¿Qué pintas tú en este asunto? – dijo Mary, desafiante, tuteándola, avanzando hacia ella -. Parece ser que todo el mundo está al corriente y que la última en enterarse he sido yo.

– Si te sirve de consuelo, no has sido la última – respondió, tratándola también de tú.

– Qué más da – respondió Mary con hastío.

– Yo sólo he venido a ayudarte – aseveró Pascale, volviéndose y mirándola a los ojos.

– ¡Ayudarme! ¿En qué?

– En conseguir lo que buscamos lo antes posible y evitarte problemas innecesarios.

– Y, ¿qué es lo que buscamos? Porque en estos momentos pareces la directora de operaciones y si mal no recuerdo, tú no trabajas en esta empresa, ¿me equivoco? o ¿acaso eres el eslabón perdido? – Mary Fishers se mostraba sarcástica.

–  No esperaba un comportamiento tan infantil, Mary. Tu preparación científica será muy loable, pero tu comportamiento, es evidente, que no está a la altura adecuada – le espetó Pascale Carter, desviando la mirada hacia la foto que había en la mesa de Mary.

– Vamos a ver – dijo Mary, llevando sus manos abiertas hacia delante y dejando caer la cabeza en sentido oblicuo -, primero aparece por aquí sin avisar, luego se despacha a gusto con mis plantas y ahora me ofende dejando en entredicho mi educación. Creo, señorita Carter, que nuestra conversación se ha terminado, no tengo nada más que hablar con usted – ahora Mary tenía las manos puestas en su cintura, las piernas separadas, y cada vez que adoptaba esa posición era porque estaba muy contenta o, por el contrario, muy furiosa. La evidencia, en estos momentos, no necesitaba más comentarios.

– Estás equivocada, Mary. Por cierto, ¿por qué me hablas ahora de usted? – hizo una pausa -. No hemos terminado todavía.

Mary Fishers estaba desconcertada. Siempre era ella la que daba las órdenes y nadie osaba tratarla de aquel modo, de tú a tú, con mordacidad, y a veces con desprecio cuando le hablaba de espaldas. Se interpuso entre ella y la mesa, cogió la foto en la que aparecían riendo ella y su hermano y la cambió de lugar. Luego añadió:

– Está bien. Diga a qué ha venido y luego márchese.

– Quiero que consiga una información que sea valiosa para Microgensyn.

– Vamos a aclarar las cosas, ¿quiere usted o quiere Microgensyn?  – dijo ella, evitando pronunciar un taco -. Porque a estas alturas ya no sé de quién recibo órdenes, si de usted o de ellos.

– Quien da las órdenes es Arthur Sullivan. Todos los demás obedecemos. Mi bufete de abogados está trabajando para Microgensyn. Trabajamos en un proyecto de expansión de la empresa a gran escala. Bioconn es nuestro competidor más directo y más, si cabe, si consiguen comercializar la vacuna contra el Cornavirus.

– Concretando, ¿qué necesitas de mí? – interrumpió ella, evitando los rodeos innecesarios, tuteándola de nuevo.

– Necesitamos saber el estado actual de la investigación de la vacuna y, en caso de que ésta sea una realidad, tendrás que robar toda la documentación que haga que se retrase su comercialización y que nos permita ganar un tiempo valioso – Pascale Carter se apercibió del interés que mostraba Mary y de su cambio de actitud por momentos.

– Eso ya lo sabía – respondió Mary con despecho.

– De acuerdo, pero es preciso matizar que probablemente no tengas que robar nada, sino simplemente estar muy atenta a todo lo que veas y escuches, quizás eso te sirva de referencia para encontrar lo que buscamos.

– Y, ¿qué vais a hacer con esa información?

– Por el momento, no hay que adelantar acontecimientos. Tú, cumple tu misión, y luego ya te enterarás – respondió Pascale Carter con autoridad, antes de darse la vuelta y emprender el camino de retirada.

Pascale Carter salió del despacho y Mary Fishers se quedó pensativa durante unos segundos. Analizó su comportamiento y llegó a la conclusión de que no había sido el más acertado, pero teniendo en cuenta la manera sibilina y perspicaz de expresarse de Pascale Carter, probablemente sí que había sido el más adecuado.

No acertaba a comprender la insistencia redundante por parte de sus superiores ni los motivos que ampararían a Microgensyn para actuar de aquella manera. Una empresa tan seria y con el prestigio labrado a base de múltiples descubrimientos científicos no podía obrar de esa forma ni cimentar su desarrollo comercial y financiero en el espionaje, y menos aún utilizar para tal menester a una persona inexperta y novata. La duda le había hecho recapacitar y llegar a la conclusión de que posiblemente no era la primera vez que Microgensyn utilizaba aquellas técnicas, aunque ella, dedicada en cuerpo y alma a su labor investigadora, no viera más allá de sus ojos y no sospechase nunca que bajo aquella apariencia de notoriedad se escondía un modo ruin de conseguir sus metas.

Supuso que las razones serían lo suficientemente importantes para que Pascale Carter interviniera también en aquella trama. Primero Arthur Sullivan y Christopher Norton, y ahora Pascale. Sin duda, habría más personas involucradas a las que tendría que descubrir y sortear, con destreza, ante el peligro inminente que se cernía sobre ella. Ya estaba atrapada y ahora no podía escapar. En su fuero interno pensaba rebelarse contra aquella situación y conseguir, por supuesto, la información que le exigían, pero su curiosidad le impedía poner fin a su trabajo en aquel momento, por lo que intentaría llegar al fondo y descubrir por qué Microgensyn utilizaba métodos mafiosos para subsistir en la posición dominante que ocupaba en la industria farmacéutica mundial.

Estaba tensa y como terapia para relajarse cogió un humidificador y se dedicó a rociar con gotas minúsculas las plantas. Recordó la cita que tenía para comer con su hermano pero todavía tenía tiempo, por lo que abandonó el despacho y se dirigió hacia el laboratorio donde continuaría trabajando con Brett Johnson.

¡Buuuuaaaah!

Me lo pasé mogollón.

Fue flipante observar a dos divas, con sus egos por las nubes, enfrentadas face to face.

 

 

En la estación de servicio Shell había cola para abastecerse de gasolina. Habitualmente eso no sucedía a la una del mediodía, siendo más frecuente a media tarde, cuando la gente salía del trabajo y se dirigía a sus casas. Detrás de la gasolinera había un área comercial con un amplio aparcamiento, que a aquellas horas estaba medio desierto, y los pocos coches que estaban aparcados buscaban la sombra de los toldos metálicos.

El Dr. Hodgkins llenó el depósito de gasolina de su Chevrolet y después de poner el tapón se limpió las manos con una toallita de papel. Tras pagar, subió en el coche y lentamente se dirigió hacia el restaurante que había entre la gasolinera y el centro comercial.

Era uno de esos locales de comidas rápidas y de precio barato, en los que la gente se detenía atraída por la publicidad de un servicio amable y diligente. La línea decorativa en su interior brillaba por su ausencia: una barra larga a la derecha con abundantes taburetes y a la izquierda varias mesas en línea rodeadas por mullidos sillones de plástico barato. Al fondo, separado por una celosía de madera, había varias mesas individuales con manteles de tela de un color blanco envejecido y un par de camareras que se movían con destreza.

Llegaba con cinco minutos de retraso, por lo que el Dr. Hodgkins ojeó buscando la presencia de Christopher Norton. El camarero se percató de sus gestos y con gran amabilidad, según rezaba en el lema del local, le indicó que el hombre que buscaba estaba en las mesas del fondo.

Christopher Norton, mostrándose hosco le recriminó su retraso, a lo cual respondió el Dr. Hodgkins encogiéndose de hombros.

– Espero que sea importante lo que me tiene que decir para hacerme venir hasta este lugar tan apartado – intervino el Dr. Hodgkins.

– Por supuesto. Mi tiempo es muy importante – repuso Christopher Norton -. Tengo una nueva misión que encargarle.

– Le escucho.

Una camarera, delgada y alta, pelo largo con mechas recogido sobre la cabeza en un moño desgreñado, que vestía unos pantalones vaqueros, camisa blanca y un delantal del mismo color se acercó hacia ellos y le preguntó qué iban a comer. Christopher Norton pidió una hamburguesa doble con mucho ketchup y unas gotitas de salsa picante. El Dr. Hodgkins solicitó pollo asado y patatas fritas. Los dos eligieron agua para beber.

– Queremos que vigile a Mary Fishers – dijo Christopher Norton, cuando la camarera se alejó camino de la cocina.

– ¿A qué tipo de vigilancia se refiere?

– Queremos tenerla controlada las veinticuatro horas del día. Saber dónde va, lo que hace, con quien se reúne…

– Eso es imposible – interrumpió el Dr. Hodgkins, dejándose querer.

– ¿Cómo que es imposible, Dr. Hodgkins? No me venga ahora con esas. Los dos sabemos que sí.

– Pudiera ser. Pero logísticamente… – el Dr. Hodgkins dejó de hablar cuando llegó la camarera con una gran bandeja que apoyó sobre la mesa, sirviendo a continuación, a cada uno, lo que habían pedido. Preguntó si deseaban algo más con una sonrisa de complacencia y luego se fue en dirección a otra mesa -. Ahora no puede ser.

Christopher Norton cogió la hamburguesa, le dio un mordisco y el ketchup se desparramó, manchándole los dedos. La dejó sobre el plato y se limpió la boca y los dedos con una servilleta. A continuación, miró al Dr. Hodgkins, mientras éste separaba con destreza la piel del pollo y añadió con una sonrisa pícara:

– ¿Cuánto dinero? – Christopher Norton no se andaba con remilgos. Cuando algo se le resistía echaba mano del dinero. Sabía que el dinero es la llave que abre todas las puertas.

– ¡Cuánto dinero! – dijo el Dr. Hodgkins, mostrando incredulidad.

– ¿Cuánto dinero quiere por tenerla vigilada?

Por fin Christopher Norton se le había rendido y ahora lo tenía atrapado. Pensó que debía sacar una buena tajada de aquella situación y que el trabajo de científico en Microgensyn lo mandaría a hacer puñetas. Escribió una cantidad sobre la hoja de una libreta que extrajo de un bolsillo. Christopher Norton la miró desencajado, cogió su bolígrafo y anotó otra cantidad, justo la mitad. El Dr. Hodgkins fingió una mueca de fastidio, pero en el fondo regodeándose porque lo habría aceptado por menos dinero. Le tendió su mano y Christopher Norton la estrechó, no sin un gesto de hastío, aceptando el trato.

– Supongo que la vigilancia obedece a que desconfiáis de Mary.

– Como siempre, estás en lo cierto.

– Y que todo proviene de la cena que mantuvieron Mary y Jeff Colleman en España. ¿Acaso pensáis que ella le va a pasar información confidencial de vuestra empresa a él? – El Dr. Hodgkins, hábil, quería conocer los motivos que tenía Microgensyn para espiar a Mary Fishers, presintiendo que en este tema también estaba involucrado Arthur Sullivan. Semejante proposición no podría partir de Christopher Norton ya que se jugaría su puesto, conociendo lo importante que era Mary Fishers para Microgensyn.

– El tema no va por ahí. Pero tenemos motivos suficientes para desconfiar de ella – Christopher hablaba en plural – por lo que creemos conveniente tenerla vigilada.

– Si el problema no es ese, quizás sea la fusión con Bioconn – dijo el Dr. Hodgkins antes de engullir un trozo de muslo de pollo.

Christopher Norton levantó la cabeza y lo observó atónito. Aquella era una información secreta que sólo deberían conocer las personas que estuvieron presentes en la reunión.

– ¿De dónde ha sacado usted ese bulo? – preguntó, con tono escéptico.

– Usted sabe que yo no juego nunca, ni voy de farol. Esa información es real, usted estuvo presente en la negociación y, en estos momentos, en el mercado de la especulación, vale mucho dinero – afirmó el Dr. Hodgkins, sin levantar la cabeza, en tanto que pinchaba con el tenedor las últimas patatas fritas de su plato.

Christopher Norton siempre había menospreciado al Dr. Hodgkins. Se trataba de un científico mediocre con más fracasos que éxitos, aunque trabajaba en un laboratorio importante. De sus proyectos de investigación solamente merecían la pena las buenas intenciones de intentarlo, ya que no avanzaban por más que lo intentara. Creía conocerlo bien, mas no estaba en lo cierto. Toda persona es un conjunto de cualidades que van configurando su personalidad y que cada uno expresa según su conveniencia. El Dr. Hodgkins brillaba en una serie de facetas que Christopher Norton no valoraba, a pesar de los rumores, y que estaba descubriendo en esos momentos. De carácter tímido, supo protegerse con un halo misterioso y de incertidumbre alrededor de sí mismo que lo dotaba de una fortaleza casi invulnerable. Ahora, Christopher Norton sabía que, más que un aliado, el Dr. Hodgkins podría suponer un peligro inesperado por el torrente de información que manejaba.

Se llamaba John Philip Hodgkins, aunque todo el mundo lo conocía como Doctor Hodgkins. Trabajaba en Horade Genetics desde hacía muchos años donde tenía total libertad para, además de su trabajo, llevar a cabo alguna línea de investigación, cuando lo deseaba o estaba interesado en algún tema. En los últimos años estaba verdaderamente obsesionado con la vacuna contra el SIDA, aunque sólo le proporcionaba auténticos quebraderos de cabeza dado su escaso talento para la génesis de hipótesis y de ideas que le hicieran conseguir algún resultado óptimo, y porque apenas si le dedicaba el tiempo suficiente. En la empresa dirigía el Departamento de Relaciones Institucionales y con la prensa, y era ahí donde obtenía todo el fruto de su personalidad reservada y siniestra. Ese trabajo le proporcionaba el tiempo suficiente para dedicarlo a aquellas labores que verdaderamente le reconfortaban y que en su empresa desconocían. Aunque circulaban rumores por doquier, esperpénticos y variopintos, acerca de las actividades que llevaba a cabo, estaban tan fuera de lugar que nadie los creía. Se había granjeado una fama bien cimentada en la intriga permanente, por lo que siempre era tratado por los demás, más que con miedo, con respeto.

La mención al proyecto de fusión fue un golpe bajo que encajó como pudo. Se dio cuenta que con ello pretendía poner las cartas sobre la mesa y desafiar su prepotencia. Por ello, a partir de ahora, cambiaría de estrategia y lo trataría con sumo cuidado, evitando, en la medida de lo posible, cualquier insinuación o frase que se pudiera sacar de contexto y que el Dr. Hodgkins pudiera mal interpretar. Aunque si surgieran problemas siempre le quedaría una baza más que utilizar y que resultaría infalible: el dinero, verdadero adalid que mueve el mundo.

Rápidamente, con la agilidad que le era característica, cuando un asunto no le interesaba, Christopher Norton cambió de tema.

– Quiero que sepa una cosa – afirmó.

– ¿Cuál? – preguntó el Dr. Hodgkins, tras beber un poco de agua, creyendo que le iba a informar sobre la fusión de las dos empresas, y mirándolo con recelo.

– He estudiado la proposición que usted me hizo en España… – hizo una pausa breve, para crear expectación, y luego añadió – …estoy trabajando en ello.

– ¡No me diga! – dijo gesticulando -. ¿Y puedo saber a qué se ha debido este cambio de opinión?

– Usted está prestando unos servicios muy valiosos para Microgensyn que nosotros creemos conveniente recompensar, incluyéndolo en nuestro organigrama científico cuando finalice este trabajo – respondió Christopher Norton, intentando halagar al Dr. Hodgkins.

– Lo tendré en cuenta y llegado el momento estudiaré su propuesta con gran interés – respondió con ironía.

La reunión finalizó con un apretón de manos y una despedida informal. Christopher Norton supo que su última propuesta no había fructificado por el poco entusiasmo manifestado por el Dr. Hodgkins y que éste se percató del cambio de tema, con lo cual, sin querer, acrecentó la curiosidad de aquél acerca de la fusión de Microgensyn y Bioconn.

Y, colorín colorado, este capítulo se ha acabado.

Dejándote con la miel en los labios y un chorreo de impaciencia por lo que puede ocurrir a partir de ahora.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el noveno capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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