LA VACUNA: Capítulo 8, FRACASO

El día había sido muy ajetreado, con bastante trabajo atrasado debido a los días que había estado en el congreso y que precisaba su visto bueno. Además, la reunión con Christopher Norton y las continuas llamadas que recibía para ser agasajada, y que atendía con cortesía, la habían retrasado, por lo que a las cinco de la tarde Mary Fishers dio por concluida su jornada laboral y decidió regresar a casa.

Durante el viaje de vuelta planificó lo que haría el resto de la tarde. En primer lugar una hora de footing, después una ducha reconfortante, más tarde una cena ligera y finalizaría retomando su actividad profesional para examinar cuáles eran los resultados provisionales del estudio de Carrie Galloway, puesto que no estaba dispuesta a esperar al día siguiente para conocerlos, si los podía averiguar en casa.

Mary Fishers salió de su apartamento y se dirigió hacia Main Street. Los primeros minutos de footing le gustaba realizarlos por la acera, ojeando los escaparates, mientras esquivaba a las personas que paseaban por aquella calle. Cruzó Ocean Park Boulevard y cuando llegó a Hill Street giró a la derecha, en dirección a la playa. Una vez allí se encaminó hacia el carril bici dirigiéndose hacia Venice Beach.

A esas horas, un enjambre de personas hacía deporte. Unos montaban en bici, otros corrían, otros practicaban la marcha atlética y los menos simplemente caminaban. Mary Fishers, que hasta ese momento iba al trote, aceleró la marcha y su cuerpo rompió a sudar. Miró el pulsómetro y vio cómo los latidos de su corazón aumentaban sincrónicamente con su marcha hasta alcanzar las 120 pulsaciones. Así mismo, su frecuencia respiratoria se acrecentó hasta hacerse perceptible.

A veces, abandonaba el carril bici y se adentraba en la playa durante unos cientos de metros que le servían para fortalecer los músculos de las piernas. En otras ocasiones se detenía y realizaba varias sesiones de estiramientos para evitar lesiones. Y cuando corría, su figura se perdía entre la gente, dibujando su silueta una armoniosa escena atlética.

La tarde era magnífica, con una temperatura muy agradable y el océano pacífico mostrándose en todo su esplendor. El sol burbujeaba en el horizonte, ofreciendo una puesta de sol llena de matices y tonalidades, como un espectáculo natural sublime de apreciar.

Cuando llegó a Venice Beach aminoró su marcha hasta detenerse y descansar unos momentos que aprovecharía para recuperarse del esfuerzo realizado. Comenzó a caminar por la arena de la playa en dirección al mar. Miraba unas gaviotas que revoloteaban por encima de las olas, mientras que otras parecían que volaban hacia el sol, esforzándose en vano por alcanzarlo, y algunas que realizaban un escorzo precipitándose en picado sobre la superficie del océano.

Mary Fishers retrocedió sobre sus pasos, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso a casa. Aunque estaba bien preparada físicamente, puesto que hacía ejercicio diariamente, sus músculos se resentían de los días que había estado sin ejercitarse, por ello el camino de vuelta lo realizó de forma sosegada, evitando el rodeo que le suponía pasar por Main Street. Sin embargo, el tiempo programado se alargó más allá de la hora que tenía prevista.

Al llegar a casa pensó que se merecía un baño en lugar de una ducha. Subió al cuarto de baño, abrió el grifo, esparció unas sales y abundante gel. Mientras la bañera se llenaba, bajó a la cocina y del frigorífico eligió un bote de Aquarius sabor naranja que vació en una copa de cristal. Luego se dirigió al equipo de música, lo conectó y procedió a elegir un compact disc adecuado con su estado de ánimo. Rebuscó y al cabo de unos instantes encontró el que buscaba: “Supernatural” de Carlos Santana. La música la emocionaba, la excitaba y al mismo tiempo le sobrecogía, y en especial aquellos ritmos latinos. Mientras ascendía al cuarto de baño contorneaba su figura con el sonido de la música, ya que había hilo musical por toda la casa. Una vez en éste procedió a remover el agua de la bañera para formar abundante espuma y añadió agua fría para que alcanzara una temperatura más agradable. Se quitó las zapatillas presionando alternativamente un pie sobre el talón del otro. Luego, apoyándose en un taburete, flexionó el tronco y se quitó los calcetines. Como si de un ejercicio de pectorales se tratase se despojó de la camiseta. Deslizó el pantalón corto hasta los tobillos, se desplazó lateralmente y éstos quedaron en el suelo. Llevó sus manos a la espalda, desabrochó el sujetador, lo impulsó hacia delante y lo dejó en una repisa. Con delicadeza se quitó las braguitas. Cogió la diadema de su frente y el pelo, empapado en sudor, cayó sobre su cara. A continuación, se sumergió en el agua y una gruesa capa de espuma la hizo invisible, hasta que salió a respirar y se apoyó sobre la bañera. Cogió la copa entre sus dedos y bebió un trago de Aquarius. Cerró los ojos y por los altavoces que habían colocados en el cuarto de baño se escuchaba una nueva canción: “Smooth”.

Después de terminar de cenar se dirigió con premura a su despacho. Tras conectar el ordenador, introdujo el pendrive con el archivo que contenía los resultados del estudio de la Doctora Galloway. Abrió el programa 4GLium e introdujo los parámetros necesarios para que éste analizara el resultado provisional del Proyecto Mgen1702. El análisis duró apenas unos segundos, durante los cuales Mary Fishers se preguntó por qué razón el sistema informático de la empresa tardaba un día en analizar aquellos datos, cuando su ordenador, mucho menos potente, lo hacía en tan escaso intervalo de tiempo. No lo comprendía. O quizás sí lo comprendía. Todas aquellas medidas de seguridad, el secreto con el que se llevaba a cabo el Proyecto, aquella misión a la que había sido obligada, otros proyectos de investigación de los cuales no estaría al corriente, ahora podría dudar de la honestidad de su empresa, porque si existían tantas preguntas sin respuesta, probablemente, si investigaba, encontraría trapos sucios que jamás hubiese imaginado, con lo cual Microgensyn dejaría de ser el paradigma de empresa preocupada en proporcionar logros científicos encaminados a mejorar el bienestar social, y quedaría reducida simplemente a un consorcio marcado exclusivamente por los objetivos macroeconómicos. Aquellos pensamientos la indujeron a preguntarse cuál sería la razón por la cual ella tenía que esperar veinticuatro horas para conocer unos resultados en los cuales estaba trabajando.

En la pantalla del ordenador estaban reflejados todos los datos del trabajo de Carrie Galloway. Cambió el semblante de su cara. La ira se transformó en alegría y una emoción incontenible brotó de lo más profundo de su ser. Lo había logrado. Sólo eran resultados parciales, pero estadísticamente significativos, porque si los extrapolaba al cien por cien, deducía que la vacuna sería un éxito.

En aquellos momentos no pensaba en el logro que le podía suponer para su carrera personal un descubrimiento científico de tal magnitud. No se vanagloriaba ni era capaz de imaginar el eco publicitario que llevaría acarreado la divulgación del estudio científico, las portadas de periódicos que generaría, las entrevistas en televisión, el reconocimiento generalizado por la comunidad científica internacional y un rosario interminable de premios y homenajes.

En aquellos momentos sólo pensaba en el desafío personal emprendido años atrás. La lucha, el tesón y el coraje que había puesto en todas sus iniciativas. Las horas de trabajo invertidas, las horas potenciales de sueño perdidas, las horas de asueto irrecuperables. El reto personal y la obsesión, bien disimulada, que suponía para ella ganarle la guerra a la COVID-19. También recordó a su padre, ahora más que nunca lo echaba de menos, y a él le dedicaba en cuerpo y alma aquella conquista, porque él la guiaba y le proporcionaba la fuerza y la inspiración necesaria en los momentos adecuados. Por fin había descubierto la vacuna contra el Coronavirus.

¡Jooooroba! Por no decir otro taco.

Tenía tal cara de felicidad que parecía que había tenido un orgasmo.

¡Ni que fuera pa tanto!

 

 

A las tres de la madrugada las carreteras estaban desiertas y los semáforos en ámbar permitían una circulación fluida. Un camión de grandes proporciones, de una empresa de mudanzas, circulaba por las afueras de Inglewood hasta que se detuvo y aparcó en una zona oscura. Aquella noche seis farolas permanecían apagadas, por lo que ese lugar estaba en penumbra.

Bajaron tres hombres de la cabina y se dirigieron a la parte trasera del camión. Una vez dentro, encendieron las luces y pusieron en funcionamiento el sofisticado material electrónico que había allí. Ronald Stone, antes de comenzar la misión que le habían encargado, procedió a repasar el plan con los otros dos:

– Sincronicemos nuestros relojes. Son las tres y diez. A las tres y cuarto pasa el vigilante por este lugar. A las tres y veinte minutos llega el camión encargado de recoger los residuos biológicos. Dos minutos más tarde, uno de los vigilantes del centro de control del laboratorio abandona su puesto y se dirige a realizar la entrega. Durante ese proceso, que dura diez minutos, las alarmas del edificio están desconectadas, por lo tanto sólo disponéis de ese tiempo. Cuando el camión sale, el vigilante comienza de nuevo su ronda, por lo que a las tres y cuarenta pasa de nuevo por este lugar. Antes que pase el vigilante, tenéis que estar de vuelta. ¿Correcto?

– Correcto – respondieron al unísono los dos hombres, Joe Barela y Don Bishop, dos individuos sin escrúpulos, bien preparados técnicamente para el trabajo que iban a realizar.

Abrieron un portón situado en el techo. A través de una escalera metálica, situada en una de las paredes laterales, Don Bishop subió a la cubierta y colocó una cámara de infrarrojos. A continuación cerraron la puerta y los tres hombres quedaron expectantes mirando el monitor de televisión. Mientras esperaban que apareciera el vigilante, los dos secuaces de Ronald Stone se colocaron un aparato de escucha y verificaron el correcto funcionamiento del auricular, luego cubrieron su cara con un pasamontañas de color negro y esperaron sigilosos las instrucciones.

– Quietos. Ahí viene el vigilante – dijo Ronald Stone, que a través de un ordenador dirigía la cámara de televisión hacia el lugar adecuado.

Una vez que el terreno estuvo libre, uno de los hombres abrió de nuevo el portón, mientras que el otro procedió a girar la grúa y colocarla en la posición adecuada. Los dos ascendieron a la plataforma, mientras Ronald Stone pulsó el interruptor del mando y ésta comenzó a ascender. Cuando subían, observaron el muro de hormigón de tres metros de altura y sobre él estaría activada la sofisticada alarma invisible de rayos láser. Ante ellos se encontraba el recinto de Laboratorios Bioconn. Ajustaron el garfio y descendieron vertiginosamente por una cuerda.

Vestían pantalón y camiseta de color negro, asegurando así un perfecto camuflaje con las sombras de la noche. Se desplazaban con rapidez y de forma sigilosa, aprovechando los setos y árboles que encontraban a su paso para esconderse. Vieron el camión dirigirse hacia el lugar en donde tenía que recoger los residuos biológicos que generaba cada día el laboratorio.

– Cuidado Joe. Tenéis un vigilante a vuestra izquierda, a veinte metros del camión – avisó Ronald Stone, que se encontraba ante el cuadro de control, enfocando la cámara hacia donde estaban sus compañeros.

Desde su escondite vieron al vigilante acercarse al camión y el saludo de éste a aquellos. Cuando se alejó, los hombres de negro cruzaron la calle y se dirigieron hacia la pared del ala oeste.

Uno de ellos sacó el garfio, lo incrustó a presión en un objeto metálico, pulsó un interruptor y éste ascendió hasta la azotea. Tiró de él, comprobó que estaba bien sujeto y los dos hombres comenzaron a escalar, primero uno y después el otro, por la cuerda, los cinco pisos del edificio.

Con rapidez se aproximaron a la puerta de la azotea, la abrieron sin dificultad con una ganzúa. Cuando entraron en el edificio encendieron unas linternas diminutas con las que consiguieron la iluminación necesaria. Descendieron por las escaleras hasta el quinto piso. Allí se quedó Joe Barela, mientras que Don Bishop continuó hasta la segunda planta. Sabía dónde se dirigía y con prontitud encontró el despacho de Jeff Colleman. La operación estaba preparada minuciosamente.

Introdujo en la cerradura una tarjeta con un microchip integrado. Cogió el escáner que llevaba en la mochila y cuando éste se activó, los números de la pantalla de cristal líquido iniciaron una búsqueda frenética, en orden ascendente, de la combinación numérica de ocho dígitos que abriría la puerta de aquel despacho. Los números de color verde parpadeaban sin cesar hasta que, transcurridos unos segundos, se detuvieron y se oyó un clic. Tras él, la puerta se abrió.

Don Bishop actuó con precisión matemática. En apenas cuatro minutos colocó los micrófonos estratégicamente y procedió a verificar el correcto funcionamiento de éstos.

– Jefe, el despacho está en orden – dijo Don Bishop en clave, indicando que los micrófonos estaban colocados, ya que nunca se tiene la certeza de que nadie está escuchando en esa radiofrecuencia -. Comprobando punto uno.

– OK – respondió Ronald Stone, confirmando el funcionamiento perfecto de aquellos.

Así, procedieron con todos los micrófonos.

– Joe, ya he terminado. Me dirijo hacia allí.

– De acuerdo, Don. Te espero. Yo estoy finalizando – respondió Joe Barela, que a su vez, colocaba micrófonos en el despacho de David O´Connor.

– Cuidado Don. No salgas – avisó Ronald Stone -. El pasillo está ocupado.

Don se quedó inmóvil. Escuchó pasos acercándose, cada vez más fuerte, hasta que se detuvieron. Miró su reloj. Sólo quedaban dos minutos para poder abandonar el edificio. De pronto, volvió a escuchar los pasos alejarse y respiró aliviado.

– Atención, Don, ya puedes salir. Tu amigo se dirige por las escaleras hacia el primer piso. Tienes el camino libre.

Don comprobó que el pasillo estaba expedito. Cerró la puerta. Subió con destreza las escaleras y se encontró con Joe Barela en la azotea. Desde aquel lugar oyeron cómo se despedían los trabajadores de la empresa de residuos del vigilante del laboratorio. Sin tiempo que perder dejaron caer la cuerda.

– Rápido. Ya salen – escucharon los dos las palabras de Ronald Stone que les indicaba la celeridad con la que debían de actuar a continuación.

Descendieron apresuradamente. Joe Barela recogió la cuerda. Las luces del camión giraban hacia ellos. Corrieron hacia el seto más cercano y se tiraron al suelo. Un segundo más y hubieran sido descubiertos. Cuando éste se alejó, observaron los destellos de unas luces rojas tras las ventanas de los despachos. La alarma había sido conectada.

Ronald Stone se apresuró a colocar la grúa en posición. Con la ayuda del garfio y la cuerda subieron a la plataforma y después vieron alejarse el edificio de Laboratorios Bioconn, hasta que entraron al camión. Los tres hombres chocaron sus manos. La misión finalizaba con éxito.

Abandonaron la penumbra de aquellas farolas que se averiaron artificialmente el día anterior, por manos expertas como las de Joe Barela y Don Bishop. Pasaron por delante de la entrada principal de Bioconn y en su fuero interno hubieran saludado a los vigilantes, pero lo obviaron. Las calles seguían vacías. Cuando entraron en la autopista adelantaron lentamente a un camión de residuos biológicos y saludaron a sus ocupantes.

Ronald Stone cogió su teléfono móvil, marcó un número y cuando alguien contestó, dijo:

– Misión cumplida, todo ha salido como estaba organizado.

– Está bien. Mañana continuad con el plan previsto – y sin decir nada más, cortó la comunicación.

Estaba sentado plácidamente en un sofá. Una luz tenue que procedía de la lámpara colocada sobre la mesita iluminaba el vaso de whisky, dejando su rostro en penumbra.

Tras beber un sorbo, una sonrisa pérfida se dibujó en la cara del Dr. Hodgkins.

No sé si te habrás dado cuenta que este tío tiene que ser uno de los malos de la historia.

Parece más malo que el veneno.

Aunque, pensándolo bien… en este chisme que te estoy contando, malos, malos de verdad, parece que son todos.

Si es que, en lugar de sangre, ¡parece que tienen cicuta en las venas!

 

 

A las siete y media de la mañana Mary Fishers ya estaba en su despacho. A esas horas no había llegado nadie todavía a trabajar. Era la primera en llegar. Estaba ansiosa por conocer los resultados oficiales del Proyecto Mgen1702 proporcionados por el programa original 4GLium. Todavía faltaba media hora para que esos resultados estuvieran disponibles. Por ello, programó su tiempo para realizar diferentes tareas pendientes de su visto bueno y otras que tenía que estudiar.

Minutos antes de las ocho de la mañana escuchó el leve murmullo de sus compañeros de trabajo, a medida que se iban incorporando a sus lugares correspondientes. La señora Wilcox llamó a la puerta e irrumpió en su despacho.

– Buenos días señorita Fishers, ¿quiere que le traiga el café con leche?

– Sí. Gracias señora Wilcox.

Aunque todas las mañanas Mary tomaba lo mismo, la señora Wilcox siempre lo preguntaba con educación. Pasados unos minutos, le trajo su café con leche y lo dejó sobre su mesa.

Mary miró el reloj y pensó que probablemente ya estarían disponibles los resultados provisionales. Abrió el programa informático 4GLium. Introdujo las contraseñas pertinentes y a continuación apareció en el ordenador una cascada de resultados. Mary quiso obviar aquellos que eran menos importantes y buscó rápidamente los datos globales.

Se quedó perpleja. Sus ojos miraban fijamente la pantalla. No parpadeaba. Llevó su mano derecha a la frente y la presionó con los dedos pulgar y corazón, cerrando los ojos al mismo tiempo. La retiró, abrió los ojos y volvió a leer los datos:

PM1702TAI;    PM1702NIG;    PM1702USA;    PM1702BRA;

Vacunados    12.000  Personas
Placebo      6.000  Personas
Vac15721      6.000  Personas
Seropositivos con placebo          651  Personas
Seropositivos con Vac15721          734  Personas
Placebo no analizados            32  Personas
Vac15721 no analizados            25  Personas

No comprendía nada. Su mente se quedó en blanco. Su cuerpo se estremeció con una sensación de rabia y frustración. Dio un puñetazo sobre la mesa. Cerró el programa. Lo volvió a abrir e inició de nuevo todo el proceso, pero visualizó otra vez los mismos resultados.

¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo podían ser totalmente positivos los resultados provisionales de la Doctora Carrie Galloway y, sin embargo, los datos globales de los cuatro estudios ser tan negativos? ¿Cómo podían haber 734 personas que se habían infectado con el Virus del SIDA a pesar de estar vacunados con la Vacuna15721? Eso quería decir que la vacuna no era efectiva y que sería un fracaso rotundo.

No podía ser. Intentó tranquilizarse y recobrar la calma para así poder poner orden en sus pensamientos. Se le ocurrió una idea. Solicitó al ordenador los datos del estudio de la Doctora Carrie Galloway:

PM1702USA

Vacunados  4.000  Personas
Placebo  2.000  Personas
Vac15721  2.000  Personas
Seropositivos con placebo     212  Personas
Seropositivos con Vac15721     261  Personas
Placebo no analizados        13  Personas
Vac15721 no analizados          9  Personas

Mary Fishers no daba crédito a aquellos datos. Los resultados globales del proyecto le indicaban que aquél era un fracaso, y, recíprocamente, los resultados del estudio de la Doctora Galloway le confirmaban lo mismo.

Pero, ¿por qué los datos que analizó la noche anterior con su ordenador le informaban que el número de seropositivos con la Vacuna15721 era cero? Lo cual representaba el éxito de la investigación que llevaban a cabo. Y, sin embargo, ahora, los datos oficiales le indicaban que había 261 personas vacunadas que estaban infectadas con el virus.

Se quedó pensativa. Giró su sillón y miró en dirección a la ventana. Mirar la transparencia del cielo azul le reconfortaba y, a menudo, lo utilizaba como terapia antiestrés. También realizaba esa acción cuando tenía que pensar y analizar una determinada situación. A pesar del problema que tenía sobre la mesa, se había relajado. No estaba segura, pero quería investigar más a fondo. Pensó, que quizás, sólo su hermano podría ayudarla.

– Moon Digital. Dígame.

– Sara, soy Mary Fishers. Quiero hablar con mi hermano.

– No se retire, señorita Fishers, enseguida le paso.

El CEO y fundador de Moon Digital era su hermano. Alec Fishers tenía veinticinco años y estaba afectado de una parálisis cerebral infantil, fundamentalmente de tipo motor, como consecuencia de un sufrimiento fetal durante el parto. No había sufrido afectación de las regiones cerebrales donde se localiza la inteligencia, y ello le permitió estar dotado de un talento fuera de lo normal, desarrollando un coeficiente intelectual de 152.

Había estudiado ingeniería informática y de telecomunicaciones en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Había fundado Moon Digital Technology en 2015, antes de terminar los estudios superiores, trasladando la empresa al norte de Los Angeles, cerca de Glendale, en 2018. Su campo de acción eran los programas de gestión para optimizar los recursos de Internet y en los dos últimos años se había transformado en una empresa líder en el sector.

– ¡Mary!

– Hola hermanito. ¿Cómo estás?

– Muy atareado – respondió él, con voz gutural -, ya sabes que estamos trabajando en diversos programas informáticos que tenemos que acabar. Hay muchas empresas presionándonos para que los finalicemos porque los necesitan para sus estrategias de negocio en la red.

– Me alegro por ti… Alec, tengo que verte. Quiero darte una gran noticia.

– ¿De qué se trata?

– Me gustaría que nos viéramos y dártela en persona – dijo ella, reflejando alegría en su tono de voz.

– Sí. Pero adelántame algo. Dime de qué va – insistió Alec.

– Es muy importante para mí. Es mejor que no te diga nada por teléfono. Prefiero contártelo en persona – aseveró ella, revistiendo la noticia con un aire de misterio.

– De acuerdo. ¿Cuándo nos vemos?

– Te invito a comer. ¿Te parece bien a la una?

– ¡Hoy mismo! ¿Por qué tanta prisa?

– Ya te digo que es muy importante – dijo ella, casi implorando.

– Está bien. ¿Dónde nos vemos?

– En mi casa. Pasaré por Carmen´s y compraré esas delicatessen europeas que tanto te gustan.

– Bueno, si es así, allí estaré.

La relación entre los dos hermanos era excelente. La invitación a comer sólo era un pretexto, ya que Mary sabía de antemano que Alec acudiría a una cita con ella en cualquier momento, siempre que ella se lo pidiera. Del mismo modo, si hubiera sido al revés, ella también habría accedido.

¡Buenoooo!

Un poco de ternura tampoco está mal.

¡Que te veo venir!

Aunque igual podría ser como esas pausas de veinte segundos en las que no te queda otra que tragarte el anuncio.

 

 

El fracaso puede embargar el alma de una persona, pero la frustración y la impotencia pueden corroer todo su ser. Meditabunda, Mary Fishers acudió aquella mañana a la reunión con Christopher Norton. Durante el trayecto intentó sobreponerse para disimular la inseguridad que la atenazaba. Tenía que comunicarle los resultados del Proyecto Mgen1702 y maquillar el resultado desastroso con alguna otra opción que resultase verosímil. Fraguó la proposición y sólo era cuestión de esperar el momento oportuno para dejarla caer, aprovechando un juego de palabras o su poder de convicción, todo con la intención de capear su fracaso.

La señora Myers, secretaria del Dr. Norton, le comunicó a través del intercomunicador la visita de Mary.

– Señorita Fishers, ya puede usted entrar, el Dr. Norton la espera.

– Gracias, señora Myers.

Christopher Norton estaba sentado en su mesa. Leía un periódico. Sin levantar la vista le dijo a Mary que se sentara. Ella obedeció. Él siguió leyendo, sin prestar atención a Mary. Menospreciar a sus subordinados era un arte que manejaba con premeditación. Le encantaba crear un ambiente de tensión para conseguir una sumisión total.

– Bien, Mary, ¿tienes esos dichosos resultados? – preguntó él, con rudeza, mientras cerraba el periódico.

– Sí. Ya están analizados – respondió Mary, con brevedad.

– ¿Y…?

– No son lo que esperábamos…

– Quieres ser más explícita, Mary – respondió Christopher Norton, con tono iracundo.

– Pues… – dijo ella, dubitativa -, tenemos analizados un veinte por ciento de los resultados y hay 734 Seropositivos con la Vacuna 15721.

– ¿Y seropositivos con placebo?

– 651 personas.

Seropositivos significaba el número de personas infectadas por el virus y capaces de desarrollar la enfermedad. Los casos positivos en aquellas personas a las cuales se les había administrado placebo eran normales en este tipo de experimentos científicos, pero no deberían serlo en las que se les había suministrado la vacuna, si se pretendía obtener un resultado positivo.

– ¡Entonces!… Eso significa que…

– Sí. Lo que estás pensando.

– Que la vacuna no es efectiva – dijo él alzando la voz, mientras se ponía de pie.

– En efecto, tenemos más de un doce por ciento de personas seropositivas – respondió Mary, serena, desde su asiento.

Christopher Norton estaba malhumorado. Comenzó a caminar por la habitación. Se detuvo, miró a través de la ventana, dio media vuelta y se dirigió hacia ella.

– Mary, ¿sabes lo que supone todo esto? – dijo él, esbozando una sonrisa malévola.

– Creo adivinarlo – asintió ella, con brevedad, mientras repiqueteaba con los dedos en la mesa.

– No, no lo adivinas – dijo exasperado -. Has fracasado – Mary, permaneció en silencio -. Has fracasado – volvió a repetir.

– No es un fracaso sólo mío – replicó ella, altiva, mirándolo a los ojos, desafiante.

– ¡Cómo que no es un fracaso sólo tuyo! – dijo él, de forma insolente, señalándola con el dedo.

– En el Proyecto han trabajado muchas más personas. Creo que es un fracaso de toda la empresa.

– ¡La empresa! Tú eres la responsable única y la inductora de todo el Proyecto. Las consecuencias y las pérdidas son para Microgensyn – adujo él, airadamente, mientras se movía como un poseso por la habitación. Mary no comprendía la escena. Sabía que traía malas noticias y estaba preparada para las consecuencias, pero no esperaba aquella reacción -. Sabes una cosa, tú también lo lamentarás, tu reputación como científico quedará en entredicho.

– No lo creo. Nadie ha triunfado todavía en este campo. Yo he contribuido con mi trabajo al progreso de la ciencia y Microgensyn se ha beneficiado económicamente de forma sustancial. Creo que tengo el derecho a exigir un voto de confianza y a solicitar un apoyo explícito – respondió ella, segura de sí misma.

– Mary, a pesar de todo, ¿tienes la desfachatez de exigir nuestro apoyo y el del Laboratorio? ¡Qué cara que tienes! Microgensyn no está en disposición de apoyar a nadie en estos momentos y menos aún de correr el riesgo de que se haga público este fracaso, sobre todo cuando Bioconn nos pisa los talones y va a anunciar el descubrimiento de su vacuna – Christopher Norton trató de impresionar a Mary y no dudó en llegar al insulto. Sabía que ella desconocía el proyecto de fusión de ambos laboratorios.

– De eso me encargo yo – dijo ella, furiosa -. ¿Olvidas que esta tarde tengo la cita con Jeff Colleman?

– Francamente, Mary, no confío en ti.

– Te equivocas, Christopher – sentenció ella.

– Mantenme al corriente.

– No lo dudes.

Mary Fishers abandonó el despacho de Christopher Norton compungida, pero con la satisfacción del deber cumplido. Sólo eran resultados parciales. Cuando tuviera el resultado final del ensayo clínico, sería el momento de extraer conclusiones y analizar qué es lo que había fallado. Tenía la impresión de estar muy cerca de conseguir la vacuna. Podría repetir el ensayo con las modificaciones adecuadas, aunque tras la conversación con el Dr. Norton le resultaría más complicado puesto que había perdido su apoyo. Sabía que las expectativas de expansión de Microgensyn se fundamentaban en ese Proyecto al que ella había dedicado una parte muy importante de su vida. Además, no cejaría hasta conseguir una vacuna efectiva contra el coronavirus, con o sin Microgensyn, de ello dependía su éxito profesional y sentimental. Comprometida por una promesa formal, ahora no podía fallar.

¡Esto cada vez se tuerce más!

Y la pobre Mary… ¡parece la tonta del bote!

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el octavo capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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