LA VACUNA: Capítulo 7, TRAICIÓN

La sala de reuniones de la cuarta planta era un lugar sagrado en Microgensyn. Allí sólo se celebraban reuniones transcendentes para la empresa. El hecho de programar una reunión en aquel lugar indicaba la magnitud y la importancia de la misma. Una mesa ovalada de amplias proporciones presidía toda la estancia. Grandes ventanas permitían una iluminación natural y al mismo tiempo dejaban divisar una magnífica vista. De sus paredes forradas de madera, colgaban cuadros con pinturas al óleo de todos los presidentes de Microgensyn.

Ellen Fletcher, secretaria de Arthur Sullivan, colocaba unos expedientes sobre la mesa. Pascale Carter manipulaba su ordenador y verificaba el correcto funcionamiento de la conexión de éste con la gran pantalla de plasma situada en un extremo de la mesa.

– Señora Fletcher, ya estoy preparada.

– Entonces, ¿Anuncio que ya puede comenzar la reunión?

– En efecto.

Por la puerta entraron David O´Connor y Arthur Sullivan. Tras ellos, Jason O´Connor y un ejecutivo de Bioconn que conversaban con Brent Sanders, socio fundador de Sanders, Tigar & Truesdale, uno de los despachos de abogados más importantes del país, cuya sede central estaba  en Nueva York, especializado en fusiones de grandes empresas, y junto a él Craig Schwab, asociado del despacho. Después entraron Charles Scott, vicepresidente de Microgensyn, en animada conversación con Ted Williamson, socio fundador de Williamson & Weiss. Todos tomaron asiento en la mesa ovalada. A un lado, los representantes de Bioconn, y al otro, los ejecutivos de Microgensyn sentados jerárquicamente. De pie, y dispuesta a comenzar la reunión se encontraba Pascale Carter.

– Disculpen el retraso.

Christopher Norton se incorporó en aquel instante. Ocupó su asiento, al lado de Charles Scott y saludó a todos los presentes. Su cargo, dentro del organigrama directivo de Microgensyn, no le habilitaba para estar presente en dicho acto, pero su capacidad para medrar y estar en el lugar oportuno en el momento adecuado, le había facilitado el acceso a aquella reunión.

– Buenas tardes – dijo Arthur Sullivan, mientras se ponía de pie -. En primer lugar, quiero dar la bienvenida a nuestros invitados a la sede de Microgensyn. En segundo lugar, agradecer vuestra presencia, y en tercer lugar, deseo que en esta reunión se sienten las bases para lograr un acuerdo satisfactorio para ambas partes y que el fin que perseguimos quede pactado y sea toda una realidad. A continuación cedo la palabra a la señorita Carter.

– Desde hace dos años estamos trabajando en la fusión de dos de las más importantes empresas de la industria farmacéutica: Microgensyn y Bioconn. El objetivo final es lograr un laboratorio que sea el número uno mundial, un gigante dentro de éste sector en los campos de investigación médica, comercialización de fármacos y productos químicos, así como en ventas. Cada uno de ustedes tiene sobre la mesa un expediente con toda la información y datos que voy a exponer a continuación, y que es el fruto del trabajo realizado durante estos dos años.

Pascale Carter en su alocución fue desgranando todo el entramado económico de las dos empresas. Datos acerca de la capitalización bursátil, Cash Flow, ventas, plantillas, previsiones de facturación, previsiones de beneficios, cartera de clientes, ingresos consolidados, fueron expuestos con detalles minuciosos, apoyándose para ello en todo tipo de gráficas, animaciones y frases necesarias de destacar, que todos contemplaban en la pantalla de plasma.

– Señores, todos estos datos, recogidos y puestos en común por el despacho de Sanders, Tigar & Truesdale y el nuestro, tienen por finalidad elaborar la capitalización real de cada empresa para valorar, en términos de acciones, la equivalencia de ambas. A día de hoy, para realizar una fusión en condiciones de paridad, sería necesario cambiar tres acciones de Bioconn por una de Microgensyn – concluyó Pascale Carter.

Todos prestaron gran atención a las conclusiones de Pascale. Ninguno de los presentes realizó una mueca de sorpresa, ya que los resultados los conocían previamente. Pero, en términos de una negociación, consideraban imprescindible partir desde ese punto.

En la reunión nadie llevaba mascarilla porque en ese lugar no era ni obligatoria, ni tan siquiera lo aconsejaban los gobernantes.

Parece mentira que con la que estaba cayendo en el resto del mundo y las medidas obligatorias de prevención que habían cumplido en España tanto Arthur Sullivan como Christopher Norton, allí, en su terreno, se las saltaran por el forro.

Aunque había recomendaciones sobre distancia social, los allí presentes actuaban como si la pandemia fuera cosa de iluminados.

– A partir de este momento, sólo resta llegar a los acuerdos concretos que planteen cada una de las partes implicadas. Gracias – finalizó Pascale Carter.

Pascale Carter se dirigió a su lugar en la mesa, entre Ted Williamson y Charles Scott. Durante unos instantes nadie habló. Se miraban unos a otros, con cara de póker, intentando adivinar las intenciones y las cartas ocultas que, sin duda, aflorarían a continuación. Tras el breve paréntesis, y como era de esperar, Arthur Sullivan tomó la palabra:

– En nombre de Microgensyn y en el de Bioconn, quiero felicitar a los despachos de abogados de ambas partes por la ingente labor de trabajo que han realizado. Aunque hace tan sólo unos meses la equivalencia de las acciones era de cuatro a una, Microgensyn acepta la paridad actual de tres a una, a pesar de que la cotización actual de las acciones de Bioconn esté fundamentada en la fragilidad de los rumores acerca de la viabilidad de la vacuna contra el coronavirus que están experimentando.

– No olvide, señor Sullivan, que los rumores son la antesala de la noticia – sentenció David O´Connor – y que el mercado, juez implacable, es el que decide el precio que vale cada empresa.

– Es cierto, pero es un precio demasiado elevado el que va a pagar Microgensyn – contestó Arthur Sullivan.

– La revalorización actual de Bioconn se sustenta en algo más que en rumores. La cartera de pedidos y las previsiones de facturación de Bioconn han aumentado considerablemente en las últimas semanas – intervino Brent Sanders.

– No lo pongo en duda – asintió Ted Williamson -. Pero esta reunión se ha convocado para llegar a acuerdos concretos. Por ello, propongo que fijemos una fecha exacta para determinar el precio de cada acción, y que sea el mercado quien decida cuánto vale cada empresa.

– Estoy de acuerdo – dijo David O´Connor.

– Si lo estiman conveniente, considero un margen de tres semanas. Por lo que al cierre de Wall Street el lunes 28 de septiembre, sería la fecha más oportuna – propuso Pascale Carter.

Cada uno de los miembros de Bioconn, junto con sus dos abogados, hicieron un gesto de avenencia con sus cabezas a la propuesta realizada. Era palpable que la reunión estaba preparada, ya que los representantes de Microgensyn no realizaron gesto alguno. Todos estaban de acuerdo.

– Está claro, que todos los aquí presentes tenemos potestad, en representación de nuestros consejos de administración, para firmar los acuerdos que estimemos oportunos – dijo Charles Scott, dirigiendo su mirada a David O´Connor -. Por otra parte, es obvio, que todo lo que aquí decidamos debe permanecer en secreto para evitar la especulación sobre el precio de las acciones en bolsa, que se podría producir en caso de conocer los inversores las deliberaciones y decisiones que se tomen en esta reunión. Con la prudencia que caracteriza a las dos empresas, estimo que lo razonable sería convocar una rueda de prensa el martes 29 de septiembre y hacer públicas las decisiones que estamos acordando.

Con precisión matemática y haciendo uso de la palabra en el momento oportuno, los representantes de Microgensyn hacían las propuestas que previamente habían estudiado.

– Muy acertada y razonable su matización, señor Scott, propongo que conste en acta – sentenció Brent Sanders.

– Concluido este tema, creo oportuno pasar al segundo punto del orden del día. El que hace referencia a la designación del presidente de la futura compañía – sugirió Christopher Norton.

– Nosotros tenemos una propuesta – interrumpió Craig Schwab al Doctor Norton, sin dejarlo concluir -. Estimamos conveniente que durante los primeros cuatro años, la presidencia de la nueva empresa debe ser compartida por los señores Sullivan y O´Connor, y que el siguiente periodo cuatrienal el cargo de presidente debe ser ocupado por Jason O´Connor.

La propuesta causó sorpresa entre los representantes de Microgensyn. Unos a otros se miraban con cara de escepticismo. No habían considerado en ningún momento, una sugerencia tan descabellada para sus intereses.

– Es evidente que estamos en una fase de negociación y que cada parte tiene que proponer lo que considera más conveniente, pero esta reunión ha sido convocada para tomar decisiones vinculantes a ambas empresas. Sin menoscabo, señor Schwab, creo que no podemos aceptar su proposición – contestó Charles Scott.

– ¿Por qué? – intervino Brent Sanders.

– Porque la empresa con mayor patrimonio es la nuestra y el nombramiento del presidente es una decisión que compete a nuestro Consejo de Administración, el cual ha designado para ese puesto al señor Arthur Sullivan – respondió Charles Scott.

– Puesto que se trata de una fusión pactada, una concesión amistosa por su parte debería contemplar la presidencia compartida. Si en lugar de una fusión se tratara de una compra, ustedes saben que el precio a pagar para comprar Bioconn sería mucho más elevado que el que se considera actualmente – respondió con actitud sibilina Brent Sanders.

El Doctor Sullivan observaba los argumentos esgrimidos por los dos caballeros desde su posición. Le habría gustado intervenir en la discusión, pero no lo podía hacer por motivos éticos, ya que estaban decidiendo si él ocupaba la presidencia o en su defecto debería compartirla.

– Señores, lo importante no es quién dirija la nueva compañía, sino el hecho de crear una empresa que se consolide como el número uno mundial en su área, y que asegure la viabilidad de los dos laboratorios en el siglo XXI, porque no hay que olvidar que existen otras muchas compañías que están diseñando una política similar y que podrían alcanzar ese lugar que nosotros tenemos hoy en nuestras manos. Si recapacitan y no se dejan llevar por la vorágine del poder, convendrán conmigo que hay que ser objetivos y ecuánimes. Por ello, propongo que los primeros cuatro años la presidencia sea ocupada por el señor Sullivan y que el siguiente período cuatrienal sea David O´Connor. Si lo analizan fríamente, se trata de la decisión más acertada – Pascale Carter los sorprendió a todos con su discurso y el pragmatismo empleado en su disertación.

Nadie intervino a continuación. Un período de silencio que servía para reflexionar y analizar las palabras de Pascale Carter. Apremiados por el tiempo, tenían que tomar una decisión. El futuro es decidir qué hacer en el presente. Elegir la opción inapropiada, un craso error.

– Creo, señorita Carter, que está usted en lo cierto. Acepto su propuesta y al mismo tiempo la felicito por su inteligente intervención – sentenció David O´Connor.

Pascale Carter, halagada, le dedicó una sonrisa agradecida.

– En lo que respecta a Microgensyn, también estamos de acuerdo – dijo Arthur Sullivan, mientras entrelazaba sus manos sobre la mesa, simbolizando la unión de ambas empresas -. Pero, si me lo permiten, tengo que hacer una matización.

– Está usted en su derecho. Díganos cuál – interrumpió Craig Schwab.

– Una vez finalizado el período del señor O´Connor, el nuevo presidente deberá elegirlo el Consejo de Administración.

– Nada que objetar, señor Sullivan – respondió Brent Sanders.

– Yo estimo oportuno incluir una cláusula de salvaguarda vinculante para las dos empresas – prorrumpió Christopher Norton. La sorpresa que causaron sus palabras hizo que todos lo observaran con incredulidad -. Es necesario incluir que cualquiera de las dos empresas se reserva el derecho a romper el pacto de fusión y los acuerdos adoptados en esta reunión en cualquier momento, desde hoy hasta las veinticuatro horas del día 28 de septiembre.

– Puede que sea interesante, pero está usted jugando con fuego, señor Norton – le espetó David O´Connor.

– ¿Por qué? – interrogó Christopher Norton.

– Porque usted quiere dejar una puerta abierta para que cualquiera de las dos partes abandone este proyecto – contestó David O´Connor.

– Simplemente se trata de una medida precautoria válida para los dos laboratorios – razonó Christopher Norton.

– Señores, si estamos de acuerdo en lo sustancial, creo que podemos dar por finalizada esta reunión. Los aspectos formales y técnicos de la fusión los pueden redactar nuestros abogados – concluyó Arthur Sullivan.

David O´Connor se levantó y estrechó la mano de Arthur Sullivan. La fusión estaba pactada. Por la expresión de sus caras se podía adivinar que cada parte había logrado los objetivos marcados.

Bueno…

Así funcionan los negocios…

Mucho tejemaneje, mucho espionaje científico, y ahora resulta que los mamomes tenían pactada una fusión de ambas empresas.

Pa mí, que estos gringos no se fían unos de otros, y que si no terminan a tiros como en O.K. Corral, seguro que más adelante verás cómo se lían a mamporros.

 

 

A las dos de la tarde, un tórrido sol iluminaba cada rincón de las Islas Caimán. El archipiélago está constituido por tres islas: Gran Caimán, Caimán Brac y Pequeño Caimán. Bañadas por el mar Caribe, están localizadas aproximadamente a 270 Kilómetros al sur de Cuba y a 324 kilómetros al noroeste de Jamaica. Gozan de un clima veraniego perpetuo y ese día el termómetro alcanzaba los treinta y tres grados centígrados de temperatura.

El 10 de mayo de 1503 fueron descubiertas por Cristóbal Colón, durante la realización de su cuarto viaje. Debido a la gran cantidad de tortugas que habitaban estas islas, las llamó Las Tortugas. Más tarde, hacia 1540 recibieron el nombre de Islas Caimán. Es un territorio bajo control de Gran Bretaña desde 1665 y reconocido oficialmente desde el Tratado de Madrid en el año 1670.

La isla más importante es Gran Caimán. Está habitada por cincuenta y dos mil habitantes que se dedican fundamentalmente al turismo, al comercio y a todo tipo de empresas y bancos radicados allí. En la capital, Georgetown, predominan los bancos, domiciliaciones de empresas, relojerías, joyerías, perfumerías, galerías de arte y un variopinto rosario de tiendas y supermercados en donde se puede comprar frutas tropicales y ron.

Desde Miami dista aproximadamente setenta minutos en avión. Un viaje que se puede realizar en las líneas aéreas Cayman Airways o en American Airlines, que transportan fundamentalmente turistas ávidos de diversión y deseosos de disfrutar de las paradisíacas playas caribeñas, de fina arena blanca y sembradas de cocoteros, donde poder paladear los mil y un cócteles diferentes preparados con ron y la rica cerveza autóctona. También viajan multitud de ejecutivos, que llaman la atención por su vestimenta formal, con inseparables maletines de piel.

El mar Caribe, de color azul turquesa, de infinitas tonalidades en cada amanecer y al atardecer, guarda celosamente multitud de tesoros submarinos en forma de gran variedad de peces tropicales, bancos de coral y barcos hundidos en sus profundidades, siendo un verdadero paraíso para los amantes del submarinismo.

Desde hace muchos años, las Islas Caimán se han convertido en un paraíso financiero. Atraídos por la casi ausencia de impuestos, tienen sede allí cerca de seiscientos bancos de todo el mundo. Del ranking de los cincuenta bancos más importantes del mundo, cuarenta y siete tienen una sucursal en Gran Caimán. Existen cerca de treinta y seis mil empresas registradas y el volumen de negocio generado por unos y otras asciende a la nada despreciable cifra de varias decenas de billones de dólares. Y todo esto es posible porque la discreción y el secreto profesional imperan en este tipo de negocios. En la mayoría de los casos sólo se conoce el nombre de las empresas, pero nada acerca de quiénes son sus propietarios. Lo mismo sucede en los bancos, donde casi la totalidad de cuentas son numeradas y sus dueños ciudadanos anónimos. Y el dinero es un espectador virtual, puesto que las transacciones electrónicas, en los últimos tiempos, se han convertido en las más comunes.

En Five to Five Investment, una empresa con apenas diez años de existencia, los ordenadores trabajaban las veinticuatro horas del día. Se trataba de una sociedad de inversión en valores y bolsa, independiente de grupos industriales y bancos, que gracias al manejo de tecnología puntera y de Internet, ofrecía una información y análisis en tiempo real a todos los inversores, para que la toma de decisiones a la hora de invertir en un valor en bolsa fuera segura y con garantías, evitando riesgos innecesarios. Exclusivamente prestaban servicios online, con acceso a la contratación en tiempo real. Gracias a su esmerado servicio, Five to Five poseía una cartera de clientes que se había multiplicado en los últimos años y que aglutinaba inversores de los cinco continentes.

Operaban en las bolsas más importantes del mundo las veinticuatro horas del día, de lunes a viernes, con descanso forzoso los sábados y domingos. Aconsejaban la inversión en valores consolidados, bonos y fondos de inversión, huyendo con premeditación de los valores especulativos. Aunque, a veces, provocaban la subida forzada de un determinado valor en alguna de las bolsas donde operaban, realizando operaciones basándose en compras repetitivas y sistematizadas, provocando una burbuja financiera en torno a él, para luego, una vez que el volumen de contratación se había apreciado, proceder a la venta masiva de acciones con la consiguiente realización de beneficios. Se trataba de verdadera ingeniería financiera aplicada a la bolsa.

La compra y venta de acciones se sucedían una tras otra. Miles de operaciones diarias realizadas cada una de ellas en apenas unos segundos y al mismo tiempo. Millones de dólares que se multiplicaban al instante por mor de una información privilegiada gestionada por auténticos profesionales del dinero.

Un nuevo cliente estaba contactando con el ordenador central de Five to Five.

            Usuario: 1647LA-2

            Contraseña: jke77-LA

            Número de cuenta: 10403

            Empresa: Caribbean online Ltd.

            Contraseña Empresa: 34L37A-0

Una vez superadas correctamente todas las claves de acceso se visualizó una nueva página, a través de la cual se podía operar en bolsa. El internauta marcó la casilla de comprar y posteriormente tuvo que concretar la operación.

            Bolsa: Nueva York.

            Valor: Bioconn.

            Número de títulos:

            Importe de la compra: 2.500.000 $US.

            Verifique los datos.

            ¿Son correctos? : Sí.

            Su compra se está cursando. Espere un momento por favor.

Después de unos instantes apareció un nuevo mensaje en pantalla. En él se indicaba que la operación ya se había efectuado y al mismo tiempo se informaba del número de títulos comprados con los dos millones y medio de dólares, el precio por acción, las comisiones, y otros detalles de menor interés.

¡Joooouderrrr!

¡Cómo se pone la trama!

Aquí parece que alguno de los presentes en la reunión quiere sacar tajada del asunto.

Y la cláusula de confidencialidad se la pasa por el ángulo de la entrepierna.

Cuánto más pillín, más te la arrimo.

¿Qué no rima?

Pos ya lo sé.

 

 

Aquella mañana estaba siendo muy ajetreada, pero sustancialmente provechosa. Siempre que el índice Nasdaq bajaba, un terremoto de adrenalina sacudía las oficinas de NYBBrokers. Los agentes no se separaban de sus pantallas de ordenador. Los teléfonos no cesaban de sonar y a veces se atendían tres y cuatro operaciones simultáneamente, dejando las llamadas en espera para atender a otro cliente. Y cuando la línea quedaba libre se aprovechaba para llamar a los inversores preferentes para sugerir la compra de valores que cotizaban a la baja, para aprovechar las gangas del parqué. Sus contratos les garantizaban un sueldo fijo anual. Pero, aun estando bien remunerados, todos codiciaban las suculentas comisiones que percibían por el montante global de las operaciones realizadas, así como por la comisión que percibían de los inversores una vez que estos habían realizado beneficios. Era un trabajo en equipo ejecutado en una selva de depredadores, dónde sólo sobrevivían aquellos que obtenían un mayor índice de inversiones beneficiosas para sus clientes.

Aquellas eran las mañanas del café. Café con leche, café con azúcar, café con sacarina, café y teléfono, café y ordenador. No había tiempo que perder, no había tiempo para nada más. En los últimos dos meses se sucedían sin cesar las sesiones con pérdidas en los dos índices más importantes, el Dow Jones y el Nasdaq, aunque éstos eran contrarrestados por las subidas que experimentaban algunas empresas biotecnológicas. Por ello, cuando se vislumbraba un ápice de recuperación, la actividad era frenética y la noción del tiempo así como las necesidades orgánicas se evaporaban. Aquellas mañanas, un café era el lujo más idolatrado.

Faltaba media hora para el cierre de Wall Street. John Commiso hizo la primera pausa de la mañana. Por fin los teléfonos dejaron de sonar y se dispuso a ordenar su mesa. Recogió todas las notas que había dispersas, las apretujó entre sus manos y las tiró a la papelera. Colocó los bolígrafos y los rotuladores en su cubilete y posteriormente se relajó sobre su silla.

Repasó mentalmente algunas de las operaciones que había realizado aquella mañana y que seguro que le reportarían buenas comisiones. Él era uno más de los cientos de agentes clónicos que trabajaban en aquella empresa de bolsa, ya que la vestimenta de todos era idéntica: traje azul marino, camisa blanca y una corbata desanudada de corte clásico. Pero, en cambio, lo diferenciaba su carácter alegre, abierto y simpático, reminiscencia de sus antecedentes italianos.

Sin duda, celebraría aquella mañana triunfal y de grandes éxitos, a pesar de que la bolsa bajara, en el restaurante italiano que había en la primera planta. Pediría una ensalada del campo, unos espaguetis al dente con abundante salsa boloñesa y lo regaría todo con un Chianti, para finalizar con una crema helada de pistacho y avellana.

Sobre la mesa tenía su ordenador portátil siempre conectado a Internet. Lo utilizaba fundamentalmente para comunicarse con sus clientes a través del correo electrónico, así como para volcar en él toda la información sobre las operaciones que realizaba cada día, para posteriormente analizarlas con los programas informáticos de bolsa con los que trabajaba y que le indicaban cuál era el momento más oportuno para comprar o vender valores de las carteras de sus clientes.

Un mensaje en la pantalla de su teléfono móvil comenzó a parpadear y ello atrajo su atención. Le indicaba que alguien estaba contactando con él mediante un mensaje privado a través de Telegram.

– Hola T.W.

T.W. era el alias de John Commiso en los chat de Telegram.

– Hola. ¿Quién eres?

– Soy Clarke. ¿Cómo va la mañana?

Clarke era un nombre neutro, sin cara, sin sexo, con el cual solía chatear a menudo, intercambiando información de diversa índole, pero fundamentalmente de bolsa. A veces los soplos entre ambos eran frecuentes. Aunque no se conocían, tenían un grado de confianza mutua bastante apreciable.

– Hoy, la mañana está siendo maravillosa. La diosa Fortuna me ha sonreído y me ha favorecido con sus dones.

– ¿Eso quiere decir que la bolsa está subiendo?

– No, Clarke. Mejor todavía. Está bajando. Por lo que hay que aprovechar las gangas para cuando suba.

– Me alegro por ti.

– ¿Y tú? ¿Qué has hecho hoy?

– Apenas nada. Pura monotonía.

A John Commiso le agradaba chatear con Clarke. Cada frase que aparecía en su teléfono era contestada rápidamente. Escuchar el crepitar de las teclas del móvil le producía sensaciones que reflejaban su estado de ánimo, alegre cuando escribía rápido y abúlico cuando lo hacía lentamente.

– Clarke, el trabajo nunca puede ser una monotonía. Hay que dar gracias a Dios por tener la dicha de trabajar todos los días.

– Sí, pero ya sabes que las reuniones me exasperan, a veces pueden ser tremendamente aburridas.

– Ánimo, ¡hoy es mi día de suerte!

– Puede que sigas teniendo suerte todavía. Tengo noticias para ti.

– ¿Cuáles?

– Un amigo de un amigo mío ha tenido determinada información que creo puede ser importante.

– ¿De qué se trata?

– De Bioconn. ¿Tienes noticias de esa empresa?

– Por supuesto. Está teniendo una subida muy importante en bolsa.

– ¿Y a qué es debido?

– Corren rumores de que están muy cerca de conseguir una vacuna contra el coronavirus.

– ¿Sólo eso?

– ¿Hay algo más? ¿Es eso lo que tratas de decirme?

– No sé. Probablemente sea interesante. Mi amigo me ha contado que ha habido esta mañana una reunión muy importante en la sede de Microgensyn…

– ¡En Microgensyn!…

– Si, en Microgensyn… y agárrate, no te caigas…

– ¿Y?

– Han acordado la fusión de ambas empresas.

– ¿Se van a fusionar?

– Sí.

– ¿Cuándo?

– No lo sé, pero muy pronto. Ya está todo pactado y lo van a anunciar en rueda de prensa en unos días.

Hacía más de un año que se habían conocido a través de un canal de temas económicos en Telegram. Intercambiaban fundamentalmente conocimientos, preguntas y respuestas que hallaban al otro lado del teléfono. En los últimos meses la información sobre bolsa siempre era habitual y así fue como Clarke descubrió el trabajo de T.W., mientras que éste desconocía la verdadera ocupación de aquél, aunque, por sus conocimientos, debería de ser alguien ligado al mundo económico o empresarial.

– Clarke, ¿Es cierto todo eso?

– Mi amigo es una fuente muy fiable.

– Clarke, ¿Tienes dinero fresco?

– ¿Quieres decir disponible en estos momentos?

– Perdona, es nuestro argot. Sí, quiero decir dinero líquido.

– ¿Por qué?

– Porque las acciones de Bioconn van a subir como la espuma. Y, yo que tú, llamaría ahora mismo al banco e invertiría todo el dinero que tuviera en comprar acciones de Bioconn.

– ¿Me aconsejas que haga eso? T.W.

– Claro que sí, aunque soy yo el que tengo que darte las gracias por el soplo. Te estaré eternamente agradecido.

– Confío en ti, T.W.

– Y yo en ti, Clarke. Y, si me disculpas… con la emoción se me ha olvidado que sólo quedan veinte minutos para cerrar Wall Street. Tengo mucho trabajo que realizar en este tiempo. Tengo que comprar Bioconn para todos mis clientes. ¡Ponte pronto en contacto conmigo!

– Lo haré. Adiós.

El parqué bursátil funciona así. Siempre hay alguien que descarga su artillería pesada, en forma de palabrería bienintencionada, y alguien dispuesto a escucharla y presto a poner en marcha toda la maquinaria necesaria para conseguir los objetivos que se pretenden, que no son otros que ganar dinero. En esta cadena nunca se sabe quién es el bueno y el malo de la película, o si todos son buenos, o por el contrario todos son malos. John Commiso pensaba que había tenido un día feliz y ya daba por concluida su jornada laboral cuando le llegó el gran soplo, y su día feliz comenzaría a partir de aquel momento, aunque sólo disponía de veinte minutos para ejecutar todas las operaciones que le fueran posibles. Sabía que al finalizar la sesión, cuando los analistas bursátiles apreciaran el gran volumen de acciones que había comprado de Bioconn sospecharían algo, y al día siguiente seguiría su escalada alcista. No obstante, de manera sutil, él revelaría las noticias que tenía.

Cuando concluyó su trabajo, anudó correctamente su corbata, se puso la chaqueta y se dirigió hacia el restaurante italiano, donde le esperaban unos espaguetis con salsa boloñesa.

¡Pio, pio…!

¡Qué capullos!

¡Qué manera ultracochina de ganarse unas perricas por todo el morro!

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el séptimo capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

Te quiero pedir un favor muy importante para mí:

Estoy muy ilusionado con esta novela, por lo que si te ha gustado este capítulo de LA VACUNA, así como los anteriores, y piensas que le puede gustar a tus amigos o contactos, te quiero pedir que me eches una mano compartiendo este capítulo a tus amigos a través de email, WhatsApp, Facebook, Instagram, Twitter o tus demás redes sociales.

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Millones de gracias si lo compartes y un abrazo de todo corazón.

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