LA VACUNA: Capítulo 6, ATRAPADA EN LA RED

El “disco infierno” sonaba en el radiodespertador. El volumen elevado despertó a Mary Fishers que se dio media vuelta en la cama para disfrutar de los últimos segundos de descanso. La música de “The Trammps”, como todas las mañanas, acudía fiel a su cita.

– Buenos días, mis queridos dormilones, son las seis de la mañana en la costa Oeste del martes ocho de septiembre de dos mil veinte y hoy hace un día verdaderamente maravilloso – vociferaba un locutor locuaz.

Todos los días, excepto los domingos, se levantaba a las seis de la mañana. Desde hacía muchos años se despertaba con la misma sintonía. Se trataba de un programa magazine en el cual tenían cabida las noticias más importantes del día, informaciones sobre la zona metropolitana de Los Ángeles, chascarrillos y chistes, todo ello intercalado con música activa que invitaba a un despertar sin pereza y conducido por la verborrea diligente del showman Joel Carmickle.

Mary Fishers entreabrió un ojo y dirigió su mirada hacia el reloj digital que marcaba ya las seis y un minuto. Apoyó las manos abiertas sobre la cama y aprovechó el impulso para levantarse. Pulsó el interruptor de la luz y mientras se frotaba los ojos se dirigió con pasos torpes al cuarto de baño. Abrió el grifo del agua y esperó que estuviera bien caliente. Realizó ejercicios de relajación acompañados de estiramientos para preparar su cuerpo para un largo día. El vapor de agua formó una bruma que impregnó todo el cuarto, borrando la figura de Mary del espejo. Entró en el baño, cogió la ducha y su cuerpo sufrió el impacto del agua caliente. Procedió a utilizar el chorro de agua para proporcionar un suave masaje a cada uno de los músculos de su cuerpo. La ducha matutina, meticulosa y sin prisas, le resultaba un verdadero placer.

Se dirigió a la cocina y enchufó el tostador de pan. De una bolsa, sacó dos rebanadas de pan integral y las puso a tostar. Luego, sacó la leche del frigorífico y llenó una taza grande antes de introducirla en el microondas. De un armario cogió un sobre de café descafeinado. Preparó un huevo para cocerlo y posteriormente dejó el jamón dulce y la mantequilla sobre la mesa. Exprimió unas naranjas y antes de sentarse recordó el pastel que había comprado la tarde anterior en Napoleón, la panadería y cafetería situada en la esquina de la calle Main Street con Strand.

Después de desayunar recogió y ordenó la cocina. Se dirigió de nuevo a su dormitorio y eligió la ropa que iba a ponerse. A última hora, decidió cambiar de camisa, tras mirarse al espejo y sopesar que no combinaba bien con los pantalones que llevaba puestos. Abrió las piernas, flexionó el tronco y su pelo cayó por inercia, realizó varios movimientos a uno y otro lado con su cabeza y finalizó con un movimiento brusco de extensión. Se miró al espejo, utilizó los dedos de sus manos para dar un último toque deslizándolos hacia atrás, y al final, concluyó que su pelo estaba correctamente peinado.

El apartamento, situado frente a la playa, estaba en una zona céntrica de Santa Mónica, muy cerca de Main Street. En un principio, le había parecido escandalosa la suma de dinero pagada por él, pero con el tiempo se convenció del privilegio que suponía vivir en aquel lugar. Además, cada día que pasaba, se revalorizaba más y más. Era una vivienda de dos plantas. En la parte inferior, un amplio salón ocupaba la mayor parte de la estancia. El suelo era de madera y las paredes estaban pintadas en diferentes matices de color pastel, componiendo una conjunción de tonalidades con las cortinas y el resto de elementos. El sofá y el sillón orejero destacaban por su tamaño y sobre ellos había unos cojines perfectamente ordenados. Una mesa de cristal reposaba apoyada en una base de aluminio en espiral, sobre la que descansaba un jarrón de bohemia comprado en un viaje por aquella zona, y cuatro sillas a su alrededor. Un televisor y un equipo de música de estilo vanguardista; dos óleos, que destacaban la vida de la playa y la luz de la ciudad; varias estanterías de cristal, colocadas estratégicamente, y sobre las cuales descansaban fotos, objetos de cerámica y figuras variopintas, junto con las plantas, en las que predominaba el color verde, componían un espacio decorado por ella. El resto estaba ocupado por la cocina, un baño de pequeñas dimensiones y su despacho, un lugar repleto de libros, colocados en armonioso desorden, donde pasaba el mayor tiempo cuando estaba en casa. Una escalera comunicaba el salón con la planta superior, donde se ubicaban un dormitorio para invitados, y el suyo, de amplias proporciones, dotado de un gran cuarto de baño con suelo de mármol, alicatado en azul celeste y amarillos fugaces, así como un confortable vestidor.

¡Vamos! Lo que tú estás pensando… ¡Un casoplón!

Bajó las escaleras, cruzó el salón, abrió las ventanas y aspiró el aire puro de la mañana. El sol iluminaba el horizonte aquel día y el mar estaba en calma. Las olas minúsculas, morían en la arena de la playa, que a esas horas ya estaba ocupada por personas haciendo footing, caminando o paseando con el perro. Desde su atalaya, las palmeras observaban impertérritas el paisaje matutino.

Mary Fishers, una vez cerradas las ventanas y después de ocultarlas con las cortinas, se dirigió hacia su despacho. Recogió varios dosieres, una carpeta de anillas y un libro. Todo lo introdujo en una cartera de cuero, de superficie lisa y brillante. Extrajo del ordenador el pendrive con el que había estado trabajando la noche anterior hasta bien tarde y lo guardó en su bolso. Miró la foto de familia que estaba sobre su escritorio, en la que su madre, Nicole, abrazaba a su hermano Alec, mientras que su padre y ella entrelazaban las manos. Antes de salir dedicó a la fotografía un guiño de complicidad.

Al salir de casa, coincidió con Jefrey Winkler. El señor Winkler ya habitaba el apartamento contiguo al de Mary cuando ésta se estableció en el edificio. Desde un primer momento entablaron una relación de cordialidad y de amistad. Hacía quince años que él vivía en Santa Mónica, a la que se había trasladado desde Boston por la benevolencia de su clima y porque padecía de problemas articulares. Era viudo, sus hijos vivían en diferentes zonas de Estados Unidos, y la relación con Mary Fishers, a la que trataba como si fuese una hija adoptiva, lo había rejuvenecido.

– Buenos días, Mary.

– Hola Jefrey, buenos días.

– Te oí llegar el domingo por la noche. ¿Cómo ha ido el viaje? ¿Y el congreso? En un programa de televisión han incluido un reportaje y te han dedicado unos comentarios muy halagadores. He visto tu intervención y parecías una reina, dominando la situación y todo aquel público pendiente de ti. Además, estabas muy guapa con ese vestido nuevo que llevabas puesto.

– Gracias Jefrey, eres un sol. No sabes cómo te agradezco que seas siempre tan amable conmigo. Ahora, más que nunca, necesito tus palabras cariñosas. El congreso ha ido maravillosamente bien – dijo ella, con cierta ironía, mirándole a los ojos.

– ¿Sucede algo, Mary?

– ¿El qué? – preguntó ella, eludiendo la respuesta.

– No sé. Te noto un tanto preocupada, pareces tensa – respondió Jefrey Winkler, interpretando con precisión la respuesta de Mary.

– No te preocupes Jefrey, estoy bien. Gracias por ocuparte de mí.

– Como tú digas. Pero si tienes algo que contar, ya sabes que siempre estaré aquí para escucharte, ¿de acuerdo?… – propuso él, obsequiándole con una de sus sonrisas.

– De acuerdo – acató ella y esbozó una sonrisa forzada.

Los dos entraron en el ascensor. El trayecto hasta la planta baja transcurrió en silencio. Se conocían demasiado bien y ninguno dijo nada hasta que Jefrey salió y se despidió de ella. Mary Fishers descendió hasta el parking, que estaba situado en el sótano, y se dirigió hacia su coche.

Subió al automóvil, dejó el bolso y el maletín en el asiento del copiloto. Cerró la puerta y se oyó un chasquido agradable, consecuencia del perfecto engranaje. Cuando giró la llave de contacto, el motor emitió un rugido bravo y vigoroso que se fugaba a través del tubo de escape. Pisó el acelerador y el coche se deslizó suavemente hacia la salida.

Cuando Mary Fishers conducía su BMW Z4 Roadster adquiría un talante alegre y positivo. Se trataba de un automóvil biplaza de 2019, de color rojo metalizado, asientos de cuero, caja de cambios automática y una larga lista de detalles técnicos y de confort. Seguridad era la palabra que mejor definía todas sus características. El placer que sentía Mary, mientras lo conducía, sólo podía compararse a los momentos que disfrutaba en su laboratorio.

¡No! Si ya me imaginaba yo que la gachí esta me iba a poner los dientes largos con ese peaso de buga.

¡Buuuaaah!

¡Pero desaboría, lo que se dice desaboría, parece un rato largo!

Menos mal que no lo puede tener todo en esta vida, porque si no, me muero de envidia cochina.

Encendió la radio. Aquella mañana no le apetecía escuchar las noticias, por lo que sintonizó la FM. Cambió el dial de frecuencia hasta que encontró una cadena con la música que le gustaba. Will Smith, a ritmo de rap, cantaba “Miami”, una canción que era de su agrado y que no dudó en tararear, aunque rápidamente relacionó Miami con Santa Mónica y ello le hizo solicitar telepáticamente a la emisora la canción que más se escuchaba en aquellos momentos.

Los últimos compases se fueron diluyendo al tiempo que se fundían con una nueva canción, y cómo por arte de magia esa era la que ella había deseado mentalmente. Alargó el brazo y su dedo índice pulsó el botón del volumen, elevándolo hasta que alcanzó el grado adecuado. La música inundaba el pequeño habitáculo proveniente de los diferentes lugares donde estaban situados los altavoces.

Un sonido metálico al compás marcado por los sintetizadores, junto con la simbiosis de guitarras, la percusión de la batería y breves sonidos de flauta, impelía el cuerpo de Mary Fishers que automáticamente contorneó su figura al ritmo de la música. El brazo derecho, abandonando el volante del coche, dibujó un arco de noventa grados, seguido de una flexión y extensión de su antebrazo. Circulaba por Ocean Avenue, el sol brillaba trémulo en el horizonte y Mary se dirigía hacia su trabajo. Aquella música la relajaba, la extasiaba y era la mejor terapia para su estado de ánimo abúlico y deprimido. Una sonrisa armoniosa floreció en su rostro acompañando la felicidad que impregnaba su cuerpo en aquellos momentos y desinhibiéndose por completo se atrevió a tararear la letra de la canción.

El semáforo estaba en rojo, detuvo su coche mientras seguía cantando y cuando éste se puso en verde giró a la derecha por Wilshire Boulevard para dirigirse hacia Westwood, lugar en el que se encontraba su laboratorio, en una zona próxima a la UCLA.

Todos los días realizaba el mismo recorrido y la mayoría de ellos llegaba a Microgensyn Center en apenas unos segundos. La ecuación espacio-tiempo brillaba por su ausencia y la repetición diaria del mismo recorrido, las mismas paradas en los semáforos de siempre, las mismas avenidas, los árboles repetidos hasta la infinidad, y en ocasiones los mismos coches e idénticos peatones en los lugares de siempre, concatenaban una serie de hechos que hacían perder la noción del tiempo, y un espacio de veinticinco minutos quedara reducido a la percepción liviana de una infinitésima parte.

El guardia jurado, como todas las mañanas, y sin solicitar su acreditación, levantó la barrera y permitió el paso de Mary. Ella se dirigió hacia el lugar que tenía reservado para aparcar su coche.

Entró en el edificio y se encaminó hacia el área donde se localizaban los laboratorios. Generalmente era la primera en llegar, pero aquella mañana Brett Johnson ya estaba en su despacho. Frunció el ceño, no le gustaba que nadie llegara antes que ella. El trabajo era su vida y ya había perdido la cuenta de las horas que dedicaba cada día a su empresa, aunque éstas nunca eran menos de doce, con excepción hecha de los sábados, en los que sólo trabajaba cuatro o cinco horas, para poner al día trabajos atrasados o pendientes de actualizar.

– ¡Hola Brett! ¿Qué haces tan pronto por aquí?

Brett Johnson formaba parte del equipo de Mary Fishers. Igual que ella, había sido contratado en Microgensyn después de recibir una beca Investigation. Era su colaborador más directo, pero su relación no se limitaba a la trivialidad del jefe hacia su subordinado, si no que una profunda amistad había germinado entre ellos.

– Hola, Mary. Estaba esperándote. Quiero ser el primero en felicitarte.

– Gracias – contestó ella, antes de que él interviniera de nuevo.

– Cuéntame, ¿cómo ha ido todo?

– Muy bien – dijo ella, mintiendo con sutileza -. Ha sido una experiencia maravillosa, difícil de olvidar.

– ¿Qué se siente cuando uno está en el estrado, en el cenit de su carrera, percibiendo la admiración y el reconocimiento de todos sus colegas?

Aquella pregunta emocionó a Mary Fishers. Un hormigueo ascendente recorrió su cuerpo, de pies a cabeza, sintiendo una sensación de calor que ruborizó su cara de inmediato.

– Alegría… una inmensa alegría. Recoges el fruto del esfuerzo y del trabajo bien hecho durante años. Te emocionas y piensas en todo aquello que te queda todavía por hacer y sientes que toda esa explosión de ánimo alimenta el carácter de lucha y de búsqueda continua que todo científico debe de albergar.

– Me alegro mucho… sé lo que supone para ti.

– Gracias Brett. Además, quiero agradecerte todo el trabajo que llevas a cabo en Microgensyn. Sin ti no hubiera sido posible este reconocimiento.

 

 

 

Mary entró en su despacho, abrió una ventana con el propósito de ambientarlo con aire fresco de la mañana y a continuación cogió una botella para regar las plantas que decoraban la estancia.

Puso en funcionamiento el ordenador y repasó el correo electrónico. Después de los días que había pasado fuera, su dirección electrónica estaba colapsada de mensajes de felicitación. Leyó con detenimiento algunos, mientras que otros lo hizo sólo entre líneas. Escribió un mensaje de agradecimiento que dejó preparado para enviarlo en otro momento, cuando tuviera un hueco libre.

A continuación seleccionó aquellos mensajes que estaba esperando. El del Dr. Migeon, desde Tailandia. La Dra. Carrie Galloway, desde Boston. El Dr. Keith T. Riggs, desde Brasil y el del Dr. N´Beba desde Nigeria.

Todos ellos eran científicos de Microgensyn. Todos trabajaban en el Proyecto Mgen1702. Cada proyecto de Microgensyn llevaba las mismas siglas y un número, en orden correlativo, que indicaba el número de trabajos científicos que había emprendido el Laboratorio. El 1702 correspondía al buque insignia actual de todos los proyectos de investigación que se estaban realizando. 1702 era sinónimo de Vacuna del Coronavirus.

En el Laboratorio todos conocían la existencia de la investigación, pero desconocían la fase de estudio en la que se encontraba. Muy pocos científicos y directivos de la empresa trabajaban en el proyecto y tenían acceso a los resultados del mismo. Existían rumores, pero nadie se atrevía a asegurar que la vacuna ya se estaba experimentando en humanos, que ya se trataba de un ensayo clínico en fase III.

En algunos países la pandemia era de proporciones apocalípticas, mientras que en otros constituía un grave problema de Salud Pública. Todos esos factores habían sido aprovechados por los ejecutivos de Microgensyn para diseñar una política llena de subterfugios, sobornos y promesas, que le permitiera experimentar la vacuna en humanos en esas naciones.

En el momento actual, la vacuna ya se había administrado en Tailandia, Nigeria, Brasil y USA. Los resultados preliminares ya estaban en poder de Mary Fishers y ella se disponía en esos momentos a analizarlos.

Sin dudarlo, Mary leyó el mensaje del Dr. Migeon:

 

         Querida Mary:

El final de la historia alumbra el principio de una nueva era, y ese día por fin ha llegado. Con suma emoción he recopilado todos los datos que hemos recogido hasta el día de hoy. Tal como habíamos planificado te envío el 20% de los resultados. Estamos trabajando las veinticuatro horas del día y si no existe ningún contratiempo, dentro de dos semanas procederé a enviarte el 80% restante. El martes 22 de septiembre tendrás en tu poder todos los datos del estudio. Espero que el análisis de los mismos sea positivo y que la Vacuna contra el Coronavirus sea, por fin, una realidad.               

                                                                                   Dr. Migeon.

Mary Fishers abrió el archivo que adjuntaba el correo electrónico. Lo miró con detenimiento intentando descubrir los mensajes ocultos que albergaba, pero tras unos minutos de estudio minucioso, desistió en el intento. El mensaje estaba protegido con una clave que sólo un programa informático, preparado para tal fin, estaba capacitado para descifrar.

Habían realizado un estudio científico de tipo triple ciego. Estos tipos de ensayos están realizados de manera que el sujeto que recibe la vacuna desconoce si se le administra un placebo o la vacuna. Además, el científico que recoge los datos tampoco conoce a qué grupo pertenece cada individuo. Y el investigador que analiza los resultados no sabe cuál es, entre los datos que se le ofrecen, el que mide el efecto que se analiza.

Mary Fishers había sido la inductora de éste tipo de programas informáticos para proceder a un análisis riguroso y objetivo, y al mismo tiempo, evitar toda clase de sesgos. Aunque la impaciencia por conocer los resultados le llevó en más de una ocasión a detestar el haber propuesto tal iniciativa.

Mary descolgó el teléfono y marcó la extensión del despacho de Brett Johnson.

– Brett, ¿puedes venir un momento a mi despacho? Tengo algo importante que quiero enseñarte.

– En un instante estoy ahí.

Brett Johnson no formaba parte del equipo que estaba inmerso en el Proyecto Mgen1702. No obstante, en secreto y con gran sigilo, Mary lo tenía informado constantemente y él conocía todos los pormenores del mismo. En Microgensyn existía una Comisión de investigación, pero en realidad, quien asignaba los proyectos y los científicos que iban a participar en cada estudio era Christopher Norton.

Un sonido y luego otros dos más hicieron que Mary dejara de mirar al ordenador y fijara su vista en la puerta, pues sabía que Brett estaba tras ella, ya que esa era la contraseña que tenían convenida.

– Pasa Brett, y cierra la puerta, por favor – dijo ella, con actitud de cautela.

– ¿Qué es eso tan importante que quieres que vea?

– Ya están aquí – respondió Mary, casi susurrando.

– ¿Quienes? ¿Por qué hablas así?

– ¡Sssss… calla! Ven, mira. Los primeros resultados de Mgen1702 – afirmó Mary Fishers, mientras le indicaba a Brett con un gesto que mirase la pantalla del ordenador.

– ¡Humm…! Sí, ¿y qué? Números – cogió el ratón y se desplazó por el documento de arriba hacia abajo -, más números, claves. Me lo pones difícil.

– ¿Qué piensas? ¿Te sugiere algo? – preguntó ella, esperando una solución al enigma.

– No tengo la menor idea. ¿Por qué no vuelcas los datos en 4GLium y salimos de dudas?

4GLium era el nombre del programa informático, denominado así por estar escrito en el lenguaje de programación 4GL.

– Eso estaba pensando, pero antes quería que los vieras. El programa tarda en analizar los datos casi veinticuatro horas y no quería esperar a mañana. Además, me fío de tu intuición, y creía que me podías adelantar algo.

– Lo siento Mary. Avísame mañana cuando los tengas, ¿de acuerdo? – y tras decir esto, Brett se marchó.

Y así se quedó Mary, planchá, compuesta y con el morro torcido cuando el tal Brett cerró la puerta.

 

 

 

Metodológicamente, la vacuna que estaba experimentando Microgensyn y que había sido diseñada por Mary Fishers, era muy similar a la de Jeff Colleman. Sólo se diferenciaban en dos aspectos sustanciales. En primer lugar, ella no utilizó un plásmido como vector, sino un virus. Y en segundo lugar, se sintetizó el ADN viral de diferentes cepas del coronavirus.

Este hecho diferencial era de importancia vital porque por entonces no existía un único virus, sino que ya circulaban diferentes cepas que en algunos pacientes ya se habían aislado al mismo tiempo.

Para obviar este hecho, el diseño del ensayo había tenido en cuenta esta particularidad, por lo que en cada zona geográfica se administraron los virus modificados genéticamente para que expresaran la proteína que recubría la superficie del coronavirus.

No era una vacuna fácil de ensayar, ni de lograr. Probablemente se trataba de una de las vacunas de mayor complejidad biológica. Y todo debido a los errores cometidos por el virus en su replicación, que eran lo que lo estaban convirtiendo en un ente cada vez más complejo. Por ello, la población diana a la que se le administró la vacuna tuvo que ser de grandes proporciones. Veinticinco mil personas en Brasil, veinte mil en Nigeria, y diez y cinco mil, respectivamente, en Tailandia y USA.

No se trataba de una vacuna estrictamente, sino de cuatro diferentes, adaptando la composición de cada una de ellas, a la variabilidad genética del virus en cada uno de los lugares estudiados.

Todos estos inconvenientes, llevaron consigo, que la elaboración del programa informático 4GLium fuera de difícil realización, para que pudiera proporcionar unos datos estadísticamente significativos.

¡Ya estamos! ¡Otra vez con la ciencia! Para hacerme la… un lío.

Pos sí.

Mismamente.

 

 

Una vez que Brett Johnson se hubo marchado del despacho, Mary se apresuró en abrir el correo electrónico de la Dra. Carrie Galloway.

 

Hola Mary:

Te envío los datos preliminares de nuestro estudio. Un 20%, tal como estaba planificado, para que puedan ser analizados por 4GLium. La impresión que tengo hasta este momento es muy positiva. Creo que estamos en el camino correcto y que la vacuna es todo un éxito.

                                                                                 Carrie Galloway.

Mary Fishers cogió su bolso. Buscó el pendrive con el que había estado trabajando la noche anterior y lo introdujo en el ordenador. Abrió el programa 4GLium y le dio las instrucciones necesarias para que analizara los archivos que acompañaban los correos electrónicos del Dr. Migeon, del Dr. Keith T. Riggs y el del Dr. N´Beba.

La tarde anterior, Carrie Galloway había enviado a Mary el archivo, con los datos del estudio, al ordenador personal de su casa de Santa Mónica. Mary estuvo trabajando inútilmente en él, sin conseguir ningún objetivo, ya que no estaba activado.

Mary, muy astuta, indicó al programa 4GLium que analizara los datos del pendrive. Cuando 4GLium comenzó a analizar los diferentes archivos, éstos quedaron activados.

El sistema informático de seguridad de Microgensyn era muy complejo. Sólo existía un ordenador central. A él, tenían acceso todas las terminales. A su vez cada una de éstas disponía de una contraseña para poder trabajar con él. Y, además, a cada programa informático sólo tenían acceso determinadas personas, aquellas cuyo trabajo estaba ligado a la utilización de esos programas, las cuales debían de introducir una clave para poder trabajar con ellos.

Las medidas de seguridad eran extremas en Microgensyn y nada quedaba al azar. El miedo al espionaje científico era patente, por ello existían toda clase de controles para que nadie ajeno a los laboratorios pudiera acceder a cualquier tipo de información. Del mismo modo, la vigilancia se cernía sobre todo el personal que trabajaba en la empresa hasta extremos insospechados.

Al principio, cuando una persona comenzaba a trabajar para Microgensyn, todas estas medidas le resultaban insidiosas. Pero Microgensyn no era una empresa cualquiera, ni su trabajo monótono, ni era una forma más de ganarse la vida, sino que representaba aquello por lo que siempre habían luchado, un trabajo vocacional al que se entregaban en cuerpo y alma. Pasado un tiempo, la sensación de estar vigilado quedaba en segundo plano.

– Sra. Wilcox, llame, si es tan amable, al despacho de Christopher Norton y pregunte si puede recibirme es estos momentos – dijo Mary Fishers.

– ¿Tiene que ser en este momento o su reunión puede esperar para más tarde?

– No, no puedo esperar. Si es necesario, insista.

– De acuerdo.

La señora Wilcox era la secretaria de Mary desde hacía tres años. Tenía cincuenta años, era de trato agradable y sabia en discreción, además de buena trabajadora y colaboradora eficaz. Viuda tras quince años de matrimonio, se había vuelto a casar recientemente, tras lo cual su vida había dado un giro de ciento ochenta grados y se apreciaba en ella la felicidad. Quería a Mary y sentía por ella una profunda admiración y respeto.

Mary Fishers, una vez activado el archivo de su pendrive, lo extrajo y lo guardó de nuevo en su bolso.

– Señorita Fishers. Acabo de concertar la entrevista. El Dr. Norton la espera en su despacho.

– Gracias, señora Wilcox.

Mary Fishers salió de su despacho y se dirigió hacia el hall. Caminaba rápida, como si tuviera prisa, para encaminarse hacia el ala izquierda y allí esperó la llegada del ascensor que la conduciría hasta la tercera planta. Cuando llegó al despacho de Christopher Norton la recibió su secretaria, la señora Myers.

– Buenos días, señorita Fishers. El señor Norton tiene en estos momentos una visita y me ha dicho que lo avise en cuanto llegara usted. No tardará en recibirla – dijo la Sra. Myers.

– Gracias.

La puerta del despacho de Christopher Norton se abrió y asomó una figura femenina que llamó la atención de Mary. Tras ella se encontraba el Dr. Norton, que se estaba despidiendo, y que al advertir la presencia de Mary, dijo:

– Ven, ¿quieres conocer a Mary?

– Me encantaría – dijo ella.

– Hola Mary. Acércate, por favor. Te presento a Pascale Carter – dijo Christopher Norton.

– ¡Encantada! – exclamó Mary, con cara de sorpresa.

– Mucho gusto en conocerla, señorita Fishers. Me han hablado muy bien de usted, ya que es un personaje idolatrado en Microgensyn – respondió Pascale Carter, con palabras premeditadas.

– Mary, la señorita Carter trabaja en el bufete de abogados de Williamson & Weiss y nos está asesorando en temas muy importantes – intervino Christopher Norton.

– Bien, si me disculpan, tengo que marcharme. Ha sido un placer señorita Fishers – observó Pascale Carter, mientras retrocedía y alargaba su brazo a modo de saludo de despedida.

– Lo mismo digo – contestó Mary.

– Hasta luego, nos vemos en la reunión – dijo Christopher Norton sonriendo a Pascale -. Entra Mary.

Antes de entrar al despacho del Dr. Norton, Mary miró por encima la figura de Pascale, que ya se alejaba, y percibió algo extraño de aquella persona. Por la razón que fuera, y aún sin conocerla, presentía que no iban a ser amigas. Como polos positivos que se repelen, las relaciones personales a veces siguen las mismas leyes físicas.

El despacho de Christopher Norton era grande, luminoso y austero en decoración. Su carácter quedaba palpable en aquella habitación, ya que predominaba sobre todo la funcionalidad. Mobiliario de diseño, dos esculturas abstractas en los lados de la ventana, y una estantería llena de libros. Impresionaba el orden en el que estaba colocado todo, no había nada fuera de lugar, ni un sólo detalle discordante.

– ¿Quieres tomar un café, Mary? – propuso Christopher Norton.

– No, gracias.

Christopher se sentó en el sillón de su mesa, cruzó las piernas y dejó descansar sus brazos sobre la mesa. Enfrente estaba Mary Fishers, con expresión hierática.

– Y bien… ¿Has recibido los correos electrónicos? – preguntó él.

– Sí. Ya están aquí – respondió ella, con brevedad. Igual que en otras ocasiones que se encontraba en el despacho del Dr. Norton, Mary miraba con curiosidad la puerta que había allí dentro y que siempre estaba cerrada con llave. Le habían comentado que se trataba de una pequeña habitación donde Christopher Norton guardaba en una caja fuerte los expedientes y documentos importantes relacionados con los proyectos de investigación de Microgensyn.

– ¿Y los archivos?

– Todo está correcto. El porcentaje de resultados que he recibido es el programado. 4GLium ya los está analizando.

Era evidente que la relación de ambos no era muy cordial. Mary detestaba acudir al despacho de Christopher para informarle de los resultados de cualquier trabajo. Por ello, ponía de manifiesto un mecanismo de autodefensa, expresándose con frases cortas y, a menudo, con monosílabos.

– Entonces… mañana tendremos los resultados – sentenció Christopher Norton -. ¿Qué te han comentado nuestros científicos?

– Las impresiones de ellos son positivas. Creen que la vacuna es todo un éxito. Hasta ahora no han detectado ningún fallo, no han tenido ningún problema, ni efectos secundarios.

– Me alegro, Mary. Ya sabes lo importante que es para nuestra empresa este proyecto. Ven a verme mañana, a primera hora, con un dossier detallado de todos los resultados – sentenció él, como casi siempre, con una orden.

– De acuerdo.

– A propósito, ¿qué sucedió en la cena con Jeff Colleman?

– No… nada de particular.

– ¡Nada de particular! – exclamó él, esbozando una sonrisa de malicia -. Una cena basada en manjares exquisitos, con un paseo de madrugada por las callejuelas de la ciudad y un tierno baile en la penumbra de un pub. A eso lo llamas nada de particular.

En aquel momento Mary Fishers se dio cuenta que estaba atrapada en una trama peligrosa que había menospreciado en un principio. El juego era real y el aceptar participar en él, suponía asumir todas las consecuencias. Estaba metida en una conspiración y ella figuraba en el papel principal. Su rol, a partir de entonces, consistiría en tomar todas las precauciones posibles. Por eso, pasó al ataque.

– ¿Cómo… sabes tú todo eso?

– Yo procuro estar enterado de todo, es mi obligación. Ya sabes que yo pongo mucho celo profesional a mi trabajo.

– ¡Me estáis espiando! – contestó ella, llena de indignación, mientras se ponía de pie y apuntaba con su dedo índice a Christopher Norton.

– Yo no lo llamaría así. Simplemente quiero verificar que todo sigue su curso.

– Chris, sabes una cosa…

– ¿Cuál?

– Que eres un cerdo – respondió Mary Fishers, liberando la rabia contenida desde hacía muchos años.

– Por ahora, no voy a tener en cuenta tus palabras. Es lógico que estés enfadada y descargues tu ira contra mí.

– Me importa un pimiento que lo tengas en cuenta o no. Creía que te conocía, pero ahora es cuando sé que eres más ruin y despreciable de lo que pensaba.

Christopher Norton se puso de pie. Mirando fijamente a los ojos de Mary le dijo:

– Aquí me tienes. Estaré esperándote cuando todo esto termine – Estaba desafiante. No obstante, debía mantenerse sereno y procurar que Mary obtuviera la información que precisaba. Se sentó de nuevo, gesto que fue imitado por Mary -. Cambiando de tema, ¿estás preparada?

– ¿Para qué? – inquirió ella.

– Para conseguir la información que necesitamos.

– Claro que sí – respondió ella, con firmeza -. Yo también pongo todo el celo en los asuntos que emprendo – y salió del despacho dando un portazo.

 

 

Christopher Norton no confiaba en exceso en Mary Fishers. El meteórico ascenso de ella en el panorama científico internacional la había convertido en el paradigma de Microgensyn. La envidia, sentimiento corrosivo, y el anhelo de conseguir metas superiores en la empresa, que bien podría ocupar Mary, en caso de conseguir la vacuna del coronavirus, lo llevaron a diseñar una trama en la que el papel de víctima estaba reservado para Mary Fishers. Ella cayó en la trampa y aceptó el espionaje científico. No sabía si estaba capacitada para conseguir lo que le habían propuesto, pero en uno u otro caso dispondría lo necesario para que saliera de la empresa después de un gran escándalo que arruinara su carrera. Ello le dejaría el camino libre para alcanzar, algún día, la presidencia de Microgensyn.

Christopher Norton se dirigió hacia la puerta que había en su despacho. Sacó las llaves de su bolsillo, abrió la puerta y entró en la habitación. De geometría rectangular, en ella destacaban una caja de seguridad de grandes proporciones, una estantería con cientos de archivadores y una mesa en el fondo. Sobre ésta un terminal de ordenador y un ordenador portátil. En una mesa accesoria había una impresora.

Se sentó en la mesa, puso en funcionamiento el terminal y tecleó su contraseña. Después arrancó el programa 4GLium:

«Clave de acceso»: 371chnorton2-3

«Clave de acceso correcta: Buenos días Dr. Norton»

4GLium era un programa informático interactivo. Había sido diseñado para facilitar las tareas de las personas que estaban autorizadas para su utilización. Podía reconocer a los científicos que trabajaban con él, y debido a la capacidad de memoria y autoaprendizaje, podía proponer o preguntar al usuario qué trabajo quería hacer en ese momento.

«Buenos días 4GLium. Quiero los resultados del análisis del Proyecto Mgen1702»

«Los resultados del análisis del Proyecto Mgen1702 no estarán disponibles hasta mañana. Dr. Norton, el análisis ya está realizado, sólo usted está autorizado para conocer los datos en este momento. Si es tan amable de introducir la clave de acceso restringida para usted, puedo facilitárselos ya»

A veces resultaba petulante la locuacidad y la jerga utilizada por 4GLium. Pero un programa informático no está capacitado para expresar sentimientos, sino que sólo obedece aquellas directrices para las cuales ha sido programado. Por ello, la ira, frustración o agradecimiento debe estar representada en el grupo de personas que han trabajado en su elaboración.

«Clave de acceso restringida»: 614chnorton9.2

«Clave de acceso restringida correcta: Ahora está usted autorizado para visualizar los resultados del Proyecto Mgen1702»

Christopher Norton pulsó el icono de resultados y el programa abrió una carpeta llena de datos de todo tipo.

PM1702TAI;    PM1702NIG;    PM1702USA;    PM1702BRA;

Vacunados   12.000  Personas
Placebo     6.000  Personas
Vac15721     6.000  Personas
Seropositivos con placebo          651  Personas
Seropositivos con Vac15721              0  Personas
Placebo no analizados            32  Personas
Vac15721 no analizados

25  Personas

El programa suministraba un análisis exhaustivo de cualquier dato que quisiera conocer. Datos por edad, sexo, ocupación, fecha de administración y de pruebas analíticas, comportamientos de riesgo, etc., así como todo tipo de estadísticas. Pero al Dr. Norton sólo le interesaban los datos globales. Aquellos que le indicaran si la vacuna era eficaz.

Christopher Norton esbozó una sonrisa de satisfacción. Los datos parciales que acababa de contemplar le indicaban, con un margen de seguridad muy alto, que la vacuna sería eficaz y que el proyecto, en el que habían invertido varios cientos de millones de dólares, todo un éxito. De nuevo, Microgensyn lograba un hito científico.

La trama estaba urdida.

Y ella atrapada en la red.

Ahora, solo faltaba por saber si Mary se iba a comportar como una pavica, o con un par de lo que hay que tener para salir del entuerto en el que se había metido por ilusa.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el sexto capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos. Mi deseo, si el tiempo y mis obligaciones me lo permiten, es publicar dos capítulos cada semana.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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