LA VACUNA: Capítulo 5, UNA CITA NADA ROMÁNTICA

Cogió la llave de plástico y la metió en el bolso. Miró el reloj y supo que llegaría puntual a la cita. Antes de salir de la habitación, se miró en el espejo del pasillo y comprobó que su aspecto era el adecuado, vestido recto de lino de manga corta en color arena, un chal de seda natural color crema sobre los hombros y unos zapatos con pulsera.

Jeff Colleman observaba los detalles de un cuadro en el vestíbulo del hotel mientras esperaba a Mary Fishers. Dio media vuelta y la vio venir. Allí estaba él, esperando a la competencia, a una persona con la que mantenía una sana rivalidad, pero a la que intentaría adelantarse en la consecución de uno de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XXI.

– Hola Jeff, buenas noches. Creo que soy puntual – saludó ella, con timidez.

– Buenas noches – respondió Jeff, tras examinar la figura de Mary.

– ¿Dónde vamos? Tengo hambre.

– Me han recomendado un restaurante en el centro de la ciudad – dijo él, intentando vocalizar con dificultad en castellano el nombre del restaurante.

– ¿Crees que habrá buena comida?

– Me han dicho que tiene una cocina excelente. He confirmado que en esta ciudad se come muy bien.

– España es un país donde existe una calidad de vida envidiable. Cuarenta horas semanales de trabajo, un clima muy agradable con mucho sol, relaciones sociales en la calle, buena comida y un vino excelente – dijo ella, pues antes de visitar un país por primera vez siempre se documentaba convenientemente.

– Se te olvidan dos aspectos muy importantes: Precios económicos y sobre todo un país muy tolerante.

– Estoy de acuerdo. ¿Nos vamos?

– Sí, espera un momento, voy a pedir un taxi.

El trayecto desde el hotel al restaurante fue distendido. Jeff Colleman hablaba un español con acento mejicano que había aprendido durante su estancia de seis meses en un centro de investigación de México D.F. y que solía practicar una o dos veces al año cuando se retiraba a descansar, durante sus vacaciones, a las playas del Caribe, en Cancún. Le apasionaba y al mismo tiempo sentía una profunda admiración por la cultura del Imperio Maya. Siempre que se perdía durante unos días por aquella zona, solía visitar la pirámide de Chichén Itzá, desde cuya cima podía percibir la inmensidad del universo.

Durante el recorrido, Jeff Colleman aprovechó para pedir información al taxista sobre aquella ciudad, Murcia, pues le llamaba poderosamente la atención la gente que paseaba por la calle, distendida y manteniendo la preceptiva distancia de seguridad.

Mary Fishers escuchaba la traducción simultánea que le realizaba Jeff Colleman y a veces reía en sincronía con el taxista cuando Jeff pronunciaba alguna palabra con dificultad. Ella comentó, en tono admirativo, que parecía un lugar agradable para vivir.

Llegaron al restaurante, se presentaron y solicitaron la mesa que tenían reservada. Al comunicarles que ese día, el comedor estaba completo, pidieron una mesa apartada. En esos momentos sólo había dos mesas ocupadas, faltaban unos minutos para las nueve de la noche y la costumbre local era cenar más tarde.

– Es un sitio bonito y muy elegante – comenzó la conversación Mary Fishers.

– Parece ser que en esta ciudad tienen un gusto muy refinado – respondió él, admirado por la impresión positiva que le acababa de producir el restaurante.

Un camarero les entregó la carta. Poco después volvió y depositó sobre la mesa un plato con Hueva de Mújol con Almendras Marconas. Mary y Jeff se miraron extrañados. A continuación, se dirigió a ellos el maître del restaurante:

– Buenas noches, ¿qué van a cenar los señores?

– Pues… francamente no lo hemos decidido, todavía – dijo él, indeciso -. Hemos hojeado la carta y…

– Si me permiten, puedo aconsejarles – interrumpió el maître -. Pueden elegir dos formas distintas de cenar, puesto que ustedes no son de aquí.

– ¿Cuáles? – preguntó Jeff Colleman.

– La primera, de forma tradicional, un primer y un segundo plato. La segunda consiste en un picoteo, muy frecuente en esta tierra, que es un conjunto de diferentes platos típicos del restaurante.

– ¿Qué nos recomienda?

– Yo creo que es mejor un picoteo, de esa manera pueden degustar diferentes alimentos y hacerse una idea de las comidas de Murcia y de España.

Jeff trasladó a Mary la conversación con el maître y optaron por la segunda opción. Tras una descripción detallada de diferentes tipos de platos, se decidieron por unos Langostinos del Mar Menor, Percebes gallegos, Jamón de Jabugo, Buñuelos de Bacalao, Ensalada de Tomate con Ventresca y para finalizar una Paletilla de Cabrito Lechal al horno, deshuesada y para compartir.

– De bebida, ¿qué nos aconseja?

– ¿Les gusta el buen vino?

– Sí. Yo he bebido vinos de Rioja y de la Ribera del Duero – contestó Jeff Colleman, presumiendo de conocer los buenos vinos españoles.

– En España se cultivan magníficos caldos. Como usted ya conoce  esos, yo le aconsejaría que probara un vino tinto de esta región, un Clio 2017. Y para acompañar el marisco un Remordimiento Blanco.

Jeff aceptó las sugerencias. Mary le comentó que no era capaz de distinguir un vino de otro. En realidad, sólo lo había bebido en alguna ocasión aislada.

– Te propongo un pacto – sugirió Jeff Colleman.

– ¿Cuál?

– Que no hablemos en ningún momento de la vacuna. Dejemos a un lado nuestro trabajo.

– De acuerdo. Aunque nuestra deformación profesional hará que al final terminemos hablando de ciencia.

– Sí, pero dejemos los bichitos a un lado. Por favor… no hablemos de enfermedades infecciosas – sugirió él sonriendo.

– En ese caso, me gustaría hacerte una pregunta.

– Adelante.

– ¿Por qué me has invitado esta noche a cenar? – preguntó ella con interés y añadió -, no me respondas que ha sido un impulso, que no me lo creo, o ¿acaso pretendes ligar conmigo?

– ¡Oh! Por favor, ¡no me tomes por un Don Juan! En realidad, tenía muchas ganas de conocerte. Sabes que eres muy famosa. En todas partes, sólo hablan de ti. Siempre, en cualquier conversación, tu nombre está presente. Todos te admiran por tus éxitos y nadie comprende cómo los has conseguido siendo tan joven. Ya sé que es una pregunta que no se debe de hacer, pero, ¿cuántos años tienes?

– La edad de una mujer es una incógnita. Digas lo que digas, siempre te suman algunos más. Te advierto, de antemano, que es una respuesta que nunca conocerás – contestó ella, con gesto serio. Hizo una pausa, y observó la cara de asombro que ponía Jeff Colleman -. Estaba bromeando, no tengo por qué ocultar mi edad. Tengo treinta y cuatro años.

– ¡Treinta y cuatro años! No está mal.

– Ahora te toca a ti. ¿Cuántos años tienes?

– Pocos y muchos, según como se mire. Tengo treinta y nueve.

– ¿Dónde estudiaste?

– En Berkeley.

– ¿Y, por qué estudiaste medicina?

– Muy sencillo, de niño padecía siempre de amigdalitis y pasaba muchos días en casa con fiebre, sin poder salir. A decir verdad, creo que pasaba más tiempo en la consulta del Dr. Lightstone que en mi propia casa, así que decidí ser de mayor médico.

– ¿Y por qué te especializaste en microbiología? – seguía ella con el interrogatorio.

– Esa fue la decisión más sabia, acertada y feliz que tomé en toda mi vida. Yo siempre quise ser cirujano. Empecé la residencia, pero no tardé en darme cuenta que lo mío no era la sangre, ni el bisturí. La investigación me apasionaba y la microbiología clínica era una especialidad que me permitía compaginar la labor médica y la actividad investigadora, así que una tarde tomé una decisión y cambié de especialidad. De eso, hace ya muchos años, y te puedo asegurar que ahora soy la persona más feliz del mundo. Dedico todo mi tiempo a mi actividad profesional.

– Tu experiencia me recuerda en ciertos momentos a mi propia vida. Parecemos computadoras programadas para realizar una actividad determinada. Pero, probablemente, la felicidad no consiste exclusivamente en tener éxito profesional, sino que hay otros factores que influyen decisivamente.

– Estoy de acuerdo. El amor, la familia, disfrutar del tiempo libre y quizás otros que ahora olvido. Pero, mientras que en el trabajo podemos controlar todos los factores, y que salga bien o mal depende exclusivamente de nosotros, lo demás es como más etéreo, más difícil de planificar, precisa de una pequeña dosis de suerte.

Los langostinos estaban cocidos. Los percebes descansaban en una bandeja de porcelana, sobre un lecho de hielo picado.

– ¿Qué es eso? – preguntó Mary Fishers a Jeff, con un gesto de asombro.

Lo preguntó al camarero y éste le dijo que eran percebes, además de explicarles cómo debían comerlos. No lo dudaron. Cada uno cogió uno, de la uña, lo doblaron y a continuación lo saborearon con sumo placer.

– ¡Qué maravilla, y pensar que los he probado por compromiso! – dijo Mary, al tiempo que se esmeraba en preparar el siguiente.

– Creo que hemos acertado. Prueba los langostinos, están exquisitos. Esto sí que es aprovechar bien el tiempo libre. Esto es vida – comentó él, antes de beber el vino blanco.

– Quizás sea ese el quid de la cuestión, la vida.

– ¿A qué te refieres?

– A la vida misma, como principio y fin. Al eterno dilema de no saber de dónde venimos ni a dónde vamos. Pasado y futuro son dos realidades dignas de estudiar. ¿Te das cuenta Jeff, que no sabemos nada, que sólo conocemos el presente, y del pasado sólo un trocito de la historia?

– Tienes razón. Es algo que he intentado estudiar, y sobre el que he elaborado diferentes teorías e incluso en una ocasión inicié un proyecto de investigación, pero que nunca se terminó.

– Yo también, porque es un tema que me intriga.

– ¿Qué piensas del origen de la vida?

– No sé… es un campo difícil y con muchas connotaciones peligrosas de evadir, ya sean éticas, filosóficas o religiosas. El origen de la vida en la tierra, bajo mi punto de vista, es pura casualidad. Hubo un momento, en la evolución de la tierra, que las condiciones ambientales fueron favorables y por la combinación de diferentes elementos químicos se formó una cadena, muy elemental, de material pseudogenético, que a su vez fue evolucionando hacia estructuras más complejas. Así, llegaría un momento en el que se formaría una cadena de material genético, propiamente dicho, con capacidad para duplicarse y dar lugar a estructuras similares. En algún momento de su evolución, para evitar la agresión de sustancias químicas y la interacción de esas mismas cadenas genéticas, procurarían la creación de una cubierta que los protegiera.

Jeff Colleman seguía muy atento la teoría de Mary Fishers, así como los gestos de ella dibujando con sus dedos, sobre el mantel, las figuras geométricas que iba explicando.

– Una estructura simple, formada por una cadena de material genético y una envoltura que le proporcionara la protección adecuada.

– Sí, en efecto, lo acabas de adivinar.

– ¡Un virus!

– Es una teoría descabellada, pero fascinante. El origen de la vida en la Tierra serían los virus – dijo Mary Fishers, sin reflejar la satisfacción que le proporcionaba la autoría de la idea, y sin temer el plagio por parte de Jeff Colleman.

– ¿Y cómo explicar la evolución desde los virus a las diferentes especies, animales y vegetales?

– Muy fácil. Estos virus se multiplicarían extraordinariamente, mutarían y darían lugar a estructuras cada vez más complejas, hasta llegar a construir, después de miles de años, una célula.

– Y una vez creada la célula, empezaría un nuevo ciclo hasta la creación de un ser viviente, animal o vegetal. ¿No es así?

– Correcto. Puede ser que se formara una sola célula o miles de células diferentes y que una o varias dieran lugar a seres vivos diferentes, iniciando así lo que conocemos desde Darwin como Teoría de la evolución, y la posterior selección de unas especies sobre otras.

– Me parece fantástica tu teoría. Algo tan complejo y tan simple de explicar. Además, pienso que es factible.

Jeff Colleman no adulaba a Mary Fishers, sino que se había convencido plenamente y reconocía la ingente labor de análisis, razonamiento y creación de ella.

– Por supuesto que es factible. Si no lo fuera, no te la habría relatado – interrumpió ella, pues nunca admitía que pusieran en duda sus ideas.

– ¿Y por qué no lo has publicado todavía?

– Porque existen lagunas.

– ¿Cuáles?

– Es, simplemente, una teoría… muy difícil de demostrar experimentalmente. Todo descubrimiento tiene que ser reproducido en el laboratorio para ser admitido por la comunidad científica. Este aspecto, todavía no lo he logrado, aunque tampoco lo he intentado. He tenido alguna idea, pero no se me ocurre cómo poder demostrarlo.

– No tienes por qué realizar un trabajo científico. Puedes publicar tu teoría en cualquier medio y quizás sirviera de acicate para que otros investigadores pudieran diseñar un estudio y verificar si tus ideas son correctas. El descubrimiento no sería tuyo, pero todo el mundo reconocería que la autora de la teoría eres tú.

– Puede ser – asintió ella.

– ¡Cómo que puede ser! Claro que es. Además… espera… se me acaba de ocurrir algo.

– ¿El qué?

– Si la vida en la tierra se originó a partir de la aparición de un virus, eso quiere decir que probablemente siga ocurriendo ese fenómeno en la actualidad.

– ¿Qué quieres decir, Jeff? – preguntó ella, con interés, inclinando su cuerpo hacia delante.

– Que la teoría de la evolución es indefinida. No tiene un principio ni un fin, sino que los seres vivos están adaptándose continuamente al medio dónde viven, cambiando según las modificaciones del terreno, y desapareciendo especies que han habitado este planeta durante miles de años. Son cambios que ocurren a lo largo de cientos de años, por eso son imperceptibles a simple vista.

La curiosidad de Mary Fishers aumentaba con cada palabra que pronunciaba Jeff Colleman. Las respuestas a los detalles, que al parecer no se le ocurrieron durante la génesis de su teoría, podría tenerlas Jeff Colleman. Por ello, volvió a inquirir:

– ¿Adónde quieres llegar?

– Quiero llegar al punto de partida, Mary. Si tu teoría es correcta, ese proceso se sigue produciendo en la actualidad. ¿No te das cuenta? Continúan originándose virus nuevos. Microorganismos capaces de producir nuevas enfermedades y al mismo tiempo facultados para generar nuevas formas de vida – Jeff hablaba muy deprisa, entusiasmado, con palabras emotivas y cuando concluyó su disertación obsequió a Mary una sonrisa.

Mary Fishers, emocionada con el sentimiento que había puesto Jeff Colleman en sus expresiones, y con la sonrisa expectante de éste, también reía. Así permanecieron unos instantes, ella lo miraba con ternura y al mismo tiempo pensaba: “¡qué interesante está cuando se ríe!”.

El camarero dejó sobre la mesa dos platos. Uno contenía jamón de Jabugo, cortado en lonchas finísimas y de pequeño tamaño. El otro, buñuelos de bacalao, dispuestos en forma circular. A continuación, procedió a descorchar el vino tinto. En una copa ancha, de cristal brillante, puso un poco de vino para que Jeff Colleman realizase la cata. Jeff cogió la copa, la inclinó sobre el mantel y admiró el colorido del vino. Después procedió a aspirar el aroma, quedando impregnadas sus papilas olfativas con todos los matices que desprendía. Y por fin se dispuso a probarlo. Un sorbo pequeño bastaba para apreciar todas las cualidades gustativas. Se dirigió al camarero y le dijo:

– Realmente está exquisito. Puede usted servirlo.

Una vez solos, prosiguieron su conversación.

– Tienes razón. No se me había ocurrido – dijo ella.

– Simplemente es un razonamiento, pero si logramos plasmarlo en el laboratorio sería una bomba más importante que el descubrimiento de la vacuna del coronavirus.

– Bueno, pero hay que demostrarlo primero.

– Mira, podemos diseñar dos tipos de estudios diferentes.

– ¿Cómo que podemos? – preguntó ella, con sorpresa.

– Si no te parece mal, te estoy proponiendo mi colaboración, y que los dos juntos iniciemos esta aventura científica.

– Me parece correcto que nos asociemos en este proyecto, pues aunque la teoría es mía, tú acabas de abrir una puerta que yo tenía cerrada. Dime, Jeff, ¿cuáles son esos trabajos?

– ¡Escucha!, podemos intentar descubrir una partícula con material genético, seguir su evolución en el laboratorio y verificar si, con el tiempo, adquiere características que la hagan evolucionar hasta un virus. O, intentarlo desde el otro punto de vista, cultivar diferentes virus en condiciones óptimas, estudiar sus mutaciones, los cambios en su estructura, y seleccionar aquellos que consideremos que tengan más posibilidades de poder transformarse en una célula – Jeff, cogió la copa de vino, miró su colorido, aspiró su aroma y bebió con gran placer.

– Dicho así, parece sencillo, pero pienso que vamos a tener muchas dificultades para lograr nuestro propósito.

– ¡Por supuesto! Y probablemente no lo logremos, pero lo más importante es intentarlo.

– ¿Dónde vamos a realizar la investigación? – preguntó Mary Fishers, con la esperanza de obtener una respuesta que facilitara sus planes.

– Me gustaría que fuera en mi laboratorio, si estás de acuerdo.

Claro que estaba conforme, pues era el objetivo que se había marcado durante la cena. Compartir su teoría no le importaba porque no se trataba de una de sus prioridades más importantes. Además, no creía lo suficiente en esa empresa que iban a iniciar, pues las posibilidades de éxito eran escasas. Sabía que la teoría podría ser verosímil, pero al mismo tiempo precisaría de muchos años de investigaciones para obtener un resultado medianamente positivo, a no ser que un golpe de suerte les proporcionara un descubrimiento importante.

– ¿Cuándo podemos iniciar nuestra investigación? – preguntó ella, disimulando la alegría que le causaba tal decisión.

– Creo que no tenemos que demorarnos y concertar ya una reunión para cuando regresemos a Estados Unidos. En ella podemos hacer una planificación del trabajo que tenemos que realizar. ¿Te parece bien el miércoles próximo en mi despacho?

– ¿A qué hora?

– A las cinco de la tarde.

– De acuerdo, allí estaré.

Mary Fishers alzó su copa y propuso a Jeff Colleman un brindis:

– Brindo por el origen de la vida y por el espíritu de concordia que una investigación científica ha creado en dos personas – dijo Mary, mientras miraba a los ojos de Jeff.

Las copas chocaron entre sí. El cristal emitió el sonido agudo característico. Y tras beber el vino, degustaron las últimas lonchas de jamón.

¡Dioooossss! ¡Qué sosos!

En lugar de tirarse los tejos y dedicar la velada al ligoteo, coqueteo o galanteo, van y… ¡se dedican a hablar de ciencia!

¡Qué pansíos!

En fin, como dice el refrán: “Dios los crea y ellos se juntan”.

 

 

Una sonrisa burlona acompañaba el gesto de regocijo de aquel hombre. Cenaba sólo, en una mesa cercana a la de Mary y Jeff. Un recodo en la pared y un jarrón de enormes proporciones, lleno de flores, le aseguraban el escondite perfecto para ocultar su presencia. Llevaba colocado un auricular en una oreja, unido por un cable de pequeño grosor a un aparato que parecía una radio vetusta. Colocada encima de la mesa, sobresalía una antena diminuta que estaba dirigida hacia el lugar que ocupaban ellos. Causaba la impresión de estar escuchando música mientras cenaba, en alguna de las emisoras de radio locales. Sin embargo, no eran esas sus intenciones. Escuchaba la conversación que mantenían Jeff y Mary con interés, al tiempo que degustaba una lubina al horno. Giró su cabeza hacia la izquierda, miró la pared, como si quisiera verlos a través de ella, y al comprobar la inutilidad de su acción, centró de nuevo la atención en el auricular.

La velada transcurrió deliberadamente sobre temas de conversación centrados en la vida de ambos, que les permitió un conocimiento mutuo más íntimo. Comentaron con profundidad las características, sabores y cualidades de cada uno de los alimentos que consumían. Alimentos simples en su concepción y auténticos manjares en la boca. Tanto el vino tinto como el blanco merecieron un comentario aparte, destacando lo acertado de su elección. Cuando salieron del restaurante, Jeff comenzó a hablar con el dueño, que estaba fumando un puro en la calle, y ensalzó su cocina y la bodega, mientras que éste, agradecido, les aconsejó un paseo por la ciudad antes de retirarse al hotel, puesto que el clima nocturno de septiembre en Murcia ya no era tan bochornoso como durante el mes de agosto.

Caminaron hasta el centro de la ciudad para llegar a la plaza de Santo Domingo. El lugar, a esas horas, las doce y treinta minutos de la noche, estaba lleno de gente que iba y venía, aunque seguía con la ortodoxia de la distancia social aconsejada por las autoridades sanitarias. Desde allí nacía una calle estrecha, peatonal, y al fondo podían adivinar el contorno de una gran estructura, en parte porque estaba dotada de una iluminación fuera de lo normal. Decidieron ir a ver aquello. Durante el corto trayecto tuvieron que detenerse en varias ocasiones para esquivar a las personas y así cumplir ellos también con el precepto establecido.

Siguieron caminando y al finalizar su recorrido se encontraron ante la Catedral de Murcia. Después de contemplar la torre giraron a la derecha, adentrándose bajo unos soportales que desembocaban en otra fachada de aquel monumento. Un cartel, situado en la pared de un edificio próximo, les indicó que se encontraban en la Plaza del Cardenal Belluga. Se dirigieron hasta el centro de la misma y desde allí pudieron apreciar el estilo Barroco en el que había sido construida la catedral.

Continuaron paseando por otras calles, disfrutando de una visita nocturna de la ciudad. Al final decidieron terminar la noche tomando una copa en un pub.

Aquella zona estaba llena de locales de copas, en los que había gente, pero mucha menos de la que sus dueños hubieran deseado. Al final encontraron uno donde poder entrar y que llamó la atención de Mary Fishers porque allí sonaba la música de Des´ree y su canción “Life”. Solicitaron una bebida que fuera típica de ese lugar y la camarera les aconsejó Agua de Murcia. Un cóctel cuyos ingredientes eran: cava, zumo de limón, ron, vodka, cointreau, hielo picado y azúcar.

– Salud – dijo Jeff Colleman, levantando su copa.

– Salud – respondió Mary, contorneando su figura al ritmo de la música.

Bebieron un trago largo. La caminata y el calor les había proporcionado la dosis suficiente de sed que aplacó aquella bebida fría.

– ¿No será peligroso éste cóctel? – preguntó ella.

– ¿Por qué?

– Por su composición, ya has oído lo que te ha dicho la camarera. Además, nos ha aconsejado que lo bebiéramos con calma.

– ¡Bah! Bobadas. Además, estoy sediento – respondió Jeff, y volvió a beber otro trago -. Vamos a bailar.

No eran los únicos que bailaban. Jeff movía su cuerpo con moderada torpeza, a medio camino entre Michael Jackson y Bruce Springsteen, pero irradiando felicidad en cada uno de sus gestos. A su vez, Mary Fishers correspondía con una sonrisa encantadora. Poco después quedaron fundidos en un abrazo, cuerpo a cuerpo, bailando lentamente, con la canción “Angel of mine” de Eternal.

– Ha sido una pena que cambiaran el tipo de música – dijo Jeff Colleman, cuando volvían hacia el lugar donde tenían las copas.

– ¿Por qué?

– Porque yo bailo muy mal, y, sin embargo, la música dulce y melodiosa me va mucho mejor.

– No seas exagerado, bailas muy bien.

– No, ¡qué va! Si yo soy un patoso.

– Bueno, sin comentarios… – Mary Fishers cambió el tono de voz – Quiero agradecerte esta magnífica velada. Lo estoy pasando muy bien. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto.

– No tienes que agradecerme nada, simplemente tienes que ser tú misma. Yo tenía un concepto equivocado de ti.

En esos momentos, Jeff Colleman, acarició la cara de Mary Fishers, y después, con suavidad, empujó el pelo de ella hacia atrás, para dejar su rostro completamente visible, aunque ya no llevaba la mascarilla que habían utilizado durante su paseo. Ella, sorprendida agradablemente, se manifestó con un gesto mohín.

– ¿Cuál? – preguntó ella, como electrizada.

– La imagen que yo tenía de ti es la que he escuchado a través de muchos comentarios. Tú proyectas una apariencia de diva, de ser lejano y distante, inaccesible. Muy seria en la vida y dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. Sin embargo, esta noche he descubierto que estaba equivocado, que el concepto que tenía de ti era totalmente falso, y que los prejuicios iniciales, en esta cita, eran erróneos.

– Me alegra que pienses así.

– Es cierto. Esta noche he conocido a una persona nueva. Una mujer inteligente, sensible, comunicativa y de trato afable, pero que sobre todo sabe mover su cuerpo al ritmo que marca la música y que baila como los ángeles – dijo él, con ironía.

Mary Fishers estalló en una risa compulsiva que contagió a Jeff Colleman. Ambos manifestaban su felicidad abiertamente, sin tapujos. Cuando la risa cesó, Jeff inclinó la cabeza, muy despacio, hacia la de Mary, y su mano estrechó el costado de ella. Mary, dubitativa, levantó la mirada, sus labios casi rozaban los de Jeff Colleman, cerró los ojos y dio un paso hacia atrás.

– Perdón – dijo él, avergonzado.

– No tienes por qué.

– Es tarde. ¿Regresamos al hotel?

– Creo que sí…

El camino de vuelta al hotel lo hicieron dando un paseo por el centro de la ciudad. Caminaban lentamente, en silencio, separados por apenas medio metro. A veces uno iba delante y el otro detrás, mientras que en otras era al revés. Intercambiaron pocas palabras, sólo miradas que lo decían todo. Se detuvieron en la puerta del hotel, se miraron a los ojos, y él, con un ademán, le cedió el paso.

Ya en el hall, se dirigieron al ascensor. Mary Fishers pulsó los números cuatro y seis. Las puertas se abrieron en la planta cuarta y ella salió. Jeff Colleman la siguió para despedirse y le dijo:

– Creo que esto se ha terminado.

– Eso parece.

– Ha sido un gran placer para mí haberte conocido.

– Lo mismo digo – respondió Mary, parca en palabras.

– Bueno…

– ¿Sí?

– Quedamos el próximo miércoles.

– Sí, a las cinco de la tarde.

– ¿Sabrás llegar a mi despacho?

– No tendré ningún problema. Conozco la zona donde se encuentra tu empresa – dijo ella, esperando un detalle, un comentario, una insinuación por parte de él.

– Entonces…

– Quedamos el próximo miércoles – dijo ella, con una sonrisa en los labios que reprimió llevándose la mano a la boca, al tiempo que hacía un ademán de despedida.

– De acuerdo.

Jeff Colleman la besó en la mejilla, se dio media vuelta y entró en el ascensor. Las puertas se cerraban mientras Mary Fishers lo observaba. El pasillo se le hizo demasiado largo, lo recorrió lentamente, pensativa y con la cabeza agachada.

Entró a su habitación. Encendió las luces, se miró en el espejo y su aspecto seguía siendo el adecuado, inmaculado. Tal vez había dejado algo por hacer, algo que ya no iba a ocurrir y un sentimiento de culpa embargó su cuerpo, pero no su alma. Allí, mirándose a sí misma, reconoció a una nueva Mary Fishers fría y calculadora, incapaz de dejarse seducir por la pasión, incapaz de dar un beso.

El beso. Sus labios y mis labios casi llegaron a rozarse. ¡Sólo un beso… nada más!

Ya no recordaba la última vez, pues de eso hacía ya muchos años. La escena seguía grabada en su mente. No la podía olvidar. Miró el teléfono y no lo dudó. Sólo tuvo que marcar unos números y Jeff Colleman estaba al otro lado.

– ¡Sí! – dijo él, sentándose en la cama.

– Hola Jeff, sólo llamo para decirte buenas noches.

– Buenas noches Mary.

La cordura siempre había predominado en Mary. En estos momentos no podía permitir que sus sentimientos pusieran en peligro la misión que debía cumplir.

¡Y así ocurrió todo!

Y yo me que quedé con los ojos ojipláticos porque parecían… ¡dos toooontolabas!

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el quinto capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos. Mi deseo, si el tiempo y mis obligaciones me lo permiten, es publicar dos capítulos cada semana.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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