LA VACUNA: Capítulo 3, LA REVELACIÓN

Las diferentes puertas de la sala del Palacio de Congresos dejaron salir a los congresistas en perfecta sincronía, manteniendo la distancia de seguridad, camino del vestíbulo. Hacia un extremo del mismo se dirigía el Doctor Hodgkins y allí se encontraba el Doctor Norton. Los dos se tocaron los codos, a modo de saludo cordial.

– Ha sido usted muy directo, Doctor Hodgkins.

– Si se refiere a mi pregunta, era necesaria – contestó el Dr. Hodgkins, interrumpiendo al Dr. Norton – ¿no cree? …

– Sí… pero… no había por qué ponerlo en evidencia – el Dr. Norton se refería a Jeff Colleman.

– Pero, era obvio que ese mentecato estaba mintiendo. Su desfachatez me ha exasperado – dijo el Dr. Hodgkins.

–  ¿No creería, acaso, que Jeff Colleman nos iba a exponer en su ponencia toda la verdad y el estado actual de sus investigaciones? – le contestó con una pregunta el Dr. Norton, reflejando su carácter irónico.

– No, no es eso… podría haberse limitado a presentar simplemente sus teorías y no realizar una provocación premeditada al reflejar el punto en el que se encuentran sus investigaciones. Todo el mundo sabe que eso es falso – el Dr. Hodgkins gesticulaba con cada una de sus palabras, movía los brazos, las manos, los dedos -. Además… ese no era el objeto de su ponencia.

– Lo ha dicho y ya está. Ha quedado patente que su objetivo era desmentir esos rumores. Pero ha fracasado. ¿Qué noticias tiene usted sobre la vacuna? – dijo el Dr. Norton de forma tajante, sabiendo cómo dar por finalizado un tema de diálogo y llevar los hilos de la conversación, de forma sagaz, hacia otro asunto.

– Jeff Colleman ha mentido como un bellaco – una mueca de seriedad se apoderó de la expresión de la cara del Dr. Hodgkins -. Sus estudios están muchísimo más avanzados de lo que creíamos. No quisiera importunarle, pero ya han concluido. Y, además, con éxito – dijo, hosco.

– ¡No es posible! – respondió raudo el Dr. Norton, mientras un penetrante escalofrío se apoderaba de todo su cuerpo, y un sentimiento de frustración irrumpía en su pensamiento, no en vano, sus proyectos de futuro podrían haber sido decapitados antes de que la trama urdida estuviese decididamente puesta en marcha.

– Sí lo es – afirmó de nuevo el Dr. Hodgkins.

– Explíquese, por favor, Dr. Hodgkins.

Acostumbrado a dar órdenes y a percibir el estado de ansiedad que su presencia imponía a sus interlocutores, Christopher Norton estaba siendo presa del cambio de rol que la situación inesperada le había generado.

– Según mis fuentes de información, Laboratorios Bioconn terminó el ensayo clínico en fase III hace una semana – dijo el Dr. Hodgkins.

El Dr. Hodgkins advirtió la situación de pánico que le había creado al Dr. Norton con sus revelaciones. Estaba siendo poco explícito. De forma deliberada, sus respuestas eran escuetas. Cada contestación invitaba a realizar una nueva pregunta. La luz del día se apagará y la oscuridad de la noche prevalecerá, decía un viejo aforismo. Con sus informaciones, el Dr. Hodgkins estaba poniendo en evidencia la prepotencia de Christopher Norton.

– Pero… ¿Y los permisos de la OMS? ¿Y la legislación vigente sobre ensayos clínicos? ¡No han tenido escrúpulos y se los han saltado! – la naturaleza serena del Dr. Norton declinó en un estado histérico.

– ¿Quién ha dicho eso? – preguntó el Dr. Hodgkins.

– Jeff Colleman, en su ponencia.

– Dr. Norton, ¿no creerá usted que Jeff Colleman nos ha contado toda la verdad en su ponencia? – espetó el Dr. Hodgkins.

Presa y cazador, dos ironías del destino. La presa está de caza y el cazador es su presa. El cazador, siempre altivo, va en busca de su víctima, la acorrala, la somete e impone su ley. Lo esencial de las cosas está en su naturalidad. Lo evidente, a veces, degenera en parábola. Y de la realidad, sólo merece la pena el mensaje. Por ello, en ocasiones, el cazador se disfraza de presa para conseguir su objetivo, y cuando lo obtiene se recrea con parsimonia y esmero.

– ¿Tenían o no tenían los permisos? – volvió a preguntar el Dr. Norton con exasperación.

– No existe ningún Laboratorio que se exponga a realizar un ensayo clínico sin los permisos pertinentes. ¡Claro que los tenían! Pero la magnitud de sus investigaciones y la gran probabilidad de obtener resultados positivos, hicieron posible que todo se llevara en secreto.

– ¿Dónde se han realizado esos estudios? ¿Qué países han colaborado? – preguntaba insistentemente el Dr. Norton.

– Han colaborado Estados Unidos, México y fundamentalmente Brasil en la fase III – respondió con placer el Dr. Hodgkins, aseverando la veracidad de sus datos.

El ensayo clínico de una vacuna consiste en un estudio científico mediante el cual se prueba la misma en personas sanas. Luego se analizan diferentes parámetros. Fundamentalmente, interesa conocer la seguridad y la eficacia. Con la seguridad se pretende verificar la ausencia de efectos secundarios en la vacuna, y más importante, todavía, es que ésta no desencadene la enfermedad. El momento más importante, en el largo proceso de la gestación de una vacuna, es cuando se evalúa su eficacia. Por eficacia se entiende la capacidad de prevención de la enfermedad para la cual había sido diseñada.

Es la prueba de fuego. Ningún producto químico sale al mercado sin ser sometido a un ensayo clínico. La vacuna no es menos. Un ensayo clínico de estas características consta de tres fases, y cada una de ellas puede eliminar a la siguiente si los resultados son negativos.

En la fase I se aplica la vacuna a un pequeño número de personas de bajo riesgo de infección. En esta fase los científicos intentan conocer la seguridad de la vacuna y qué respuesta inmune es capaz de provocar en los humanos. Posteriormente, la vacuna es sometida a un ensayo clínico en fase II, en el cual se intenta constatar la seguridad y la inmunogenicidad, igual que en la fase I, pero a diferencia de ella, el número de voluntarios es mucho mayor, y, además, pueden pertenecer a grupos de alto riesgo. Si los resultados obtenidos en las fases I y II son positivos, se diseña la fase III. En ella se cuantifica la eficacia, y precisa la participación de un número muy elevado de participantes, que a su vez son personas de alto riesgo de contagio por el agente infeccioso.

– ¿Cuántas personas han participado en el estudio? – seguía preguntando incrédulo el Dr. Norton.

– Teniendo en cuenta los problemas que acarrea la realización de un estudio científico en esta enfermedad, la participación ha sido masiva. En Estados Unidos participaron 2.000 personas, en México 8.000 y en Brasil 20.000 – el Dr. Hodgkins estaba cambiando de estrategia, ya no era parco en palabras, sino profuso en detalles. Ya había conseguido su objetivo, era el momento que tanto esperaba para solazar su ego, tantas veces vilipendiado por el Dr. Norton.

– Y la comercialización, ¿para cuándo la tienen prevista? – la pregunta que nunca hubiese querido formular Christopher Norton y que, forzado por la situación, no le quedaba más remedio que realizar, y cuya respuesta le serviría para elaborar un nuevo cronograma de actividades en su premeditada estrategia.

– En estos momentos están compilando toda la información de los tres países. Paralelamente, se ha notificado a la FDA los resultados preliminares del estudio y que en pocos días solicitarán, oficialmente, los permisos necesarios para la comercialización de la vacuna. Como usted ya conoce, Dr. Norton, en estos casos, los trámites se acelerarán, debido a la gravedad que implica la enfermedad, y más aún por el beneficio que supone para la salud pública mundial el disponer en el mercado de una vacuna por fin eficaz. Por ello, en un breve espacio de tiempo estará en el mercado – dijo el Dr. Hodgkins.

– Si eso es así, ¿qué propone usted? – inquirió el Dr. Norton.

– Conociéndolo de tantos años, seguro que ya tiene planeado algo, ¿no es así Dr. Norton? – afirmación y pregunta, el Dr. Hodgkins se expresaba de forma inconcreta, queriendo indagar la respuesta del Dr. Norton.

– ¡No sé! – respondió lacónico Christopher Norton.

– No dude que la solución será positiva para Microgensyn – dijo el Dr. Hodgkins y, tras una breve pausa, añadió -, me gustaría trabajar ya para Microgensyn.

– ¡Hace mucho tiempo que trabaja usted para Microgensyn! – afirmó el Dr. Norton.

– Usted sabe a qué me refiero. Hace mucho tiempo que estoy hastiado de la labor que desempeño. Trabajar para una empresa y dedicarse a recopilar todo tipo de información para filtrarla a otro laboratorio no es ético – dijo furioso el Dr. Hodgkins mirando fríamente al Dr. Norton.

– Ahora no es el momento adecuado. Tal vez más adelante, cuando todo este tema haya concluido – le contestó él.

– Probablemente tenga usted razón, pero esta es la última misión que desempeño. Cuando se anuncie oficialmente el descubrimiento de la vacuna, finalizaré mi vinculación con ustedes. Quiero trabajar en Microgensyn, pero exclusivamente como científico – sentenció el Dr. Hodgkins.

– Todavía tenemos tiempo para negociar ese tema. La vacuna aún no se ha descubierto. Hay otros asuntos que tenemos que investigar. Luego en el hotel podremos hablar.

– De acuerdo, hasta luego.

Cuando se alejaba, el Dr. Hodgkins intuía que Christopher Norton iba a prescindir de él, pero la partida no había finalizado y él tenía varias cartas que poder utilizar en el momento adecuado.

¡Y yo que tenía idolatrados a los científicos! ¡Y ahora resulta, que como en cualquier otro ámbito de la vida, también aquí se cuecen habas!

¡Uffff!

No sé qué pensarás tú, pero yo pienso que la trama se estaba poniendo fea por momentos, como esa partida de póker en la que tienes un póker de ases y otro jugador te sube la apuesta, ¿y si llevara escalera de color?

¡Qué!

¿Vas o te quedas?

 

 

En el vestíbulo del Palacio de Congresos estaban los congresistas que dialogaban en pequeños corrillos acerca de las intervenciones de Mary Fishers y de Jeff Colleman, pero sobre todo de éste último, reconsiderando las ventajas e inconvenientes de la vacuna. Mientras unos defendían con entusiasmo las posibilidades de la misma, otros se mostraban más escépticos y dudaban de su eficacia.

Cerca de una columna, Arthur Sullivan conversaba con David O´Connor, Presidente de Bioconn, y con Mary Fishers, cuando se acercó a ellos Jeff Colleman.

– Buenas tardes – saludó.

– Hola Jeff – contestó David O´Connor -. Magnífica tú intervención. A propósito, creo que no conoces a Mary Fishers y a Arthur Sullivan, Presidente de Microgensyn.

– Encantado de conocerlo – dijo Arthur Sullivan -. Enhorabuena por su ponencia y sus investigaciones – lo felicitó con diplomacia mientras lo saludaba con el codo.

– Muy amable por su parte – respondió él.

– Es un placer – intervino ella, al tiempo que le exponía su codo e interrumpía con ese gesto el movimiento que él había iniciado de acercar su cabeza hacia la de ella.

– Lo mismo digo – replicó él, con cierto rubor.

– Jeff, Arthur me estaba felicitando por la importancia que va a adquirir nuestra empresa con tus descubrimientos – dijo David O´Connor.

– Creo que es prematuro recibir felicitaciones en este momento. Todavía no han finalizado nuestros estudios, señor Sullivan – intervino Jeff Colleman.

– Si, pero… – hizo un silencio Arthur Sullivan mientras hablaba, buscando la palabra adecuada – cuando un estudio científico se da a conocer, significa que los resultados, que se esperan obtener, serán positivos.

– Hasta este momento sí lo son, pero yo aceptaré sus felicitaciones cuando la vacuna sea una realidad – Jeff Colleman se mostraba cauto, ni confirmaba ni negaba lo que parecía ya evidente.

– De lo que no hay duda es de que usted ha iniciado un nuevo campo de investigación – irrumpió ella, que hasta ese momento participaba de forma pasiva en la conversación.

– Sin duda alguna – aseveró Jeff.

– Y que han apostado muy fuerte, porque el importe económico de ese proyecto debe ser realmente sustancioso – Arthur Sullivan ponía de manifiesto la dependencia de la ciencia respecto a la economía.

– Es un capítulo importante que usted debe conocer perfectamente – insinuó David O´Connor.

– Yo no entiendo de presupuestos, pero imagino que el coste de mi estudio debe de ser similar al estudio que está realizando la Doctora Fishers – aclaró Jeff Colleman.

– ¿Por qué lo supone, Dr. Colleman? – preguntó Mary.

– Porque su estudio es muy similar al mío, la diferencia estriba en el vector que utiliza cada uno. Ustedes están investigando con virus, mientras que mi equipo utiliza plásmidos – afirmó Jeff Colleman.

La investigación científica es un mundo complejo en donde la obtención de resultados, en términos de pingües dividendos, es el objetivo fundamental de todo proyecto. Las empresas analizan hasta el detalle más insignificante de cada propuesta de investigación; valoran la pertinencia del estudio, si está justificado la realización del mismo; estudian la importancia y la relevancia del problema médico a estudiar; y al final, realizan una evaluación económica del mismo, en función de los beneficios que pueden conseguir. Las líneas de trabajo están delimitadas con relación a rendimientos económicos, aunque sólo en contadas ocasiones éstos se soslayan en pos de una meta en el bienestar médico de la humanidad, pero fundamentado en aumentar la credibilidad, prestigio y supremacía de la empresa.

– Discúlpeme Dr. Colleman – dijo Arthur Sullivan -, tengo que irme. Ha sido muy grato conocerle.

– Yo también os tengo que dejar. Ha sido muy agradable la conversación – se apresuró a decir David O´Connor.

Tras los saludos de rigor, los dos presidentes se despidieron y se alejaron cada uno en una dirección diferente. Mary y Jeff se encontraban uno frente al otro, en silencio, observándose mutuamente, pero esquivando tímidamente la mirada de los ojos del otro. Así, permanecieron durante unos segundos, mudos, apocados, sin saber qué decir, adoptando una actitud indecisa impropia de dos mentes superdotadas, hasta que al final fue Jeff Colleman, tomando la iniciativa en esa situación infantil, quien propuso a Mary Fishers:

– La invito a cenar.

– ¿Qué? – respondió ella, sorprendida.

– Sí, la invito a cenar. ¿Acepta? – volvió a preguntar.

– ¡Sí! ¿Por qué no?

– Perfecto – dijo él, satisfecho -. Es una buena ocasión para conocerla personalmente y subsanar algún que otro malentendido.

– ¿Dónde vamos a cenar? ¿Conoce un buen restaurante?

– No, pero eso no es ningún problema, seguro que nos recomiendan uno bueno en el hotel. A propósito, no me hable de usted, me hace sentirme mayor; además, crea una barrera entre los dos – Jeff, con su proposición, pretendía una relación más amistosa.

– De acuerdo Jeff. Tú también puedes tutearme. ¿A qué hora quedamos?

– ¿Te parece bien a las ocho y media?

– Sí. ¿Dónde nos vemos? – preguntó Mary.

– ¿En qué hotel estás?

– En el Occidental Siete Coronas.

– Hoy estamos de suerte.

– ¿Por qué? – preguntó ella.

– Porque yo también estoy en el mismo hotel. Podríamos quedar… – Jeff, se quedó pensativo – ¿en el vestíbulo del hotel?

– Allí estaré. Hasta luego. Tengo que marcharme.

Se dio media vuelta y se alejó entre las personas que había allí reunidas. Mientras caminaba recibía felicitaciones por su intervención que agradecía con una gentil mirada. Pensaba en la conversación con Jeff Colleman y no podía disimular su felicidad, puesto que un golpe de suerte podía empezar a poner en funcionamiento la maquinaria del espionaje, y le evitaba la difícil tarea de ponerse en contacto con él. Una cena era un buen pretexto para iniciar una buena amistad, un lugar idóneo donde sentar las bases de una futura relación muy personal, que le permitiera el acceso al lugar en donde tendría que buscar la información que le habían exigido. Mary tenía un objetivo peligroso que cumplir.

Parece muy lista la gachí, pero no me la imagino yo en plan espía, utilizando un pasamontañas, guantes de latex y ganzúas.

¡En fin! A ver por dónde nos sale.

 

 

La cafetería del hotel Siete Coronas tenía el diseño de un pub de estilo inglés. En las estanterías de cristal reposaban las botellas correctamente ordenadas por tipo de bebida y categoría de las mismas. Una larga barra de madera, forrada en su parte exterior por cuero acolchado. Varias mesas cerca de la pared. Y una iluminación tenue e indirecta. Parecía un lugar tranquilo y acogedor.

Allí, bebiendo una copa, estaban reunidos Christopher Norton y Arthur Sullivan, cuando sonó el teléfono móvil de éste:

– Sí…

– Señor Sullivan – dijo una voz femenina – le llamo del bufete de Williamson & Weiss, la señorita Carter quiere hablar con usted.

– De acuerdo.

– Espere un momento, por favor.

Arthur Sullivan, levantando sus cejas, atrajo la atención del Doctor Norton, y poniendo la mano sobre el teléfono, le dijo:

– ¡Es Pascale Carter!

– ¿Qué quiere?

– ¡No sé! – respondió Arthur Sullivan, moviendo la cabeza de un lado a otro.

– Debe de ser algo muy importante cuando te llama desde Estados Unidos.

– Arthur, buenos días, perdón, buenas tardes para usted – escuchó una voz enérgica.

– Dígame Pascale.

– ¿Cómo le va por España?

– Muy bien.

– ¿Y el congreso?

– Ha comenzado esta tarde con un éxito rotundo de asistencia.

– ¿Y Mary? – preguntó ella.

– Ha estado magnífica.

– ¿Y Jeff Colleman?

– Ha sido elocuente y ha hecho públicos sus descubrimientos. Pero dígame, ¿qué tiene que comunicarme? A propósito, Pascale, ¿dónde se encuentra? – Arthur Sullivan presentía que no era una llamada telefónica de mera cortesía, sino que guardaba un mensaje trascendente.

– Arthur, estoy en Nueva York y tengo malas noticias para usted – el tono de voz de Pascale Carter adquirió un matiz grave.

– Le escucho.

– Las acciones de Bioconn están subiendo como la espuma en Wall Street. Las agencias de Bolsa esperaban la intervención de Jeff Colleman en el congreso y las revelaciones que pudiera realizar acerca de su investigación. Desde que terminó su exposición, las llamadas telefónicas informando del estado actual de su vacuna se han multiplicado entre los agentes de bolsa…  Arthur, ¿está usted ahí?…

– Sí, le escucho.

– Perdone, creí que se había cortado la comunicación.

– Continúe – dijo Arthur Sullivan, y permaneció en silencio mientras escuchaba.

– Como decía, las buenas noticias que han llegado desde España han propiciado una demanda exagerada de paquetes de acciones, lo cual ha motivado un alza importante en el precio de las mismas.

Arthur Sullivan se percató de que algo no iba bien. Cuando Pascale Carter le había dicho que tenía malas noticias estaba tensa, y, sin embargo, ahora parecía más distendida. No obstante, lo pasó por alto, preocupado por las noticias de la bolsa.

– ¿A cuánto se cotizan en estos momentos? – preguntó él.

– A 70 dólares, ¡han subido un once por ciento en menos de una hora! Y lo peor está por llegar, ya que las previsiones siguen siendo alcistas – contestó ella sin inmutarse.

– Son malas noticias y en el momento más inoportuno. ¿Cómo piensan actuar?

Christopher Norton observaba cómo cambiaba el semblante de Arthur Sullivan a medida que transcurría la conversación. Con gesto de preocupación el Doctor Sullivan cambió el teléfono de mano y lo llevó rápidamente hacia el oído izquierdo, aprovechando posteriormente para realizar un estiramiento de la musculatura de su brazo derecho.

– No sé. Tenemos que analizar la nueva situación. Bioconn gana enteros, pero en otras circunstancias también puede bajar. La bolsa es un mundo muy complejo, lleno de rumores, inmersa en cambios cíclicos. Hoy sube y mañana baja. Debemos actuar con precaución – dijo ella, de forma definitiva.

– Por favor, señorita Carter, quiere ser más explícita – repuso él, demostrando su enfado -. ¿Qué quiere decir?

– Que hay que evitar que sigan subiendo las acciones, o por el contrario les costarán a su empresa cientos de millones de dólares.

– Para eso les hemos contratado. Ustedes son los expertos. Son ustedes los que tienen que aportar las soluciones.

– En efecto, hay que diseñar una estrategia… Probablemente, no estaría de más crear cualquier falso rumor sobre Bioconn, para procurar que las acciones bajen.

– ¿Es una propuesta o sólo un pensamiento en voz alta? – preguntó sorprendido Arthur Sullivan.

– Tengo que estudiarlo. No obstante, puede considerarlo como una propuesta. Es un buen punto de partida – repuso Pascale Carter sin dudar.

– ¿Qué tipo de noticia puede hacer que disminuya el crédito de Bioconn? – preguntó Arthur Sullivan con gran interés.

– No sé. Quizás algo relacionado con la vacuna. ¿No? – respondió ella, como si fuera una frase premeditada.

– ¡Puede que tenga razón! ¿Y quién se encargaría de difundir el rumor? – volvió a preguntar.

– Esa es nuestra labor. Usted preocúpese de ofrecernos un buen motivo que podamos airear.

– Lo tendré en cuenta. ¿Alguna cosa más?

– No. Es todo. Sólo, desearles una feliz estancia y un buen viaje de vuelta.

– Gracias. Adiós.

Arthur Sullivan guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta. Miró a Christopher Norton y le contó toda la conversación mantenida con Pascale Carter. Sus rostros reflejaban su estado de preocupación. Durante unos segundos estuvieron pensativos, en silencio, sin mirarse. No era un tiempo muerto, sino que cada uno maquinaba algún plan que solventara el problema que se les venía encima. Bebieron el bourbon que habían pedido y tras depositar el vaso sobre la barra, Christopher Norton fue el primero en hablar:

– ¿Qué piensas?

– Que hay que actuar con rapidez. Tenemos poco tiempo.

– Hay que buscar una solución.

– ¿Se te ocurre alguna? Christopher.

– Por ahora no. Pero tenemos al Doctor Hodgkins.

– ¿Confías en él?

– Siempre nos ha proporcionado información muy valiosa. Si se confirma lo que me ha dicho en el congreso y sale a la luz pública, las acciones de Bioconn todavía subirán más.

– Es cierto.

– También nos queda jugar la baza de Mary Fishers – sugirió Christopher Norton.

– Podríamos confiar en ella si dispusiéramos de más tiempo, pero en esta situación, no creo que su colaboración sea muy valiosa – respondió Arthur Sullivan mostrando las dudas que albergaba.

– Es inexperta y quizás no haya sido buena la idea, pero conoces su forma de actuar y cuando toma una decisión pone todo su empeño en conseguir aquello que se ha propuesto – dijo Christopher Norton, perfecto conocedor de la responsabilidad y la rigurosidad que Mary Fishers ponía en cualquier trabajo.

– Puede que tengas razón, pero sigo sin verla en el papel de espía.

– No creas. Además, sólo tenemos que presionarla un poco más.

– Llámala por teléfono, creo que está en su habitación.

Christopher Norton sacó su teléfono móvil. Arthur Sullivan lo miraba atentamente mientras marcaba el número de Mary Fishers, y antes de iniciar la conversación con ella le dijo con precipitación:

– Si es necesario, amenázala.

Mary Fishers salía de la ducha cuando oyó el sonido repetitivo del teléfono. Por un instante y sin saber por qué, pensó en Jeff Colleman, creyendo adivinar que era él quién llamaba pero, por desgracia, no tenía su número.

– Dígame.

– ¿Mary?

– Sí, soy yo.

– ¡Hola, Mary! Soy Christopher Norton.

– Qué quieres ahora Christopher – contestó ella con desagrado.

– Sólo quiero disculparme por la conversación que tuvimos esta tarde, quizás no era el momento más adecuado, pero nosotros lo creímos oportuno – dijo él, hipócritamente, eludiendo la responsabilidad al utilizar la primera persona del plural.

– ¿Sí?

– Y también me gustaría preguntarte por Jeff Colleman, ya que estuve observando cómo dialogabais en el hall del Palacio de Congresos.

– No sabía yo que una de tus funciones en nuestra empresa consistía en vigilar a sus empleados. Creía que el espionaje me lo habíais asignado a mí. ¡Qué bajeza, Dios mío! – contestó ella con crispación.

– Ese no es mi trabajo, aunque tomo nota – contestó él con ironía -. Yo os vi hablando y me gustaría conocer si ya has empezado a realizar la misión que se te ha encargado.

– ¿Tan importante es? – replicó Mary Fishers, eludiendo la respuesta y con la pretensión de obtener información acerca de la magnitud de la tarea que se le había designado.

– Tu puesto de trabajo depende de la información que puedas conseguir – dijo él con voz áspera.

Mary Fishers no sabía qué responder. Christopher Norton, como siempre, estaba jugando muy fuerte, y se mostraba poco locuaz, por lo que ella se dio cuenta de que se trataba de algo muy importante. Microgensyn era una empresa con un prestigio labrado a fuerza de invertir en investigación y no alcanzaba a comprender los problemas que pudiera tener cuando había sido obligada a realizar un trabajo para el que no se encontraba capacitada, ni técnica ni anímicamente. Estaba siendo amenazada para realizar una acción fuera de toda lógica y la curiosidad la intrigaba cada vez más.

– Christopher, he aceptado la misión, pero tú sabes que yo no estoy preparada para llevarla a cabo. ¿Por qué me amenazas? ¿Qué hay detrás de todo esto?

– Si puedes. Tienes que conseguir la información que te pedimos y en caso de fracasar ya puedes ir preparando tu carta de dimisión.

Arthur Sullivan guiñó el ojo a Christopher Norton, asintiendo a la propuesta de éste.

– Creo… que lo intentaré – respondió ella, reflejando en sus palabras la inquietud que la embargaba por momentos.

– ¿Qué me dices de tu conversación con Jeff Colleman? – volvió a preguntar Christopher Norton.

– Fue una reunión informal. Nos presentó David O´Connor. Estuvimos hablando de su ponencia y una vez solos me invitó a cenar.

– ¿Te invitó a cenar? – preguntó él sorprendido.

– ¡Sí! ¿Qué hay de extraño?

– No, nada. ¿Y…?

– Acepté. Creo que debo empezar por ahí.

– Perfecto. ¿Cuándo es la cena?

– Esta noche.

– Sé inteligente. Ve despacio. No te descubras. Compórtate con naturalidad y aprovecha la ocasión para concertar una cita posterior en Estados Unidos.

– ¿Algo más?

– Por ahora es suficiente.

Christopher Norton dejó el teléfono sobre la barra del bar. Sus ojos brillaban con una luz especial. En su fuero interno presentía que Mary Fishers no le fallaría y que sería capaz de llevar a cabo el plan que se le había trazado. Estaba avalado por Arthur Sullivan y él había presenciado el método diplomático y sibilino utilizado en la conversación con Mary. El viejo bourbon humedeció su garganta y creyó apreciar matices de madera vieja que le evocaron momentos de éxito. Tenía el vaso en su mano, lo acercó hacia Arthur Sullivan y tras el sonido cristalino producido por el choque de ambos vasos dijo:

– Nosotros no podemos fallar. Brindo por nuestro equipo, brindo por nosotros.

– Por nosotros – añadió Arthur Sullivan.

El círculo cada vez se iba cerrando más y no se trataba de un paripé ni de una broma.

A mí me tenía en ascuas y, de repente, se me ocurrieron varios chistes malos, de esos que te hacen pensar “¡qué malafollá tiene este tío!”, por lo que prefiero obviarlos y guardarlos bajo siete llaves.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el tercer capítulo de LA VACUNA: una novela que te voy a publicar en este Blog por capítulos. Mi deseo, si el tiempo y mis obligaciones me lo permiten, es publicar dos capítulos cada semana.

Aquí te dejo el enlace a los siguientes capítulos, para que puedas leerlos:

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¡Que tengas un día maravilloso!

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