La VACUNA: Capítulo 16, UN ROMANCE INESPERADO

Se le había hecho tarde como siempre que se reunía con su hermano, pero no le importaba, sólo era cuestión de arreglarse más rápida, sin entretenerse en detalles superfluos que le hicieran perder un tiempo valioso para no llegar con puntualidad a la cita con Jeff Colleman.

Mary se acicalaba con premiosidad, correteando vivaracha desde su dormitorio hasta el cuarto de baño y desde allí hasta el vestidor, para posteriormente comenzar un nuevo ciclo. Sin darse cuenta canturreaba las canciones que escuchaba, una tras otra, con sentido del ritmo y la melodía, casi sin desentonar.

Sonó el teléfono y se dirigió hacia él con pasos rápidos. ¿Quién sería ahora? ¡Por favor, que no fuera nadie de la empresa! Pensó dubitativa. Había pasado un día maravilloso y todo iba sobre ruedas para que ahora, que estaba disponiéndose para pasar otro de sus pocos momentos felices, la fueran a importunar con órdenes, sugerencias o más chantajes impropios de una empresa de semejante prestigio. Pensó dejarlo sonar hasta que se cansaran del pitido horripilante que se escucha cuando se llama con avidez y al otro lado de la línea no descuelgan el teléfono. Pero no, no podría obrar así, no era su estilo, no era arrogante, lo descolgaría y asumiría las consecuencias que ello trajera consigo.

– ¿Sí?

– ¿Mary? Hola, soy Jeff, Jeff Colleman. Perdona que te moleste a estas horas.

– ¡Hola, Jeff! No digas eso, ¡tú nunca molestas! Hemos quedado a las ocho, faltan cuarenta minutos. ¿Qué quieres?

– No sé. Puede que sea absurdo. La verdad es que no estoy acostumbrado a este tipo de citas y no sé qué ponerme. No quiero hacer el ridículo. Yo creo que ya me he probado todo mi vestuario y todavía no me he decidido. ¿Qué te vas a poner tú?

– ¿Por qué?

– Pues para ir a tono con tu vestimenta – respondió él ruborizado, aunque no le importaba, ella no podía verlo.

– Pues… ahora que lo dices, no me había decidido todavía. ¿Qué te gusta más: formal o una indumentaria informal?

– Francamente, preferiría una vestimenta informal. Ya estoy obligado a llevar todos los días corbata para tener que ponérmela de nuevo en esta ocasión.

– Entonces, ya está decidido. Yo también prefiero una vestimenta más de calle que de trabajo o de etiqueta. Sorpréndeme – dijo ella, antes de colgar el teléfono.

Y tú también.

Pensó él. Aunque él la veía elegante con cualquier ropa. Su porte y belleza hacían que le sacara el máximo provecho a las cualidades de cualquier pantalón, falda, chaqueta o camiseta. Habían estado juntos en cuatro ocasiones y ya la admiraba por el garbo y la elegancia que derrochaba sin quererlo aparentar.

¡Está pensando en mí! ¡Está nervioso! ¿Qué intentará decirme con ese comportamiento?

Ella se quedó pensativa durante unos instantes, tras colgar el teléfono. Le halagaba el interés que despertaba ella en él. Hacía tiempo que no sentía esa sensación, por otra parte la más loable de las intenciones del hombre y la mujer, el enamoramiento feliz que va precedido de un intervalo de tiempo donde la conquista, los jugueteos y las intrigas son los primeros en manifestarse. Se le hacía tarde y sumida en sus pensamientos prosiguió con su arreglo personal y la decisión sobre la vestimenta que tendría que ponerse la dejaría para última hora. No le preocupaba en exceso puesto que si de algo estaba segura, era de sí misma y su imagen no cambiaría como consecuencia de la ropa que llevase puesta.

Escuchaba los primeros compases de una nueva canción. Notas melodiosas que se arremolinaban en derredor de sus oídos. Miró el sillón que había en su dormitorio y se dejó llevar por la tentación de arrellanarse en él. Quería escuchar con comodidad la canción que sonaba del grupo Maná: “En el muelle de San Blas”. En el último año la música latina gozaba de un gran éxito en Los Ángeles y las cadenas musicales de radio la incluían cada vez más en su programación. Se trataba de un tema cuya letra le recordaba una época de su vida feliz pero amarga al mismo tiempo. Enfrascada en aquel recuerdo, dejó volar su imaginación.

Ray Jenkins era un residente muy brillante de último año de Dermatología. Mary ya trabajaba para Microgensyn, al tiempo que realizaba el primer año de residencia en el hospital propiedad del Laboratorio. Sus vidas se cruzaron a propósito de un caso clínico. Un paciente de Mary, afectado de una enfermedad infecciosa, había desarrollado en las veinticuatro horas anteriores una erupción cutánea, por lo que se hizo imprescindible consultar con el Departamento de Dermatología. Estudiaron el caso juntos y a partir de ese día se hicieron inseparables.

Solía vérseles pasear juntos de la mano por las calles de Beberly Hills y disfrutar de la parafernalia idílica que representaba. Eran dos niños, ya adultos, sobre todo él, que soñaban con lograr el éxito y el prestigio que acompaña las ilusiones de todo residente. Por eso elegían, con frecuencia, pasear por el mundo de la ilusión y el glamour que significaba aquel lugar.

Para Mary, era su primer amor. Su gran amor. Pero ello no era óbice para distanciarla de sus propósitos y su gran objetivo, que no era otro que especializarse en Microbiología clínica, ya que esa especialidad sería la puerta de entrada para conseguir algún día la promesa que había realizado. Sabía compaginar en todo momento el tiempo que precisaba dedicar a Ray con el que requerían sus estudios y sus proyectos de investigación, que por aquellos momentos ya había iniciado.

Los eminentes investigadores que trabajaban para Microgensyn, entre ellos algún candidato a Premio Nobel, la miraban por encima del hombro, puesto que había tenido la osadía de proponer una línea de investigación sobre una vacuna contra la Malaria, y el hecho de ser aceptada por la cúpula dirigente de Microgensyn, le granjeó algunos enemigos. Pero lo peor de todo fueron los comentarios jocosos y soeces, en ocasiones, que su figura generaba y que tuvo que soportar con estoicismo. Y todo por la incomprensión creada en torno a una recién licenciada y, para colmo, residente de primer año, que había tenido el atrevimiento de iniciar tan disparatada línea de investigación, por entonces muy lejos de poder hacerse realidad, por no decir que inviable. Pero a Mary no le amedrentaba nada ni nadie y los comentarios no le importunaban. Más aún, le servían de acicate para dedicarse con más ahínco a la investigación iniciada.

En aquellas circunstancias, gozó del apoyo incondicional de Ray Jenkins y, aunque tenían poco tiempo para disfrutar juntos, él supo apreciar las cualidades que atesoraba Mary y abonar sus ilusiones con una dosis de amparo fuera de lo normal. Él la comprendía, la socorría y la estimulaba en los momentos difíciles y de desaliento, aunque no lo precisara puesto que ella no se dejaría arredrar.

Se trataba de instantes en los que el tiempo no era más que un parámetro abstracto que servía exclusivamente para enarbolar las horas de ocio, de estudio, de trabajo, de amor y de pasión. Un tiempo en el que la génesis de ideas y de aprovechamiento hasta la más exigua infinitésima de segundo iluminaban cada uno de los recónditos rincones de su mente privilegiada.

Ray Jenkins terminaba su residencia. Sólo le quedaban en el hospital pocas horas. Al finalizar el día siguiente conseguiría acabar la residencia y por fin, tras arduos días de estudio y trabajo obtendría la especialización en Dermatología. Aquella tarde habían salido a festejarlo. Como siempre, se dirigieron a Beberly Hills y Ray la agasajó invitándola en uno de los restaurantes más caros de aquellos pagos. La ocasión merecía la pena y aunque andaba escaso de recursos económicos no dudó por un instante. Durante la cena hablaron del maravilloso año que pasaron juntos y lo que habían significado el uno para el otro. Rieron hasta la extenuación con anécdotas y comentarios acerca de los sucesos que tuvieron que superar y que hicieron peligrar su unión sentimental, su amor platónico.

Después de cenar se encaminaron hacia Santa Mónica y una vez allí se dirigieron hasta la playa. Mary le confió que uno de sus anhelos era afincarse allí y que haría todo lo posible por comprar un apartamento desde el cual pudiera divisar el mar cada mañana.

Llegado el momento de las confesiones, Ray halló el instante oportuno para manifestarle a Mary lo que durante toda la tarde no se había atrevido. No quiso ser brusco, por lo que comenzó su disertación hablando sobre objetivos de futuro, objetivos que obviamente parafraseaba en plural, objetivos en conjunto, objetivos de ambos. Luego interrumpió haciendo un breve paréntesis acerca de las ofertas de trabajo que había recibido. Tenía cinco propuestas encima de la mesa para trabajar en clínicas especializadas y una que le encantaba sobremanera para trabajar en Dermatología Estética, un campo que era lo que realmente le apasionaba. Se trataba de una clínica radicada en Miami.

Antes de proponerlo, él la besó en los labios. Un beso apasionado en el que Mary se entregó con inusitada pasión. Cuando abrieron los ojos, se separaron y Ray le dijo lo que pretendía. Había aceptado la propuesta y cuarenta y ocho horas más tarde tenía que estar en Miami para incorporarse a su nuevo puesto de trabajo. Él, le pidió que lo acompañara, que no concebía irse de allí sin ella, que ella era su vida y que no podría vivir sin Mary. Ray le estaba pidiendo que abandonara Microgensyn, que abandonara la residencia, que abandonara el proyecto de investigación de la vacuna y que lo siguiera hasta el fin del mundo.

Mary se separó de él. Lo miró a los ojos y adivinó que a pesar del año tan maravilloso que habían pasado juntos, a pesar de todos los problemas a los que se enfrentaron y a pesar del amor que, sin duda, se profesaban, él no la conocía.

Contestó que no podía acompañarlo. Que no podía abandonar los proyectos que había iniciado. Que no podía marginar los objetivos que tenía marcados en su vida. Intentó, en vano, hacerle ver que estaba equivocado en la opción que elegía. Pretendió, sutilmente, retenerlo cerca de ella, procurando convencerlo para que aceptara la propuesta que tenía de una clínica de Dermatología de Los Ángeles.

No hubo avenencia y aquella noche, después de un beso desenfrenado sobre el blando colchón de arena de la playa, sus vidas se separaron y nunca más volvieron a encontrarse.

El punto de reunión acordado fue la casa de Mary. A las ocho en punto sonó el interfono y tras verificar que se trataba de él, lo invitó a subir. Antes de que él llegara, se dirigió rápidamente al vestidor y se puso con destreza el vestido que había elegido, de color verde oliva, escote en uve y manga francesa, terminando justo por encima de las rodillas.

Cuando él llamó a la puerta, ella ya estaba allí para abrirle.

– Hola, Mary, ¿estás preparada?

– Enseguida termino. Pero, entra, no te quedes ahí. ¿Quieres tomar una copa mientras esperas?

– No, gracias.

Él se quedó en el salón, en tanto que ella subía al dormitorio para terminar de arreglarse con unos detalles que engalanaran su feminidad: los pendientes, la gargantilla, una pulsera y finalizar con una pulverización de su perfume preferido.

– Ahora sí, ya estoy preparada. Podemos irnos – dijo ella, acercándose por el pasillo.

Jeff Colleman miraba las figuras de porcelana situadas encima de una de las estanterías del salón. Cuando se volvió, Mary aprovechó para fijarse en él y escrutar la indumentaria que había decidido ponerse y que la tenía intrigada. Mentalmente dio el visto bueno, le gustaba el atuendo de Jeff.

– ¿Dónde vamos? – preguntó él.

– Primero podríamos dar un paseo, si estás de acuerdo.

– Claro que sí. ¿Y después?

– He reservado mesa para cenar en Jake & Annie´s. Creo que te gustará.

– No lo dudo – respondió él con tono halagador.

Bajaron hasta la calle. Cruzaron la avenida y se dirigieron hacia el paseo que discurría paralelo a la playa. Al finalizar el verano la temperatura de Santa Mónica variaba poco, por lo que el pasear se convertía en una perfecta terapia relajante. A lo lejos, escuchaban el batir de las olas contra la arena de la costa. Caminaban uno al lado del otro, camuflados entre cientos de parejas y grupos de personas que aprovechaban la tarde noche del sábado para pasear.

Al principio estuvieron hablando del proyecto de investigación que habían iniciado juntos, pero se notaba que ambos no deseaban ese tipo de conversación, sino encontrar otro tema más enraizado en los vericuetos y la vida azarosa de ambos.

– ¿De qué quieres que hablemos ahora? – se atrevió a preguntar Jeff Colleman.

– No sé… – respondió ella, escondiendo su parecer –. Proponlo tú.

– Me gustaría conocer algo más de ti. Quisiera conocer otros aspectos de tu vida. Francamente, no conozco, apenas, nada.

–  ¿Qué aspecto de mi vida te interesa conocer? Mi vida es bastante extensa y prolífica. Nos llevaría muchas noches, muchos encuentros para poder contártelo todo acerca de mí. ¿Por dónde quieres empezar? – aseveró ella, haciendo el gesto de mirarse a sí misma, como queriendo decir que esa era ella y que no tenía nada que esconder.

– Podríamos comenzar por un capítulo excitante y bastante desconocido que podríamos titular: “La gran Mary Fishers y sus amores”. De ti, sólo se conoce tu carisma como científico, pero nada de amores ni de escarceos que comprometieran tu prestigio. Supongo que sí los habrá habido. ¿Estoy en lo cierto?

– Si… – respondió lacónica.

– ¿Te importa contármelo?

– No sé si debo.

– Me gustaría conocerlo.

– ¿Por qué? – inquirió Mary, esperando una contestación lo suficientemente contundente como para abrirle su corazón.

– Digamos que es importante. Puedes llamarlo curiosidad masculina o como tú quieras, o simplemente el ánimo de empezar una relación entrañable con una persona fascinante, intrigante, y que merece ser conocida con detenimiento.

– No me atrevo. Me da…

– Te propongo un juego – se atrevió a interrumpirla -. Primero me cuentas tu historia sentimental y luego te pongo yo al corriente de mi vida amorosa. ¿Te parece bien?

– En ese caso, he de decir que estás siendo muy astuto, no puedo negarme. ¿No es así?

Jeff frunció el ceño, en gesto angelical, como si nunca hubiese realizado una mala acción, aprobando las palabras de Mary.

– Puede ser. Venga, atrévete, te escucho.

Caminaban despacio, juntos, aunque a veces tenían que separarse para ceder el paso a otras personas que pasaban entre ellos, sin la menor cortesía que implicaba que dos personas que pasean juntas tuvieran que separarse por culpa de otras que no son capaces de desplazarse unos grados en su rumbo para evitar tal esperpento. Cuando sucedía una situación así, que se repitió en varias ocasiones, acompañaban sus pasos con una mirada fija a los ojos, que denotaba implícitamente un deseo mutuo de estar juntos de nuevo.

Se encontraban a la altura de Ocean Park Boulevard y antes de que Mary comenzase a contar su historia, Jeff giró en torno a una palmera, dejando su cuerpo balancearse al ritmo que imprimían sus musculosos brazos. Esa acción sirvió para crear un ambiente distendido y provocar la risa cómplice de Mary Fishers.

– Se llamaba Ray Jenkins y estaba muy enamorada de él…

Jeff Colleman se acercó a Mary. El ruido de la gente que caminaba cerca de ellos, y las palabras que oía, lo podían distraer. Lo que él intentaba era escuchar atentamente.

– …Lo conocí al poco de entrar a trabajar en Microgensyn. Yo era residente de primer año y él realizaba el último año de Dermatología. Yo, que jamás había creído en los flechazos, tuve que admitir que verdaderamente existían. Nos enamoramos como dos niños. Pasamos un año maravilloso, pero al final todo se estropeó y se terminó nuestra relación.

– ¿Qué fue lo que pasó? – preguntó él, ávido por conocer los detalles de aquella ruptura, al parecer, traumática.

– Tuvo que marcharse – contestó escueta, le resultaba difícil volver a hablar de aquel tema después de tantos años.

– ¿Por qué? No lo entiendo, si estabais enamorados…

– Tenía muchas ofertas de trabajo y aceptó la que creía más conveniente para su carrera y se fue a Miami – Mary Fishers intentaba justificar aquella decisión que tanto daño le hizo.

– Así, sin más. Supongo que volveríais a veros.

– Supones mal.

– Vamos a ver. Me estás diciendo que lo vuestro era amor verdadero y que por un simple trabajo rompisteis vuestra relación. Es increíble, no me lo creo – contestó Jeff, realizando un aspaviento.

– Sí… sí que lo era.

Mary se ofendió con la actitud que mostraba Jeff. Le estaba contando algo muy importante de su vida que nunca contara a nadie, salvo su madre y su hermano, y él reaccionaba con escepticismo. No sabía por qué.

– ¿Por qué no te fuiste con él? – indagó Jeff, queriendo conocer la razón auténtica que había roto un amor, al parecer, sincero.

– Hubiera tenido que sacrificar mi carrera, todo aquello por lo que siempre he luchado. Mi vida es la ciencia, ¿lo entiendes Jeff? Yo no puedo abandonar, ni antes ni ahora. Mi lugar está aquí.

La razón esgrimida justificaba a Mary. Él se percató, por su modo de hablar comedido, de que detrás de aquella decisión se ocultaba una causa poderosa más importante que el egoísmo arrogante que acompaña a cada investigador, la posición envidiada que coloca a los científicos en un pedestal más alto que cualquier ser mortal, ya que con sus descubrimientos consiguen que sus nombres sean recordados y estudiados en los libros de texto, para así poder alcanzar la inmortalidad, algo que el ser más rico del mundo no consigue en toda su vida, algo que no tiene precio, que no se puede comprar.

Jeff no quería volver a insistir, de momento, en aquel tema. Podría herirla, por lo que cambió el rumbo de su interrogatorio.

– ¿Qué sabes de Ray?

– Desde entonces nada.

– ¿No te volvió a llamar? ¿No se interesó por ti?

– No. Nunca más.

– ¿Y tú? ¿Te interesaste por él?

– Si te refieres a si lo llamé, la respuesta es no. Pero si lo que quieres saber es si lo estuve esperando, la contestación es afirmativa. Pero de ese tema hace ya mucho tiempo.

– ¿Lo has olvidado?

– Sí. Hoy en día es un episodio de mi pasado que ya no significa nada, sólo lo recuerdo como una simple anécdota. A mi edad ya estoy vacunada contra esos problemas de juventud – Mary intentaba reflejar una actitud fuerte que hiciera pensar a Jeff la invulnerabilidad que tenía ante ese tipo de aventuras, pero que en el fondo resultaba increíble, incluso para ella misma. Jugaba con la posibilidad de que no le resultaría fácil convencerlo.

– El amor no es un problema de juventud. El amor es la vida. Sin amor nada merece la pena.

– Pareces muy entendido en ese tema.

– Simplemente es una opinión.

– ¿Y tú qué? ¿Dónde está tu amor? – prorrumpió ella con gesto hosco.

– Ahora no hablamos de mí – respondió, seco.

– Pues ya es hora – objetó con desagrado.

Seguían caminando. Mantenían las distancias y en estos momentos estaban más separados, como estableciendo una concordancia con la conversación que sostenían.

– Yo nunca te hubiera abandonado…

– ¡Qué! – exclamó Mary, sorprendida.

– Que yo no me hubiera marchado a Miami. Me habría quedado siempre contigo.

– ¡Tú qué sabes!

– Te conozco poco, pero lo suficiente como para apreciar que me encuentro ante una persona maravillosa a la cual merece la pena entregarse en cuerpo y alma.

¡Si tú supieras!

En otro contexto, aquellas palabras las hubiera aceptado como un cumplido halagador y probablemente ella también hubiera caído en la trampa que le estaba tendiendo Jeff Colleman, en el juego embaucador del amor que siempre comienza con pequeñas frases como caídas del cielo, pero puestas en la boca de uno de los personajes, aquel que se atreve a dar el primer paso.

¡Si tú supieras!

La primera vez que se enamoró, el trabajo mató al amor. Jeff Colleman pudiera haber sido su segundo gran amor, pero en esta ocasión ni siquiera se atrevería a enamorarse, también como consecuencia del trabajo, ya que esta vez la culpa sería suya. En la historia nunca hay una sola vez, sino que lo más habitual es la repetición y la redundancia de hechos para bien o para mal.

Si tú supieras lo que está ocurriendo no te enamorarías de mí, y si yo fuera sensata saldría corriendo antes de que mi corazón se dejase llevar por la pasión. Jeff, eres una persona maravillosa y no te mereces la jugarreta que te estoy realizando.

– Ya hemos llegado. Allí está el restaurante Jake & Annie´s – dijo ella, señalando el lugar donde iban a cenar, sintiéndose aliviada por cortar en seco la conversación que mantenían y que había llegado hasta un punto que ella no se atrevía a traspasar.

Por primera vez en su vida estaba dubitativa. No tenía claras las ideas ni las intenciones y tampoco sabía realmente qué hacer. No todo debería depender de una decisión que marcara el rumbo de una vida, sino que todo tendría que ser más fácil, más asequible, sin tantos problemas ni tantas opciones trascendentes que barajar, para que una persona pudiera determinar qué hacer con su vida con la aquiescencia de su propia voluntad.

La norma fundamental en la recepción de cualquier restaurante que se precie de una elevada distinción es el recibimiento amable y primoroso de sus clientes. Jake & Annie´s, por cortesía y como norma de la casa, así lo tenía establecido. Se trataba de un local en el que la madurez de sus dueños no mermaba la calidad de su buen hacer, sino que por el contrario la engrandecía.

Ocuparon una mesa que estaba situada cerca del piano. La decoración vanguardista era del agrado de Mary y la comida que servían de su gusto. Un local que le encantaba y al que casi siempre acudía sola a cenar, salvo en raras ocasiones, y ésta con Jeff era una de ellas. Le gustaba compartir con los seres que apreciaba los detalles más destacados y más arraigados en su forma de ser y de disfrutar de la vida.

– Bonito lugar, si la comida está a la altura de la decoración, no cabe duda que es un restaurante sobresaliente – dijo Jeff, que había observado con la precisión de un científico cada detalle de aquel local.

– Te aseguro que no te va a defraudar. Ya verás.

– Y si la velada resulta encantadora, sin lugar a dudas que se trataría de un lugar para regresar en otra ocasión.

– Estoy de acuerdo. Y hablando de todo un poco, ¿no crees que ya es hora de hablar de ti? Ahora es tu turno, sigamos jugando.

– ¿Qué quieres que te cuente?

– No sé. Empieza por lo más interesante y digno de contar de tu vida, no me interesan las frivolidades.

– Te adelanto que mi historia no es tan bonita ni tan ardiente como la tuya. Yo resulto mucho más aburrido.

– Me da igual. Tenemos mucho tiempo por delante y me tienes intrigada. No intentes engañarme porque te voy a descubrir.

– Tampoco es eso – respondió Jeff Colleman, mirándola con entusiasmo y reflejando la sinceridad con la que iba a cumplir con su parte del juego.

– ¿Por qué no te has casado todavía? – inquirió Mary, haciendo gala de una naturalidad pasmosa.

– Me lo pones fácil. La respuesta es muy breve y sencilla, aún no he encontrado la mujer adecuada – respondió él, saliendo del atolladero que la sorpresa de aquella pregunta, tan directa, le había provocado.

– Me suena a frase hecha.

– No se trata de eso, sino que es la pura realidad.

– Pero supongo que en tu vida habrá habido muchas mujeres.

– No lo creas. No tantas, más bien pocas.

– ¿Imagino que habrás tenido relaciones serias? – siguió ella indagando.

– Serias, lo que se dice serias, entendiendo por ello una relación de un profundo enamoramiento platónico con una base fundamentada para pensar en matrimonio, la verdad es que no – Jeff miraba a Mary, a intervalos bajaba la cabeza, dirigiendo su mirada hacia la mesa, con cierto aire de timidez, intentando esconder sus sentimientos y su fracaso sentimental, algo impropio de una persona de su estatus, curtido en los derroteros de la vida, y que, sin embargo, se dejaba amilanar ante la presencia de una mujer bella e inteligente. Sin duda alguna, se manejaba mejor ante la mujer inteligente que ante la delicada feminidad de una mujer preciosa.

– ¿Ni siquiera una?

– Ni eso – asintió él.

– ¿Y el resto de mujeres?

– Simplemente relaciones fugaces, sin tiempo y sin oportunidad de intimar.

Jeff estaba abrumado. Ahora comprendía la actitud de Mary Fishers cuando la estuvo atosigando con preguntas y aseveraciones acerca de la relación de ella con Ray Jenkins. Ahora era él quién se hallaba contra la espada y la pared.

– Y la culpa, ¿de quién es?

– Lo más sencillo siempre es culpar a los demás de tus fracasos. Pero en este caso, a fuerza de ser sincero, creo que la culpa es mía.

– ¿Por qué?

– Quizás no he estado a la altura de las circunstancias. Quizás no he sabido dar aquello que exige una mujer. La verdad es que nunca me he desenvuelto bien en el caprichoso mundo de las relaciones entre un hombre y una mujer. Siempre he intentado ser bastante decidido pero, no obstante, en la mayoría de las ocasiones, he percibido la evasiva de las mujeres a las que intenté cortejar – musitó Jeff, ciertamente avergonzado de sí mismo.

Mary estaba sorprendida por el valor de Jeff. Su sinceridad resultaba escandalosamente enternecedora y el valor y la naturalidad con los que afrontaba sus fracasos amorosos, dignos de encomio.

Ella escuchaba atenta y sus palabras hacían mella en su corazón. Cada vez le atraía más aquel hombre y un cosquilleo interior le anunciaba el sentimiento cercano al amor que estaba anidando en su ser.

– No debes pensar eso, no debes sentirte así – terció ella, mientras colocaba su mano encima de la de él y la acariciaba con un gesto de ternura y comprensión –. Todo hombre y toda mujer encuentran, al final, la persona con la que se complementan y tú, Jeff, sin lugar a dudas, la encontrarás. Se trata, sin duda, de un error de tiempo – continuó diciendo después de retirar la mano de la de él.

– ¡De un error de tiempo! ¿Qué es eso?

– Científicamente, se trata de una variable relacionada con la casualidad o más bien con el azar – era superior a ellos mismos, aunque no estuviera en el ánimo de Mary, ni en el de Jeff, siempre reconducían sus conversaciones en términos de ciencia, un lugar acotado en el que se manejaban con mayor naturalidad y que exprimían con la sabiduría y la seguridad de encontrarse en un medio que dominaban a la perfección –. Me explico mejor, todo es cuestión de encontrarse en el lugar adecuado en el momento oportuno y encontrar a la mujer de tu vida. Obviamente, ese instante hay que aderezarlo con una dosis de intuición que te permita vaticinar que te hayas ante la verdadera mujer de tu vida – Mary concluyó su pragmática disertación con la frase que todo hombre anhela: la verdadera mujer de tu vida.

– Y ese momento, ¿cómo se intuye? Más aún, ¿cómo saber que te hayas ante él? – preguntó, casi sin querer, como si se le hubiesen escapado las palabras de la mente.

– No sé. A veces, el flechazo es instantáneo y te das cuenta al sentir cómo hierve tu cuerpo y empiezas a perder el control de ti mismo. En otras ocasiones, supongo que es el roce, el conocimiento, el día a día, el que te hace descubrir en la otra persona valores que despiertan los sentimientos y germina un amor puro, reflexivo, que lo hace más interesante todavía. No sé… – volvió a repetir, evitando el refulgir de los ojos de Jeff, mirando fijamente hacia su camiseta negra, y a veces, la chaqueta gris y los botones de ésta –… francamente, creo que no te debes dejar asesorar por mis palabras.

– Es muy bonito lo que me estás diciendo.

– Tal vez – asintió ella.

– ¡Quién sabe! ¡Puede ser que sea éste el momento oportuno y el lugar adecuado!

– ¡Pudiera ser! ¡Quién sabe! – admitió ella.

Mary Fishers se echó hacia atrás, juntó sus manos y apretó los brazos contra su cuerpo, dejándose resbalar en el asiento. Durante ese instante tenía los ojos cerrados y su mente evitó la presencia de pensamiento alguno. No había nada que pensar, no había nada que decir, la realidad era evidente y sólo precisaba asirse a ella, o bien, evadirla. No podía ser cobarde, pero tampoco podía realizar ningún tipo de comentario, sino, más bien, esperar y dejar que el espíritu del sentimiento que se estaba manifestando entre ellos se revelase. Esperar al espíritu del amor, y que fuera él quien tomase la decisión por ellos, que no se atrevían, ni tan siquiera a hablar.

Jeff Colleman la miraba con ojos chispeantes. Observaba su gesto y adivinaba, con parca intuición, que ella aceptaría sus proposiciones, que sus anhelos se encontraban frente a él y que tendría que luchar contra su incapacidad para la galantería, y encontrar el vocabulario adulador del que carecía. No estaba seguro de sí mismo y no se atrevía a dar el paso siguiente, una acción que le encaminaría a conocer los sentimientos de ella que, en caso de no ser acordes con los suyos, la podría alejar de él, pero que si estos fueran plenamente convergentes, sin duda alguna, serían los cimientos de una gran historia de amor.

– Mary, a veces, cuando más lo necesito, no encuentro las palabras adecuadas. No sé cómo decírtelo, si debo preguntártelo o debo pedírtelo, pero quiero que sepas una cosa – ella se inclinó hacia delante y lo miraba expectante –, creo que ahora es el momento y éste el lugar adecuado – por fin se atrevió a pronunciar unas palabras poco elocuentes, poco musicales sentimentalmente, carentes del ardor de una declaración amorosa. Pero así era él, un científico fuera de la seguridad de su laboratorio, al margen de un vocabulario profesional que manejaba sin titubeos. Sólo tuvo un tierno detalle, mientras hablaba cogió la mano de Mary, ella se avino a entrelazar sus dedos, y una vez que él terminó de hablar, juntaron los dedos pulgares de ambos, apretándolos entre sí, y luego comenzaron a juguetear, dibujando círculos, dejándose acariciar mutuamente.

Sobraban las palabras. No era preciso un sí, pero a veces es necesario manifestarse con entusiasmo y emitir aquella frase que siempre has pronunciado en tu subconsciente, pero que nunca te has escuchado a ti mismo. Pronunciar lo que sientes te hace libre y te hace sentirte en paz contigo mismo.

– Sí… Jeff. Tu momento ha llegado y éste es el lugar elegido.

– Mary… te quiero – susurró Jeff, acariciando las manos de ella.

– Yo también te quiero – respondió ella, reverberando las palabras que acababa de pronunciar en lo más hondo de su ser hasta difuminarse lentamente, sintiendo un profundo estremecimiento liberador como si de una venganza contra sí misma y contra su entorno se tratase, ya que por fin, y después de una ardua semana de problemas continuos y controversias con sus superiores, había adoptado una decisión propia, sin dejarse influir por ningún acontecimiento ni por nadie en particular, conociendo, de antemano, lo que aquella declaración de amor le podía acarrear.

Habían terminado con los postres y cuando se acercó el camarero solicitaron champán para celebrar el amor recién estrenado de dos personalidades reconocidas y admiradas, pero, al mismo tiempo, de dos seres solitarios en el mundo de las relaciones humanas más elementales y perseguidas con fruición por cualquier ser.

Las copas, limpias y transparentes, sonaron cristalinas cuando chocaron entre sí. Después, los dos bebieron y las volvieron a colocar sobre el mantel de la mesa, con delicadeza, para que no se cayeran. A través del cristal, se veían resbalar lágrimas amarillo pálidas a través de sus paredes, como lágrimas que hubieran brotado de los ojos de Mary y Jeff. Y las diminutas burbujas ascendían como queriendo escapar de aquella prisión líquida, como si el amor de ellos dos quisiera evadirse de allí y sobrevivir a las amarguras con las que, sin duda, se tendrían que topar.

El presente para Mary resultaba un torbellino de acontecimientos difíciles de catalogar. Parecía presa de una vida azarosa con sufrimientos difíciles de superar y que probablemente, con la decisión que había adoptado, se volverían a repetir. Su futuro estaría plagado de zozobras inquietantes por la que tendría que navegar con la limitada destreza de un grumete capitaneando un barco mercante.

Tenía una misión que cumplir y unos consejos, a modo de sugerencias, que le habían ordenado. Todo parecía salirle bien, mas se había extralimitado en sus funciones, pues su corazón salía victorioso de una compleja aventura que nunca hubiese imaginado, y su pragmatismo derrotado sin contemplaciones. Pero, ahora no era el momento adecuado de acordarse de los deberes ni de los hechos por realizar, sino de dejarse mecer en la nube caprichosa del amor y aprovechar los instantes de pasión que el destino le tenía reservados.

Jeff Colleman, estaba asustado. No se reconocía a sí mismo. Dudaba si vivía en la realidad o se trataba de una alucinación que su mente estaba ideando. Un sueño irreal fraguado de acerbas connotaciones que su corazón no estaría en condiciones de asumir, en caso de descubrir el engaño que se cernía sobre él. Pero, estaba de suerte, no estaba soñando, ni siquiera podía imaginar una situación similar, sino que se encontraba en Jake & Annie´s, un restaurante maravilloso de Main Street, y disfrutaba de una deliciosa cena con Mary Fishers, la cual hacía unos instantes le había dicho: “yo también te quiero”, la frase que durante toda su vida anhelaba escuchar, y que se había hecho esperar treinta y nueve años.

Al final de la velada, el cocinero que iba recorriendo las mesas, se acercó y quebró el momento mágico que disfrutaban. Cortésmente, se interesó por los platos consumidos y pidió el parecer de ellos, así como algún tipo de sugerencias, escuchando de boca de ellos que la comida degustada les había resultado espléndida y que, sin lugar a dudas, regresarían. No podía ser de otro modo.

Cuando abandonaron el restaurante se dirigieron hacia el paseo marítimo y emprendieron el camino de regreso, en dirección a la casa de Mary. Caminaban cogidos de la mano y en algunas ocasiones, Jeff la estrechaba contra su cuerpo abrazándola por encima del hombro, sintiendo en su cintura la mano firme y segura de Mary.

El tema de conversación seguía centrado en ellos y parecían encantados con las anécdotas, comentarios y tonterías que narraban, pues en sus rostros se reflejaba la alegría y el goce que sus palabras, de niños que vivían una experiencia nueva, les proporcionaban. Un hombre y una mujer, como luna y mar, y una noche eterna de amor.

Llegaron paseando a la altura de la casa de Mary y decidieron adentrarse en la playa. Caminaban por una alfombra de arena que se hundía con cada paso y no les importaba que sus zapatos se llenasen de arena.

¡Cómo les iba a importar!

Se sentaron y se quedaron en silencio, contemplando la inmensidad del océano lleno de vida, muriendo a dentelladas sobre la playa, y observando el reflejo de la luna mirándose en el espejo de la oscuridad del mar.

Mary dejó caer su cuerpo lentamente y se acostó mirando a Jeff a los ojos. Él apoyó su brazo derecho y se inclinó sobre ella, observándola con dulzura. Estaban en silencio, no necesitaban hablar, ya estaba todo dicho porque cuando el amor prevalece sobre la palabra, el silencio suena a música celestial.

El cuerpo de Jeff descendió pausadamente, en tanto que Mary lo abrazaba por el cuello y sus labios se fundieron delicadamente, besándose con pasión en el fragor de la noche. Como si de un beso sempiterno se tratase, como si nunca un beso se hubiese cruzado en sus vidas, como si aquel beso fuese el inicio y el fin de una bella historia de amor, permanecieron entregándose su amor sin urgencias, como si se tratase del primer beso de dos niños.

Cuando concluyó la escena romántica, se quedaron acostados sobre la arena. Jeff tenía el brazo extendido bajo el cuello de Mary y ella permanecía lánguida, observando el refulgir de las estrellas en el vasto universo de su paraíso.

La historia nunca acontece una sola vez, sino que la noria de la vida nunca se detiene, volviendo al punto de partida, y cuando vuelve a girar siempre regresa al principio. Los hechos que suceden en la vida de cada persona nunca son aislados, una y otra vez la crónica de la biografía personal se repite experimentando lances inolvidables con redundante reiteración, aunque siempre con final incierto. Mary no podía librarse de su destino y aquella noche era el punto de partida de un episodio ya vivido, aunque, en esta ocasión, esperaba un final feliz.

Se despidió de Ray Jenkins con un beso en la playa. Inteligentemente, obvió ese detalle cuando le relató a Jeff determinados aspectos de su vida amorosa. Durante su narración pensó que no hacía falta entrar en determinadas escenas que marcaron su vida. Simplemente contó lo que le pareció sustancial. Ahora se alegraba de aquella decisión. Un beso en la playa puso punto y final a una relación y, sin embargo, el destino le deparó que un beso en la playa fuese el inicio de una nueva relación, que por la forma de desencadenarse, sin el ardor irreverente de la juventud, tenía visos de ser una historia de amor iniciada con las premisas de la estabilidad, la responsabilidad y la credibilidad.

El tiempo, tan exasperante a veces, y tan plausible en otras, tuvo con Mary el detalle de pasar lentamente. De esa manera, los segundos de inmenso amor parecían infinitos, sumergiéndose en un placer sobresaliente. Si de algo estaba satisfecha en su vida fue el haber sabido aprovechar cada instante feliz y dichoso que se cruzó a su paso.

Ambos pensaban en silencio. Un pensamiento por el que se podría haber pagado un dólar, pero que ninguno hubiera vendido ni por un millón de dólares. Son momentos de intimidad con uno mismo, instantes donde las fantasías cabalgan por ralas praderas de ilusiones, soplos de felicidad que se recrean con parsimonia, y que casi nunca se suelen contar a la pareja con certeza, ni siquiera en instantes rayanos con la sinceridad. Ellos seguían ensimismados.

Mary, en esta ocasión, sentía remordimientos. Los momentos de gozo fueron el preludio de pensamientos fatídicos que no tendrían que haber surgido en aquel instante, sino que hubiera sido deseable que se hubiesen presentado más tarde, en otra ocasión, que no sirvieran para amargar el dulce placer del estreno del amor. En la mente de Mary aparecían de forma fugaz imágenes seguidas de frases y de ideas que parecían no tener ilación alguna, pero que en el fondo reconocía la perfecta estructuración y sincronización de ellas. El pavor se adueñó de ella cuando contempló el espionaje al que sometió a Jeff, lo que descubrió escondido en la caja fuerte de su despacho y cuando reparó en el daño que el descubrimiento de aquellos secretos científicos le podían acarrear a él.

En aquellos momentos tenía suerte. Los secretos dormían indiscretos en su mente y confiaba plenamente en su hermano. Sabía que él nunca la delataría ni revelaría nada de lo que le había contado. Una vez más tendría que decidir qué hacer: contar lo que había descubierto o dejarlo morir en la inmensidad de su mente. Si obraba así, tendría que borrar las fotografías digitalizadas en la cámara de fotos.

– ¿Qué hacemos? – preguntó Jeff, quebrando la monotonía del silencio.

– ¿Te apetece una copa?

– Sí.

– Entonces, te invito. Vamos a mi apartamento.

Era la excusa perfecta. No era un si ni un no, sino simplemente una forma de quedarse a solas en un lujoso apartamento cerca de Main Street con vistas a la playa de Santa Mónica. Allí, probablemente, surgiría la opción de entregarse a la pasión. Dos cuerpos vestidos con el delicado manto de la piel humana, fundiéndose el uno con el otro en armónica conjunción. Probablemente, la primera vez resultaría maravillosa.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el capítulo decimosexto de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

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