La VACUNA: Capítulo 15, UNA PROMESA CUMPLIDA

Apenas circulaban coches a las siete y diez de la mañana por las calles, las carreteras y las autopistas el sábado doce de septiembre en el área metropolitana de Los Ángeles. Hacía una temperatura agradable y Mary Fishers conducía serena, dirigiéndose a recoger a Alec a su casa, que vivía cerca de su empresa.

Su hermano la estaba esperando cuando ella aparcó y salió portando un maletín de piel. Subió al coche y se saludaron con un par de besos antes de emprender la marcha. Ella no pudo aguantar más, necesitaba conocer el trabajo que había llevado a cabo su hermano sobre el Proyecto Mgen1702, en el pendrive grabado en el ordenador de ella, por lo que le preguntó:

– ¿Has descubierto algo?

– Sí. Algo he descubierto – respondió, haciéndose el interesante.

– ¿Y…?

– Todo está en orden.

– ¿Qué quieres decir, Alec?

– Que los datos analizados en tu ordenador son correctos. Los he estudiado en el Programa 4GLium que tengo instalado en mi ordenador y he obtenido los mismos resultados que tú.

– ¿Qué significa todo esto?

– Me gustaría equivocarme, pero como ya te dije hace tres días, creo que alguien ha saboteado los resultados para hacerte creer que el proyecto es un fracaso. No existe ningún motivo aparente para sospechar que el programa 4GLium funcione mal tras haberlo copiado. Me he detenido a estudiar minuciosamente sus códigos y no he encontrado ningún fallo. Sin embargo, sí que he localizado un par de puertas abiertas, a través de las cuales se puede acceder al programa.

– Explícate bien. A veces me pierdo con vuestra jerga informática.

– Perdona. El programa está diseñado para acceder a él determinado número de personas, a través de claves, que por decirlo de alguna forma, serían los puestos de trabajo. Me explico, al ordenador central de Microgensyn se accede a través de terminales, por ejemplo el tuyo. El programa está diseñado para que sólo puedan trabajar con él determinados puestos de trabajo. A su vez, para acceder a él, tienes que introducir una clave. ¿Vas cogiendo onda?

– Ahora sí.

– Pues bien. Lo que me ha llamado poderosamente la atención es que, además de este sistema de protección de acceso, existen otros dos lugares, fuera de la arquitectura anterior, a través de los cuales se puede acceder al programa. Éstos también necesitan una clave de acceso y lo más paradójico del asunto es que desde ellos se tiene acceso al complejo entramado del programa y se le pueden dar instrucciones que luego ejecuta.

– Vamos, Alec, dime ya de una vez qué es lo que has hecho.

– ¿De verdad quieres escucharlo? Te advierto que te vas a poner furiosa. Yo sólo me limito a obedecer tus órdenes – dijo Alec, vuelto hacia ella, mirándola cómo conducía.

– Estoy preparada. No te preocupes, después de esta semana ya no me sorprende nada. Cuéntame… – respondió ella, atenta a la carretera, mirando fugazmente, a veces, a su hermano.

– Hice una copia nueva del programa 4GLium y la volví a instalar. Después me sumergí en sus códigos e hice unas pequeñas modificaciones que me permitieron acceder al programa a través de esos otros lugares. Analicé el correo electrónico de la Doctora Carrie Galloway y luego di determinadas instrucciones al programa y, como por arte de magia… los resultados cambiaron.

– ¿Qué sucedió? Alec, ¿no te das cuenta? Me tienes intrigada, termina de una vez – Mary Fishers hablaba a su hermano con apremio.

– Que los resultados obtenidos en un principio eran positivos, lo que indicaba el éxito de tu proyecto, mientras que los resultados que obtuve posteriormente fueron totalmente desastrosos, aparecieron aquellos datos que yo le indiqué al programa. ¿No lo ves…? El programa me obedecía y podía manipular, a mi antojo, todo aquello que se estudiara a través de él.

– Eso lo explica todo. ¿No crees? Tengo esperanzas de que tu teoría sea cierta, porque esto significaría que me están manipulando esos mamones – barbotó llena de ira, ella que siempre se mostraba comedida en sus apreciaciones y que odiaba todo tipo de tacos, no pudo reprimir el impulso de pronunciar una palabra mal sonante.

– Tranquilízate. Ya te he dicho que te ibas a enfadar.

Mary Fishers seguía atenta a la carretera, pero al mismo tiempo no dejaba de darle vueltas a las palabras de su hermano. De momento parecía confirmarse lo que él ya suponía, pero no podría dar un paso hacia delante sin antes corroborar aquellos hechos, que podrían estar a medio camino entre el delito, o bien, simplemente, tratarse de una estrategia empresarial. Pero se trataba de su trabajo, y más aún de la ilusión de su vida. No se trataba del Premio Nobel, no se trataba de conseguir prestigio científico, sino que era un compromiso formal, una promesa por la cual había hipotecado su vida hasta conseguir una vacuna eficaz contra el Coronavirus y lograr que esa terrorífica enfermedad quedase reducida en los libros de texto a un simple comentario como enfermedad infecciosa antigua, ya desaparecida gracias al uso de una vacuna.

No sabía por qué, pero si su hermano tenía razón, no consentiría bajo ningún pretexto, compromiso o medida de fuerza que nadie le arrebatase el descubrimiento de la vacuna. Si ellos pretendían ocultar aquel descubrimiento, allí estaría ella para desenmascarar la trama urdida por aquellos infames personajes.

– Perdona mi lenguaje, Alec. Es verdad, estoy enfadada. Pero, sabes una cosa… En el fondo estoy muy contenta – Mary hablaba rápida, desviando la mirada continuamente hacia su hermano.

– ¡Bueno! Si… ahora resulta que estás contenta. Dime por qué, pero por favor, no hace falta que me mires, preferiría que estuvieras más atenta a la carretera – dijo él, retumbando sus palabras en el eco de su garganta, y señalando con su dedo en dirección a la autopista, temiendo que aquella súbita desazón les trajera consecuencias desagradables en forma de accidente de tráfico.

– De todo esto prefiero quedarme exclusivamente con un hecho, que es lo que verdaderamente me importa.

– ¿Cuál?

– Que la vacuna es efectiva, y que el sueño de toda mi vida profesional por fin se ha cumplido. ¿Te das cuenta lo que eso supone para la humanidad? – respondió poniendo mucho énfasis en sus palabras.

– Ya sé lo importante que es para ti el descubrimiento de un arma que sirva para erradicar la COVID-19, pero no te hagas ilusiones. Vayamos paso a paso. Sólo tienes un porcentaje de los resultados y un trabajo mío que dice que tú tienes razón y que en el estudio de la Doctora Galloway no hay ningún seropositivo entre las personas a las cuales se les administró la vacuna.

– Un veinte por ciento es un porcentaje probablemente significativo que me hace concebir esperanzas de que el proyecto haya sido todo un éxito. En cuanto a tu trabajo… Tú, Alec, nunca me has fallado. Y, si se trata de un problema informático, confío plenamente en ti.

– Puede que tengas razón.

Los dos se quedaron en silencio, pensativos y así realizaron el resto del trayecto. El semblante de ellos era serio y cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos. La alegría y las carcajadas ruidosas de Alec Fishers quedaron en segundo plano, no estaba la mañana para esos menesteres. No obstante, la actitud de los dos se manifestó de modo positivo y tenían ante sí un objetivo que ambos anhelaban lograr. Se dirigían buscando su propio destino, la meta que Mary Fishers se había marcado y de la que el azar quiso hacer partícipe, también, a su hermano. Ahora estaban más unidos que nunca, inmiscuidos en el mismo problema. Por ello, juntos irían hasta el fin, compartiendo el éxito o la desdicha.

El destino de su corto viaje era la sede de Microgensyn. El guardia de seguridad que estaba en el puesto de entrada de la empresa saludó a Mary y a su hermano. Lo recordaba de alguna visita anterior. Le entregó una acreditación de visita, cogida en una cinta, que él colocó alrededor de su cuello dejándola bien visible. Al mismo tiempo, su nombre quedó registrado. Mary Fishers emprendió de nuevo la marcha y durante el breve trayecto hasta su aparcamiento recordó la primera vez que vino a Microgensyn, contrastando la emoción de aquellas imágenes con la severidad y el enfado que tenía en esos momentos.

Fueron rápidos y con sigilo al despacho de Mary. En los pasillos no había nadie todavía, por lo que no tendría que dar ningún tipo de explicaciones acerca de la presencia de su hermano en Microgensyn. Encendieron el ordenador y Alec Fishers se colocó ante él. Copió el programa informático, que aunque disponía de medidas de seguridad para evitar tal eventualidad, no tuvo ningún problema para poder eludirlas. Luego realizó la misma acción con los correos electrónicos del Dr. Migeon, la Dra. Carrie Galloway, el Dr. Keith T. Riggs y el del Dr. N´Beba. Una vez finalizado el trabajo, apagaron el ordenador y salieron de allí a toda prisa. Los pasillos seguían vacíos y cuando abandonaron el edificio saludaron al personal de seguridad de la puerta.  Llegaron a la entrada del complejo, devolvieron la tarjeta de identificación de Alec y se despidieron. Una vez fuera, ambos estallaron en una estruendosa carcajada y convinieron que todo les había salido perfecto. Más fácil de lo esperado.

Mary Fishers puso rumbo hacia la autopista que les llevaría hasta la playa de Malibú. Alec se acomodó en su asiento, sacó el ordenador portátil del maletín de piel y lo colocó entre sus piernas, disponiéndose a trabajar durante el trayecto en la información pirateada momentos antes. Mary Fishers encendió la radio del coche, cambió de sintonía en varias ocasiones hasta que encontró una emisora con una música que fuera de su agrado. Por fin se detuvo cuando escuchó los primeros compases de “Imagine” de John Lennon, y ella imaginó un mundo sin el Coronavirus SARS-CoV-2.

Lo dejó trabajar en silencio, sin interrumpirlo, sin preguntar nada. No quería entrometerse en su labor, no quería provocar ningún tipo de sesgo, no quería saber nada a retazos. Pretendía escuchar de Alec el resultado que hubiera obtenido de forma completa, de una tacada. A veces desviaba su mirada hacia él y lo veía allí, tan cerca de ella, trabajando para ella, ensimismado en la pantalla de cristal líquido, tecleando con inusitada rapidez y obteniendo la información que luego le contaría. En alguna ocasión se cruzaron sus miradas y él la obsequiaba con un guiño de complicidad que ella interpretó como un dictamen positivo para los intereses comunes de ambos.

Cuando abandonó la autopista aminoró la marcha. Comenzaba a sentir calor, no sabía si presa de la ansiedad o porque en realidad lo hacía, por lo que decidió conectar el climatizador. Alec lo agradeció con un gesto de asentimiento y ella se sintió aliviada cuando comenzó a descender la temperatura interior.

Mary Fishers siguió el rumbo trazado en su memoria, el camino hacia un paraje idílico al que solía acudir varias veces al año. Sortearon varias mansiones de ensueño y sus ojos chispeaban con aquel paradigma de opulencia y triunfo. Se trataba de una envidia sana, aunque en su decálogo de objetivos no figurase en ningún lugar. Simplemente se reconfortaba imaginando las figuras, las formas y los perfiles de aquellas casas, porque la arquitectura era una de sus grandes pasiones. A lo lejos divisaba una cortina azul difuminada en el horizonte, confundiéndose con el cielo, contrastando con el verde del césped, el verde de las plantas que crecían en armonía guiadas por manos artesanas. Bajó el cristal de la ventanilla y aspiró el aire con sabor a mar y vegetación, el aire de la mañana, todavía puro y limpio que llenó sus pulmones e impregnó de aquella fragancia natural el interior de su coche.

Mary Fishers aparcó el coche, miró a Alec y se percató de que todavía estaba enfrascado en la tarea en la que trabajaba con denuedo. Ella retiró la mirada y se concentró en apreciar el dibujo de las olas rompiendo sobre la arena de la playa. El color blanco de las crestas de las olas se diluía en un conjunto de diferentes tonalidades de color, desde el azul celeste hasta el azul de mar, azul de libertad. Para ella el mar tenía un significado muy especial, con diferentes y complejas connotaciones, donde todavía regían las leyes de la naturaleza y donde se podía aspirar la libertad que había desaparecido del resto de la tierra.

Pasó diez minutos en aquella atalaya contemplando el paisaje, deleitándose con la serenidad que emanaba. Giró la cabeza y encontró la mirada de su hermano con una sonrisa encantadora y le dieron ganas de comérselo a besos por lo sugestivo de su expresión. Ella comprendió y no quiso preguntar nada.

– Ya está. Ya he terminado – dijo al fin Alec Fishers, antes de pulsar una tecla y apagar el ordenador.

– Está bien. ¡Vamos!

Bajaron del automóvil. Mary abrió el maletero y de él sacaron una sombrilla, un par de esterillas y de toallas, así como una cesta de mimbre. Alec guardó el maletín con el ordenador dentro de él y Mary lo cerró. Se dirigieron hacia unas escaleras que descendían hasta la playa y una vez allí caminaron con pasos torpes, hundiéndose sus pies sobre la arena. Eligieron el lugar adecuado, montaron la sombrilla, colocaron la cesta bajo la misma y luego extendieron las esterillas.

– ¿Te apetece un paseo? – preguntó Mary.

– Te lo iba a proponer – respondió Alec.

– Venga, estiremos los músculos. Esta mañana estoy tensa – propuso ella, para relajarse de la tensión acumulada durante la visita a su despacho y mientras Alec desgranaba los secretos del programa 4GLium.

Se quitaron las zapatillas de deporte y se dirigieron hacia la orilla de la playa. Mary, antes de mojarse los pies, intentó arremangarse el pantalón vaquero, consiguiéndolo con dificultad, y Alec imitó su gesto. Luego, él se metió en el mar y comenzó a chapotear hasta que soltó una patada y desplazó el agua hacia arriba para mojar a Mary, que comenzó a correr y a reír, para a continuación volverse y tratar de mojar a su hermano, sin conseguirlo.

Se podía apreciar en la camiseta blanca de Mary, que llevaba bordada el nombre de la ciudad de Acapulco en color verde, blanco y rojo, cada gota que la había salpicado.

Se acercó a su hermano y se fundieron en un abrazo, para después proseguir la marcha cogidos de la mano. Caminaban por la orilla de la playa y continuamente las olas mojaban sus pies, escuchando el incesante crepitar de sus pisadas.

– ¿No me vas a preguntar nada? – sugirió él.

– Ya conozco la respuesta. Tus ojos, tu sonrisa, te han delatado.

– ¿Qué te sugiere? ¿Son buenas o malas noticias?

– Imagino que el Proyecto es un éxito y que la vacuna es eficaz. ¿No es así, Alec?

– Así es. Lo has adivinado.

– En ese caso, para mí son buenas noticias. Ahora mismo soy la persona más feliz del mundo.

– Me alegro.

– Aunque este descubrimiento nos crea un problema.

– Un grave problema, más bien, diría yo – ratificó Alec.

– Cuéntame. ¿Qué has hecho durante el viaje hasta Malibú?

– En primer lugar estudié los códigos del Programa 4GLium y no encontré nada nuevo. No había ninguna modificación ni ninguna actualización. Después procedí a solicitar los resultados de los cuatro correos electrónicos y obtuve los resultados negativos que tú conociste el miércoles pasado. Según esos resultados la vacuna está siendo un fracaso absoluto. Como ya estaban activados, los analicé con mi programa pirateado y hasta ahora, con un resultado parcial del veinte por ciento, no hay ninguna persona infectada con el Coronavirus a la cual se le haya administrado la vacuna. Después, accedí al programa a través de ese lugar reservado, le di determinadas instrucciones y obtuve los mismos resultados que tú. Esos que tanto te alarmaron.

– Eso quiere decir…

– Que yo tenía razón desde un principio – interrumpió él –. La vacuna es efectiva, pero alguien en Microgensyn pretende hacerte creer que ha sido un fracaso.

– Gracias, Alec. Pero no supone ningún problema – respondió Mary, resignada –. Ahora, que conocemos la verdad, no.

– Sí, Mary, tenemos un problema muy grande. Ahora hay que descubrir si se trata de alguna persona en concreto, o si por el contrario, es una estrategia de la empresa, lo cual te colocaría en una situación muy delicada. ¿Quién sabe cuántas personas estarán al corriente de la situación?

Alec notó que Mary no estaba siendo consciente del giro experimentado por la trama en la que estaban inmersos. Ella se encontraba sumida en la alegría que le había proporcionado el conocer el éxito de sus investigaciones, el descubrir que el motivo por el cual se había dedicado en cuerpo y alma a la investigación de esa vacuna, dejando de lado otras facetas en la vida de una mujer, por fin tenía la recompensa tan ansiada y perseguida. Y aunque él también era partícipe de la alegría rebosante de ella, tendría que actuar con cautela y realizar un diagnóstico preciso de la situación, para a partir de ahí tomar decisiones. Él siempre había confiado en su hermana y sabía que lo lograría, pero nunca imaginó que pudiera acaecer en medio de aquellas circunstancias, más propias de la trama de una película de cine negro, que de una investigación científica en el mundo real.

– ¿Qué sugieres?

– A partir de ahora, Mary, tienes que actuar con cautela. Ellos no saben que nosotros conocemos el resultado real del Proyecto Mgen1702, por lo que tendrás que averiguar, sin levantar sospechas, qué está sucediendo en Microgensyn.

– ¿Qué puede pasar si me descubren?

– No lo sé, pero, ¡por Dios Mary! Contén tu rabia y no te dejes llevar ni caigas en ninguna trampa – Alec desconfiaba de Mary, intuía que el temperamento impulsivo de ella pudiera jugarle en algún momento determinado una mala pasada.

– Déjalo de mi cuenta, seré prudente.

Mary se agachó a coger una concha casi enterrada en la arena. La limpió con agua de mar y se la ofreció a su hermano para que él la admirara. Continuaron caminando, ella como si estuviese en una pasarela, mientras que en él se apreciaba con evidencia la cojera que afectaba a su miembro inferior izquierdo. Dieron media vuelta y regresaron por el mismo camino; sus huellas todavía estaban marcadas sobre la arena humedecida y jugaron a caminar sobre sus pasos, sólo que esta vez caminaban de espaldas. Seguían agarrados de la mano. Alec perdió el equilibrio y arrastró en la caída a su hermana. Mientras caía prorrumpió en una carcajada estridente, una de sus risas abiertamente sonoras y guturales. Entonces, Mary le recordó que era la segunda vez que reía aquella mañana y él le contestó que la vida es más agradable si se cultiva la risa.

– Ponme al día – dijo él, una vez finalizado aquel juego, caminando ya formalmente –. ¿Qué ha pasado desde que nos vimos el miércoles? ¿Es verdad eso que se rumorea de la fusión de Microgensyn y Bioconn?

Mary puso al corriente a Alec de todo lo sucedido en ese tiempo. Él interpelaba, en ocasiones, que le explicara algún matiz determinado, mientras que en otras sugería algún consejo, y hasta se permitió la licencia de crear un chiste que ella reprimió con una mirada de asombro, que sirvió para que él riera de forma compulsiva. Sólo intentaba crear un ambiente distendido y que Mary pudiera relajarse y olvidar aquellos temas durante el tiempo que estuvieran en la playa.

Luego le contó el episodio de su reunión con Jeff Colleman la tarde anterior y el miedo que pasó, así como todo lo que descubrió.

–  Eso es maravilloso, Mary. Son noticias fabulosas. ¿Por qué no has empezado por ahí? ¿Por qué no me lo has contado nada más verme? Me alegro mucho, por lo menos ya has finalizado el trabajo que te encargaron y con un final alentador.

– Digamos, simplemente, que he tenido suerte – respondió ella, con sarcasmo.

– No se te da nada mal.

– ¿El qué? ¿El trabajo de espía?

– Pues sí. Si algún día abandonas la ciencia, podrías dedicarte a ello. Tanto miedo, tanta duda y en apenas unos minutos, conseguiste lo que te proponías.

– No me lo recuerdes, Alec. Todavía me tiembla todo el cuerpo y el vello se me eriza sólo de recordarlo.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– No tengo ni idea. Habrá que meditarlo.

– No tengas prisa. Ellos no saben nada. Utiliza bien esa información. Intenta ganar tiempo hasta que tengamos los correos electrónicos con el resultado global del Proyecto Mgen1702. Hay que dejar pasar los días. Esa será nuestra carta escondida.

– Ahora que lo dices, puede que sea una buena idea. Además, sin proponérmelo, tengo la coartada perfecta.

– Parece que hoy estamos de suerte. ¿Dime cuál es?

– Esta noche he quedado con Jeff Colleman a cenar. Nos vamos a ver de nuevo. Si me espían, me verán de nuevo con él, pensarán que todavía estoy trabajando y que no he logrado aún la información que ellos necesitan – aseveró Mary, con satisfacción.

– Me parece una idea excelente. Luego, a ellos les puedes contar lo que te parezca. Que esperen, mejor dicho, ¡qué se jodan!

De nuevo estallaron en una carcajada ruidosa los dos hermanos. La segunda vez que reían al unísono, exprimiendo todo el significado que un taco puede proporcionar.

Llegaron al lugar donde tenían la sombrilla. Se sentaron sobre las esterillas. Mary cogió la cesta de mimbre, sacó en primer lugar un mantel y lo colocó sobre la arena, después dos tazas, un termo con café caliente y un brik pequeño de leche. Preparó el café con leche y luego sacó una caja de metal con pastas de té.

– ¡Pastas de té! – exclamó Alec –. ¡Cómo me gustan! Además, siempre que las como me recuerdan a mamá.

– Ya sé que te encantan, por eso las he traído. También sé que cada vez que las comes te acuerdas de mamá.

Alec cogió la taza y bebió un sorbo. El café con leche estaba caliente, como a él le gustaba. Después alargó la mano y cogió una pasta y comenzó a comerla con pequeños y delicados mordiscos, evitando que se rasgara y se rompiera, luego se recostó de lado sobre la esterilla y continuó comiendo, mientras Mary le sonreía divertida.

– ¡Hum… que ricas que están! Por favor, Mary ¿puedo comerme otra?

– De acuerdo.

– Acércamelas. No alcanzo.

Mary hizo un gesto mohín y le acercó las pastas de té.

– Mary… ¿Puedo hacerte una pregunta? – el rostro juguetón y travieso de Alec se transfiguró adoptando una expresión seria.

– Claro que sí – respondió ella.

– ¿Por qué llora mamá cuando está a solas?

– Pues, verás Alec… – Mary no sabía qué responder. La pregunta de su hermano le sorprendió y no atinaba a escoger las palabras adecuadas para explicar aquella situación –. ¿Por qué preguntas eso, Alec?

– Porque la he visto llorar cuando cree que nadie la ve. Yo entro despacio a la cocina, sin hacer ruido, y la he visto llorar en varias ocasiones – susurró Alec, temiendo que su madre pudiera escucharlo. Era su secreto y quería compartirlo con Mary.

– No sé, Alec… – un nudo atenazó el cuello de Mary que le apretaba ficticiamente y parecía ahogarla.

– ¿Es por papá? – preguntó él, con decisión. Necesitaba una respuesta y Mary lo podría sacar de dudas.

– ¿Qué quieres decir?

– Papá está enfermo, ¿verdad?

– Bueno, sí. Ahora está en cama.

– ¡No! … Quiero decir que está enfermo de verdad – el tono agudo de su voz contrastaba con los esfuerzos que realizaba para vocalizar correctamente cada palabra. No obstante, con menos dificultad que antaño, ya podía mantener una conversación fluida.

– No sé. En los últimos meses ha estado enfermo en varias ocasiones – Mary hizo un movimiento brusco con la cabeza y su largo y abundante pelo de color castaño ocultó su cara. Con disimulo se llevó las manos a su rostro para retirar el pelo hacia atrás y al mismo tiempo secar unas lágrimas que habían brotado en sus ojos.

– Mamá está muy preocupada y yo creo que es por él – seguía insistiendo Alec con su verborrea particular.

– ¡Sí! Está muy intranquila.

– Mary, tú sabes qué es lo que le pasa, ¿verdad? Por favor, ¿quieres contármelo? – Alec estaba receloso, y aunque sólo tenía ocho años la situación no le había pasado desapercibida. No era un niño que se dejase engañar fácilmente, y menos aún porque estaba dotado de una perspicaz intuición para captar con detalle las preocupaciones y las alegrías que sucedían a su alrededor.

– Bueno, Alec, creo que tienes derecho a saber qué es lo que le ocurre a papá. Aunque a decir verdad, tampoco sabemos mucho. Es cierto que en el último año ha estado enfermo en muchas ocasiones, mientras que en otras se sentía tan débil que no tenía fuerzas ni para ir a trabajar. Los médicos lo están tratando bien y aseguran que pronto sabrán qué le ocurre con certeza. Hasta el momento sólo se trataba de días de fiebre y cansancio, pero cada vez son más frecuentes, por eso están estudiando si todas esas veces que ha estado enfermo están relacionadas entre sí o por el contrario nada tienen que ver unas con otras.

– Pero Mary, son muchas veces. Nosotros no nos ponemos enfermos en tantas ocasiones.

– Es cierto, tienes razón – asintió ella –, pero está bien atendido y siempre se ha curado. Los médicos se están portando muy bien con él. Puedes estar tranquilo, todo va a salir bien… – a Mary no le gustaba mentir, pero a veces una mentira sutil podía servir para aplacar la desesperanza, y mediante ese acto la ilusión renacer con nuevos bríos.

Mary sentía debilidad por su padre, al cual tenía idolatrado. La relación con su madre era especial, madre e hija estaban unidas por un lazo invisible, pero con su padre existía un aura de complicidad y de unión que los mantenía eternamente confabulados.

– Te has quedado callado. ¿En qué piensas Alec? – preguntó Mary, que veía a su hermano mirando al infinito mientras sostenía una pasta de té entre sus dedos.

– No sé. Pensaba en… – omitió decir en malos tiempos –, acabo de recordar una conversación antigua.

– ¿Puedo saber de qué se trata o es un secreto?

– Mary, yo no tengo secretos contigo. ¿Acaso tú los tienes conmigo? – inquirió Alec, mirándola expectante.

– De sobra sabes que no – musitó ella sonriendo.

– Estaba recordando una conversación que tuvimos los dos y en la que tú me mentías – aseguró él con nostalgia en los ojos.

Mary irguió su cuerpo y miró ceñuda a Alec, sorprendida por la afirmación tajante de él.

– Alec, yo jamás te he mentido – aseveró ella, ofendida.

– Lo siento, Mary, quizás no lo recuerdes, pero sí que me engañaste en una ocasión. ¡Quizás no lo recuerdes! – volvió a repetir, intentando proteger el olvido de Mary, sin ánimo acusador.

Mary también recordaba aquel instante. No lo había olvidado. Nunca lo olvidaría. No obstante, quiso asegurarse que podría ser el momento ideal para recordar episodios de su infancia y desterrar viejos tabúes, momentos de los que nunca antes habían hablado. La omisión es un acto de fe entrañable en lo que uno verdaderamente ama.

– Si es así, cuéntamelo – repuso ella.

– Hace ya muchos años… – comenzó diciendo él, intentando recordar -, yo era muy pequeño todavía. Estábamos en casa, como ahora, comiendo pastas de té. Yo intentaba saber qué le ocurría a papá y te lo pregunté. Tú me dijiste que los médicos lo iban a curar y que todo iba a salir bien, que estuviese tranquilo… Fue ese el momento en que me mentiste, ¿verdad?

– Quizás se trató de una mentira a medias, sin ánimo de ofender – ella no dio su brazo a torcer –, yo te expliqué lo que sabía.

– No Mary, tú ya conocías el alcance de su enfermedad y me la ocultaste, aunque sólo fuera para evitar que sufriera antes de tiempo.

– Alec, ahora te digo la verdad, probablemente entonces no te dije toda la verdad, pero créeme, yo sabía que estaba enfermo, pero ni mamá ni yo sabíamos en aquellos momentos lo que le sucedía, creíamos que pronto se pondría bien, pero estábamos equivocadas – Mary hablaba lentamente, mirando la línea imaginaria que separa en el horizonte el mar del cielo, reflejando en su tono de voz la amargura que sus palabras le producían.

– No es necesario que intentes convencerme. Te creo – no hacía falta decir nada más, con aquellas dos palabras daba por terminado para siempre el tema de la mentira piadosa.

– Gracias – respondió Mary, intentando disimular sus sentimientos.

Habían terminado de comer. Habían estado en silencio. Habían fingido una vez más. Mary se levantó y comenzó a colocar cada cosa en su sitio: los vasos, los cubiertos, los platos. Luego procedió a fregarlos, colocándolos posteriormente en una escurridera de donde fluían pequeños hilillos de agua que terminaban diluyéndose en un goteo continuo.

A veces miraba a su madre y la veía absorta en sus pensamientos, en sus penas, muy lejos psíquicamente de allí, como si algo o alguien estuviera arruinando su vida, como si le estuviesen arrancando una parte de sí misma, como si la estuviesen asesinando.

Hacía semanas que ya no era la misma. Su aspecto descuidado la delataba aunque ella lo negaba. Los párpados caídos y las ojeras cada vez más profundas eran sinónimo de largas noches de insomnio, de largas noches de vigía cuidando de su marido. El carácter le estaba cambiando, mostrándose arisca en ocasiones, mientras que en otras parecía como ausente.

Su madre, que siempre se había caracterizado por su trato afable, conciliador y lleno de triquiñuelas para transformar cada instante de pesimismo en un hito fantástico de alegría y satisfacción, parecía ahora sumida en un estado vegetativo.

Todavía seguía allí. Hacía media hora que adoptaba la misma posición, la misma mirada y la misma expresión. No lloraba, ante ella nunca lloraba. Era incapaz de iniciar un diálogo y menos aún de mantener una conversación. No se trataba de Nicole Fishers, sino de una caricatura de mujer instalada en el cuerpo de su madre.

Aquella situación tenía muy preocupada a Mary. Por momentos no sabía quién le inquietaba más, si su padre o su madre, o los dos al mismo tiempo. Tenía unas ganas desorbitadas de mantener una amplia y dilatada conversación con ella. Así mismo, sentía la necesidad imperiosa de realizarle un sin fin de preguntas que le martilleaban una y otra vez en su mente, pero que le producían un terrible horror sólo el pensarlas y cuanto menos aún el atreverse a realizarlas.

Pensó que debía de intervenir y ayudar a su madre. No podía desaprovechar esa coyuntura, por lo que se sentó de nuevo en la silla y cogió la mano de su madre, entrelazando sus dedos mutuamente. Nicole Fishers levantó la cabeza con premiosidad y miró a su hija, apreciándose en su gesto la imagen paradigmática del dolor.

– Mamá, ¿en qué piensas?

– En nada especial – musitó Nicole.

– Mamá, por favor, mírame.

– Te estoy mirando, Mary.

– No, mamá, no me estás mirando, no estás aquí, hace tiempo que no estás aquí, ¡estás ausente!

– Mary, sí que estoy aquí – Nicole Fishers se giró hacia ella, miró a Mary, apoyó los codos sobre la mesa y luego hundió la cabeza sobre las palmas de sus manos, en gesto apesadumbrado, temblorosa, dejando escapar un profundo suspiro –. Siempre he estado aquí y ahora más que nunca.

– Mamá, tu cuerpo está en casa, pero tú estás distante.

– Puede ser – asintió Nicole.

– ¡No lo ves! Lo estás admitiendo – enfatizó Mary, esperando que su madre reaccionara.

– ¿Y qué quieres que haga?

– Dejar de consumirte.

– ¿Cómo? – preguntó Nicole con desidia.

– ¡Luchando!

– ¡Luchando! ¿Y qué crees que estoy haciendo?

– No puedo negar que te estás ocupando de papá las veinticuatro horas del día. Pero, ¡mírate! Tú no eres Nicole Fishers, tú no eres mi madre.

– ¿Cómo puedes decir eso, Mary?

– Ya no eres la madre alegre, la madre valiente ni la madre luchadora que yo tenía. Mi madre sabía afrontar los problemas con carácter, sabía comportarse y tenía siempre dispuesta una palabra de apoyo, una teoría convincente y no se dejaba amilanar por las adversidades – Mary tenía cogidos los puños cerrados de su madre y los apretaba con fuerza, intentando transmitirle el vigor que ella había perdido, intentando que la arenga improvisada hiciera mella en Nicole.

Mary sólo tenía quince años pero ya estaba capacitada para razonar como un adulto. La enfermedad de su padre la estaba obligando a madurar a una velocidad de vértigo, viéndose obligada en aquellas circunstancias a adquirir una relevancia en la organización de su casa que por su edad no le correspondía. Hacía mucho tiempo que no estaban a solas, que no mantenían una conversación afable, que no se sinceraban la una con la otra. En esta ocasión le tocaba llevar a Mary la voz cantante, la voz de una niña de quince años que tiene que poner orden en su casa y decirle a su madre cómo se tiene que comportar. Ella pretendía iluminar a Nicole, hacerle ver que aquella postura que estaba adoptando no le conducía a ninguna parte, y que tenía que mirarse a sí misma para luego extraer una conclusión positiva que afianzase el control que siempre había tenido de ella y de la familia, puesto que desde que la enfermedad de su padre se fue consolidando, ella había perdido el dominio de la faceta más importante de su personalidad. Intentaba que fuera de nuevo Nicole Fishers, aunque Mary sólo tuviera, por entonces, quince años.

– Mary, ¡ayúdame! No sé qué hacer, estoy perdida, no tengo fuerzas, no puedo razonar… – Nicole Fishers se lamentaba y tendía las manos a su hija buscando ayuda desesperadamente.

– Para eso estoy aquí, mamá. No estás sola.

– ¿Qué puedo hacer?

– Afrontar la situación, la enfermedad de papá.

– Pero, si yo…

– ¿Qué pasa? ¿Me ocultas algo? ¿Hay algo que yo desconozca?

– No, Mary. Tú estás al corriente de todo.

– Entonces… ¡vamos! Aquí están los hermanos Fishers – dijo Mary, mientras se le iluminaban los ojos – y aunque Alec sea pequeño todavía, no te defraudaremos, cuentas con todo nuestro apoyo.

– Ya sé que cuento con vuestra ayuda. Sabes de sobra que me estoy dando cuenta constantemente que procuráis ayudarme en todo, y lo que es más importante, no creándome problemas.

– Más a mi favor para que cambies en tu actitud. Me gustaría verte sonriente, feliz, porque bajo ese punto de vista se tiene una mejor perspectiva de todo aquello que acontece y uno puede ser más objetivo en el análisis del futuro – Mary trataba de impresionar a su madre y no dudaba en utilizar, para ello, todo un arsenal de vocabulario impropio de su edad -. Me gustaría que al mismo tiempo que atiendes a papá, cuidaras más de ti.

– ¿Cómo voy a cuidar de mí, Mary? ¡Si no sé lo que va a suceder con tu padre! –  la duda crea inseguridad y Nicole Fishers se mostraba lacónica.

– ¿A qué te refieres, mamá?

– Hay algo que se me escapa. No me fío.

– ¿El qué?

– No sé… presiento algo malo… nada halagüeño… Tu padre cada día que pasa está peor – Nicole Fishers hablaba con el corazón, sobrecogida, queriendo expresar lo que pensaba, pero que al mismo tiempo no se atrevía a pronunciar. Parecía un secreto a voces que sólo podía escuchar ella.

– Pero los médicos… ¿Qué dicen?

– Los médicos también están perdidos. No saben qué le sucede, no tienen un diagnóstico claro.

– Mamá, papá en las últimas semanas está mejorando, lentamente, pero yo lo veo mejor – Mary intentaba animar a su madre y ofrecerle una palabra de consuelo en medio de un inevitable naufragio.

– Gracias, Mary, por tus desvelos, pero tú eres muy inteligente y sabes que no es verdad. Es cierto que tiene días o semanas en los que parece que se va a curar, pero cuando ya estamos ilusionados y esperamos esa eventualidad, de nuevo recae y los síntomas se recrudecen, cada vez con más iniquidad, con más gravedad. Y de nuevo comienza un largo proceso en donde la esperanza es la única arma que tengo para asirme – Nicole se mostraba más locuaz, menos comedida, casi recuperando el espíritu mermado por tantos meses de angustia, una angustia loca que le había hecho concebir presagios lúgubres.

– ¿Qué diagnóstico han hecho los médicos?

– Los diagnósticos son de diferentes enfermedades infecciosas que cada vez lo están debilitando más. Los médicos no se explican cómo puede contagiarse o infectarse con tanta facilidad. Hace unos meses me comentaron que iban a realizarle unas pruebas para descartar una leucemia, puesto que las infecciones son frecuentes en estas enfermedades y muchas veces la forma de inicio; pero éstas fueron concluyentes y me aseguraron que no padecía esa enfermedad. Yo me alegré, por supuesto, y tras interesarme más me dijeron que sólo habían encontrado una disminución en sus defensas, lo cual lo hacía proclive a padecer ese tipo de enfermedades. Nos informaron que su sistema inmunitario estaba muy mermado y que por esa razón padecía diferentes infecciones de forma recidivante, de ahí que cada vez que esté enfermo tenga fiebre.

– Mamá, ¿qué significa recidivante?

– Significa que una persona vuelve a padecer la misma enfermedad cuando ésta ya parecía que estaba curada.

– ¡Ah! … Eso significa que siguen sin saber realmente qué es lo que le ocurre, ¿no es así?

– Estás en lo cierto. Estoy muy agradecida del trato que estamos recibiendo por parte de los médicos. Me han comentado que para ellos también supone un reto y que no descansarán hasta averiguar qué es lo que le sucede realmente. La última hipótesis que barajan es que todas esas infecciones pueden estar relacionadas entre sí.

– No ves mamá, tú lo estás diciendo, tiene a los médicos en vilo por lo que en poco tiempo sabrán por qué está siempre así y entonces lo curarán. Si me permites una observación, hay que estar preparadas para ese día y mientras llega, no está de más que te ocupes un poco más de ti. Estando guapa y alegre contribuirás a que papá se recupere lo antes posible…

Nicole Fishers no pudo aguantar más la congoja que le embargaba al escuchar aquellas palabras que recitaba, como salidas del cielo, la boca de su hija y prorrumpió en un llanto lastimero, con lágrimas que manaban a borbotones de sus ojos. No se escondía, no bajó la cabeza, sino que la mantuvo erguida, dejando que su hija contemplara como lloraba, sintiéndose liberada al expresar abiertamente ante Mary sus sentimientos reprimidos durante tanto tiempo y aceptar que ella era una persona normal, que también podía llorar ante un ser querido.

– Perdona mamá. Yo no pretendía…

– No tienes que pedirme perdón – la interrumpió Nicole –, soy yo la que te tiene que pedir perdón a ti por mi comportamiento. Y al mismo tiempo tengo que agradecerte lo que acabas de hacer por mí – seguía llorando y hablando entre suspiros conmovedores –. Acabas de darme una de las alegrías más hermosas de mi vida y estoy llorando por eso, lloro de alegría, sabiendo a ciencia cierta que tengo una familia maravillosa y una hija admirable. Has sido capaz de darme la fuerza que necesitaba para poder seguir hacia delante. Es como si estuviera ante el espejo y tú me repitieras las palabras que yo tanto os he inculcado: la vida hay que afrontarla con alegría.

Mary se quedó muda, sin saber qué decir, mirando fijamente a su madre, asintiendo con un gesto compungido hasta que no pudo más y acompañó a Nicole en aquel llanto. Un llanto de alegría que simbolizaba la unión de dos mujeres hijas de la misma carne y heridas en el orgullo de una desgraciada contingencia, en la que nada podían hacer pero, ante la cual, se rebelaban y no querían quedar al margen. Si los médicos no eran capaces de solventar el sufrimiento de su ser más querido, ellas dos, junto con Alec, serían capaces de mitigar el sufrimiento de Terry Fishers y propiciar que su desdicha fuese vengada con el amor que le profesaban.

Así es la historia cuando dos seres se aman, amor que significa compartir, unir sentimientos con lazos invisibles, dividir preocupaciones para que sean más fáciles de remediar.

Eran dos, pero un solo sentimiento y la misma obsesión, ávidas por resarcirse de la aflicción que la enfermedad de su padre les había causado. No lo habían olvidado, nunca olvidarían aquella desgraciada enfermedad, y ahora tenían por delante la oportunidad que nunca hubieran imaginado.

Durante la mañana iba subiendo la temperatura en la playa y, al mismo tiempo, se avivaba la conspiración que estaban tramando, a medida que comentaban episodios de su vida. El termómetro marcaba veintiocho grados centígrados y no había brisa en el ambiente.

– Creo que es el momento idóneo para un baño. ¿Qué dices? – preguntó Mary, decidida.

– ¿Te atreves? – sonrió Alec.

– Yo sí. ¿Por qué no? ¿Y tú?

– No sé.

– Venga, vamos, Alec. Decídete.

– Está bien. Te acompañaré.

Ambos se despojaron rápidamente de los pantalones vaqueros. Mary dobló con pulcritud su camiseta, mientras que su hermano, menos cuidadoso, dejó caer sobre la esterilla su camiseta negra, quedando visible la inscripción serigrafiada en ella: No hay futuro sin informática. Mary hizo un gesto de reproche y él se encogió de hombros.

– ¿A que no me alcanzas? – profirió Alec Fishers cuando ya corría directo hacia el agua. La delgadez y la figura larguirucha disimulaban las alteraciones anatómicas de sus extremidades izquierdas, poco apreciables si no fuera porque al correr apoyaba exclusivamente la parte delantera de su pie izquierdo, balanceándose al compás de cada paso.

Mary salió tras él y al grito de aquí están los hermanos Fishers se zambulló en el agua. Sacó la cabeza para respirar y comenzó a nadar mar adentro. A pesar de aquella temperatura, el agua del mar estaba fría. Se dio media vuelta y vio a su hermano cerca de la orilla, con el agua hasta el cuello. Nadó hacia él y, cuando estuvo a su altura, se apercibió que estaba dando pequeños saltos sobre la arena del fondo de la playa.

– ¿Qué haces? – preguntó sorprendida.

– ¡Uf! Estoy saltando para no quedarme helado.

– Pero si está riquísima.

– Eso lo dirás por ti, que te gusta el agua fría. Pero yo prefiero siempre un baño muy caliente. Para mis músculos es mucho mejor. ¿No es verdad, mi doctora preferida?

– Tienes razón. Vamos a salir, yo también estoy helada.

Al salir del agua corrieron raudos hacia la sombrilla, cogieron las toallas y las utilizaron a modo de abrigo mientras se secaban. Mascullaban gruñidos, gorgoritos y un sin fin de quejidos hasta que entraron en calor. Después Mary sacó de su bolso un peine que entregó a Alec y un cepillo que utilizó para peinar su pelo.

– Tengo hambre – dijo Mary Fishers, con la cara vuelta hacia el restaurante que había cerca de allí.

– Yo también – asintió Alec.

– ¿Qué te parece si vamos a comer al restaurante de la playa?

– ¿Lo conoces?

– Sí. He comido en él en varias ocasiones.

– ¿Qué tal es?

– Yo diría que aceptable. Es un buen lugar.

Terminaron de secarse. Luego se vistieron. Peinaron sus arremolinados cabellos y se encaminaron hacia el lugar elegido para comer. Dejaron en la playa la sombrilla y los demás enseres.

El restaurante estaba situado al final de la playa, en lo alto de un diminuto acantilado. Se podía ascender hasta él a través de una escalera de madera que serpenteaba alrededor de un mástil metálico central, esquivando alguna roca de grandes proporciones. Era grande y casi todas las mesas estaban situadas en una amplia terraza desde la cual se avistaba una panorámica extraordinaria. Sobre cada mesa había un cesto con flores pequeñas de color rosa, blanco y violeta. La especialidad de la casa eran los pescados a la parrilla. Cuando llegaron, los recibió un camarero diligente que saludó a Mary Fishers por su nombre, a la que recordaba de otras ocasiones anteriores.

– ¡Qué raro! – exclamó Alec –, te han reconocido. ¿Acaso eres famosa, hermanita?

– Siempre es bonito que te reconozcan y que te reciban con tu nombre, pero yo no soy famosa, hermanito – respondió Mary, pronunciando con sorna la palabra hermanito –. Se trata de una empresa familiar y se caracterizan por su gran amabilidad. Aquí me siento como si estuviera en casa. Por eso repito cada vez que vengo a esta playa.

– Está bien, no te pongas así.

Los acomodaron en la primera fila de mesas de la terraza. La que tenía mejores vistas. Los atendieron con prontitud y rechazaron las sugerencias del día, puesto que Mary sólo quería comer una ensalada y un pescado a la parrilla. Alec la secundó en su elección.

El pescado a la plancha reposaba inmóvil en el plato. Lo rodeaban una corona de bolitas de patata cocida dispuestas en armonía para dotar aquel plato de comida de una presentación impecable. En una fuente había una ensalada de lechuga, tomate y queso fresco cortado en dados, aliñado con aceite, vinagre, sal y albahaca que le daba el punto especial. Todo había sido realizado con manos artesanales y con el cariño imprescindible que exige la buena cocina. Mas no había hambre y el pescado y la patata se estaban enfriando. Miraba el plato sin decidirse a probarlo.

Mary estaba callada. No quería importunarlo. Sabía que no le gustaba que lo presionaran para comer. En muchas ocasiones le había enseñado que era de mala educación instar a alguien a comer. Cada cual debe decidir lo que le apetece llevarse a la boca, tanto en cantidad como en calidad. Al final no pudo reprimirse y le preguntó sin remilgos:

– Papá, ¿no comes?

Terry Fishers miró a Mary de soslayo, sabía que la estaba provocando con su actitud, pero no tenía ganas de discutir. A decir verdad, no le apetecía comer nada, hacía tiempo que su ración alimenticia se reducía cada vez más a unas pocas calorías al día. Hubiera preferido un rayo de esperanza aderezado con una salsa milagrosa, pero eso ni Mary, ni tan siquiera Nicole, sabían en qué mercado comprarlo, ni cómo cocinarlo.

– Debería de comer, ¿no crees? – se avino a decir él, cabizbajo –-. Pero, no tengo apetito.

– Has perdido bastante peso y eso no te conviene. Sería mejor que comieras algo. Simplemente, lo que te apetezca, ¿te parece bien? – Mary interpelaba con voz dulce.

– Tienes razón. Debería hacerte caso. Sin embargo, cada vez que miro el pescado y las patatas, siento náuseas. A decir verdad, Mary, no tengo fuerzas ni para llevarme el tenedor a la boca.

– Me estás dando la razón. Tienes que comer para ponerte fuerte – Mary le hablaba como si tratara de convencer a un niño lo importante que es la alimentación –. ¿Quieres que te dé yo de comer? – propuso ella, siendo capaz de intentar cualquier cosa con tal de que su padre se aviniera a llevarse a la boca algún alimento.

– Mary, admiro tu capacidad de perseverancia y tu poder de convicción. Me has herido sutilmente. Comeré algo.

– Gracias.

– No digas eso. Soy yo el que tiene que estar agradecido de tener una familia tan maravillosa y una hija muy especial – respondió Terry Fishers con un matiz agridulce en sus palabras.

Antes de pinchar con el tenedor sobre una patata, estuvo jugueteando con ella. La hacía rodar por el plato de un lado hacia el otro y, en algunas ocasiones, la propulsaba para que saltara por encima del pescado. Aquello le divertía, aunque, más bien, con esa astuta acción, fingía mientras decidía si optaba por llevársela a la boca o al final desistía. Estaba pálido, pero al saberse observado, presintiendo que obraba mal, se le arrebolaban las mejillas. Al final, aunque no tuviera ganas, siempre comía algo.

– Sabes que no me gusta que digas que soy una hija especial. Yo creo que mamá y Alec también son especiales.

– No, Mary, no. Mamá es mi amor de toda la vida. Alec la inteligencia personificada y tú… tú tienes algo especial, tú tienes don…

– Papá… ¡Ponte bien pronto! Quiero que puedas aprovechar las cualidades de cada uno de nosotros.

– No es tan fácil.

– ¿Por qué no? – inquirió ella irritada.

– No depende de mí.

– ¿Por qué no? – preguntó de nuevo.

– No olvides que estoy enfermo. ¡Qué más quisiera yo! Me doy cuenta, perfectamente, que me estoy perdiendo vuestra infancia con esta maldita enfermedad – bramó Terry Fishers con indignación, para ocultar el sentimiento de melancolía que le roía por momentos.

– Pronto, todo este azaroso suceso no será más que un vano recuerdo, que olvidaremos con los días felices que seguramente pronto vendrán – Mary no se cortaba un ápice para insuflar a su padre nuevos ánimos, nuevos bríos que le dieran la fuerza suficiente para superar aquel miserable contratiempo.

– Puede ser así, o puede que no lo sea.

– ¿Qué quieres decir?

– Que todo acontecimiento puede tener un final feliz o por el contrario un final trágico.

– Por favor, papá, no digas eso.

– Sabes que tengo razón, por eso intentas censurarme.

– No era esa mi intención.

– Pero tú también lo piensas. Estoy en lo cierto, ¿no?

– No. No estás en lo cierto. Yo siempre soy optimista y presiento que pronto estarás curado, a menos que…

– ¿A menos que…? – él la interrumpió para dejar una pregunta quisquillosa en el aire.

– A menos que me ocultes algo – respondió ella con tristeza.

– Mi pequeña – dijo él con ternura –, tú sabes que yo nunca te oculto nada y que mi corazón siempre está abierto a lo que tú quieras saber.

– ¡Entonces! Dime la verdad. Dime lo que piensas – solicitó con decisión, arrepintiéndose de ello una vez formulada la pregunta.

Terry Fishers no contestó. Estaba en silencio. Miraba indeciso a Mary. En sus ojos azules, casi trasparentes, se apreciaba el dolor intransigente de su estado de ánimo. Podía adivinarse lo que pensaba y el profundo pesar que ello le causaba. Mary comenzó a tabalear sobre la mesa y distrajo por un instante a su padre. Al percatarse ella, cejó en su acción, arrellanándose en la silla y cruzándose de brazos.

– Te voy a decir lo que pienso realmente. No sé si será verdad, pero al fin y al cabo, y a mi pesar, es lo que yo voy a vaticinar.

– Si es lo que tú sientes, dímelo, te escucho.

– Mary… me estoy muriendo – afirmó su padre, muy lentamente, casi susurrando, con la voz entrecortada.

Mary sintió el estallido del mundo, roto en mil pedazos, y su alma rasgada por cien mil cuchillos, cuando oyó a su padre decir aquellas palabras impregnadas de un lamento desesperado. No destacaba por su arte adivinatorio, pero lo conocía muy bien, sabía que nunca mentía, y que si era capaz de pronunciar aquel premonitorio epitafio sería porque presentía cercano el día final, el día en el que la alegría de estar cerca de Dios, mermaría el sufrimiento de sus seres queridos. Por ello, no le quedaba más remedio que creerlo aunque le acarrease un sufrimiento, un martirio y una incertidumbre cercana a la locura en los días venideros.

– ¡Papá! – Mary estalló en un llanto difícil de consolar.

Terry Fishers se levantó y acudió en busca de su hija.

– ¡Mary, lo siento! No he debido decir eso – se arrodilló en el suelo y abrazó a su hija.

Mary lo abrazó con fuerza. Se apretaba a él como si quisiera fundirlo con su cuerpo y evitar que la muerte lo arrebatara de sus brazos. Hundió la cabeza y los ojos llorosos en su hombro y poco después comenzó a besarlo frenéticamente, en el cuello, en la mejilla, en la frente, hasta que él alzó la cabeza y sus miradas vidriosas se cruzaron y sellaron el amor que se profesaban mutuamente.

– ¡Es mentira! ¡Dime que es mentira! – imploró ella, sollozando, sintiendo un nudo en la garganta que le impedía articular palabras correctamente.

– Mary, te estoy hablando con el corazón. No es una broma. Sé que te estoy haciendo daño, pero es la verdad. La vida se me escapa de las manos y no puedo hacer nada por evitarlo – musitó, acongojado.

Lágrimas de ira, lágrimas de sufrimiento y de compasión mutua brotaban de los ojos de ambos. El silencio se quebraba en medio de sollozos amargos. De aquella fusión de cuerpos y de estados de ánimo sólo quedaba el amor que nada ni nadie les podía arrebatar, ni tan siquiera una terrible y atroz enfermedad.

Estaba sola. Él se había ausentado durante unos instantes. Seguía inmersa en sus pensamientos, dándole vueltas a aquel tema, ausente. Cuando regresó parecía como si se hubiese lavado la cara y al sentarse en la silla agarró con fuerza la mano de ella sobre la mesa y la agitó mientras la observaba sonriente. Después abrió la mano quedando fundida con la de ella hasta que sus dedos quedaron entrelazados con una fuerza indisoluble.

– ¿En qué piensas?

– No… En nada especial – contestó Mary, sumida todavía en un recuerdo nada agradable.

Se trataba de un asunto tabú. Nunca hablaban de él. Siempre lo tenían presente, pero procuraban evitar hablar de ello. Su vida quedó hecha añicos y ellos fraguaron una conjura con la cual evitar el sufrimiento a las personas que pudieran aquejar aquella enfermedad.

– Está bien. Si no quieres hablar de eso, vamos a hablar ahora de mí. Ardo en deseos de contarte mis nuevos proyectos.

– Te escucho, Alec. Venga, no te reprimas más, cuéntamelo – dijo Mary, con una sonrisa divertida, adivinando la importancia de lo que su hermano le iba a contar.

– Se trata de Internet.

– ¡Uf! Yo no sé qué pasa hoy en día. Todos los informáticos estáis obsesionados con Internet.

– Tienes razón, pero nosotros tenemos la mente diez millas más allá que el resto de las personas de este mundo y la importancia de esta nueva tecnología todavía no ha sido comprendida en su magnitud – Alec hablaba rápido, como siempre, pero cada vez que lo hacía sobre un tema que le entusiasmaba, sus ojos refulgían con un matiz especial –. Tras el descubrimiento de la imprenta esto es lo más importante que ha inventado el ser humano. Se trata de tener acceso a toda la información, porque si lo sabes buscar, ahí dentro lo puedes encontrar todo.

– ¿Y?…

– ¡No te das cuenta! La información es la única particularidad que hace libre al hombre. Solamente son libres las personas que están informadas, teniendo en cuenta esa palabra en todo su contexto. Por ese motivo las dictaduras tienen pánico al avance de Internet. La única probabilidad de erradicar los regímenes dictatoriales es teniendo acceso a la información y esta nueva tecnología permite ese privilegio.

– Siempre he dicho que eres un genio. Una vez más he de admitir que tienes razón.

Alec Fishers rió, con aquella risa tan particular y desinhibida que provocaba en Mary sentimientos de encomiada satisfacción.

– No se trata de ser un genio, sino de trabajar. Exclusivamente trabajando una persona puede alcanzar los objetivos que persigue.

–  ¿Y en qué estás trabajando ahora concretamente?

– Estamos intentando conseguir un protocolo estandarizado para liberar a Internet de las líneas telefónicas, para conseguir un sistema de acceso similar al de la televisión y que cualquier persona pudiera estar conectada permanentemente sin coste alguno.

– ¿Qué pretendes con esa investigación?

– Liberar a la humanidad de la tiranía de las compañías de telecomunicaciones – contestó con énfasis –. Obviamente, y en última instancia, estaríamos en manos de ellas, pero el precio a pagar sería exclusivamente publicitario. No tendríamos más remedio que tragarnos toda la publicidad que apareciera en las páginas web, pero pienso que valdría la pena. Una conexión permanente, con tarifa cero, es el anhelo de todo informático.

– ¿Y en qué punto te encuentras?

– Muy adelantado. En un año será toda una realidad – respondió con engreída satisfacción.

– Si tú te lo propones, no lo dudo.

– En eso me parezco a ti. No tengo más que proponerme algo y conseguirlo sólo es cuestión de tiempo. Se trata de una vieja obsesión y un día me prometí a mí mismo que lo conseguiría igual que tú te empeñaste en descubrir la vacuna contra el Coronavirus. Por eso, cada vez que estoy enfrascado en este proyecto me acuerdo de ti y siento tus ánimos y tu fuerza empujándome para no desfallecer y lograr mi propósito.

– Gracias – añadió ella con una sonrisa.

Se notaba que estaban alegres y que disfrutaban de cada minuto que pasaban juntos. Casi siempre quedaban para comer o para cenar y las tertulias resultaban encantadoras. Se entendían, se compenetraban y se amaban fraternalmente. Aquel día, en Malibú, estaba resultando encantador y la brisa que corría por la terraza del restaurante dilataba las carcajadas estridentes, pero enternecedoras de Alec Fishers, mientras que las palabras musicales de Mary se diluían en los oídos de Alec. Los hermanos Fishers frente a frente y unidos para siempre.

Como si se tratase de los personajes extraídos de una de las novelas de William Faulkner y pintados por el mágico pincel detallista de Goya, estaban reunidos aquella tarde en torno a la cama de Terry Fishers. Un cuadro de familia que nunca hubiera filmado ningún director de cine, pero que, sin embargo, y pese a los hechos, era real. Estaban los cuatro: Nicole, Mary, Alec y Terry en el lecho.

La cara abotargada de Terry contrastaba con los rostros de dolor y sobrecogimiento de sus seres queridos. Los tenía allí presentes y eso reconfortaba su estado de ánimo.

Alec Fishers estaba sentado en la cama cerca de su padre. Acariciaba con delicadeza la mano escuálida, huesuda y endeble de Terry. Tras él, entristecidas, se hallaban Mary y su madre. Mary la abrazaba por el cuello, mientras que Nicole la agarraba fuertemente de la cintura. Ocultaban en los cuerpos de ambas los ojos hundidos, temblorosos y mojados por impenitentes lágrimas de resignación.

– Alec, tengo sed – musitó Terry Fishers.

– Ahora mismo voy y te traigo agua. Espera un segundo, por favor – Alec dio un brinco de la cama y salió corriendo en dirección a la cocina trayendo asido de su mano, pocos segundos después, como si un rayo lo persiguiera a través del pasillo, un vaso de agua –. Toma papá.

Nicole se acercó y ayudó a su marido a erguirse para poder beber. Lo consiguió con extrema dificultad, más por la ayuda de ella que por las fuerzas de él.

Ella se recostó sobre la almohada. Tenía un brazo bajo la cabeza de su marido y con la mano masajeaba el hombro dolorido de él. Instintivamente llevó sus labios sobre la frente de Terry y lo besó con dulzura, al tiempo que él abría los ojos. Los fijó sobre Alec y le dijo:

– Alec, ahora eres tú el hombre de la familia. A ti te toca cuidar de tu madre y de Mary. Prométeme que lo harás.

– Te lo prometo papá – respondió Alec sin estridencias, como si tuviera ensayada aquella frase.

Dio un suspiro profundo y a continuación le sucedió un resoplido vagamente sonoro. Alec se sobresaltó y retrocedió asustado, ello dio pie a que Terry volviera a abrir los ojos y contemplara la escena de su vida: Nicole lo observaba presa de pánico, Alec atemorizado y Mary con gesto destrozado.

Pero no se resignaba. No permitiría que el instante misterioso que separa la vida de la muerte hiciera acto de presencia todavía. Aún le quedaba tiempo que arañar y a fe que lo intentaría.

– ¿Dónde estás Nicole? – preguntó. Sus ojos se nublaban por momentos y veían imágenes borrosas, como si pudieran ver a través de un vidrio esmerilado.

– Estoy aquí. Amor mío – casi no le quedaba tiempo y Nicole quería decírselo una vez más, quería que lo escuchara una vez más, quería entregarle su amor una vez más.

– ¿Te acuerdas del día en que nos conocimos?

– Por supuesto que lo recuerdo, Terry, nunca lo olvidaré – entonó ella, lacónica, mientras secaba las frágiles y deslizantes perlas de sus ojos con los dedos temblorosos.

– Siempre he llevado ese recuerdo conmigo. Tu pelo, tus ojos, tu sonrisa, tus gestos… Aquella muchacha que se presentó decidida como Nicole… Nicole te quiero – musitó Terry Fishers.

– Yo también te quiero.

– Gracias por llenarme de felicidad.

Nicole lloraba en silencio. Ningún suspiro, ningún gemido y ya no podía secar las lágrimas que se desparramaban a borbotones sobre sus mejillas. A él no le gustaban los llantos, decía que no servían para nada.

Mary comprendió que debía de acercarse a su padre. Era su última oportunidad. La última vez. No podía llorar. La fuente de lágrimas se le había agotado en los últimos tres meses.

Agarró la mano de su padre con fuerza y la besó con irreflexiva pasión. Contempló durante unos instantes la expresión de la mirada de su padre y cerró los ojos. No quería recordar aquel gesto.

– Mary, ¿eres tú?

– Sí, soy yo – afirmó ella, casi suspirando.

– ¡Mi niña! – dijo él con los ojos cerrados, sacando fuerzas de flaqueza.

– Si, papá, siempre seré tu niña.

– Quiero que me prometas una cosa – dijo él, abriendo los ojos con dificultad, comprobando que la podía ver con nitidez.

– Dime qué quieres – se atrevió a decir, con la amargura de quien ofrece su alma por consagrarse a un último deseo.

– Prométeme que estudiarás medicina.

– Te lo prometo, papá. Siempre he querido ser médico.

– Prométeme, también, que dedicarás tu vida a descubrir tratamientos y vacunas para curar todo tipo de enfermedades. Mary, te lo suplico.

– Papá, no tienes que suplicármelo. Te juro que dedicaré toda mi vida a conseguir lo que me has pedido.

– Confío en ti. Siempre he confiado en ti. Sé que no me defraudarás – añadió Terry Fishers con gran dificultad.

– Te lo prometo, papá. Te lo prometo – contestó Mary entre sollozos incontrolables, sumergida en un llanto inconsolable. La fuente de lágrimas brotó de nuevo en el último instante.

Terry Fishers exhaló un último suspiro y un silencio imperturbable y exuberante lo sumió en un dulce sueño que lo acompañó para cruzar la frontera de la humanidad hasta la eternidad.

Nicole fue la primera que comprendió y ante la mirada expectante y asustada de sus hijos se arrodilló, entrelazó sus manos y comenzó a rezar. Nicole y Alec, entre suspiros, la acompañaron en su actitud.

Te lo prometo, papá. Te lo prometo.

Mientras rezaba, Mary recordaba las últimas palabras que había dirigido a su padre. Unas palabras que la acompañarían el resto de su vida allá donde estuviese y que no olvidaría jamás.

Levantaron la cabeza y sus miradas se encontraron. Estaban destinados a coincidir hasta en los gestos. Parecían dos gotas de agua del mismo arroyo, separadas en algún momento de su lento discurrir.

El silencio lo rompió Alec Fishers para preguntar a su hermana qué quería de postre. Alzó la cabeza, hizo un gesto apelativo y llamó la atención del camarero que acudió sin demora.

– ¿Qué desea el señor? –- preguntó el camarero.

– Si es tan amable, nos gustaría tomar tarta de chocolate – respondió.

– ¿Para los dos?

Alec respondió con un gesto afirmativo.

– ¿Y bien, Mary? ¿Ahora qué? Ya tienes lo que buscabas.

– ¿A qué te refieres, Alec?

– No sé si debería. Nunca hemos vuelto a hablar de ello. Pero creo que el momento ha llegado. Sé que has dedicado toda tu vida a cumplir la promesa que le hiciste a papá.

– Tienes razón. Siempre he tenido miedo a este momento. Nunca hemos hablado de él, pero siempre lo hemos llevado en nuestro recuerdo. Yo le hice una promesa y creo que he cumplido. Ahora sólo queda darla a conocer al mundo entero y confirmar mi victoria con el descubrimiento de la vacuna.

– ¿Sabes una cosa? Siempre tengo la sensación que está junto a nosotros, ayudándonos en cada momento, protegiéndonos.

– Yo también lo siento cerca de mí y, a veces, parece como si escuchara su voz. Cada vez que estoy perdida y no encuentro respuestas a mis preguntas, siempre sucede algo mágico y aparecen como salidas de la nada.

– Era un ser maravilloso – atinó a decir Alec, con su tono de voz gutural.

– Todavía lo echo de menos…

– Yo también – respondió susurrando.

– Venga, vamos, que nos está mirando y no quiere vernos así. Al contrario, hoy es un gran día para él, hoy hemos descubierto la vacuna contra el Coronavirus – dijo Mary.

– ¿Por qué dices hemos…? Eres tú quién la ha descubierto.

– Pero sin tu ayuda no hubiera sido posible. Tú tienes tanto mérito como yo. Sin ti, yo no hubiera llegado hasta aquí.

– Está bien. Agradezco tus cumplidos. Propongo un brindis: ¡Por la vacuna contra el Coronavirus y por Terry Fishers!

– ¡Por Terry Fishers y por la vacuna! – exclamó Mary y alzó su copa para brindar.

Terminaron de comer. Alec pagó la cuenta y luego descendieron hasta la playa. Retornaron hasta la sombrilla y se acostaron sobre las esterillas y pasaron una hora más hablando de sus cosas. Habían cambiado de tema y obviaron seguir hablando de su padre. En esta ocasión le tocó el turno a su madre que seguía viviendo feliz en Austin, trabajando todavía y acompañada de sus recuerdos. No se había vuelto a casar puesto que Terry Fishers seguía siendo el amor de su vida.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el capítulo decimoquinto de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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Estoy muy ilusionado con esta novela, por lo que si te ha gustado este capítulo de LA VACUNA, así como los anteriores, y piensas que le puede gustar a tus amigos o contactos, te quiero pedir que me eches una mano compartiendo este capítulo a tus amigos a través de email, WhatsApp, Facebook, Instagram, Twitter o tus demás redes sociales.

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