La VACUNA: Capítulo 14, UNA ESPÍA INEXPERTA

El sonido de la puerta al cerrarse le provocó una descarga de adrenalina de forma inesperada. Estaba sola, allí, en el centro del despacho. Las piernas le flaqueaban y notaba la sacudida de miles de contracciones involuntarias de sus músculos, de arriba abajo y de abajo arriba, que no podía controlar. Miró la caja fuerte y sintió pánico. Ella estaba en ese lugar para eso y la ocasión, que tanto esperaba, se presentaba ante ella por casualidad. No quedaba otra opción que aprovechar aquel momento. Quién sabe si volvería a producirse aquella situación. Pero, ¿y si la pillaban? ¿Y si la descubrían mientras intentaba abrir la caja fuerte? O, peor aún, ¿y si la descubrían cuando tuviera la caja abierta? Qué diría, qué excusa se inventaría. Que pasaba por allí era una frase demasiado infantil, demasiado maniquea. Que él se había dejado la caja fuerte abierta… pudiera ser, pero no sería creíble. ¿Qué hacer? Tenía que tomar la decisión acertada: Intentar abrir la caja fuerte o salir corriendo de allí y no volver nunca más. Al fin y al cabo aquel no era su juego, no era su mundo. Además, era muy joven todavía y la oportunidad de lograr un Premio Nobel surgiría en cualquier otro momento, con cualquier otra investigación. Estaba capacitada para ello. Pero la cobardía no era una palabra que entrara a formar parte de su diccionario particular, no iba con su forma de ser, se trataba de un signo de debilidad que nunca había estado incluido en su personalidad.

Ansiedad, miedo, indecisión, palabras que recorrían su mente en décimas de segundo. Sentía la taquicardia, latidos acelerados de su corazón que percutían su pared torácica como si de un martilleo continuo se tratase y que percibía a modo de pinchazos, de palpitaciones. A cien por hora y todavía estaba allí, inmóvil, sin haber tomado una decisión que acelerara todavía más su corazón.

No podía huir. Ya estaba demasiado comprometida y ella se había involucrado más de la cuenta. Además, quería llegar hasta el fondo y eso llevaba implícito correr aquel riesgo que en su fuero interno ya lo tenía asumido pero que, no obstante, lo había infravalorado.

Dio un paso al frente y su corazón alcanzó las ciento diez pulsaciones por minuto. Ese paso indeciso le confirmó que la decisión sería seguir hacia delante. Siguió caminando y se detuvo ante la caja fuerte. Más latidos, ciento veinte pulsaciones, y su cuerpo recorrido por oleadas de temblor.

La combinación. ¿Sería capaz de recordarla en aquel estado? Precisaba recobrar la calma, pero una acción tan sublime, en aquel mar de nervios, resultaba una tarea demasiado infructuosa.

Se agachó. Alargó el dedo índice de su mano derecha, que dibujaba en el aire oscilaciones anárquicas como si de un péndulo se tratase. A ciento treinta atinó con el número siete. Luego lo intentó con el tres y después con el uno. Así, sucesivamente, procuró pulsar los restantes: el cinco, el seis, el ocho, el cuatro y por fin el nueve. En ese momento su corazón se agitaba a ciento cuarenta pulsaciones, y cuando oyó un clic experimentó una sensación sorda por todo su cuerpo, sin llegar a captar si se trataba de dolor o placer. Lo más difícil ya estaba hecho, ahora no podía retroceder.

―¡Mary! ¿Qué haces? ―preguntó Jeff Colleman, entrando bruscamente en el despacho.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el capítulo decimocuarto de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

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