La VACUNA: Capítulo 14, UNA ESPÍA INEXPERTA

El viernes, después de comer, se convocó una reunión urgente en el despacho de David O´Connor. Finalizaba una semana que había comenzado con una ardua negociación, continuaba con la desagradable noticia del alza experimentada en Wall Street por las acciones de Bioconn, y en el ocaso de la misma una nueva zozobra azotaba los cimientos de Bioconn.

Brent Sanders, Craig Schwab y David O´Connor, aguardaban charlando al hijo de éste, al heredero de la joya de los O´Connor, Jason O´Connor, aunque las posibilidades de presidir la empresa resultante de la fusión disminuirían, al estar en minoría en el nuevo Consejo de Administración.

– Buenas tardes, señores – saludó con ímpetu Jason O´Connor antes de cerrar con un portazo la puerta -. Esto no puede seguir así – dijo a continuación, dando por comenzada la reunión.

Esa mañana las acciones de Bioconn estaban sufriendo un fuerte revés, con una caída espeluznante, aunque en los momentos previos se estaban recuperando.

– Esto no parece serio. Durante dos años hemos mantenido unas negociaciones con el máximo rigor y con un secreto escrupuloso. Desde la última reunión alguien está jugando con nuestra honorabilidad y poniendo en tela de juicio nuestra empresa – añadió David O´Connor, enfadado, mirando alternativamente a sus interlocutores, que estaban sentados en torno a la mesa rectangular de su despacho.

– No parecerá serio, pero lo que está ocurriendo hoy con las acciones nos beneficia y acerca las posiciones para que se pueda lograr la fusión. Eso es lo que pretendemos, ¿no?… – dijo Brent Sanders.

– Estamos de acuerdo con la fusión y ese es nuestro objetivo, pero no a cualquier precio y es obvio que Bioconn está siendo manipulada en este proceso y los responsables tienen un nombre: Microgensyn – Jason O´Connor estaba echado hacia atrás en la silla, con una pierna apoyada encima de la otra, golpeando furioso la mesa con su bolígrafo mientras hablaba y en su tono de voz se podía apreciar la indignación que le causaba la especulación que sufría Bioconn.

– ¿Qué podemos hacer para evitar que estos sucesos se vuelvan a repetir? – sugirió David O´Connor.

Un enigmático silencio se hizo entre los cuatro hombres en cuyos rostros se apreciaba la preocupación y el hastío que les producían aquellos hechos.

– Voy a llamar a Arthur Sullivan y exponerle nuestras quejas – propuso Jason O´Connor.

– Está bien. Dile también que si vuelve a suceder algo similar nos retiraremos de la negociación y haremos valer la cláusula de salvaguarda – advirtió David O´Connor.

Arthur Sullivan leía un informe cuando sonó el teléfono. Ellen Fletcher le comunicó que Jason O´Connor quería hablar con él y le contestó que le pasara la comunicación. Dejó sonar el teléfono tres veces y luego lo descolgó.

– Dime, Jason, ¿a qué debo este honor?

– No se trata de una llamada de cortesía, Arthur, sino más bien de rechazo por las técnicas que estáis utilizando.

– ¿A qué técnicas te refieres, Jason?

Arthur Sullivan sabía muy bien a qué se refería Jason O´Connor. Aquella situación le tenía tan preocupado y le exasperaba igual que a él. Pero, dados los acontecimientos, esbozó una sonrisa complaciente por el giro que se había producido.

– A que estáis jugando con la credibilidad y el buen nombre de Bioconn. Habéis faltado al acuerdo de guardar en secreto nuestra negociación y continuamente filtráis noticias sin nuestro consentimiento – le espetó, apercibiéndose en su tono de voz la desazón que sentía.

– ¿Nosotros? – preguntó con cinismo -. ¿Estás seguro?

– ¿A qué juegas, Arthur? ¿Acaso nos estás acusando a nosotros de lo que está sucediendo? Te creía una persona más comedida. Me estás defraudando.

En el despacho seguían con interés la conversación que mantenía Jason.

– Escucha, Jason. Esta situación es tan desagradable para mí como para ti. No sé quién es el culpable que está actuando entre bastidores. Mientras no conozca su identidad, mi obligación es sospechar de todas las personas que estuvimos reunidos el martes.

– Arthur, sabes que estás negociando con una empresa familiar aunque se haya convertido en una multinacional. Después de sopesarlo durante mucho tiempo hemos aceptado la fusión con Microgensyn, exponiendo el privilegio del que gozamos la familia O´Connor cuando se cree la nueva compañía. ¿No te parece absurdo y mezquino sospechar de nosotros? Si fuésemos nosotros los que estuviéramos realizando esas maniobras nunca hubiéramos aceptado el proceso de fusión.

Aquellas palabras, expresadas con sentimiento y con sinceridad, convencieron a Arthur Sullivan. La sonrisa se borró de su rostro, cambió de posición en el sillón y se inclinó hacia delante. Se quedó en silencio y no sabía qué responder. Presentía que decía la verdad, así que el círculo se reducía cada vez más y habría que descubrir al astuto ejecutor de aquellas maniobras dentro del seno de Microgensyn y sus representantes.

– Puede que tengas razón – respondió.

– En ese caso te sugiero que pongas orden en tu empresa o Bioconn se verá obligado a abandonar la negociación – Jason O´Connor hizo esta advertencia poniendo en juego el futuro de Bioconn. A veces se juega de farol, pero a veces se utilizan cartas marcadas y uno se sabe vencedor de antemano, hasta que puede ser descubierto. En el fondo, y a pesar de todas las injerencias que estaba sufriendo Bioconn, Jason O´Connor deseaba la fusión con Microgensyn.

– Jason, el más interesado en llegar al fondo de esta cuestión soy yo y no cejaré hasta saber qué está sucediendo – aseveró Arthur Sullivan.

Los términos de la conversación fueron del agrado de Jason O´Connor. Explicó con detalle, a sus compañeros de reunión, el dialogo que mantuvo y llegaron a la conclusión de que había sido acertado. Tras ella esperaban que el camino quedara expedito y no surgieran nuevos contratiempos.

Arthur Sullivan, después de colgar el teléfono, se quedó pensativo, analizando aquella llamada. No tenía por qué dudar de las aseveraciones de Jason O´Connor en nombre de Bioconn. Sin embargo, le llamó la atención la frialdad con la que expresó sus ideas y la sensibilidad, puesta al descubierto, cuando matizó que habían aceptado la fusión. De sus palabras pudo deducir que realmente estaban interesados en unirse a Microgensyn, por lo tanto no harían nada para poner en peligro la negociación. Pero, si eso era así, ahora le surgía una nueva pregunta para la que no tenía respuesta precisa: ¿Por qué razón estaban tan interesados en la fusión?

 

 

No hace falta decir que el miedo es una sensación que se manifiesta cuando se desconoce lo que va a suceder. Y que el peligro es una emoción que uno puede asumir según el riesgo que está dispuesto a exponer. Por ello, la inseguridad, a veces, puede desencadenar toda una serie de reacciones que concluyan en la percepción del miedo. Mary Fishers, aquella tarde, presentía el peligro y sintió miedo, un sentimiento que hasta entonces nunca había tenido.

Hacía dos días desde que se había reunido con su hermano y no tenía noticias de él. No quería atosigarlo con sus problemas por lo que decidió no llamarlo por teléfono para preguntarle cómo llevaba el trabajo del Proyecto Mgen1702. Lo conocía perfectamente y sabía que le dedicaría todo el tiempo necesario para descifrar el enigma de la vacuna. Conocer si era efectiva o no, era lo que más le preocupaba. Y si su hermano descubría que los resultados verdaderos eran los de su ordenador, habría de enfrentarse a una nueva disquisición. Aquello se había convertido en una búsqueda desenfrenada, en un camino sin retorno, y en el que seguir hacia delante propiciaba encontrar, probablemente, sorpresas desagradables. La única opción factible consistía en buscar la verdad, aunque, a veces, el hecho de no hallarla fuese lo más seguro.

Mary Fishers se dirigía a Bioconn. Conducía atenta a la carretera, aunque con cierta cadencia, que iba aumentando a medida que se acercaba a su destino, su mirada se desviaba hacia su bolso, que lo llevaba sobre el asiento del copiloto. Cuando lo miraba su pulso se aceleraba y exhalaba un suspiro rebosante de incertidumbre. A veces, desplazaba su mano para cerciorarse de que llevaba la cámara fotográfica y la empujaba hacia dentro como queriendo ocultarla. Estaba camuflada en un encendedor y en el despacho de Christopher Norton le llamó la atención ver aquel artilugio de pequeñas dimensiones encima de la mesa, pues él no fumaba. Indiscreta, impregnando sus palabras de un intolerable sarcasmo, le preguntó si había comenzado a fumar, si acaso estaba nervioso por los comentarios de los periódicos o por la misión que se traían entre manos. Él no lo dudó, respondió seco, y dijo sí. Un sí que reverberó en su mente, dejándola perpleja, cayendo en la trampa que ella misma había provocado. Christopher Norton estaba en silencio, no decía nada, y ella no sabía qué replicar. Cuando lo creyó oportuno, él añadió que no. Que no qué, preguntó ella, incrédula. Que no fumaba, respondió. Bueno, y qué más da, sugirió ella. A lo que él contestó que aquella apreciación era muy importante. Mary Fishers no salió de dudas y Christopher Norton, sabiéndose ganador, tuvo que explicar con detalle todo aquel entramado. Explicó que era un encendedor pero que no lo era. Y ante el gesto extrañado de ella añadió que se trataba del objeto que buscaba. Nueva mirada singular por parte de ella antes de balbucir él que ahí tenía la cámara fotográfica. Aparentemente no infundía sospecha alguna, incluso encendió cuando ella apretó en el lugar apropiado. Ante las preguntas que realizó sin cesar, sin dejarlo contestar, se tranquilizó cuando él le manifestó que estaba fabricado con materiales plásticos imposibles de detectar por un escáner.

No obstante, palpó por encima del bolso hasta encontrar un objeto rectangular. Se trataba de una cajetilla de cigarrillos. Cuando la compró, procedió a abrirla con cierto grado de torpeza y extrajo cuatro cigarrillos que tiró a una papelera. Ella tampoco fumaba, pero si registraban su bolso, no infundiría ningún tipo de sospechas si además de un encendedor llevaba una cajetilla de cigarrillos.

Miró el reloj y apreció que iba a llegar con antelación. Recordó que era de mala educación llegar tarde a una cita, pero igual de execrable resultaría si llegaba con antelación, porque esa actitud podría delatar su interés en aquella visita. Dedujo que lo más apropiado sería intentar ser puntual y llegar a la hora acordada por lo que redujo la velocidad de su coche intentando, premeditadamente, encontrar los semáforos en rojo y detenerse. Una vez en Bioconn ya sabía dónde tenía que aparcar. Faltaban tres minutos para las cuatro de la tarde, el tiempo que precisaba para subir al despacho de Jeff Colleman y ser puntual.

En la puerta de entrada al edificio de Bioconn se encontraba el control de seguridad. Allí estaban apostados tres vigilantes. Uno estaba sentado vigilando el monitor del escáner y los otros dos de pie. Uno era un varón de aproximadamente treinta años, muy alto, brazos musculosos y cintura enjuta que contrastaba con la figura larguirucha, delgada pero fibrosa y de mirada alerta de su compañera. Los tres vestían de uniforme. En la solapa llevaban una placa metálica hexagonal con el anagrama de su compañía de seguridad, y también llamaba la atención los diferentes artilugios que llevaban para realizar su tarea, pero entre todos destacaba la pistola, de un calibre indeterminado, pues Mary Fishers no entendía ni conocía ese tipo de instrumentos, que portaban bien ceñida y visible en su cintura.

Mary Fishers ya conocía el modus operandi. Lo recordaba de la visita realizada dos días atrás. Caminó decidida hacia ese lugar, como si tuviera prisa. Dejó su bolso en la cinta que lo conduciría hacia el escáner y ella atravesó un marco, como esas estructuras que utilizan en los aeropuertos y dijo:

– Buenas tardes.

– Buenas tardes – respondió el vigilante que estaba sentado, sin mirarla, mientras visualizaba detenidamente el contenido de su bolso en el monitor. Luego alzó la vista, la miró de soslayo, y se dirigió a su compañera -. Todo está en orden.

Mary Fishers permaneció de pie. Quieta, serena, sin dejar traslucir el hormigueo que atenazaba su cuerpo. Miró alternativamente a los tres y cuando escuchó la frase que aseguraba su impunidad recordó la sonrisa hostil y perversa de Christopher Norton cuando le aseguró que no podrían descubrir sus intenciones.

La mujer de seguridad avanzó un paso y se colocó delante del atril. Miró su reloj y luego el libro de visitas. Después añadió:

– ¿Es usted Mary Fishers? ¿No es así?

– En efecto – contestó ella.

– Está citada a las cuatro con Jeff Colleman en su despacho.

– Correcto – respondió sin titubear.

– Puede recoger su bolso. ¿Conoce el camino? – preguntó, rígida, dirigiéndole una mirada de indiferencia.

– Sí. Ya he estado aquí en otra ocasión – dijo Mary Fishers, decidida, mientras recogía su bolso.

A las cuatro en punto llegó Mary Fishers al despacho de Jeff Colleman. Su secretaria le dijo que podía pasar, pues él la estaba esperando. Golpeó la puerta suavemente y entró.

– Hola Jeff, tu secretaria me ha dicho que podía entrar – dijo ella, a modo de preámbulo, por cortesía.

– Sí. Entra. Ponte cómoda y siéntate. Termino enseguida – Jeff estaba pasando en esos momentos unos datos al ordenador y con la mano le indicó el sitio donde se debía sentar.

Mary se sentó en el mismo sillón de su anterior visita. Desde ese lugar tenía una mejor panorámica de la caja fuerte y sobre ella clavó una mirada imprudente. Esperó a que él terminara su labor sin ningún atisbo de molestia, aprovechando aquel tiempo para fisgonear con profusión cada detalle de su despacho.

– Ya está. Ya he terminado. Gracias por la espera – dijo él, y a continuación punteó con el ratón en los lugares precisos para que se apagara el ordenador.

– No hay de qué. Me es grata la estancia en este lugar. Se respira tranquilidad.

Jeff Colleman se inclinó hacia delante. Apoyó los codos sobre la mesa, juntó las manos y entrelazó los dedos. Miró a Mary Fishers sonriente, reflejando alegría en su rostro, y después preguntó:

– ¿Es verdad que vamos a ser compañeros?

– No lo sé. ¿Por qué?

– Porque si se fusionan Microgensyn y Bioconn uno de los dos sobraría en la nueva empresa.

– ¿Por qué ha de sobrar uno de los dos?

– Es obvio que fusión significa reajuste de plantillas y despidos auspiciados bajo la hipocresía de jubilaciones anticipadas, optimización de recursos humanos y otras falacias que los economistas engominados, sin escrúpulos, aupados a puestos directivos, diseñan para lograr cuadrar las cuentas de beneficios de las empresas – respondió él con un aire de tristeza y de rabia en sus palabras.

– ¿Qué sabes tú de este asunto? ¿Qué noticias tienes de la fusión? – inquirió ella, ávida de noticias que luego pudiera utilizar para su fin.

– Yo sólo sé lo que han publicado los periódicos. Aquí todo el mundo habla de ese tema, pero nadie sabe nada.

– Lo mismo sucede en Microgensyn. Nadie se aventura a decir si es verdad o mentira la noticia.

– Ya sabes, Mary, que los rumores son la antesala de la noticia.

– Sí, es cierto. Pero, en el caso de que se fusionaran, no hay que estar preocupados. No creo que nuestros puestos de trabajo corran peligro. Los investigadores son el patrimonio de la futura empresa y nosotros somos compatibles. Formaríamos un buen equipo de trabajo – insinuó ella, con una sonrisa grácil, convincente, restándole importancia a la noticia y ocultando las preocupaciones y los problemas que la perseguían desde la celebración del congreso.

– Pero algo se está cociendo. Algo de cierto hay en todo esto. Si analizas la situación, ninguna de las dos compañías ha convocado una rueda de prensa para desmentir oficialmente la noticia – afirmó Jeff Colleman, separando y juntando las manos alternativamente y después volviéndolas a entrelazar.

– Puede que tengas razón. Pero, Jeff, es un tema que francamente, en estos momentos, me trae sin cuidado – replicó Mary Fishers, intentando dejar zanjado aquel tema de conversación.

Las preocupaciones son un valle de ilusiones proclives a delatarse con las opiniones expresadas. A veces no hay que ser un gran psicólogo sino un observador experimentado para deducir si aquello que se dice es verdadero o está veladamente oculto bajo un halo verosímil. A Mary Fishers no le interesaba aquella conversación y tampoco le interesaba opinar sobre un tema en el que estaba más implicada de lo que se podría suponer.

– Creo que tienes razón. Olvidemos ese asunto y dejemos que el futuro suceda tal como está preconcebido. Todo lo que opinemos son conjeturas – agregó él, que creía que en el futuro se participa a través del presente, pero que no se puede hacer nada por detenerlo -. Ahora, vayamos al grano. Vamos a trabajar. ¿Estás dispuesta?

– A eso he venido. Estoy preparada.

– Pues vamos al laboratorio. Tengo algo que enseñarte.

Jeff Colleman se levantó y Mary lo siguió. Cogió la carpeta con el memorándum que estaba situada en un extremo de su mesa y se la entregó a ella. Se dirigían hacia la puerta cuando sonó el teléfono, por lo que Jeff retrocedió, disculpándose por la llamada inoportuna.

– Sí – respondió con tono serio.

Mary Fishers disimulaba ojeando los tarros de cerámica que había sobre la estantería y al mismo tiempo leía la reseña que había en cada uno de ellos, como digitalis, opium y otros, todos ellos de fármacos para los que en algún tiempo lejano habían servido de receptáculo. No obstante, también prestaba atención a la conversación telefónica de Jeff, intentando captar algún detalle.

Él colgó el teléfono y avanzó hacia Mary.

– ¿Te gustan?

– Me encantan. Estos tarros me recuerdan las historias que me contaba mi madre cuando era niña. Trabajaba en una farmacia donde fabricaban artesanalmente los medicamentos – comentó Mary Fishers, dejando volar su imaginación.

– A mí también me gustan. Por eso los colecciono. Cada vez que veo uno, no me resisto a la tentación de comprarlo. En casa tengo más, ¿sabes? – insinuó Jeff Colleman.

– Tuvo que haber sido una época fascinante, ¿no crees? – respondió Mary, mirándole a los ojos.

– Ya lo creo – asintió él -. Ahora tienes que disculparme un momento. Ha surgido un problema y tengo que ir a echar un vistazo. No tardaré. Quédate aquí. Enseguida vuelvo.

El sonido de la puerta al cerrarse le provocó una descarga de adrenalina de forma inesperada. Estaba sola, allí, en el centro del despacho. Las piernas le flaqueaban y notaba la sacudida de miles de contracciones involuntarias de sus músculos, de arriba abajo y de abajo arriba, que no podía controlar. Miró la caja fuerte y sintió pánico. Ella estaba en ese lugar para eso y la ocasión, que tanto esperaba, se presentaba ante ella por casualidad. No quedaba otra opción que aprovechar aquel momento. Quién sabe si volvería a producirse aquella situación. Pero, ¿y si la pillaban? ¿Y si la descubrían mientras intentaba abrir la caja fuerte? O, peor aún, ¿y si la descubrían cuando tuviera la caja abierta? Qué diría, qué excusa se inventaría. Que pasaba por allí era una frase demasiado infantil, demasiado maniquea. Que él se había dejado la caja fuerte abierta… pudiera ser, pero no sería creíble. ¿Qué hacer? Tenía que tomar la decisión acertada: Intentar abrir la caja fuerte o salir corriendo de allí y no volver nunca más. Al fin y al cabo aquel no era su juego, no era su mundo. Además, era muy joven todavía y la oportunidad de lograr un Premio Nobel surgiría en cualquier otro momento, con cualquier otra investigación. Estaba capacitada para ello. Pero la cobardía no era una palabra que entrara a formar parte de su diccionario particular, no iba con su forma de ser, se trataba de un signo de debilidad que nunca había estado incluido en su personalidad.

Ansiedad, miedo, indecisión, palabras que recorrían su mente en décimas de segundo. Sentía la taquicardia, latidos acelerados de su corazón que percutían su pared torácica como si de un martilleo continuo se tratase y que percibía a modo de pinchazos, de palpitaciones. A cien por hora y todavía estaba allí, inmóvil, sin haber tomado una decisión que acelerara todavía más su corazón.

No podía huir. Ya estaba demasiado comprometida y ella se había involucrado más de la cuenta. Además, quería llegar hasta el fondo y eso llevaba implícito correr aquel riesgo que en su fuero interno ya lo tenía asumido pero que, no obstante, lo había infravalorado.

Dio un paso al frente y su corazón alcanzó las ciento diez pulsaciones por minuto. Ese paso indeciso le confirmó que la decisión sería seguir hacia delante. Siguió caminando y se detuvo ante la caja fuerte. Más latidos, ciento veinte pulsaciones, y su cuerpo recorrido por oleadas de temblor.

La combinación. ¿Sería capaz de recordarla en aquel estado? Precisaba recobrar la calma, pero una acción tan sublime, en aquel mar de nervios, resultaba una tarea demasiado infructuosa.

Se agachó. Alargó el dedo índice de su mano derecha, que dibujaba en el aire oscilaciones anárquicas como si de un péndulo se tratase. A ciento treinta atinó con el número siete. Luego lo intentó con el tres y después con el uno. Así, sucesivamente, procuró pulsar los restantes: el cinco, el seis, el ocho, el cuatro y por fin el nueve. En ese momento su corazón se agitaba a ciento cuarenta pulsaciones, y cuando oyó un clic experimentó una sensación sorda por todo su cuerpo, sin llegar a captar si se trataba de dolor o placer. Lo más difícil ya estaba hecho, ahora no podía retroceder.

– ¡Mary! ¿Qué haces? – preguntó Jeff Colleman, entrando bruscamente en el despacho.

– Nada – respondió ella muy seria, a ciento cincuenta pulsaciones.

– ¡Cómo que nada!  Deja eso en su sitio – ordenó él, con un escalofrío en su cuerpo.

– Cálmate. Ya lo dejo.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo?

– Estoy intentando saber si son de buena calidad estos tarros o son una estafa.

– Y para ello ¿es necesario que los tires hacia arriba?

– Mi madre decía que la calidad de los albarelos de farmacia se podía apreciar por su peso, por su sonido grave al golpearlos y lanzándolos al aire para observarlos cómo caen a plomo.

– ¿Y por qué no me lo has preguntado? Yo te hubiera sacado de dudas. Tengo las certificaciones de calidad.

– A veces soy desconfiada. Me gusta comprobar las cosas por mí misma. Y eso es lo que estoy haciendo – respondió, intentando recobrar el aliento, simulando un carácter resabiado.

– Está bien. Pero ten cuidado, por favor.

– ¿Has terminado?

– No. Todavía no. He regresado a coger un informe de la caja fuerte. Disculpa, serán sólo unos segundos.

Jeff Colleman abrió la caja fuerte. Buscó el informe, lo cogió, y después la cerró. A continuación, le dijo que se acomodara, que no tocara nada y que regresaría pronto.

Mary había escuchado unos pasos que se acercaban hacia el despacho. Actuó con rapidez, cerrando la caja fuerte y tomando una decisión precipitada. Con celeridad se dirigió hacia la estantería del despacho, cogió un tarro y lo lanzó al aire, justo en el momento que Jeff abría la puerta, y al girarse para ver quién entraba, éste estuvo a punto de no ser atrapado en su vuelo y caer al suelo hecho añicos.

Cuando él se hubo marchado, reemprendió de nuevo el trabajo que estaba ejecutando y que había sido interrumpido.

Sin perder un instante, abrió la caja fuerte. Se puso en pie y vio que la caja tenía un cajón superior y dos anaqueles en la parte inferior en la que estaban apiladas varias carpetas de anillas, y en cada una de ellas estaba impreso el nombre del proyecto de investigación que guardaban en su interior. Deslizó hacia fuera el cajón y constató que se trataba de un archivador. Fue leyendo las notas colocadas en las pestañas de los archivos y se cercioró de que se trataba de diferentes informes que hacían referencia a los proyectos de investigación que tenían en curso. Se detuvo en el que ponía Vacuna contra el Coronavirus, lo cogió y lo dejó sobre la mesa. Para entonces ya no sabía si su corazón continuaba latiendo o había reventado en mil pedazos. Tenía la sensación de estar flotando, de estar levitando.

Hojeó el informe y a ciento cincuenta no pudo evitar la mueca de alegría que acudió a su rostro. Sólo pudo pensar que ya tenía una de las incógnitas que buscaba, por lo que tendría que fotografiar aquellos documentos, para tener una prueba fehaciente antes de que llegara Jeff Colleman y la sorprendiera de pleno en el trabajo que estaba realizando.

Cogió el encendedor, mejor dicho: la cámara fotográfica. Al cabo de unos instantes se sorprendió favorablemente de lo bien que manejaba aquel objeto y la precisión con la que funcionaba. Una imagen fugaz le hizo creer que aquel trabajo ya lo había realizado con anterioridad.

Fotografió cada hoja del documento. Lo colocó de nuevo en su sitio, donde debería reposar inmune. Luego, ya con frialdad, cerró la caja fuerte y cuando oyó el clic respiró hondo.

Se dirigió hacia el sillón en el que ya había estado sentada. Tenía agarrado con fuerza el bolso, como si quisiera impedir que se lo robasen. Luego se echó hacia atrás y extendió las piernas. Ya comenzaba a relajarse y la velocidad de su corazón se aminoró hasta recobrar su ritmo normal. Una gota de sudor se deslizaba lentamente por su frente, siguiendo el camino oblicuo de la órbita y cuando llegó al pómulo la secó con su pañuelo.

Todavía dispuso de un tiempo extra para sí misma. Los niveles de adrenalina descendieron bruscamente y entró en un profundo relax cercano al sopor, en el que cientos de imágenes volaban por su mente. Se veía en prisión; corriendo desaforadamente; en un estrado, vestida de etiqueta, donde hombres con frac y mujeres ataviadas con sus mejores galas le aplaudían a rabiar; cogida de la mano de un hombre al que no podía ver su cara; a su padre abrazándola entre lágrimas…

La puerta se abrió bruscamente privándole de aquella apacible relajación.

– Venga Mary. Ya está todo solucionado – Mary Fishers se levantó sobresaltada y miró hacia atrás con cara de estupor. Jeff Colleman se percató de lo que sucedía -. ¡Oh! Mary, disculpa, te he asustado – añadió él, dulcemente.

– No… No ha sido culpa tuya. Me he quedado dormida. Ya te he dicho antes que en tu despacho me siento como en casa – dijo ella, sosegada, mientras arreglaba su pelo, con tono embaucador para disimular la acción que acababa de realizar.

Pasaron la tarde juntos, atareados en la preparación y diseño de los experimentos que habían planeado. El tema de conversación fue puramente profesional, en la mayoría de las ocasiones estaban de acuerdo en sus opiniones, aunque en las menos también disentían. Perdieron la noción del tiempo y cuatro horas pasaron como un rayo. Cuando Mary Fishers miró el reloj se sorprendió de que las manecillas marcasen las ocho de la tarde. Tenía que retirarse y convino con Jeff que lo mejor sería dejarlo y continuar en otro momento. Antes de despedirse confirmaron la cita que tendrían para el día siguiente, alejados del entorno de trabajo. Un día especial para ellos dos.

 

 

La Piazza fue el lugar elegido para el encuentro. El elegante restaurante italiano estaba situado en la primera planta de aquel impresionante edificio dedicado casi exclusivamente a oficinas y donde una gran amalgama de empresas tenía su sede, aunque predominaban tres de las más importantes agencias de bolsa del país. Tenía una clientela fija, cuyo perfil respondía al típico ejecutivo en comida de negocios. Casi todos se conocían y cualquier cara extraña, en aquel lugar, era escrutada con curiosidad, porque podría tratarse de un nuevo cliente en potencia. Olía a comida casera y el ambiente familiar que ofrecía era lo que atraía a aquellos profesionales de amasar dólares.

Entraron en el restaurante y se colocaron tras cuatro ejecutivos que solicitaban la mesa que tenían reservada a la recepcionista. Cuando llegó su turno dieron el nombre de la persona a la que estaba hecha su reserva y un camarero los condujo hasta su lugar. Mientras atravesaban el comedor, ojos intrigantes los miraron. Llegaron a la mesa y allí, sentado, leyendo la prensa del día, los aguardaba John Commiso.

Se presentaron y tras los saludos de rigor se sentaron. La indumentaria informal que vestían en el aeropuerto dejó paso a un traje elegante, de marca prestigiosa, modificando su figura, adquiriendo la imagen de loables hombres de negocios. Vendían apariencia para evitar la sospecha del motivo verdadero por el cual concertaron aquella cita.

Ronald Stone inició la conversación y afirmó que formaba parte de un grupo inversor interesado en canalizar un porcentaje importante de sus inversiones en bolsa. John Commiso le respondió que estaban ante el agente de bolsa ideal y que su elección había sido acertada. El ego lo tenía superlativo y se sentía cómodo con aquellos personajes, con aquellos nuevos clientes. La cena transcurrió discurriendo planes, estrategias y cantidades importantes de dólares a invertir que hacían que él se sintiese cada vez más importante. Los ojos se le abrían más y más y casi se podía adivinar en ellos una ruleta americana girando y al mismo tiempo posándose la bola, siempre, en el número ganador. Don Bishop miraba a su jefe con cara de escepticismo por la forma de desenvolverse en aquel ambiente y por lo prolífico que resultaba al tratar de ilusionar a John Commiso con su palabrería.

El camarero sirvió los postres y el tema central de la conversación cambió así como el semblante de ellos.

– También necesitamos que nos haga un pequeño favor – dijo Ronald Stone, que había monopolizado la conversación, mientras que Don Bishop se comportaba como un mero espectador.

– Es un placer para mí poder ayudarles – respondió confiado John Commiso -. ¿De qué se trata?

– Necesitamos cierta información que creemos que nos puedes facilitar.

– La información es mi especialidad – repuso, egocéntrico y con irreverente presuntuosidad.

– Hace unos días se realizó una importante operación en bolsa y queremos saber quién fue.

– ¿A qué espera? Dígame cual y yo le responderé – inquirió él, pavoneándose.

– Se trata de Bioconn… – Ronald Stone lo miró a los ojos para escrutar su reacción.

– Bioconn… – masculló John Commiso -. ¿Qué quiere conocer exactamente?

Don Bishop apuraba distraído el postre aunque no perdía detalle de los pormenores de la conversación que mantenían sus compañeros de mesa.

– El miércoles, Bioconn tuvo una subida espectacular en bolsa y creemos que usted tuvo una participación muy importante.

– Creer no es suficiente. Es cierto que yo compré Bioconn para mis clientes, pero eso lo hicimos todos los agentes de NYBBrokers.

– John, por favor no nos tome el pelo – el tono de la conversación cambió y en las palabras de Ronald Stone se adivinaba, de pronto, un cariz agrio, serio y poco conciliador -. Sabemos que la operación la inició usted el martes, media hora antes de que cerrase Wall Street.

– ¿No serán ustedes agentes del FBI? – preguntó John Commiso, tomando en consideración la segunda intención de las palabras de su interlocutor.

– No diga chorradas, John – le espetó Ronald Stone -. Le aseguro que no somos policías.

– Esa información es confidencial – afirmó John Commiso, sabiéndose descubierto.

– Nosotros estamos bien informados.

– No entiendo nada. No sé por qué les interesa esa información. Todos los días se producen en bolsa operaciones de ese tipo – dijo, con tono enfadado, sin perder de vista los gestos de Ronald Stone.

– No nos interesan las especulaciones con los demás valores. Sólo queremos saber qué ocurrió con Bioconn.

– Entonces, sabrán que yo no puedo facilitarles esa información.

– ¿Por qué no?

– Porque estaría vulnerando el secreto profesional. No se puede revelar la identidad de nuestros clientes.

– Entonces, ¿es cliente suyo? – repuso Ronald Stone.

– ¿Quién es cliente mío?

– Vamos a ver, John. Quiero dejarle bien claro una cosa. No me gusta este juego. Está claro que usted inició una operación en bolsa gracias al soplo de un cliente suyo. Queremos saber quién fue – el tono de voz de Ronald Stone parecía cada vez más seco, más comprometido con las palabras que pronunciaba, y entre líneas se podía entrever la intimidación que ejercía sobre John Commiso. Todavía no amenazaba, pero tampoco era la persona encantadora del principio de la cena.

– Ronald, ahora es mi turno. Yo no juego nunca. No sé quiénes son ustedes ni quiero saberlo. Lo siento mucho, pero esa información es privada y no puedo revelarla – respondió John Commiso, desafiante.

– Cálmese John. No es necesario que hable tan alto. Lo pueden escuchar sus colegas y podrían desconfiar de usted – contestó Ronald Stone subiendo y bajando la mano alternativamente, a un palmo de la mesa.

– Entonces, si me disculpan, creo que nuestra conversación ha terminado. Si quieren hacer negocios conmigo pueden llamarme, pero ahora tengo que marcharme. Siento no poder ayudarles.

John Commiso se levantó mirando a sus interlocutores y sintió como su mano era agarrada y una fuerza brutal tiró de él hasta sentarlo de nuevo.

– Siéntese – bramó Ronald Stone -. No hemos terminado todavía.

– ¿Qué quiere ahora? Ya conoce mi respuesta – dijo, tembloroso.

– Negociar.

– Esa información es innegociable.

– Todo es negociable, amigo mío. Nosotros somos hombres de negocios y ahora estamos interesados en conocer el nombre de la persona que le facilitó la información que hizo que las acciones de Bioconn subieran – Ronald Stone hablaba pausadamente, casi susurraba, y John Commiso tenía que esforzarse para escucharlo -. Estoy de acuerdo con usted. Esa información es confidencial, por eso tiene un precio: Dígame, ¿cuánto vale? – preguntó convencido.

– Yo no me vendo. No tengo precio.

– En ese caso, seré yo quien oferte un precio, digamos, razonable – sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo depositó sobre la mesa, era de color verde, color del dinero, y en el anverso estaba escrito el nombre de John Commiso -. En este sobre hay diez mil dólares. Creo que es un precio justo – le dijo, acercándose a él -, cójalo y dígame el nombre.

John Commiso miró el sobre, acercó sus manos a él y lo abrió con disimulo. Comprobó que, en efecto, allí se encontraba aquella cantidad. Lo cerró y luego miró a Ronald Stone.

– No me dejo intimidar. Lo siento, pero no puedo facilitarle ese nombre. Perdería el respeto de mis clientes y el mío propio. Reconozco que su oferta es muy tentadora, pero no la puedo aceptar.

– Francamente, amigo John, le creía más inteligente. No me deja otra opción. En ese caso, tendré que utilizar otra medida de persuasión. Mi socio, está apuntándole en estos momentos con un revólver. Usted elige, nos da esa información, coge el dinero y se va, o si la respuesta es negativa, con toda probabilidad mañana aparecerá su cadáver tendido en algún callejón de Nueva York – Ronald Stone tenía un carácter sutil y sabía muy bien como zaherir a sus víctimas.

John Commiso lo miraba atónito. No salía de su sorpresa, más aún cuando vio que Don Bishop empuñaba un arma oculta bajo la chaqueta, doblada sobre su mano derecha. Comprendió que la amenaza era verdadera y el peligro inminente.

– No sé su nombre. No es mi cliente – balbució.

– John… mi paciencia tiene un límite – amenazó Ronald Stone.

– Le digo la verdad. No sé su nombre. No le conozco. Me dieron un soplo a través de Telegram – dijo, articulando con dificultad sus palabras.

– ¡Telegram! – exclamó John Bishop, que hasta ese momento había permanecido mudo.

– Sí. Le conocí en un chat y tenemos contacto con asiduidad. A veces, intercambiamos información. Pero créanme, no conozco su identidad. No soy de esos tipos que se juegan su integridad por guardar un secreto. Si conociera su nombre ya lo tendrían y, además, gratis – dijo, lleno de miedo.

– No le creo – aseguró Ronald Stone -. ¿Nos toma el pelo?

– Digo la verdad. Por favor… – respondió, con palabras entrecortadas, antes de agachar la cabeza y casi sollozar.

– ¿Eso quiere decir que no quiere cooperar?

– ¡Cooperar! Ahora recuerdo. Puede que sea útil. No conozco el nombre de la persona que me pasó la información, pero puede que sí sepa dónde trabaja. Ya les he dicho que en otras ocasiones me había suministrado información de interés que siempre se confirmaba. En todos esos soplos había una empresa implicada que trabajaba en esos casos.

– ¿Cuál es su nombre?

– El despacho de abogados Williamson & Weiss.

– ¿Por qué sospecha de ellos? – preguntó Ronald Stone.

– Porque cada vez que esa persona me proporcionaba información, acerca de una empresa en concreto, para invertir en bolsa, cómo es lógico realizaba un seguimiento en prensa de todas las noticias que aparecían sobre ella. En todos los casos pude constatar que ese despacho de abogados trabajaba para esas empresas.

– ¿Qué nos quiere decir?

– Que mi contacto en Telegram, la persona que me suministró la información sobre Bioconn, trabaja en Williamson & Weiss.

– ¿Está seguro? ¿Cómo podemos creerle?

– Si no me creen, mátenme. No puedo ayudarles más. Y si me creen, diríjanse a Williamson & Weiss. Está muy cerca de aquí y allí encontrarán a la persona que buscan.

No había sido muy explícito, pero la sangre fría que demostró cuando se sintió amenazado salvó su vida. Lo creyeron y le entregaron el sobre con su contenido íntegro. John Commiso no lo pudo rechazar. Era una forma de comprar su silencio y él aceptó el juego.

Tras zanjar el asunto, Ronald Stone y Don Bishop se retiraron a su hotel. Desde allí llamaron por teléfono al Doctor Hodgkins y le transmitieron la información que les había relatado el agente de bolsa. Éste los felicitó y les indicó que podían regresar a Los Ángeles al día siguiente.

Con aquellos datos el cerco se estrechaba y el nombre del traidor quedó grabado en la mente del Doctor Hodgkins.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el capítulo decimocuarto de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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