LA VACUNA: Capítulo 13, PREOCUPACIÓN

El bufete de abogados Williamson & Weiss era uno de los más prestigiosos del país. Los lemas que utilizaban: eficacia, discreción y resultados, atraían a una pléyade de clientes entre los que destacaban diversos magnates y muchas de las más importantes empresas de Estados Unidos. La sede la tenían en Nueva York, pero sus abogados se desplazaban por todo el país, allí donde contrataran sus servicios. Cincuenta y cinco años de antigüedad avalaban su prestigio, así como el buen hacer de las aulas de Harvard, de donde se nutrían casi con exclusividad.

Antes de aceptar un caso, un departamento de selección lo estudiaba con minuciosidad, evaluando las posibilidades de cosechar un triunfo, así como si cumplía los principios éticos exigidos, y que en Williamson & Weiss seguían con inflexible escrupulosidad. Una vez superado el tamiz previo, se asignaba al abogado que más se ajustara a sus características, aunque en determinadas ocasiones y dependiendo de la magnitud del caso, de este se hacía cargo un departamento entero.

La fusión de Microgensyn y Bioconn tenía la suficiente envergadura como para requerir que Ted Williamson, decano del bufete, puesto compartido con su socio fundador Weiss, se hiciera cargo del caso y había precisado del trabajo de todo un departamento al frente del cual se encontraba Pascale Carter.

Ted Williamson y Pascale Carter estaban alojados en el lujoso hotel W Los Angeles Westwood, muy cerca de Beverly Hills. Tras la reunión mantenida en Microgensyn, finalizada con el pactó de fusión de las dos empresas, habían tenido que prorrogar la estancia en el hotel hasta el día 29 de septiembre. Allí disponían de todos los elementos necesarios para realizar su trabajo. Cada uno ocupaba una suite y utilizaban otra sala del hotel como despacho. En sus honorarios iban incluidos todos los gastos de desplazamiento, estancia y otros que surgieran de forma extraordinaria.

En el despacho que utilizaban como oficina se empaparon de la noticia que publicaba Los Angeles Times y aguardaron la llamada de Microgensyn para trabajar en el problema que acababa de surgir.

Ésta no se hizo esperar. Cuando sonó el teléfono fue Ted Williamson quien lo descolgó, poniéndolo en la posición de manos libres para que la conversación pudiera ser escuchada por los dos.

– Hola, Ted. ¿Has leído la prensa? – preguntó Arthur Sullivan.

– La tengo encima de mi mesa.

– ¿Qué tienes que decir? – dijo Arthur Sullivan, esperando una respuesta clarificadora.

– Que os pone en un serio compromiso. Yo diría que en estos momentos no podríais suscribir la fusión con Bioconn en los términos en los que se acordó el pacto – sugirió Ted Williamson.

Pascale Carter seguía atenta la conversación, intentando captar todos los detalles, dispuesta a ejecutar el trabajo que surgiera de aquella llamada. Estaba sentada y ocupaba la otra mesa del despacho, sobre la que tenía el periódico que en estos momentos doblaba con pulcritud.

– Eso habría que analizarlo con frialdad.

– No lo creo. Correríais un riesgo muy grande. Es una decisión que hay que tomar el último día, porque si la adoptáis con antelación y se hace pública, la cotización de las acciones de Microgensyn caería todavía más – dijo Ted Williamson, aconsejando obrar con prudencia, mientras se echaba hacia atrás en el sillón.

– Tenemos un problema muy grave, Ted.

Ted Williamson se incorporó hacia delante y miró a Pascale Carter encontrando la mirada atenta de ésta.

– Me lo imagino – contestó.

– Todo esto exige la máxima confidencialidad. Existe un traidor entre nosotros que es preciso descubrir antes de que se cargue esta negociación con sus filtraciones.

– ¿En qué te puedo ayudar, Arthur?

– Tenemos una pista. Sabemos que todo el problema lo originó una Agencia de Bolsa de Nueva York: NYBBrokers. Sin duda alguien les filtró el pacto con Bioconn y se puso en marcha todo el mecanismo que ha desencadenado esta pequeña tragedia – dijo, reflejando el estado de preocupación que le embargaba.

– ¿Qué quieres que hagamos? – preguntó Ted Williamson.

– Quiero que averigües lo sucedido a través de tus contactos en Nueva York.

– De acuerdo. Desde este momento ya estamos trabajando en ello. Te aseguro que tendrás buenas noticias.

Cuando terminó la conversación telefónica, Ted Williamson se levantó de su asiento y se dirigió hacia Pascale Carter. Ella apartó el periódico y colocó varios folios sobre la mesa, cogió un bolígrafo fino, dorado y miró a su jefe, dispuesta a planear el trabajo que tenían por delante.

– ¿Qué piensas, Pascale?

– No sé. Esto es muy extraño. Llevamos mucho tiempo trabajando en esta fusión y ahora resulta que una de las dos partes no está interesada en el acuerdo. No me gusta que jueguen con nosotros y menos con nuestro trabajo – aseguró ella, seria y con un tono algo enfadado -. No debimos permitir que el pacto quedara en el aire. Tuvimos que haber presionado para que se firmara en aquella reunión – afirmó Pascale Carter con el énfasis con el que envolvía cada una de sus apreciaciones.

– La intención era esperar para que la equivalencia de las acciones fuera de cuatro a una y no de tres a una.

– Sí. Pero ahora tenemos la cláusula de salvaguarda propuesta por Christopher Norton y en cualquier momento alguna de las partes puede romper el acuerdo. El acuerdo de tres a uno es malo, pero sólo relativamente, porque sería correcto si se confirma que la vacuna de Bioconn es eficaz. En estos momentos la situación está peor que el martes, la equivalencia es de dos a uno – Pascale Carter, mientras hablaba, separaba con delicadeza su pelo corto y sedoso, que le caía cerca de los ojos, y con movimientos estereotipados utilizaba las manos para repeinarlo.

– Te recuerdo que fuiste tú quien propuso que sería conveniente preparar una estrategia que hiciera bajar el precio de las acciones de Bioconn y aconsejaste a Arthur Sullivan que lo ideal sería una paridad de cuatro a uno. En cierto modo, eres la responsable de esta situación – acusó Ted Williamson.

– Sí. Eso aconsejé y sigo pensando que podría haber sido una buena estrategia – respondió con frialdad -, si no hubiera sido porque alguien ha sido más hábil y se ha inmiscuido, echando por la borda todo el plan.

– ¿Quién piensas que es el culpable?

– No lo sé. Tengo que analizarlo.

– Confío en tu intuición. Eres demasiado astuta para que un detalle como éste se te haya escapado.

– Pocas personas han tenido acceso a esa información – respondió, escueta, mientras dibujaba garabatos anárquicos en el folio; figuras abstractas con significado simbólico, según los ojos del observador que quisiera asignar a aquellos trazos un paralelismo idealizado en las vivencias del autor y la realidad que había provocado aquello.

– Es evidente. Por una parte tenemos a los representantes de Bioconn, que obviamente han sido los grandes beneficiados de este suceso y por otra parte tenemos a nuestros clientes… – hizo una pausa -… ¿Qué opinas de Christopher Norton? – sugirió, al cabo, con tono escéptico.

– Christopher Norton… – musitó levemente -. Él fue quien propuso la cláusula de salvaguarda y el que propició que todo quedara en el aire. Pero imagino que esa iniciativa partiría de Arthur Sullivan o en todo caso lo tenían preparado, porque estaban de acuerdo. También son sospechosos, pueden tener otras intenciones, ¿quién sabe? – añadió, dubitativa.

– Yo descartaría a Arthur Sullivan. Ha sido él quien nos ha llamado para que investiguemos.

– Igual es una medida ficticia para distraer nuestra atención y tenernos ocupados mientras mueve ficha.

– ¿Y Mary Fishers?

– Ella no sabía nada de este asunto – respondió con acritud.

– Bueno, Pascale, nosotros estamos aquí para trabajar y nuestros honorarios están asegurados. Francamente, me trae sin cuidado el autor de todo este desaguisado. Vamos a ver qué descubrimos – dijo Ted Williamson, con menosprecio.

– Te recuerdo que nuestro objetivo es lograr la fusión de las dos empresas. Nos jugamos una comisión muy importante si lo logramos. No estoy dispuesta a dejar escapar esta oportunidad y perder la parte que a mí me corresponde – sentenció Pascale Carter, enfadada con la posibilidad de perder un cuarto de millón de dólares, sólo de comisión.

– En ese caso vamos a llamar a Nueva York. Habla con McAllister, que deje todo lo que esté haciendo y que se dedique en exclusiva a esto. Quiero un informe sobre mi mesa en menos de una hora – ordenó él, con gesto autoritario antes de volver a su mesa.

McAllister era un abogado del despacho de Williamson & Weiss de mediana edad, cercano a los cuarenta y cinco años. Llevaba veinte en el bufete y tenía el honor de ser el primero en ser contratado que no procedía de Harvard. En los primeros tiempos aguantaba las suspicacias y miradas con segunda intención como consecuencia de su origen. Pero, en poco tiempo, gracias a la eficacia demostrada en su trabajo y su carácter abierto, olvidando los agravios sufridos, supo granjearse el afecto y el aprecio de los compañeros y dirigentes del bufete.

Tenía una especial habilidad para las relaciones personales. Sus contactos al más alto nivel eran muy numerosos. Cuando había que buscar algo complicado o conseguir cierta información confidencial, lo conseguía con apenas unas llamadas telefónicas.

Pascale Carter estaba furiosa. Ambiciosa empedernida, de carácter dominante y sin contemplaciones, no iba a dejar que aquello supusiera un duro revés para ella. Había trabajado muy duro durante dos años y mantenido arduas negociaciones con los ejecutivos de Microgensyn y de Bioconn, así como con Brent Sanders. Todo lo tenía concienzudamente planificado para que la fusión fuera un éxito y una comisión, por partida doble, le esperaba, más los honorarios correspondientes. Por una parte estaba la comisión por la fusión y, por otra parte, obtendría un buen pastel, en forma de comisión, si lograba que ésta se alcanzase en las condiciones de cuatro acciones de Bioconn por una de Microgensyn. No estaba dispuesta a renunciar a aquello por lo que había trabajado con tanto empeño y que por este desdichado incidente podría poner en peligro su objetivo. Dibujó un algoritmo, encabezado por la palabra reunión; de él salían cuatro flechas en las que apuntó los nombres de Bioconn, Sanders Tigar & Truesdale, Microgensyn y Williamson & Weiss. No descartaba a nadie. Cada nombre lo rodeó con un círculo y un signo de interrogación. De cada círculo salía, a su vez, una flecha, confluyendo todas en un nombre que encerró en un rectángulo, McAllister. De éste partía una nueva flecha que finalizaba en la palabra: solución.

 

 

Una hora después Arthur Sullivan abandonaba su despacho. Con tono adusto le comunicó a Ellen Fletcher que se ausentaba durante unos momentos. La secretaria lo miró sorprendida, adivinando que el problema que había creado la noticia era más importante de lo que ella imaginaba. Pues, aunque estuviese preocupado o enfadado por algún tema, su comportamiento exquisito en cualquier momento delataba la corrección de sus modales, conquistando con esos detalles la estima y admiración de todas las personas que trataban con él.

La señora Myers quedó sorprendida cuando alzó la mirada y lo encontró ante ella. En un primer momento no supo reaccionar, inmóvil, como si estuviera petrificada por la mirada de Arthur Sullivan, que estaba allí, esperando que ella se decidiera a hablar. Pensó lo extraño de aquella situación, pues Arthur Sullivan nunca bajaba al despacho de Christopher Norton.

– ¿Sucede algo señora Myers? – inquirió él, adivinando la sorpresa que su presencia producía en la señora Myers.

– Disculpe, señor Sullivan. ¿Quiere que avise al Doctor Norton? – dijo ella, con un ligero titubeo en sus palabras.

– Si es tan amable…

– Pase, por favor.

La señora Myers se puso rápidamente de pie. Le indicó a Arthur Sullivan que la siguiera, intentando disimular la impresión que le causaba. Dio unos golpes discretos en la puerta del despacho de Christopher Norton, la abrió y le anunció la presencia de aquel.

Christopher Norton, que estaba sentado, se levantó y recibió a su jefe.

– ¡Arthur, pasa! – la señora Myers abandonó el despacho -. ¿Alguna noticia nueva?

– Sí. Muy interesantes. Ted Williamson y Pascale Carter se han movido con rapidez a mi requerimiento y han hecho un trabajo que nos puede ayudar – dijo Arthur Sullivan.

– ¿Y, bien?

– Efectivamente. En NYBBrokers se gestó la especulación con las acciones de Bioconn y ya tengo el nombre del agente de bolsa que inició todo el proceso. Se llama John Commiso.

– ¿Y la filtración? ¿Han descubierto quién la llevó a cabo? – preguntó él, con el ánimo de saber si estaba resuelta también aquella cuestión y librarse de un problema más.

– No. Eso todavía no lo han podido averiguar. Ese es un tema que tú debes investigar, a través de los cauces pertinentes.

Christopher Norton sabía muy bien a qué se refería Arthur Sullivan cuando hacía mención de los cauces pertinentes.

– ¿Te han informado acerca de quién ha sido el inversor o los inversores que se han aprovechado de esa información privilegiada? Sería de gran ayuda.

– Esa es una información confidencial, difícil de conseguir, pero han conseguido datos importantes. La mayoría de compradores fueron inversores privados, clientes de John Commiso, así como de NYBBrokers. Pero hay un inversor que no ha pasado desapercibido y que fue la primera operación importante que se realizó con las acciones de Bioconn. Compró las acciones a través de una agencia de bolsa que opera en las Islas Caimán, a través de Internet, y ésta se produjo apenas unas horas después de finalizada la reunión del martes…

– Por lo tanto…

– Por lo tanto – interrumpió Arthur Sullivan a Christopher Norton -, con gran probabilidad, nuestro traidor es alguien que estuvo presente en la reunión en la que se pactó la fusión. Seguramente, compró las acciones en primer lugar y luego filtró la noticia con lo cual se aseguraba una subida importante de éstas.

– Además, dispone hasta el día veintiocho para estar jugando con nosotros. Para poder filtrar noticias cada vez que lo considere oportuno para sus intereses.

– Eso también reduce nuestro campo de búsqueda.

– ¿A qué te refieres, Arthur?

– A que podemos descartar al doctor Hodgkins. Él tuvo conocimiento de la fusión, pero es obvio que él no pudo realizar la operación de las Islas Caimán. Además, la suma invertida fue considerable y él, creo, no tiene capacidad económica para haberla llevado a cabo.

– ¿Qué cantidad se invirtió?

– Dos millones y medio de dólares.

– ¡Dos millones y medio! Eso es una barbaridad que no está al alcance de cualquiera.

– Eso me temo. Pero todos los que estábamos reunidos sí que teníamos capacidad para hacer frente a esa inversión – añadió Arthur Sullivan, llevándose la mano al bolsillo de su pantalón, desviando su mirada hacia una de las figuras abstractas del despacho.

– Pudiera ser, pero me temo que todos no estamos capacitados para realizar esa operación – Christopher Norton se incluyó con ese estamos, utilizando esa coartada para eludir su responsabilidad en aquel asunto, sabiéndose acosado. Pudiera ser el cabeza de turco que estaban buscando, por lo que aprovechaba cualquier oportunidad para demostrar su inocencia.

– Puede que sí y puede que no. Según la información que me han pasado, esa empresa tiene una línea de crédito del cincuenta por ciento de cada inversión, si ésta supera la liquidez de la cuenta en la agencia, y que se contabiliza a partir del tercer día de la inversión, en el caso de que no se hayan vendido las acciones con la plusvalía generada. A esta línea de crédito sólo pueden optar aquellos inversores que han realizado un determinado número de operaciones y que han obtenido plusvalías en menos de tres días – la habilidad de Arthur Sullivan desmontó la coartada de Christopher Norton, advirtiéndole sibilinamente que todavía estaba en la lista de sospechosos.

– Eso quiere decir que nuestro traidor se trata de un jugador avezado, un auténtico profesional de la bolsa y que ahora tiene tres días para poder vender sus acciones – respondió Christopher Norton mientras tocaba la solapa de su chaqueta.

– Eso quiere decir que le queda de tiempo hasta hoy. Todavía le quedan unas horas para poder vender sus acciones y obtener un suculento beneficio gracias a nuestra negociación.

– ¿Cómo se llama esa agencia de bolsa? – preguntó Christopher Norton mientras cogía un bolígrafo para apuntar el nombre de aquella.

– Five to Five Investment.

Arthur Sullivan, que vestía un traje gris claro, antes de salir, abotonó su chaqueta, e hizo un gesto para colocar ésta en la posición correcta. Ordenó a Christopher que pusiera en marcha la operación caza del traidor, porque con aquella información se estrechaba el cerco, a lo que su interlocutor respondió con un ademán afirmativo y con un gesto de depredador.

Cuando estuvo sólo en el despacho, se sentó y procedió a realizar una llamada telefónica en la que concertó una cita, en un lugar concurrido, para conocer cómo se llevaban a cabo las investigaciones y para encargar una nueva misión.

 

 

Unas manos hábiles tecleaban con inusitada rapidez y precisión. La acción estaba supeditada a ciertas normas y pasos que debía cumplimentar sucesivamente. Por ello, tras unos segundos de espera, logró la conexión con Internet a través de un teléfono móvil. Se escudaba en aquel ordenador portátil y en el teléfono para evitar su identificación en la red. Si alguien intentaba realizar una investigación para pretender conocer su identidad a través de la red, toparía con el descubrimiento de un teléfono móvil anónimo que era utilizado exclusivamente para conectarse a Internet. Su seguridad estaba asegurada y el rastro que dejaba, imposible de localizar.

Cuando logró la conexión tecleó la dirección electrónica de Five to Five Investment. Allí, sería una más de las operaciones seguras que su red admitía. Estaban dentro de la ley y al margen de la utilización de información privilegiada o confidencial por parte de sus inversores. Eran operaciones con un alto margen de beneficios y la estadística de pérdidas de sus clientes casi nula.

Cumplimentó cada casilla del complejo sistema de acceso de Five to Five con los datos precisos, sin cometer ningún error. Una vez dentro del sistema indicó la operación que deseaba realizar. Solicitó al programa: vender, y a continuación, las acciones que poseía en Bioconn. En cantidad, eligió todo y en breves instantes recibió la confirmación de la venta. En una casilla, más abajo, se indicaba la cantidad obtenida por la venta, que una vez descontadas las comisiones correspondientes, ascendía a tres millones de dólares. Luego, realizó el camino inverso, procediendo a desconectarse de Internet.

El proceso de compra y venta lo realizó en el tiempo exigido por la agencia de bolsa, por lo que no fue preciso acogerse al sistema crediticio de la compañía. No obstante, nunca operaba con créditos, sino que siempre compraba con la totalidad del dinero que había en su cuenta corriente. Apenas cuarenta y ocho horas después había obtenido un beneficio del veinte por ciento y medio millón de dólares más que dormían silenciosos y a buen recaudo en el sistema informático de Five to Five y bajo el sol vitalizador de las Islas Caimán. Desconocía dónde reposaría físicamente su dinero porque Five to Five operaba con muchos bancos de aquellas islas. Pero eso no le importaba, sino simplemente el ver crecer los ceros de su cuenta, cuyo aumento era directamente proporcional a la información que manejaba, ya fuera directa o indirectamente.

Tamborileaba con sus dedos sobre el ordenador jactándose del éxito de su acción y enorgulleciéndose de su saber estar y salir indemne de aquella situación. Había corrido un riesgo importante pero el beneficio obtenido, sin duda, lo justificaba.

Ahora ponía sus ideas en orden y decidía lo que iba a realizar a continuación, para dar un nuevo giro y que todo volviese a su punto original y que aquella especulación no pusiera en peligro la fusión de Microgensyn con Bioconn.

Procedió a conectarse a Telegram y se sumergió en el chat que frecuentaba T.W., en el que lo podía encontrar cada vez que precisaba utilizarlo. Le envió un mensaje privado y lo imaginó con su camisa blanca, recién planchada pero ya arrugada, con la corbata mal anudada, o quizás ya se había desprendido de la corbata, y en medio de una maraña de papeles y notas sobre su mesa. Como si de un strip-tease se tratase, comenzaría las sesiones correctamente uniformado, con la chaqueta puesta. Y a medida que avanzase la jornada, inmerso en el azaroso proceso de ser responsable del dinero ajeno, se iría desprendiendo de la chaqueta en primer lugar, luego aflojaría el nudo de la corbata y la camisa se iría arrugando progresivamente, para al final, antes del clímax, despojarse de la corbata. Así estaría hasta que finalizara la sesión, que sería el momento adecuado para recomponer su figura.

La suerte estaba de su parte y no tuvo que esperar. Los rayos de sol, que atravesaban la ventana del automóvil, incidían oblicuamente sobre la pantalla del teléfono, mermando la calidad de imagen de este, por lo que giró su cuerpo en el asiento del coche con el propósito de interponerse entre el móvil y el sol. Intentó acomodar su posición y castañeteó los dedos pulgar y corazón de su mano derecha cuando se apercibió del mensaje de respuesta de T.W.

– Hola Clarke, ¿qué tal?

– Demasiado bien.

– ¿Compraste Bioconn?

– Sí y te estoy agradecido por el dinero que estoy ganando.

– Las gracias te las tengo que dar yo. He ganado mucho dinero en comisiones gracias al soplo que me diste.

– Es bueno trabajar en equipo.

A John Commiso le extrañó aquella frase que leía en su teléfono. No tenía la convicción de trabajar en equipo con Clarke, aunque no le desagradó la proposición, siempre que fuera para ganar dinero. Intentó explotar aquella frase por lo que añadió:

– A propósito, ¿tienes alguna noticia interesante de Bioconn o de Microgensyn que pueda utilizar? – preguntó T.W.

– No sé si será interesante o no.

– ¿A qué te refieres?

– Mi amigo me ha comentado que andan nerviosos.

– Nerviosos, ¿por qué?

– Porque con el precio de cotización actual de las acciones, la fusión puede quedar en punto muerto – sugirió Clarke.

– ¿Quieres decir que en este momento se están replanteando la viabilidad de la fusión?

– Puede ser.

– Si anuncian la suspensión de las negociaciones, las acciones de Bioconn caerán en picado.

– No sé. El experto eres tú.

El cebo estaba bien anclado en el anzuelo, solo había que lanzarlo al agua, esperar pacientemente y el pez se lo tragaría. La estrategia pudiera parecer maquiavélica, pero el resultado era lo que realmente interesaba, y este lo obtendría sin lugar a dudas, pues T.W. o más bien John Commiso no tenía ni idea del protagonismo que ocupaba en aquella trama. Clarke ya sabía lo que T.W. iba a proponer.

– En ese caso, para no correr riesgos, voy a aconsejar a mis clientes la venta de Bioconn. En dos días han obtenido un rendimiento demasiado importante con su inversión.

– ¿Eso es lo que piensas?

– En efecto.

– Entonces, ¿me aconsejas que venda mis acciones?

– Lo más rápido que puedas, antes que comiencen a bajar.

– Gracias, T.W. Así lo haré.

– Si tu amigo te pasa otra información, no dudes en ponerte en contacto conmigo – propuso T.W. con cierto recelo.

– No lo dudes.

Antes de salir de Telegram, vació el chat. Reprimió un grito de alegría, porque esa acción pondría en alerta a las personas que caminaban por aquella calle y no era el lugar adecuado para llamar la atención ni el momento oportuno para festejar el triunfo. Sólo se trataba de un logro parcial. El negocio de la bolsa lo saldaba con un beneficio de medio millón de dólares, pero ahora restaba lo más importante, conseguir llevar a buen puerto la fusión. Sin duda, tras el chateo con T.W. las acciones de Bioconn bajarían de precio, sólo le quedaba el último golpe de efecto y el triunfo sería definitivo.

 

 

A media tarde, el aeropuerto internacional de Los Ángeles era un enjambre de personas que pululaban de un lado para otro. Los taxis aguardaban expectantes, en una fila ordenada, a las personas que vomitaban sin cesar los aviones que aterrizaban, mientras que otros llegaban con prisas a la zona de salidas y de ellos bajaban futuros pasajeros que se dirigían con diligencia a la zona de embarque. Un repaso somero de las distintas zonas de embarque indicaba con total seguridad el destino de los viajeros. Varias colas, mal ordenadas, en las que se entremezclaban personas con atuendos veraniegos y algún que otro pantalón corto, con grandes y pesadas maletas llenas de equipaje, indicaba el destino turístico de éstos. Contrastando con aquellas, había varias filas, correctamente ordenadas, en las que se podía apreciar hombres trajeados con corbatas caras y maletines de piel, junto a mujeres impecablemente vestidas, alguna de ellas portando sobre su brazo la chaqueta, mientras que en la otra mano llevaban bien agarrado un maletín, sin lugar a dudas se trataba de ejecutivos que cogían el puente aéreo hacia su lugar de destino. En unas imperaba el bullicio, la alegría y el desorden. Sin embargo, en las otras, el silencio, la corrección y el orden marcaban las pautas.

En otra zona de embarque había una cola mixta, constituida por pasajeros bulliciosos que vestían con camisas de manga larga, jerséis y preparados para utilizar en el lugar de destino los anoraks o las cazadoras, además de niños que jugueteaban inquietos alrededor de las maletas. Probablemente se trataba de turistas que iban de vacaciones, los que reflejaban en su rostro una sonrisa delatora de agrado, o aquellos que regresaban compungidos de un periodo de descanso. Entre ellos, también había ejecutivos con actitud circunspecta, entretenidos seguramente en conversaciones de trabajo y ajenos al jolgorio de unos y a la desdicha de los otros.

Al final de aquella fila aguardaban con paciencia dos hombres que no pertenecían a uno ni a al otro grupo. No tenían aspecto de turistas ni de ejecutivos. El motivo de su viaje sería difícil de adivinar, así como su profesión, por la vestimenta informal con la que iban ataviados y por el rostro serio y sin concesiones que exteriorizaban.

Todos estos tenían el mismo destino. En unas horas arribarían al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el capítulo decimotercero de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

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