LA VACUNA: Capítulo 12, UNA NOTICIA INOPORTUNA

A las ocho de la mañana del jueves diez de septiembre la temperatura era aceptable y el cielo de Los Ángeles estaba despejado. Sin embargo, por el horizonte parecía atisbarse algunas nubes portadoras de malos augurios. Si esas nubes confluían, la bonanza de los días anteriores podría dar lugar a un periodo de inestabilidad acompañado de una borrasca de malas noticias, como si ambos, climatología y sucesos, fueran acompañados de la mano.

En el despacho de Arthur Sullivan, Charles Scott leía atentamente el periódico Los Ángeles Times y en su rostro se adivinaba la honda preocupación que le causaba la noticia que estaba leyendo.

Arthur Sullivan ordenó a Ellen Fletcher que llamara a Christopher Norton.

No tuvieron que esperar mucho tiempo. En apenas unos minutos se reunió con ellos. La noticia ya era conocida en Microgensyn y desde su llegada pudo comprobar cómo, en todos los despachos, leían con avidez la información que acababa de ser publicada. Sabía que se convocaría una reunión urgente por lo que había preparado la estrategia a seguir antes de ser llamado.

– Buenos días – con gesto serio saludó Christopher Norton.

Ni Arthur Sullivan ni Charles Scott respondieron a su saludo.

– ¿Has leído la prensa, Christopher? – Arthur Sullivan estaba de pie, en el centro del despacho.

– Sí – afirmó sin pronunciarse.

– ¿Y qué tienes que decir?

– Que algún perro ha filtrado el acuerdo – contestó, dejando patente su enfado.

Los Ángeles Times publicaba en primera página, con gran profusión de caracteres tipográficos, la espectacular subida en la bolsa de Nueva York de Bioconn, motivada por el acuerdo de fusión que había alcanzado con Microgensyn. Así mismo, informaba de la caída en el precio de las acciones de Microgensyn, en la misma sesión, como consecuencia del castigo que había sufrido por parte de los inversores, aunque los analistas no supieron justificar esta depreciación. No detallaban las fuentes de información, aunque aseguraban que la noticia había partido de una agencia bursátil en la que el día anterior prácticamente sólo operaban con ese valor, y de ahí se extendió a las demás, cuando los miembros de ésta hicieron pública la noticia del porqué de sus inversiones.

– Eso es evidente.

– ¿Qué opináis? ¿Quién ha podido ser? – preguntó Charles Scott.

– No lo sé – respondió Arthur Sullivan -, pero ha tenido que ser alguien que estuvo presente en la reunión.

– No creas. Puede ser que eso no sea cierto – propuso Christopher Norton.

– ¿Qué quieres decir? – inquirió Charles Scott.

– Que hay más personas que conocen el acuerdo de fusión con Bioconn y que no estuvieron presentes en la reunión.

– ¿Quién? ¿Cómo es posible eso?- dijo Arthur Sullivan, reflejando la ansiedad que le creaba aquella situación.

– El Doctor Hodgkins.

– ¡El Doctor Hodgkins! – exclamó Charles Scott -. ¿Cómo puede estar enterado?

– No lo sé – contestó Christopher Norton, adivinándose en su gesto la incertidumbre que le creaba desconocer el origen de aquella información.

– ¿Cómo lo sabes? Christopher. ¿Estás seguro? – ahora lo interrogaba Arthur Sullivan.

Querían respuestas, por eso acosaban a Christopher Norton. Si alguien en Microgensyn podía tener respuestas esa era la persona que tenían ante ellos. Confiaban en él, pero en aquel momento necesitaban soluciones y también dudaban de él, porque en aquellas circunstancias todos eran sospechosos. Christopher Norton podría encabezar la lista por la información que manejaba y las maniobras subliminales que acometía con descarada impunidad, aunque consentidas por la cúpula directiva de Microgensyn.

– Me lo comentó ayer en la reunión que mantuvimos. Me preguntó que por qué queríamos vigilar a Mary Fishers, si acaso el problema era la fusión con Bioconn y no quiso ser más explícito. Ya lo conocéis.

– Es un personaje siniestro y mafioso. No me fío de él. No sé si hemos obrado bien – comentó Charles Scott, que seguía sentado, ahora ya con el periódico doblado sobre sus piernas.

– Pero muy eficaz. No lo olvidéis. Más de un proyecto nuestro ha salido adelante gracias a la información que él nos suministró procedente del espionaje científico a otros laboratorios – sentenció con autoridad Christopher Norton, mientras sus interlocutores asentían.

– ¿Crees que ha sido él? – se interesó Arthur Sullivan.

– Francamente, creo que no. Si tengo que defenderlo, una virtud suya es la prudencia con la que se maneja.

– Entonces, ¿quién ha podido ser? – volvió a preguntar Arthur Sullivan.

– No lo sé, pero lo averiguaremos – sentenció Christopher Norton.

– Sí. Porque tal como está la situación el proyecto de fusión se complica por momentos. Si la operación tuviera que cerrarse hoy, el precio que pagaría Microgensyn sería demasiado elevado. Incluso deberíamos cuestionar si continuábamos hacia delante o bien dejar las cosas tal cual están y emprender una nueva negociación cuando el precio de las acciones se ajustara más a la realidad.

– Arthur, dime, ¿cuándo te enteraste de lo que estaba sucediendo en la bolsa? – interrogaba Christopher Norton, con la intención de encontrar una pista que fuera de utilidad.

– Ayer por la tarde me llamó mi agente de bolsa y me puso al corriente de lo que estaba sucediendo. Incluso me dijo que la agencia de bolsa que desencadenó esta tormenta fue NYBBrokers.

– ¿Cuándo comenzó la escalada de Bioconn? ¿Lo preguntaste?

– Sí. Me dijo que desde que abrió Wall Street las órdenes de compra de paquetes de acciones de Bioconn se sucedían sin cesar y eso llamó la atención de las demás agencias. Pero, realmente, el movimiento comenzó el martes, veinte minutos antes de terminar la sesión.

– Eso quiere decir que apenas unas horas después de terminar nuestra reunión con los representantes de Bioconn, alguien filtró la información.

– ¿Con qué finalidad? – se interesó Charles Scott -. ¿Sospecháis de los representantes de Bioconn?

– Sólo sabemos que han subido las acciones. Quién ha sido y los motivos que tendría es más difícil. Los directivos de Bioconn no creo que fueran puesto que ya habíamos cuestionado el precio de tres acciones por una de Microgensyn que nos parecía exagerado, aunque lo aceptamos. Queda por cuestionar el hecho de saber si verdaderamente estaban interesados en la fusión o fue una maniobra para dar un pelotazo en bolsa. La opción del pelotazo la desestimo porque se habrían aprovechado de la utilización de información privilegiada y hubieran podido cometer un delito que fuera investigado por la comisión pertinente – los dos interlocutores escuchaban a Christopher Norton atentamente -. Ahora bien, tenemos que investigar si realmente estaban interesados en la fusión o sólo fue una estrategia dilatoria para consolidar su empresa y luego negociar por libre con la fuerza que el mercado les otorgara.

– También estaban sus abogados y nuestros abogados – aseveró Arthur Sullivan.

– Tampoco creo que fueran los abogados. El riesgo que corren es demasiado grande. El Colegio de Abogados le podría retirar la licencia para ejercer su profesión al profesional que hubiese revelado tal información.

– ¿Entonces? Ahora va a resultar que todo el mundo tenía motivos pero no podemos sospechar de nadie – aseveró Arthur Sullivan, hosco, mirando alternativamente a Christopher Norton y a Charles Scott.

– Había alguien más – los dos lo miraron expectantes -. Sólo quedamos nosotros tres – atacó Christopher Norton.

Charles Scott se levantó como si un resorte lo hubiera empujado al oír las palabras de Christopher Norton y luego apuntó:

– ¿Qué pretendes, Christopher?

– Poner las cartas sobre la mesa y dejar claro que aquí somos todos sospechosos. ¿Acaso no dudáis de mí? – se atrevió a preguntar Christopher Norton.

Los dos callaron. Un silencio elocuente que agradó a Christopher Norton y que le confirmó que sus ideas eran compartidas por ellos. Por lo tanto, podía poner sobre la mesa que él también desconfiaba de sus superiores. Conocían su teoría acerca de que nadie es inocente hasta que no existe un culpable, aunque el culpable sea inocente.

– ¿Qué propones, Christopher? – preguntó Arthur Sullivan.

– No creo que sea relevante conocer el nombre de la persona que ha filtrado la noticia.

– ¡Cómo que no! Hay un traidor entre nosotros y es preciso que lo descubramos antes de que sea demasiado tarde. Tenemos que saber con quién tratamos – respondió enfadado Arthur Sullivan, acercándose con aire amenazador a Christopher Norton.

– En ese caso, supongo que hay que hacer algo – respondió con ironía, no dándose por aludido.

– ¡Por supuesto que hay que hacer algo! – añadió Charles Scott, queriendo reflejar la inocencia que presuponía.

– En ese caso, podemos comenzar por el final, por NYBBrokers, ya que es la única pista que tenemos y luego tirar del hilo hasta encontrar a nuestro traidor – propuso Christopher Norton.

– Dejo el tema en tus manos. Puedes actuar con total libertad y autonomía, pero exijo resultados. Quiero la cabeza de ese mentecato sobre mi mesa. ¿Entendido? – concluyó Arthur Sullivan, mientras apuntaba con su dedo índice en dirección a su mesa, contrariado por el problema que le había ocasionado aquella filtración.

– Entendido. Tendrás su nombre – asintió Christopher Norton, con actitud elocuente.

– Eso espero… – sentenció Arthur Sullivan y dejó en suspenso su frase para que él la concluyera.

Arthur Sullivan y Christopher Norton habían librado cientos de batallas juntos, de las que casi siempre salían victoriosos, gracias a la eficacia de las aportaciones de ambos. Existía confianza y un respeto mutuo que quedaba patente cuando cada uno representaba su propio papel, sin inmiscuirse en las labores y los subterfugios que al otro le tocaba jugar.

Christopher Norton comprendió que estaba en la picota y que sus jefes pensaban que podría tratarse del traidor. Arthur Sullivan lo sentenció con un ultimátum: quería una víctima, un nombre, el traidor que había obrado de aquella manera. No estaba dispuesto a arriesgarse con el beneficio de la duda porque sabía que hablaba en serio y corría el riesgo de perder en pocos días todo aquello que con tanto trabajo y después de tantos años había logrado alcanzar. Solazarse con el consuelo de que la cima sólo se consigue después de sortear múltiples vericuetos no iba con él. En sus adentros, disfrutaba con aquella situación, le gustaban los retos y más, si cabe, sentir la adrenalina bullir en su cuerpo, cuando su cabeza estaba en juego. Y podía ganar o perder, aunque no fuera el culpable.

El proyecto de fusión de Microgensyn y Bioconn corría serio peligro. Arthur Sullivan, embriagado de poder, quería presidir el Laboratorio Farmacéutico más poderoso del mundo, pero en esos momentos todo el entramado se le podía venir abajo desde que la prensa hiciese pública la noticia que con tanto sigilo habían ocultado durante dos años. El precio a pagar por la política del poder estaba directamente relacionado con la cuantía del riesgo que él estaba dispuesto a asumir.

 

 

El ascensor se detuvo en la tercera planta. Christopher Norton, ensimismado en los acontecimientos que acababa de vivir, no reparó que la puerta del ascensor se cerraba. En el último instante reaccionó, alargó su mano, interponiéndola entre las puertas, y el dispositivo electrónico del ascensor las volvió a abrir.

Cuando salió vio a Mary Fishers dirigirse hacia su despacho.

Otra vez ésta, pensó con despecho, ¿qué querrá ahora? Espero que me traiga buenas noticias y no me cree más problemas. Esa mujer me saca de quicio, parece una diosa y todo el mundo la adula y se rinde a sus encantos, pero no sabe dónde se ha metido, no sabe lo que le espera. Acabaré con ella, o ella o yo.

Estaba enfadado y la presencia de Mary le hizo recobrar la sensatez de la realidad.

– ¿Qué quieres, Mary? – le espetó.

– Hablar contigo – respondió, impávida.

– Bien, pasa al despacho.

Una vez dentro del despacho, él le dio la espalda, colocándose delante de la ventana y dedicándose a otear el horizonte, como ignorando aquella visita inesperada.

– ¿Y bien? ¿No me vas a preguntar a qué he venido? – Demandó ella, sin titubeos.

– Por supuesto que sí, Mary. ¡Ardo en deseos de conocer lo que me quieres decir! – exclamó irónico -. Te escucho.

– Necesito una cámara fotográfica pequeña, fácil de esconder.

– ¿Para qué? – indagó Christopher Norton, sorprendido por aquella petición.

– Creo que sé dónde guarda Jeff Colleman la documentación de la vacuna – respondió satisfecha, conocedora de que con aquella respuesta hería el orgullo de Christopher Norton, que la consideraba incapaz de salir airosa de la misión que le habían exigido.

– ¿Necesitas una cualquiera o una cámara especial?

– No sé. Ayer cuando entré en las dependencias de Bioconn pasaron mi bolso por un escáner.

– En ese caso necesitas una cámara profesional, bien disimulada en otro objeto – propuso él.

Christopher Norton codiciaba una información que le era vital. Para ello utilizaría a Mary Fishers y colaboraría con ella suministrándole la infraestructura material que precisara. Un apoyo incondicional preñado de intereses que ella desconocía.

– Como tú digas. No quiero que me descubran.

– No te preocupes. Necesitamos esa información. Te proporcionaré una cámara especial, de las que utilizan los espías – en el fondo ansiaba que la pillaran in fraganti, pero precisaba aquello que ella podía descubrir por lo que no tenía otra opción que cooperar con ella. Por su mente elucubradora pasó la imagen perversa del Doctor Hodgkins, imaginó que éste podría averiguar el resultado final de la vacuna, y tenderle una trampa a Mary Fishers en Bioconn para librarse de ella con inicua premeditación. El pensamiento fue fugaz y lo desechó con la misma rapidez que se le pasó por la mente, ya que la misión era muy delicada por la utilización que pensaban realizar con la información obtenida.

– ¿De dónde la vas a sacar?

– Déjalo de mi parte. Hay tiendas… ¿Sabes?

– Te lo agradezco – aquellas palabras, dichas sin un análisis previo, sonaban extrañas en los labios de Mary Fishers. Era la primera vez que le agradecía algo y se giró para encubrir su sonrojo -. A propósito, Christopher, ¿es cierta la noticia?

– ¿Qué noticia? – respondió con el parco disimulo de coger de su mesa un abrecartas y hacer el gesto de limarse las uñas.

– Lo que publica en primera página Los Ángeles Times. El acuerdo de fusión entre Bioconn y Microgensyn – aseveró ella, mientras se desplazaba hacia él con la firme intención de poder observar su rostro.

– Sólo son rumores que alguien malintencionado ha lanzado para hacer subir el precio de las acciones y llevarse una buena tajada.

Christopher Norton soltó el discurso sin inmutarse, como si cada palabra estuviera preparada de antemano, como si estuviera dando una conferencia de prensa, sin decir nada que pudiera hacer sospechar la veracidad de la información. Pero Mary no se tragó aquello dicho con frialdad pasmosa y que sonaba a una verdad disfrazada con el velo de la confidencialidad.

– No te creo, Chris – pasó al ataque, con asombrosa serenidad, cuando lo llamó de aquel modo.

– Puedes creer lo que quieras. No me interesa – dijo él, con una sonrisa despectiva, mirándola en esta ocasión -. Este asunto no es de tu incumbencia.

– Sí que me incumbe – respondió ella, con rabia contenida -. ¿Qué pinto yo en esta trama si, según parece, Microgensyn y Bioconn se van a fusionar? Y, además, ¿qué más da saber si la vacuna de Bioconn es efectiva o no? Al fin y al cabo, cuando la fusión sea un hecho, porque estoy convencida de la veracidad de esa noticia, vais a conocer todos los pormenores de la vacuna de Jeff Colleman, o ¿acaso es eso lo que buscáis? Ya lo veo, queréis presentar a la comunidad científica la vacuna del Coronavirus y por eso os fusionáis.

– No es eso – respondió, cortante.

– Sí es eso. No confiabais en mí. De esta manera os asegurabais el futuro de la empresa. Si el proyecto de mi vacuna fracasaba, vosotros tendríais otra en la recámara para comercializarla – llena de ira, Mary aceptaba su fracaso personal, pero no soportaba el menosprecio y la humillación a la que había sido sometida por parte de Microgensyn -. Francamente, estáis jugando conmigo. No merezco este trato.

– Mary, cálmate – respondió Christopher Norton, intentando apaciguar la zozobra de aquella situación -. Llegado el momento te convencerás de que todo lo que te he dicho es la verdad y que no hay nada detrás de todo esto. Microgensyn necesita un Premio Nobel y sólo tú nos lo puedes dar. Te hemos encomendado esa misión por tu bien, para que ese premio sea para ti. Tú sigue trabajando y conseguirás la vacuna – agregó él con un cinismo moderado, dulcificando su expresión para ser más convincente.

– Sigo sin creerte.

– ¡Lo que tú digas!

– Está bien. Ocúpate de tener lista la cámara.

– La tendrás. Ya te avisaré.

Cada vez aquello se complicaba más. Cada día surgía un inconveniente nuevo que dificultaba la resolución de aquel puzle. Cada vez que pedía explicaciones, Mary obtenía más evasivas por respuesta. Tenía que hacer frente a cualquier acontecimiento imprevisto y todo era posible en el idolatrado Microgensyn, porque en esos momentos se parecía más a una agencia de conspiración que a un loable Laboratorio Farmacéutico. Dejarse llevar por la prudencia en sus actos no le resultaba difícil, puesto que siempre había obrado así, pero imbuir su conducta en el recelo permanente le resultaba más complicado puesto que nunca había formado parte de su personalidad. No obstante, se dejaría asesorar por su intuición.

 

 

El despacho de David O´Connor parecía un hervidero desde primeras horas de la mañana. Las noticias halagüeñas les habían sorprendido, causando estupefacción. Las secretarias entraban y salían con órdenes, comunicados y escritos, realizando los preparativos de la reunión ejecutiva convocada.

Bioconn nació como una empresa familiar fundada cinco generaciones atrás por Edward O´Connor. Al principio fue una farmacia que dispensaba productos farmacéuticos hasta que comenzó a fabricar sus propios medicamentos que vendía al público y a otras farmacias. Con la introducción de una cadena de fabricación y la contratación de químicos para la síntesis y elaboración de nuevas moléculas se originó el germen de lo que más tarde sería una multinacional.

Ahora ocupaba el cuarto puesto mundial en la industria farmacéutica, gracias al esfuerzo encomiable y perseverante de David O´Connor, quinto O´Connor en ocupar la presidencia de Bioconn y a punto de cerrar una operación labrada y concienzudamente planificada durante dos años, para convertirse, junto con Microgensyn en el número uno mundial en su sector.

En torno a la mesa estaba reunida la cúpula ejecutiva de Bioconn junto con los miembros del gabinete de abogados que había participado en la negociación con Microgensyn.

– Esos perros de Microgensyn nos la han jugado – intervino lleno de cólera Jason O´Connor.

– Modera tu vocabulario, Jason – le advirtió su padre -. He convocado esta reunión para analizar los problemas que pueden surgir a raíz de la filtración de nuestra fusión con Microgensyn y la gran subida en bolsa que hemos tenido – David O´Connor intervino para exponer el motivo de la reunión convocada con premura.

– Antes de comenzar a debatir este asunto es imprescindible señalar que en Microgensyn estarán viviendo la misma situación y habrá cundido la alarma. Por eso, señores, es preciso dejar bien sentado que la filtración no ha partido de ninguno de los presentes en esta reunión – Brent Sanders hizo una pausa que aprovechó para mirar los gestos de los asistentes -. Porque en ese caso esta reunión no tendría razón de ser.

Todos protestaron la intervención de Brent Sanders y dejaron claro que ninguno había tenido nada que ver con aquella filtración. Algunos fueron más elocuentes, defendiendo su inocencia con vehemencia, mientras que otros, más parcos en palabras, simplemente dijeron que no tenían nada que ver con aquel asunto. Una vez aclarada la fase preliminar, continuaron con la reunión.

– En síntesis, señores, el problema es el siguiente: Arthur Sullivan mostró su reticencia a la equivalencia de tres acciones de Bioconn por una de Microgensyn. Con los sucesos acaecidos ayer en la Bolsa de Nueva York, la subida de Bioconn, por una parte, y la bajada de Microgensyn por otra, la situación actual nos acerca a Microgensyn ya que dos acciones nuestras equivalen a una de ellos. Si no cambian las circunstancias, ellos pueden hacer valer la cláusula de salvaguarda y romper el pacto de fusión antes del lunes veintiocho, con lo cual nos exponemos a tirar por la borda el trabajo de dos años – dijo David O´Connor.

– Yo creo que en este momento, dado el giro que han tomado los acontecimientos, deberíamos replantearnos la cuestión – propuso Brent Sanders.

– ¿A qué se refiere, señor Sanders? ¿Cuál es la cuestión? – preguntó Jason O´Connor, mientras escribía en un folio que tenía sobre la mesa.

– La cuestión es la siguiente: ¿A Bioconn le conviene, actualmente, la fusión con Microgensyn? – Brent Sanders dejó la pregunta en el aire y buscó la reacción de David O´Connor.

Otra vez se hizo el silencio. Nadie intervenía. Todos analizaban y valoraban la propuesta de Brent Sanders. Probablemente, los ejecutivos de Bioconn no tuvieran en cuenta aquella opción que ahora se les ofrecía, inmersos en las prisas y la sorpresa que les había causado la subida de las acciones. Sin embargo, los abogados, expertos en estas lides, tenían una perspectiva diferente del evento, la cual utilizaban para abarcar todos los aspectos del problema surgido.

– Con el precio actual de Bioconn en bolsa y las opciones de revalorización, todavía pendientes, cuando se haga oficial el resultado de la vacuna del Coronavirus, ustedes deben decidir si todavía les interesa la fusión con Microgensyn. Podrían ser ustedes los que se acogieran a la cláusula de salvaguarda y no ellos – añadió Craig Schwab, matizando el comentario de su jefe Brent Sanders.

David O´Connor intercambió con su hijo Jason una mirada elocuente, fría e inexpresiva. Una mirada con la que cada uno adivinó lo que estaba pensando el otro. Antes de intervenir, David O´Connor, al que todos miraban esperando la decisión que él adoptara, jugueteaba con su bolígrafo sobre la mesa, haciéndolo girar una y otra vez, hasta que por fin se decidió y respondió:

– Sí. Nos interesa la fusión. En el mercado actual sólo sobrevivirán las empresas más fuertes y poderosas. Nosotros tenemos ahora la oportunidad de entrar en ese selecto club, por tanto, no tendremos en cuenta la cláusula de salvaguarda.

– En ese caso, nos toca mover ficha. En Microgensyn estarán esperando una explicación por nuestra parte acerca de lo sucedido – propuso Jason O´Connor, dando por buena la decisión adoptada por su padre.

– No lo estimo pertinente. Sin duda, en Microgensyn estarán expectantes y esa incertidumbre nos beneficia. Creo que debemos esperar y que sean ellos los que decidan – Brent Sanders, abogado curtido en mil batallas, siempre intervenía en los momentos clave y la autoridad con la que investía cada una de sus propuestas hacía que fueran aceptadas como dogma de fe.

– Probablemente tenga usted razón. Si no hay ninguna opinión en contra propongo dejar las cosas como están y esperar el paso de los días para ver qué decide Microgensyn – sentenció David O´Connor, sabedor de que ningún miembro de su empresa se iba a oponer a una decisión que él tomara.

La cuestión estaba zanjada. La decisión adoptada dejaría que la partida transcurriese hasta que cada cual depositara sus cartas sobre la mesa y se conociera el vencedor. Bioconn jugaba fuerte, con la seguridad que le otorgaban las cartas ganadoras, por eso estaba dispuesto a lanzar ese órdago a Microgensyn.

En la selva solo sobreviven los más fuertes y la selección se hace de manera natural.

En esos momentos, me pude percatar de que en el mundo de la economía sucede igual que con las especies. Solo los más fuertes sobreviven.

Llegados a este punto, no se trataba de realizar un comentario o un chiste barato, sino de preguntarte si estás de acuerdo.

Así que, como habrás supuesto que soy un marujón, ¿Qué piensas tú?

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el duodécimo capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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