LA VACUNA: Capítulo 11, UNA REUNIÓN OBLIGADA

A las cinco en punto, Mary Fishers llegó a Bioconn. Con puntualidad exquisita acudía a aquella cita, con la cual iniciaba una nueva labor profesional. Con las reservas pertinentes y un nerviosismo disimulado que horadaba su estómago ya estaba allí. Tenía que actuar con decisión y la precisión infalible que le evitara ser descubierta en sus intenciones. Vestía pantalones de color arena, rectos, de cintura baja; camiseta color negro, escote palabra de honor, y sobre él destacaba el color blanco de la tarjeta de acreditación que llevaba sujeta por una pinza y en la que se podía leer su nombre y la palabra visita; las sandalias eran escotadas, negras y de tacón alto. Los vigilantes de seguridad le indicaron el camino a seguir para encontrar el despacho de Jeff Colleman.

Él estaba ante la puerta del ascensor. Había salido a recibirla y esperaba que éste se abriera. Mary subía por las escaleras y cuando llegó al rellano lo vio allí, de espaldas. Ella se quedó en silencio, observándolo, presintiendo que la estaba esperando. Aquella acción caballerosa le agradó, y pensó que en los últimos tiempos ya no abundaban las buenas costumbres ni los detalles hacia las mujeres, que tanto les complacían.

Un perfume suave y cálido, con aromas florales, llamó su atención. Se dio media vuelta y la encontró allí, de pie, mirándolo en silencio. Esbozó una sonrisa y se dirigió hacia ella.

– Siempre que quedamos me encuentras de espaldas – dijo él, mientras estrechaba la mano de ella, dejando en su país de poner en práctica las medidas de seguridad ejecutadas con esmero en España -. Aunque, lo cierto, es que te estaba esperando, creía que ibas a subir por el ascensor – se disculpó.

– Agradezco el detalle. La culpa ha sido mía. No es necesario que te disculpes.

– Ven. Vamos a mi despacho. Está al final del pasillo.

Desde que había llegado a Bioconn se dedicó a memorizar cada uno de los detalles de la empresa. En la entrada se detuvo ante el panel en el que estaban especificadas, con letras de color negro sobre fondo blanco, todas las dependencias y departamentos, así como las alas y número de piso que ocupaban. También se fijó en las medidas de protección, personal de vigilancia, cámaras y dispositivos de alarma, que comparándolas con Microgensyn, parecían menos rigurosas. Sin duda, agradecía aquel detalle porque no tenía la menor idea de cómo poder llevar a cabo su misión, a no ser que un golpe de suerte se le cruzara por el camino. Pero, estaba allí para intentarlo. Ya no se podía arrepentir.

Examinó el despacho de Jeff y no le llamó la atención nada en especial. Un despacho como otro cualquiera. Mesa de caoba sobre la que se distinguía una pantalla de ordenador, el teclado y diversas carpetas en ligero desorden. Una amplia estantería de madera con libros, archivadores y un anaquel con una colección de tarros de cerámica antigua, que en algún momento habrían servido de recipiente para productos químicos. Dos sillones de estilo clásico situados delante de la mesa y tres acuarelas de paisajes, que no atinaba a localizar, en una de las paredes, configuraban aquella discreta estancia.

– Siéntate, Mary. Disculpa este pequeño desorden – se excusó, mientras ordenaba el teclado y colocaba las carpetas en uno de los cajones de la mesa.

Ella reparó en un detalle que desde su posición anterior no había podido divisar. Estaba situada detrás de la mesa, a la derecha de Jeff, y encima descansaba la impresora. Se trataba de una caja fuerte de grandes proporciones disimulada como un elemento más del mobiliario. Después de contemplarla, ella contestó:

– Es lo habitual cuando uno está trabajando.

– Hace ya seis días desde que nos conocimos, de nuestra primera cita y no he podido dejar de pensar en… – decía él, mirándola a los ojos.

– En nuestro proyecto de investigación, ¿no? – ella no le dejó concluir su frase.

– Sí… Bueno, en nuestra teoría – asintió él, fingiendo la certeza de lo que decía -. Creo que es una buena línea de investigación y no he parado de darle vueltas, así que también he pensado mucho en nuestra colaboración profesional – concluyó su frase anterior -. Y tú, ¿has tenido alguna idea nueva al respecto?

– Si… ¡digo no! – estaba nerviosa. Estar a solas con Jeff Colleman le producía sensaciones extrañas, podía notar cómo latía su corazón y el pulso se le aceleraba -. Quiero decir que estoy de acuerdo contigo – absorta, dijo lo primero que se le ocurrió. Los hechos precedentes a la cita con Jeff la tenían presa y, por supuesto, no dedicó ningún momento a pensar en la teoría de la evolución, motivo por el cual se estaban reuniendo en el despacho de Jeff.

– Mary, ¿en qué estás de acuerdo conmigo?

– En las ideas que tuviste en España – se atrevió a decir, recobrando el control de la situación, acercándose a la mesa y retirando el pelo, que ocultaba sus ojos, hacia atrás -. Podemos diseñar, ahora mismo, las líneas maestras de nuestra investigación – afirmó con gran determinación, dejando atrás los titubeos iniciales.

– De acuerdo, escucha lo que he estado pensando. Podemos trazar dos líneas de investigación. En la primera, podríamos coger un virus y desintegrarlo.

– ¿Desintegrarlo?

– Sí. Déjame que te explique. Cogemos un virus ADN, rompemos la cubierta y extraemos el material genético. Luego procedemos a realizar la misma operación en la cadena de ADN, lo manipulamos hasta conseguir los nucleótidos de los que está compuesto. Después, cultivamos éstos y esperamos a ver qué es lo que sucede.

– ¿Qué medio de cultivo vamos a utilizar?

– ¿Cuál se te ocurre? ¿Cuál pudo ser el primer medio de cultivo?

– El agua – respondió ella, convencida.

– Exacto. Primero debió de haber agua y después se generó todo un cúmulo de reacciones químicas, en torno a ella, que dieron lugar a la aparición de seres vivos.

– ¿Y por qué utilizar nucleótidos y no sus distintos principios químicos inmediatos?

– Es una forma de acelerar el proceso. Si utilizáramos el carbono, el oxígeno, el fósforo o cualquiera de los demás componentes por separado y esperáramos a que estos se unieran para formar el nucleótido, probablemente no lo lograríamos ya que precisaría mucho tiempo.

– Una evidencia científica de nuestro experimento sería demostrar que éstos, en medios favorables, pueden unirse y formar una molécula elemental de ADN. ¿No es eso lo que estás sugiriendo? Jeff – propuso ella, centrada ya en el tema que había venido a debatir.

– Exacto. Sería un primer paso, pero corroboraría nuestra hipótesis y un acicate para continuar con nuestros experimentos.

En los gestos de Jeff Colleman se podían apreciar la ilusión y el interés que la teoría de Mary Fishers despertaba en él. Mary se percató, a medida que él la ilustraba con sus propuestas, que durante esos días había trabajado con meticulosidad para presentarle unas ideas coherentes y rigurosas que ella debería aprobar. Por el momento, creía percibir algún atisbo en él que la inducía a pensar que aquel trabajo lo realizaba con el fin de lograr un objetivo sentimental, aunque también profesional, y en el fondo, halagada, no le disgustaba aquella situación.

– ¿Y la segunda línea de investigación?

– La segunda línea, como ya te comenté, consistiría en cultivar virus y ver qué sucede con ellos.

– Dime, ¿Qué has ideado? – dijo ella, dando por sentado que él ya había discurrido la forma de llevar a cabo el experimento.

– Cultivaríamos diferentes tipos de virus, desde los más simples a los más evolucionados filogenéticamente.

– Propones alguno en concreto.

– No. Pienso que lo tenemos que debatir, aunque a decir verdad, creo que deberíamos de incluir algún virus que afecte específicamente a las algas, puesto que el hábitat natural de éstos es el agua.

– Las condiciones del agua en el medio de cultivo, ¿Cuáles deberían ser?

– Por supuesto, habría que habilitar diferentes situaciones en cada uno de los diferentes cultivos acuosos. Como, por ejemplo, mayor o menor temperatura, más o menos salubridad, mayor o menor presión, y otras cualidades que se nos vayan ocurriendo.

– Llegado a este punto, pienso que deberíamos incluir dos nuevos medios de cultivo – afirmó ella, metida de lleno en el proyecto y calculando las probabilidades de éxito del mismo.

– ¿Cuáles? – inquirió Jeff, sorprendido por la nueva propuesta.

– Por los últimos estudios científicos, se conoce que al principio la corteza terrestre tenía una concentración extraordinariamente importante de hierro, fundamentalmente en forma ferrosa. Creo que deberíamos de tener en cuenta esta premisa e incluir ese medio de cultivo y esperar a ver qué sucede.

– Ninguna objeción por mi parte. Estoy de acuerdo. ¿Y el segundo medio de cultivo, cuál es?

– Teniendo en cuenta esos mismos estudios, en los albores de la tierra no existía el oxígeno y se cree que fueron determinadas bacterias las que producían y excretaban el oxígeno al medio ambiente, dando lugar de ese modo a la atmósfera. Pienso que deberíamos de tener en cuenta también esta teoría e incluir un medio de cultivo sin oxígeno, con una concentración elevada en hidrógeno, metano y amoniaco.

– También estoy de acuerdo. ¡Muy valiosas tus ideas! Hubiera sido un fallo muy grave no haberlas tenido en cuenta. Gracias, Mary – dijo él, verdaderamente convencido.

Mary Fishers seguía con atención todo aquello que proponía Jeff Colleman. Intentaba conocer todos los detalles relativos al experimento, y así mismo, encontrar alguna otra laguna en el proyecto de Jeff, mas no la encontró y con las explicaciones de él quedó cautivada por su entusiasmo. Por momentos, pensó en la viabilidad de aquello que inició como un simple tema de conversación, como una manera de acercarse a él.

– Jeff, ¿en ningún momento has caído en la tentación de pensar que esto es demasiado simple como para explicar el origen y la evolución de la vida sobre la Tierra? – una propuesta que hacía ella intentando reconducir la conversación por un camino más pragmático.

– Mary, estoy de acuerdo contigo – se avino a decir, mientras desplazaba su cuerpo hacia atrás y se apoyaba, relajado, contra el sillón -, pero también reconocerás que los descubrimientos más importantes de la historia de la humanidad no son más que el resultado de experiencias y observaciones comunes. Intentamos buscar una explicación – continuó él – para lo cual hemos planteado una hipótesis y ahora intentamos verificar con un experimento, sencillo en su planteamiento pero difícil en la práctica, aquello que hemos supuesto.

En el mundo existían pocos laboratorios autorizados y capacitados para manipular virus debido a la complejidad de las instalaciones que se precisaban, así como el peligro potencial que éstos suponían. No en vano, la diseminación de un virus de laboratorio para el que no se hubiera encontrado el tratamiento adecuado podría ser más letal que una bomba atómica. Bioconn, al igual que Microgensyn, estaban autorizados y capacitados para trabajar con virus.

El sonido del teléfono interrumpió su conversación. Jeff había dado órdenes de que no le pasaran ninguna llamada, por lo que dedujo que sería importante. Mary supuso, por la forma de hablar de él, que el tema de conversación giraba en torno a la vacuna del Coronavirus. Sin duda, le estaban transmitiendo una información que no permitía ningún tipo de demora. Apreció en su rostro un gesto de preocupación que intentó disimular con cara de póker, girándose en su sillón, dándole la espalda, hablando así más recatadamente. Cuando se dio la vuelta, antes de concluir el diálogo, sonrió vehemente. Ella no supo apreciar si aquella sonrisa iba dedicada a ella o era una expresión que giraba en torno a las noticias que acababa de recibir.

– Disculpa la interrupción. Sigamos. Quiero enseñarte algo que probablemente te agradará.

Antes que ella preguntara de qué se trababa, se giró y se colocó frente a la caja fuerte, dando la espalda a Mary. Se agachó y ella supuso que iba a abrir la caja. No podía ver los números de la combinación, pero sin pérdida de tiempo siguió cada movimiento que realizaba él con su brazo derecho. Al principio estaba abajo y ascendió dirigiéndose hacia la derecha, luego se desplazó hacia la izquierda. Recordó que los números estaban dispuestos en la caja de seguridad en cuatro filas. El primero no sabía cuál podría ser, pero tras realizar los dos movimientos siguientes supuso que se trataba del siete, ya que estaba segura de que después había pulsado el tres y el uno. Descendió el brazo a la segunda fila, más hacia el centro, y luego de nuevo a la derecha. Probablemente la combinación seguía con el cinco y el seis. Luego, abajo y a la izquierda; ascendió una fila, más hacia la izquierda y volvió a bajar, al lado opuesto. Se trataba, sin duda, de los números ocho, cuatro y nueve. Luego oyó un clic y la puerta se abrió. Respiró hondo e intentó memorizar los números, que con un margen de error mínimo serían el siete, tres, uno, cinco, seis, ocho, cuatro y el nueve.

Se incorporó hacia delante. Él sacó un informe de la caja fuerte y mientras se giraba hacia ella pudo ojear que en ésta se hallaban a buen recaudo diferentes tipos de carpetas con informes en su interior. Luego se interesó por aquello:

– ¿Qué es esto?

– El memorándum de nuestro proyecto.

– ¿Y por qué lo tienes en la caja fuerte?

– Por seguridad.

– ¡Tan importante lo estimas!

– ¿Tú, no?

– Sí, por supuesto. Sólo que yo no utilizo ninguna caja fuerte.

– En Bioconn es costumbre guardar todo aquello que consideramos importante.

– Pero, ¡si tenéis muchas medidas de seguridad! ¡Esto parece un búnker! – ironizó ella.

– No creas. Aun así, puede ser que no sean suficientes.

Luego le relató un caso extraño ocurrido varios años atrás. Una noche saltaron las alarmas y el personal de seguridad descubrió varios despachos de investigadores abiertos, sin embargo, no se encontró ningún rastro de las personas que estuvieron allí. Al mismo tiempo no echaron en falta ningún tipo de documentación, aunque estaban seguros de que habían sustraído algún tipo de información confidencial sobre algún proyecto de investigación. Desde entonces, las medidas de seguridad de Bioconn se extremaron sin límite.

Jeff Colleman, a continuación, le enseñó a Mary aquel informe. En él aparecían con gran profusión de detalles todas las ideas que previamente él le había contado. Los dos últimos apartados estaban en blanco. Las conclusiones eran obvias, pero en el capítulo de propuestas él le comentó que lo había dejado así a la espera de la reunión que tuviera con ella y que aceptaría cualquier sugerencia.

– Creo que está bien así – aseguró ella.

– En ese caso, sólo queda decidir una cosa más. ¿Dónde vamos a realizar el estudio? ¿En mi laboratorio o en el tuyo?

– No sé. ¿Qué propones?

– Lo ideal y lo pertinente sería realizar el experimento en los dos laboratorios. ¿Estás de acuerdo?

– Por supuesto.

– ¿Qué haces el viernes por la tarde?

– Trabajar. ¿Por qué? – Inquirió ella, esperando una invitación a salir, una invitación a cenar o una propuesta con la intención de verse de nuevo.

– Eso ya lo sé – no le sorprendía que trabajara un viernes por la tarde -. Me interesaría comenzar cuanto antes nuestro experimento y el viernes por la tarde podría ser un buen momento para realizar los primeros cultivos de virus de forma conjunta, y si nos da tiempo iniciar el proceso de obtención de nucleótidos.

Mary no pudo reprimir una mueca de fastidio. Estaban reunidos hablando de trabajo y él se atrevía a proponer más sesiones con el mismo fin. Cuando al principio él comenzó a hablar presintió que había pensado mucho en ella, eso le hizo albergar otros sentimientos, otras proposiciones, otro tipo de citas, pero ahora llegado el momento parecían esfumarse esas esperanzas. Pensándolo bien, aquel hombre tenía una semejanza inusual con ella, parecían ramas de la misma estirpe y sólo actuaba en clave de trabajo. O, quizás el problema estaba en ella, en su forma de ser, en la imagen que proyectaba, en la aureola de soledad que envuelve a toda personalidad de prestigio. Pero eso no era así, no se correspondía con la realidad, también era una mujer. Barruntaba que la relación profesional iba a ser muy provechosa y la misión que tenía que cumplir, asequible. Pero, más allá, lo dudaba.

– Me parece interesante – accedió ella -. ¿A qué hora quieres que esté aquí? – por descontado que aquella nueva reunión debería de ser en Bioconn. No le dio otra opción a Jeff.

– No sé. A las cuatro o a las cinco de la tarde.

– Que sean las cuatro. Así tendremos más tiempo para trabajar.

– ¿Y el sábado por la noche?

– ¿El sábado por la noche qué? – preguntó ella con cierto disimulo.

– ¿Qué haces el sábado por la noche?

– No tengo ningún plan especial.

– Podríamos salir… – dejó la frase en suspenso. Como no atreviéndose a terminarla. Temiendo un no, o tal vez un “vamos a dejarlo para otro día”. La primera vez que la invitó a cenar fue un impulso súbito y todo salió bien. Más bien, diríase, que faltó algo: el complemento que marca el principio de una relación, el colofón insaciable de un buen final, eso que probablemente los dos esperaban pero que ninguno se atrevió a proponer.

Mary estaba allí, al otro lado de la mesa. Había escuchado lo que desde un principio quiso que le propusiera y ahora estaba pensativa. La última cena fue con Jeff Colleman y la anterior ya casi ni la recordaba, por lo lejano en el tiempo. La duda es presagio de malos aconteceres y ella ahora dudaba. No sabía si aceptar o no. Mezclar sentimientos con trabajo, solía decir que era una peligrosa elección. Recordó las palabras de Arthur Sullivan y al fin y al cabo, eso era lo que esperaban de ella, que conquistara a Jeff Colleman para así poder tener acceso a los secretos de la vacuna. Tomó la decisión más acertada y dejó que toda aquella mezcla de valores y sentimientos emulsionara y que el complejo resultante fuera del agrado de todos.

– Acepto – dijo al fin y sonrió encantada.

Jeff la acompañó hasta su coche. Mientras recorrían las dependencias de Bioconn charlaban sobre aspectos intrascendentes de sus respectivos trabajos. Sin embargo, Mary Fishers, puso en jaque su memoria, e iba comprobando si cada cámara, cada dispositivo de alarma estaba en su lugar correspondiente, o si por el contrario se le había pasado alguno por alto. Volvió a contar el personal de vigilancia y se cercioró de que los mismos puestos eran ocupados por las mismas personas. Ya tenía hechos los deberes, y la prueba de los mismos satisfactoria.

Se despidió de Jeff y cuando dejó atrás Bioconn aceleró como queriendo escapar de aquel lugar, de aquella trama, presintiendo la vileza y la corrupción de su proceder, presintiendo el peligro que corría, presintiendo el final inesperado que le aguardaba.

 

 

Una furgoneta Ford, de color blanco, sin ventanas, con la publicidad de una compañía de seguridad que ofrecía un servicio de vigilancia las veinticuatro horas del día, estaba aparcada cerca de la entrada de Bioconn. Ronald Stone manipulaba un dispositivo electrónico y etiquetó la conversación de Mary Fishers y Jeff Colleman como interesante, bajo el punto de vista científico; menos interesante, por lo poco relevante de la conversación que habían mantenido, porque no les había supuesto ninguna información nueva y en un cuaderno aparte hizo una acotación: han quedado a cenar, vigilar. Joe Barela, que observaba atento los movimientos de su jefe, abandonó la parte trasera para colocarse al volante de la furgoneta.

 

 

La puerta del ascensor se abrió y el señor Winkler observó la espalda de un hombre que se dirigía escaleras abajo. Le pareció apreciar que no bajaba desde el piso superior, sino que venía del pasillo y allí no había más que su apartamento y el de Mary Fishers, por lo que se dirigió a él:

– ¿Busca algo, señor?

Se detuvo en el primer escalón y se volvió hacia Jefrey Winkler.

– No, nada. Una inspección de rutina del aire acondicionado.

– ¿A las seis y media de la tarde?

– Estos días tenemos mucho trabajo. Siempre ocurre igual cuando está terminando el verano. Con este edificio termino hoy mi jornada.

Era alto, de complexión atlética, pelo rubio muy corto, mirada afable y manos grandes, fuertes, como si fueran las de un boxeador, sobre las que portaba un extraño aparato electrónico, del cual dedujo el señor Winkler que habría utilizado para comprobar el funcionamiento correcto de los distintos componentes de la instalación del aire.

– ¡Ah! Bien. No nos gusta que merodeen extraños en este edificio – respondió él, satisfecho con la explicación.

– Eso está bien pensado. Si me disculpa. Adiós.

Bajó las escaleras sin inmutarse. Llegó al rellano, abrió la puerta y se alejó en dirección al coche que tenía aparcado cerca de allí.

Sonó el teléfono móvil, pulsó el icono verde y lo llevó hacia su oreja.

– Don, ¿Cómo ha ido todo? – preguntó Ronald Stone.

– El material está colocado en su sitio.

– ¿Algún problema?

– Sin problemas. Me ha visto un vecino y me he deshecho de él haciéndome pasar por un técnico del aire acondicionado – contestó Don Bishop.

– De acuerdo. Mary ya ha abandonado Bioconn.

Mary Fishers conducía su coche y tras ella, varios coches más atrás, guardando una distancia prudencial, una furgoneta Ford de color blanco la seguía.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Así acaba el undécimo capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

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