LA VACUNA: Capítulo 10, DOS HERMANOS CONTRA EL COMPLOT

A última hora se entretuvo más de la cuenta y Mary Fishers aceleró para volver a casa. Acudió deprisa a la tienda y compró unas exquisiteces para agasajar a su hermano. Cuando llegó a casa dejó las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina. Fue al salón, cogió el jarrón de bohemia y puso en él un poco de agua. A continuación, con delicadeza, colocó dentro los lirios de flores blancas que había comprado en la floristería Fleurs Du Jour antes de llegar a casa. Metió en el frigorífico la comida y el vino, y se dispuso a preparar el Filet Mignon al mismo tiempo que acondicionaba la mesa en el salón.

Minutos después llegó su hermano y lo recibió con un par de besos y un prolongado abrazo, durante el cual se estremeció recordando experiencias vividas de niños y con la paz y alegría que él emanaba. Necesitaba hablar, necesitaba confesar, necesitaba confiar y Alec era la persona que le ofrecía toda la seguridad que precisaba y la única que la podía ayudar.

– Estás temblorosa, hermanita. ¿Qué sucede?

– No es nada, sólo que cada vez que te abrazo me emociono – respondió ella, con palabras entrecortadas -. ¿Has venido en tu coche?

– No. He cogido un taxi. Es más seguro.

– Sigues sin atreverte, ¿no es cierto?

La parálisis cerebral infantil le había afectado a Alec fundamentalmente a los miembros izquierdos. La movilidad del brazo y antebrazo izquierdo era buena, pero al estar los músculos levemente atróficos, la fuerza la tenía disminuida, los dedos de la mano los tenía flexionados y con gran dificultad conseguía extenderlos. Las alteraciones anatómicas similares en el miembro inferior izquierdo hacían que la rodilla estuviera ligeramente flexionada y para caminar apoyaba casi con exclusividad el antepié. La espasticidad era muy ligera, por lo que no le impedía la coordinación de movimientos.

– No. Es una forma de evitar poner en peligro a los demás, ja, ja, ja… – Alec se dejó llevar por su risa estentórea.

– No te creo, te burlas de mí.

– Vale, es una broma.

– Tienes que ser fuerte y afrontarlo. Tu coche está preparado especialmente para tus características. Sólo tienes que conducir con cuidado. Eso es todo – propuso ella, mirándolo a los ojos, intentando convencerlo.

– De acuerdo, te prometo que lo intentaré – asintió él, con voz gutural. La parálisis también estaba patente en los músculos faciales. Hablaba con sonidos fuertes, con tono elevado, intentando vocalizar cada palabra. Así mismo, en los ojos tenía un tic muy leve que se manifestaba a menudo con guiños de forma intermitente.

– Venga, vamos. La comida ya está preparada. Ayúdame a traerla.

Se dirigieron a la cocina a través del pasillo. Mary comenzó a sacar del frigorífico la comida, dejándola sobre una mesa. Alec, haciendo gala del hambre que tenía, preguntó:

– ¿Qué has comprado?

– Todo lo que a ti te gusta – dijo ella con convicción.

– Veremos si es verdad. Luego te pondré nota – y rió de nuevo con sonoras carcajadas.

Entre los dos prepararon la mesa, como cuando niños. Las bromas se sucedían una tras otra, cómplices en torno a la unión fraternal y dejándose llevar por el apoyo sustancial que precisaban el uno del otro. Entre risas, cuando Alec simuló que se le caía la botella de vino, y en un escorzo la recogía, se sentaron en la mesa.

–  Ha quedado bien. ¿No?

– ¿El qué?

– La mesa – dijo Alec, mientras miraba satisfecho el aspecto que presentaba. El mantel y las servilletas de lino blanco. La cubertería de plata, que había comprado durante unas vacaciones en Acapulco. La vajilla de porcelana y los vasos de un cristal transparente perfecto. La mesa estaba presidida en el centro por el jarrón de bohemia con los lirios y los distintos platos esperando a ser engullidos.

– Por ahora, un nueve – a Alec le gustaba poner nota a todo, ya formaba parte de su personalidad.

– Gracias – sonrió ella y acarició la mano de él sobre la mesa, en gesto protector.

– Bien. No sé. ¿Por dónde empezamos?

– Si estás de acuerdo, empezaremos con los caracoles de Borgoña – propuso Mary Fishers. Ante el gesto afirmativo de él, los sirvió en los dos platos.

– ¡Hum…! ¡Qué ricos! Un diez – dijo él, levantando el puño cerrado con el pulgar hacia arriba -. Quieres hablar. ¿No es cierto? Vamos, te escucho.

– La verdad, es que no sé por dónde empezar. Es todo tan raro.

– Empieza por el principio. No tenemos prisa, así disfrutaremos lentamente de la comida.

– Está bien. Todo comenzó en España, durante el Congreso – Mary Fishers le contó todo, de forma pormenorizada, mientras su hermano la escuchaba atentamente. A veces ponía énfasis en sus palabras, mientras que en otras la desidia y la abulia eran las dueñas de la situación. Hablaba y hablaba y apenas si comía, mientras su hermano se afanaba en atrapar y devorar los caracoles, asintiendo a los comentarios de ella -. Ahora estoy en un mar de dudas. No sé si he hecho bien en aceptar.

– Francamente, Mary, no te quedaba otra alternativa. Te prepararon una encerrona y tú no podías escapar.

– Bien, ahí no se termina todo, espera que te cuente – añadió ella y se dispuso a retirar los platos de los caracoles.

– ¡Todavía queda más!

– Hermanito, no he hecho más que empezar – añadió ella, mientras colocaba dos platos limpios en la mesa.

– Vamos, sigue. Me muero de curiosidad – dijo él, con la paleta en la mano dispuesto a untar el Foie de pato D´Artagnan sobre el croissant Almond, que previamente había cortado en dos mitades idénticas.

– Bien, eso por una parte. Luego está Pascale Carter.

– ¿Quién es esa? – interrumpió él.

– Pues, la verdad, francamente, no sé muy bien – afirmó ella, apreciando en esos momentos que no sabía dónde encajarla.

– ¿Qué pinta en esta historia?

– La conocí ayer, en la antesala del despacho de Christopher Norton. Él nos presentó. Hoy vino a verme a mi despacho, por sorpresa, y me ha insistido en lo mismo. Utilizó el pretexto de que venía a ayudarme, por orden de Arthur Sullivan, y a decirme qué es lo que tenía que buscar con precisión para evitarme problemas. También me dijo que trabajaba en un bufete de abogados y que están trazando un proyecto de expansión comercial a gran escala para Microgensyn.

– Me huele mal. No me gusta esa mujer.

– Y a mí tampoco – aseveró ella, con la boca llena de croissant y foie.

– Y, ¿qué respondiste tú?

– Acepté de mala gana sus sugerencias. Además, le pregunté qué iban a hacer con esa información y no me quiso contestar.

Un silencio breve, sugerente e indeciso, sucedió a las palabras de Mary Fishers, tiempo que aprovecharon los dos para servirse un par de lonchas de jamón de Parma, de textura delicada y aroma intenso, que acompañaron con pan artesano crujiente.

– Magnífico este vino – dijo Alec Fishers, para romper el silencio, y pronunciar unas palabras discordantes con el clima tenso y cortante que se había creado en torno a la historia de Mary. Bebían un Magnificat Meritage de 1996, un Cabernet Sauvignon, de perfil aromático, en el que se conjugaban en armonía los tonos roble y las esencias especiadas, donde predominaba la vainilla -. Un diez. Mary, ¿desde cuándo entiendes tú de vinos?

– Alec, de sobra sabes que yo no entiendo nada de vinos.

– Entonces, ¿por qué te decidiste por éste?

– Pura intuición. Por el color… – bromeó ella y rió con una alegría que contagió a su hermano.

– ¡Venga, ya!

– Bueno, en serio, me dejé aconsejar en la tienda.

– ¡Ah! Por un momento te creí. Aunque si te lo propones, podrías ser una especialista en vinos.

Siempre que estaban juntos disfrutaban y se les veía felices, aunque en esta ocasión, las desdichas de Mary Fishers habían sido las causantes de aquella reunión.

– Luego, están los resultados del Proyecto Mgen1702.

– ¿No es ese el proyecto de la vacuna contra el Coronavirus?

– En efecto.

– Me habías comentado que todos los estudios realizados hasta el momento estaban dando resultados positivos y que creías que ya la tenías en el bote.

– Ahí está el nuevo problema – afirmó Mary, mientras servía una rodaja de Filet Mignon en cada plato.

Alec Fishers cortó un trozo de carne, con la delicadeza y firmeza de un cirujano, y luego se lo llevó a la boca y lo masticó lentamente, apreciando la jugosidad y delicadeza de aquella carne.

– Muy tierna y sabrosa – aprobó él.

– Todos los resultados preliminares nos hacían ser optimistas, aunque siempre con la suficiente prudencia – continuó diciendo ella, después de beber un trago corto de vino -. Ya te comenté que estábamos experimentando la vacuna en humanos en diferentes países y que analizaríamos, en primer lugar, un veinte por ciento de los resultados para corroborar si íbamos por buen camino o no.

– Sí. Eso ya lo sé – se apresuró a decir Alec, mientras daba cuenta de la carne.

– Pues bien. Seguí todas tus indicaciones. El lunes, cuando llegué de España, tenía el correo electrónico de Carrie Galloway, la doctora que está realizando el estudio de la vacuna en Boston, con los resultados recogidos hasta el momento y apostillaba que era optimista en cuanto al resultado de la vacuna y que creía que era todo un éxito.

– Bien, hasta ahí todo va correcto. Sigue.

– El martes, por la mañana, en mi despacho tenía los correos electrónicos de los cuatro doctores que están realizando el trabajo de campo en los diferentes países, incluida la Doctora Galloway. Abrí el programa 4GLium y le di las instrucciones necesarias para que analizara los diferentes resultados. Así mismo, activé los resultados de Carrie, que la noche anterior había copiado en un pendrive.

– ¿Y?

– Como no quería esperar a la mañana siguiente para conocer los resultados, por la noche, en casa, introduje los datos activados del pendrive en el programa de mi ordenador y éstos me confirmaron lo que ya esperábamos de antemano. El proyecto era un éxito y los resultados obtenidos en Boston positivos al cien por cien.

Uno de los grandes problemas de la informática es la inseguridad y el pirateo. Se invierten cantidades industriales de dólares en dotar a los programas informáticos de la seguridad indispensable, pero al mismo tiempo, otras mentes privilegiadas y obstinadas a la vez, trabajan con denuedo en descifrar los códigos que presumiblemente asegurarían la inviolabilidad de los mismos. Así fue como Mary Fishers tenía en casa el programa 4GLium. Siempre que algún proceso informático se le resistía, acudía solícita a su hermano. En cuanto estuvo disponible 4GLium, Alec Fishers acudió al despacho de su hermana, con el pretexto de una visita informal y copió el programa informático, que después instaló en el ordenador personal de Mary.

– Enhorabuena, hermanita. Lo has conseguido. Menos mal que también tienes buenas noticias.

– Gracias por tus buenas intenciones – sonrió ella y acto seguido cambió el semblante, haciéndose más rígido y con signos evidentes de preocupación, que él advirtió enseguida -, pero el verdadero problema viene ahora – sentenció.

– ¿Por qué?

– Porque ahí comencé a preocuparme. Algo no funcionaba, Alec – proseguía ella con sus argumentos mirándolo fijamente -. No te das cuenta. En Microgensyn, el programa tarda veinticuatro horas en tener listos los resultados, mientras que por la noche yo ya los conocía en mi casa. Había algo que no encajaba.

– Puede ser. Informáticamente todo es posible. En todo caso mejor para ti, puesto que ya te habías cerciorado de la viabilidad de la vacuna.

Acto seguido, Alec Fishers retiró los platos que utilizaron para comer el Filet Mignon y colocó otros. Acercó la tabla de quesos y comenzó con uno azul, el Blue Castello.

– Esta mañana, cuando llegué a mi despacho, hice tiempo hasta que pensé que ya estarían disponibles los resultados. Intrigada por lo sucedido la noche anterior abrí el programa para corroborar el éxito que auguraban los resultados de Carrie Galloway y ahí vino mi decepción. El mundo se me vino encima – dijo ella, con gesto desencajado.

– Vamos, anímate. ¿Quién dijo problemas? Aquí están los hermanos Fishers.

– Jajaja… – rió ella desaforadamente, cuando estaba a punto de llorar – gracias por recordármelo – esa frase era su grito de guerra, el paradigma que repetían continuamente desde niños y que significaba que no había ningún problema que se les resistiera ni nadie que pudiera amedrentar a los hermanos Fishers.

– ¿Qué sucedió?

– La vacuna era un auténtico fracaso. Un doce por ciento de personas habían contraído el virus a pesar de estar vacunadas – contestó ella, desalentada, mientras untaba el pan artesano con una porción de queso Brie de Meaux.

– No puede ser… – aseguró él, con gesto circunspecto -. ¿Lo comprobaste?

– Claro.

– ¿Y los resultados de la Doctora Galloway?

– Eso es lo peor. Eran diferentes a los que analizó mi ordenador y en ellos había un trece por ciento de seropositivos con la vacuna. ¡No lo comprendo, Alec! ¡No lo comprendo! – a punto de dar un puñetazo encima de la mesa, él contuvo la furia imprudente del puño de su hermana. Vivía experiencias que nunca había imaginado y su conducta serena se dejaba llevar, en esos momentos, por actos en nada plausibles.

– Analicemos la situación, Mary. Sé pragmática. Todo tiene una solución…

– Estoy de acuerdo, pero el problema es encontrarla – le interrumpió ella, abatida, y bebió un poco de vino, para humedecer la garganta seca y áspera por la emoción contenida.

– Y creo que la he encontrado – aseguró Alec, riendo henchido de satisfacción.

– Te escucho y Dios quiera que estés en lo cierto.

– Vamos a ver. El problema es el siguiente. Por una parte, tenemos un programa informático que yo copié en tu despacho y que luego instalé en tu ordenador. Por otra parte, tenemos una serie de hechos que has realizado correctamente, sin cometer errores. ¿No es así? Veamos: Primero recibes en tu casa un correo electrónico que luego activas en el programa oficial para que tu programa pirateado lo analice, y a su vez, realizas el mismo análisis en el ordenador de Microgensyn. ¿Y qué obtenemos en este proceso? Dos resultados completamente diferentes. Pero… – aprovechó para pensar y organizar los datos que estaba manejando -, por otra parte, el programa en tu ordenador analiza los resultados al instante y, sin embargo, en tu empresa necesitas veinticuatro horas para tener acceso a los resultados. Es obvio, ¿no lo ves?

– ¿El qué? Vamos, me tienes en ascuas, aclárame este jeroglífico.

– El programa de Microgensyn lo han manipulado y probablemente alguien autorizado tiene acceso a él.

– ¿Qué quieres decir? No te entiendo.

– Que el programa lo han manipulado para que se conozcan los resultados veinticuatro horas después del análisis. Durante ese tiempo, alguien en la empresa, que esté debidamente autorizado, puede acceder al programa y, si lo estima pertinente, manipular los resultados.

– Algo, muy parecido, había pensado yo. Pero, ¿no crees que es una teoría muy enrevesada?

– Puede ser. Pero no se me ocurre otra alternativa.

– ¿Quién puede organizar una trama así?

– No lo sé. Eso lo tienes que descubrir tú.

Preguntas sin respuesta. La vida es la búsqueda continua de una respuesta. La evolución y desarrollo del Homo Sapiens comenzó con la idea abstracta de una pregunta y la génesis de diferentes respuestas encaminadas a obtener una solución acertada de aquella. Es el eterno problema que nos hace avanzar a través del largo camino de la historia. Primero una pregunta, una hipótesis, y luego la búsqueda desenfrenada de aquellas incógnitas que sirvan para resolver la ecuación, y que nos ayuden a crear cada vez más un mundo mejor, que nos ayuden a la especie humana a ser cada vez más sabia en términos de razón. Pero nunca habrá respuestas suficientes y siempre habrá preguntas por resolver.

Mary Fishers cortó cuatro porciones de queso Gouda extraviejo, como cuatro triángulos equiláteros que se desmembraron uno tras otro. Cogió la paleta e intentó servirlos en cada plato con mano temblorosa, tratando de mantener el equilibrio para que éstos no se le cayeran. A continuación añadió un poco más de vino en cada copa.

– ¿Estás sugiriendo que los datos correctos de la Doctora Galloway son los que yo analicé en mi ordenador y que alguien en Microgensyn los manipuló y ha puesto unos resultados falsos? – hablaba ella con el dedo índice de su mano derecha apoyado sobre la cara lateral de su frente.

– Eso mismo. Es descabellado, pero mi intuición me dice que es la única respuesta posible a este enigma – respondió él, con vocalización vigorosa, como si se le escapasen las palabras de su boca abierta, pero en el último instante, él les daba la entonación precisa para alcanzar la armonía necesaria en la que cada vocal y cada consonante alcanzan la autonomía inteligible de la palabra.

– ¡Pero! ¿Por qué? ¡No lo entiendo!

– ¿Por qué, qué? Mary.

– ¿Por qué quieren hacer creer que la vacuna es un fracaso? ¡Si es el proyecto más importante de la historia de Microgensyn! – Mary intentaba encontrar una respuesta a cada una de sus preguntas.

– No te puedo responder, pero algo me dice que tendrán algún motivo lo suficientemente importante.

– Alec, llevo trabajando en este proyecto muchos meses. Tiempo de mi vida dedicado a conseguir un arma terapéutica que erradique por completo este maldito virus. Y, además, también está Microgensyn, que lleva invertidos un buen puñado de cientos de millones de dólares, ¿qué motivos pueden tener para urdir una trama así?

– Para eso estás tú. ¿No eres ahora una espía? – volvió a emitir una de sus risas estridentes -. Ya tienes un enigma más que descubrir.

– Déjate de chorradas, hermanito. No te rías de este asunto, que es muy serio.

– Mary Fishers, ¿dónde está tu sentido del humor? – Alec Fishers adoptó una actitud sensata, consciente de la importancia del tema que estaban tratando y procuró reflejar en su cara la serenidad que precisaba aquella situación -. La vida es peligrosa en sí misma, hay que afrontarla con alegría.

– Perdona, Alec. Como siempre… tienes razón. Sólo es que esta situación me tiene muy preocupada y, a veces, no me comporto con la racionalidad exigida.

– Pues, tienes que dominar tus impulsos y actuar fríamente, calculando todas las posibilidades antes de tomar una decisión – intentó que Mary recobrara la credibilidad en sí misma para que pudiera afrontar la peligrosa misión que la tenía secuestrada.

– Don Genio, ¿qué se te ocurre ahora? ¿Por dónde podemos empezar?

– Jajaja… eso es nuevo, me gusta – ambos se reconfortaron con unos segundos de risa por la ocurrencia de Mary. Ella se sintió aliviada y notó cómo la rigidez que apresaba a todo su cuerpo, por entonces, cedía para dejar paso a una laxitud que le resultaba placentera. Aprovechó aquel tiempo muerto para retirar los platos y la comida sobrante. Del frigorífico cogió el tiramisú y sirvió dos raciones generosas -. Un diez, Mary, me gusta ese apelativo. ¿Has terminado ya la historia? Porque cada vez me sorprendes con algo nuevo.

– ¡Espera! ¡Quizás queda por contar un detalle más! Como es preceptivo, tuve que ir a informar a Christopher Norton sobre los resultados preliminares del proyecto.

Mary Fishers acariciaba su pelo y lo peinaba hacia atrás con un movimiento grácil de sus manos, recobrando su cara la expresión perspicaz y cautivadora, llena de vida y de ganas de luchar. Luego, llevó su puño cerrado hacia el mentón, lo frotó suavemente, pensativa y añadió:

– Sí, puede ser…

– ¿Qué pasó, Mary?

– No sé. Había algo extraño en él. Parecía reflexivo, como si todo lo tuviera preparado de antemano. Primero malhumorado, luego montó el numerito, desaforado, fuera de sí, y al final adoptó una postura amenazante. Parecía disfrutar de mi fracaso y se regodeaba echándomelo en cara, aduciendo que yo era la única culpable del fracaso del Proyecto. Ahora que lo pienso – continuó ella recordando -, juzgando su comportamiento, pudiera ser que se alegrara de que la vacuna no fuera un éxito, ya que gozaba a mi costa.

– ¿Cómo son vuestras relaciones?

– Ni bien ni mal. Jerárquicamente él es mi superior, aunque hay otros por encima de él, sobre todo Arthur Sullivan, con el que creía tener una relación muy cordial. Por desgracia, parece que todo fue un engaño – entonó ella con tristeza y desencanto.

– Al principio, me contaste que fue Arthur Sullivan quien te hizo la propuesta del espionaje contra Jeff Colleman. ¿No es así?

– En efecto.

– Creo que esto es más sutil de lo que imaginaba.

– ¿Qué me quieres decir?

– Que estamos ante una conspiración bien urdida y perfectamente planeada, donde diferentes personas realizan el papel que previamente se le ha asignado. Arthur Sullivan, Christopher Norton, Pascale Carter, y quién sabe si no te toparás con alguna otra sorpresa desagradable.

– Puede ser – asintió ella.

– Tienes que estar atenta a cualquier acontecimiento. Estás en peligro y lo malo es que no sabemos de dónde va a venir.

– No te preocupes. Ya estoy preparada.

– Hay muchos cabos sueltos que tenemos que investigar. En su momento, iremos uniendo y colocando cada uno en su sitio. Y al final, con un poco de suerte podremos desenmarañar este complot.

Los ojos azules de Alec Fishers, pequeños bajo unas cejas poco pobladas y bien delimitadas, quedaron difuminados en el mar de ideas en las que estaba inmerso. Procuraba aparentar calma y dominio de la situación, pero la verdad es que su incertidumbre se acrecentaba con cada acotación de Mary. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. Él, un informático, y ella, una médica dedicada a la investigación, inmersos en una trama con trazos surrealistas. Él, que venía a pasar unos momentos agradables con su hermana, se veía ahora atrapado en una trama por mor de las revelaciones de ella. Era consciente del peligro que corrían, pero su deber era socorrer a Mary y ayudarla en todo aquello que estuviera en sus manos. Sabía que estaba sola y, por lo tanto, él no la abandonaría.

– ¿Qué sugieres? – interrumpió ella sus pensamientos, mirándolo a los ojos, expectante.

– Lo primero que debemos hacer es averiguar si tu vacuna es un éxito o un fracaso y a partir de ahí elaborar una estrategia que nos permita salir airosos de esta peligrosa situación – por primera vez uno de los dos pronunció la palabra peligro. Era algo inherente, pero los dos, conscientemente, habían obviado su reconocimiento. Ahora ya no había tiempo para soslayar la realidad, sino que tenían que enfrentarse a ella conscientes de todos los peligros, problemas y consecuencias que se les avecinaban.

– ¿Cómo lo haremos? – musitó ella, impregnada de la serenidad y seguridad que percibía de su hermano.

– Tengo una idea. Creo que dará resultado – afirmó, tajante.

– Te escucho.

– Estoy seguro de que los datos del Proyecto Mgen1702 han sido manipulados y no me queda otra opción que averiguarlo. Tengo que ir a tu despacho, como en otras ocasiones, y escudriñar todos los recovecos del programa 4GLium hasta que encuentre si ha sido manipulado después de haberlo pirateado o, bien, si ya estaba concebido así desde un principio – a veces, las palabras se le atascaban y éstas no se correspondían con la fluidez de sus ideas. Pensaba muy rápido y eso le permitía generar una gran cantidad de conceptos, por lo que en ocasiones, hacía pausas breves. En otras, una palabra se le resistía y a fuerza de reiterar en la vocal o en la consonante que se resistía a ser pronunciada, conseguía completar la palabra iniciada. Mientras que, en otras ocasiones, las frases se sucedían una tras otra, sin interrupción, como una exhalación.

–  ¿Cuándo lo intentamos?

– Primero quiero estudiar el programa que instalé en tu ordenador y ver el análisis que hace de los resultados de la Doctora Galloway. Una vez hecho esto, ya estaré preparado. Tú me tienes que indicar cuándo es el momento más adecuado.

– Hoy es miércoles. Los sábados por la mañana son los días que menos gente hay en el laboratorio, por lo que podremos trabajar con tranquilidad y, Dios quiera, que con seguridad – era creyente y cierto tipo de expresiones las utilizaba con frecuencia -. ¿Estarás preparado para el sábado?

– Por supuesto. Además, tengo ganas de hincarle el diente a ese programa.

– ¿Necesitarás mucho tiempo en mi despacho?

– ¿Por qué?

– No me fío. No quiero que te vean mucho tiempo por allí. No quiero inmiscuirte, ni que piensen que andas husmeando por allí – afirmó ella, con la intención de proteger a Alec y evitarle, en la medida de lo posible, que lo consideraran enterado de la misión de ella.

– No lo sé. Depende de la suerte y de lo que vaya encontrando. No obstante, no creo que me lleve más allá de una hora.

– Está bien. Luego, si no tienes ningún compromiso, podríamos pasar el día en la playa. ¿Qué tal Malibú? – propuso ella, al tiempo que esperaba una respuesta afirmativa de él.

– Me encantaría pasar el día contigo en la playa y hablar de todas nuestras cosas. Pero con una condición…

– ¿Cuál? – indagó ella, como si en el último instante él fuera a rechazar su proposición.

– Que yo invito a comer.

– Acepto – respondió Mary, con un suspiro de placer.

– Porque soy consciente de que te has gastado una fortuna en esta comida. ¿Estoy en lo cierto?

– Digamos que ha merecido la pena. ¿No crees?

– Ya lo creo. Y te mereces un diez. La comida ha sido perfecta y tu maravillosa historia, con metáfora incluida, jajaja… un crucigrama que mi curiosidad anhela descifrar.

Después, Alec solicitó un taxi por teléfono y mientras llegaba dedicaron unos minutos a hablar de sus padres, Terry y Nicole Fishers.

La despedida tuvo lugar bajo el marco de las advertencias mutuas. Intercambiaron expresiones de cuidado, seguridad y precaución y al final un deseo mutuo: suerte.

Estaban más perdidos que cualquier político cuando comenzó la dichosa pandemia.

Mucha paja y poco grano, osease, eran como dos pardillos intentando encontrar agua en la luna o dos listillos que ahora estaban pringaos hasta el cuello.

¿Y si te sorprendieran?

¡Con qué cara te quedarías?

¡Eh!

¿No dices nada?

¡Bueno!

Te lo tendré que contar en el siguiente capítulo…

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el décimo capítulo de LA VACUNA: una novela que te estoy publicando en este Blog por capítulos.

Aquí te dejo los enlaces a los capítulos anteriores, para que los puedas leer:

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