LA VACUNA: Capítulo 10, DOS HERMANOS CONTRA EL COMPLOT

A última hora se entretuvo más de la cuenta y Mary Fishers aceleró para volver a casa. Acudió deprisa a la tienda y compró unas exquisiteces para agasajar a su hermano. Cuando llegó a casa dejó las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina. Fue al salón, cogió el jarrón de bohemia y puso en él un poco de agua. A continuación, con delicadeza, colocó dentro los lirios de flores blancas que había comprado en la floristería Fleurs Du Jour antes de llegar a casa. Metió en el frigorífico la comida y el vino, y se dispuso a preparar el filet mignon al mismo tiempo que acondicionaba la mesa en el salón.

Minutos después llegó su hermano y lo recibió con un par de besos y un prolongado abrazo, durante el cual se estremeció recordando experiencias vividas de niños y con la paz y alegría que él emanaba. Necesitaba hablar, necesitaba confesar, necesitaba confiar y Alec era la persona que le ofrecía toda la seguridad que precisaba y la única que la podía ayudar.

―Estás temblorosa, hermanita. ¿Qué sucede?

―No es nada, sólo que cada vez que te abrazo me emociono ―respondió ella, con palabras entrecortadas―. ¿Has venido en tu coche?

―No. He cogido un taxi. Es más seguro.

―Sigues sin atreverte, ¿no es cierto?

La parálisis cerebral infantil le había afectado a Alec fundamentalmente a los miembros izquierdos. La movilidad del brazo y antebrazo izquierdo era buena, pero al estar los músculos levemente atróficos, la fuerza la tenía disminuida, los dedos de la mano algo flexionados y con gran dificultad conseguía extenderlos. Las alteraciones anatómicas similares en el miembro inferior izquierdo hacían que la rodilla estuviera ligeramente flexionada y para caminar apoyaba casi con exclusividad el antepié. La espasticidad era muy ligera, por lo que no le impedía la coordinación de movimientos.

―No. Es una forma de evitar poner en peligro a los demás, ja, ja, ja… ―Alec se dejó llevar por su risa estentórea.

―No te creo, te burlas de mí.

―Vale, es una broma.

―Tienes que ser fuerte y afrontarlo. Tu coche está preparado especialmente para tus características. Sólo tienes que conducir con cuidado. Eso es todo ―propuso ella, mirándolo a los ojos, intentando convencerlo.

―De acuerdo, te prometo que lo intentaré ―asintió él, con voz gutural. La parálisis también estaba patente en los músculos faciales. Hablaba con sonidos fuertes, con tono elevado, intentando vocalizar cada palabra. Así mismo, en los ojos tenía un tic muy leve que se manifestaba a menudo con guiños de forma intermitente.

―Venga, vamos. La comida ya está preparada. Ayúdame a traerla.

Se dirigieron a la cocina a través del pasillo. Mary comenzó a sacar del frigorífico la comida, dejándola sobre una mesa. Alec, haciendo gala del hambre que tenía, preguntó:

―¿Qué has comprado?

―Todo lo que a ti te gusta ―respondió ella con convicción.

―Veremos si es verdad. Luego te pondré nota ―y rió de nuevo con sonoras carcajadas.

Entre los dos prepararon la mesa, como cuando niños. Las bromas se sucedían una tras otra, cómplices en torno a la unión fraternal y dejándose llevar por el apoyo sustancial que precisaban el uno del otro. Entre risas, cuando Alec simuló que se le caía la botella de vino, y en un escorzo la recogía, se sentaron en la mesa.

―Ha quedado bien. ¿No?

―¿El qué?

―La mesa ―dijo Alec, mientras miraba satisfecho el aspecto que presentaba. El mantel y las servilletas de lino blanco. La cubertería de plata, que había comprado durante unas vacaciones en Acapulco. La vajilla de porcelana y los vasos de un cristal transparente perfecto. La mesa estaba presidida en el centro por el jarrón de bohemia con los lirios y los distintos platos esperando a ser engullidos.

―Por ahora, un nueve ―a Alec le gustaba poner nota a todo, ya formaba parte de su personalidad.

―Gracias ―sonrió ella y acarició la mano de él sobre la mesa, en gesto protector.

―Bien. No sé. ¿Por dónde empezamos?

―Si estás de acuerdo, empezaremos con los caracoles de Borgoña ―propuso Mary Fishers. Ante el gesto afirmativo de él, los sirvió en los dos platos.

―¡Hum…! ¡Qué ricos! Un diez ―dijo él, levantando el puño cerrado con el pulgar hacia arriba―. Quieres hablar. ¿No es cierto? Vamos, te escucho.

―La verdad, es que no sé por dónde empezar. Es todo tan raro.

―Empieza por el principio. No tenemos prisa, así disfrutaremos lentamente de la comida.

―Está bien. Todo comenzó en España, durante el Congreso ―Mary Fishers le contó todo, de forma pormenorizada, mientras su hermano la escuchaba atentamente. A veces ponía énfasis en sus palabras, mientras que en otras la desidia y la abulia eran las dueñas de la situación. Hablaba y hablaba y apenas si comía, mientras su hermano se afanaba en atrapar y devorar los caracoles, asintiendo a los comentarios de ella―. Ahora estoy en un mar de dudas. No sé si he hecho bien en aceptar.

―Francamente, Mary, no te quedaba otra alternativa. Te prepararon una encerrona y tú no podías escapar.

―Bien, ahí no se termina todo, espera que te cuente ―añadió ella y se dispuso a retirar los platos de los caracoles.

―¡Todavía queda más!

―Hermanito, no he hecho más que empezar ―añadió ella, mientras colocaba dos platos limpios en la mesa.

―Vamos, sigue. Me muero de curiosidad ―dijo él, con la paleta en la mano, dispuesto a untar el foie de pato D´Artagnan sobre el croissant Almond, que previamente había cortado en dos mitades idénticas.

―Bien, eso por una parte. Luego está Pascale Carter.

―¿Quién es esa? ―interrumpió él.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

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