LA VACUNA: Capítulo 1, UNA PROPUESTA PELIGROSA

LA VACUNA:  Capítulo 1,  UNA PROPUESTA PELIGROSA

Te voy a contar una historia que no quiero que se la cuentes a nadie.

– Pero, ¡quién se ha creído este tío para decirme a mí lo que tengo que hacer! – seguro que estarás pensando.

¡Alto ahí!, ¡Sooooooh!

Te voy a narrar una trama acerca de la investigación de la vacuna contra la Covid-19, sí, la enfermedad que está producida por ese virus de nombre tan rimbombante al que llaman SARS-CoV-2, al que los científicos le podían haber puesto un nombre más facilito para que todo quisque lo identificara a la primera de cambio.

¡Joooouderrrr! Es que lo podían haber llamado VRA, esas siglas tan bonitas que tanto les gusta utilizar a los médicos para que nadie los entienda y que lo mismo podría significar virus del resfriado acojonante que vamos a robar un automóvil o VNM para ser traducido como virus de la neumonía mortífera o voy a necesitar más money.

Y, ahora, te voy a hacer spoiler, ¡para chincharte!: el descubrimiento de la vacuna, que casi todo el mundo espera como agua de mayo, es una historia de espionaje científico entre dos grandes laboratorios farmacéuticos, una trama urdida para enriquecerse en la bolsa y que puede poner en peligro la salida al mercado de dicho producto.

Si te apunto, ya de antemano, que todo ello está aderezado con una historia de amor…

¡Toma ya!

Igual piensas que es demasiado para tu body, que no te lo vas a creer o que vas a hacer lo que te salga de los mismísimos y se lo vas a contar a quien te dé la gana.

Así que solo tienes dos opciones: dejas de leer y me mandas a hacer puñetas o sigues leyendo porque la curiosidad te corroe.

Por lo tanto, voy a comenzar con el relato, porque ya te estarás hartando de tanta monserga y preámbulo.

¡Ahora bien!

Luego no me preguntes cómo me he enterado de tooooodo… Porque no te lo voy a contar.

En fin.

¡Ahí va!

Bajó del taxi apoyando suavemente sus pies sobre el asfalto. Con paso firme subió cada uno de los escalones del Palacio de Congresos que se alzaba majestuoso ante ella. Era uno de esos edificios modernos marcado por la originalidad y la funcionalidad de su arquitectura.

Cruzó el umbral y ante sus ojos quedó el vestíbulo, sostenido por altas y esbeltas columnas. Unos ventanales amplios, allá en lo alto, invitaban a la luz solar a iluminar toda la estancia para dotarla de una transparencia serena. El sonido de sus tacones sobre el suelo de mármol travertino se fundía en perfecta sintonía con la música ambiental.

Mary Fishers caminaba con la autosuficiencia que le confería ser una de las pioneras en el campo de las vacunas contra el Coronavirus SARS-CoV-2. A su alrededor, otros científicos también acudían con ilusión al Primer Congreso Mundial sobre la COVID-19.

Y ahora seguro que estarás pensando otra vez:

– Este malhablado ahora se pone fino, en plan escritor. ¡Pero si parece que me está relatando una novela!

¡Bueno! Puedes pensar lo que quieras, que yo voy a lo que iba, osease, a lo mío.

Cerca de una amplia escalera estaban colocadas varias mesas. Una de información, otra de acreditación y una última de documentación. Mary Fishers se dirigió con rapidez a la mesa de acreditación. Tres hileras de personas la rodeaban y se colocó en la fila central, manteniendo la distancia de seguridad. Cuatro congresistas delante de ella se acreditaron con prontitud y pronto llegó su turno, mientras la fila de su derecha no avanzaba por un problema con la inscripción de un doctor japonés.

– Doctora Mary Fishers – dijo ella con seguridad.

– Un momento por favor. Sí, está usted inscrita. Aquí tiene su tarjeta de acreditación. Si es tan amable, pase a la mesa número tres para recoger toda la documentación del congreso – respondió la azafata.

Mientras recogía la acreditación notó la mirada furtiva de un señor de la fila de al lado. Estaba situado detrás del doctor japonés. Ella sabía muy bien de quién se trataba, a pesar de la mascarilla que llevaba puesta, pero pasó cerca de él sin mirarlo y se dirigió hacia la mesa de documentación.

Él la había observado atentamente, evaluando cada uno de los detalles de su figura. Pelo castaño claro, fino y sedoso, peinado con la raya en el centro de su cabeza, que volaba libre en el espacio con los movimientos de su cuerpo. Contempló sus ojos de color verde, para después imaginar unos pómulos maquillados con un colorete de tonalidades suaves y labios carnosos en tono carmín, escondidos tras la mascarilla. En su cuello una gargantilla engarzada con cuadrados, iguales que los pendientes, en los que alternaba el oro amarillo y blanco. Su indumentaria era de aspecto elegante y realzaba su belleza natural. Vestía una camisa de seda de color beige claro, falda que envolvía sus largas y delgadas piernas, deslizándose hasta encima de sus rodillas y, ceñido a su cintura, un cinturón de tela estampado igual que la falda. Colgado de su hombro izquierdo viajaba un bolso de piel, rojo, grande, con detalles esculpidos en su cierre.

Se acercó a la mesa siguiente a recoger la documentación y de nuevo tuvo que guardar su turno.

– Buenas tardes, señorita Fishers – la saludó con respeto y admiración el Doctor Hodgkins.

– Buenas tardes, Dr. Hodgkins. Usted siempre al acecho de la ciencia. Tengo entendido que sus estudios sobre la vacuna de la COVID-19 marchan por buen camino – contestó ella con ironía.

– No tanto como los suyos, ni tan bien como yo quisiera – le espetó con desaire.

Se despidió de él y comenzó a caminar, erguida y desenvuelta, sabiendo que su presencia no pasaba desapercibida. Las personas que pasaban a su lado la saludaban y ella, con cortesía, respondía y les sonreía. No en vano, éste era el primer Congreso Mundial sobre el Coronavirus SARS-CoV-2 y a él acudían los científicos más prestigiosos del mundo. Eran la élite, un pequeño y minoritario grupo de investigadores donde todos o casi todos se conocían, y en el que cualquier cara nueva era motivo de desconfianza, porque significaba que esa persona había obtenido para su laboratorio un descubrimiento, de tal magnitud y relevancia, como para relegar a los demás a un segundo plano. La lucha por ser el primero en obtener la vacuna de la COVID-19 había dado paso a una carrera de velocidad y de obstáculos en donde todo estaba permitido. Se trataba de una guerra de guerrillas, pura de anarquía, en la que todos luchaban contra todos.

Y, ahora, una pausa de siete minutos, pero sin publicidad, para que los dediques a lo que tú quieras.

 

 

Llegó a la cafetería. Ojeó el ambiente y observó que desde una mesa situada delante de un ventanal de cristal, un señor le hacía señales con una mano. Se trataba de Arthur Sullivan, Presidente Ejecutivo de Laboratorios Microgensyn, de sesenta y cinco años, pelo blanco lacio que dejaba ver una incipiente calvicie, mirada y actitud circunspecta, trato respetuoso y de exquisita elegancia en el vestir.

Junto a él, estaba sentado Christopher Norton, bioquímico, de cuarenta y seis años, Director de Proyectos de Investigación de Laboratorios Microgensyn y especializado, sin el menor rubor, en hacer suyos los inesperados descubrimientos científicos de los demás.

Cuando ella se acercó, los dos hombres se levantaron.

– Buenas tardes señorita Fishers, me encanta que sea usted siempre tan puntual – le dijo ceremoniosamente Arthur Sullivan, estrechándole la mano.

– Buenas tardes. Realmente hoy es un día maravilloso para la ciencia – contestó ella.

– Y crítico… para Laboratorios Microgensyn – repuso el Doctor Norton, con ánimo de iniciar un determinado tema de conversación.

– No le comprendo, Chris. ¿A qué se refiere? – dijo Mary Fishers, dirigiéndose a él con cordialidad, aunque sabía que le molestaba que lo llamara así, porque era su superior jerárquico. Sólo en alguna ocasión lo llamaba de esa manera, en tertulias y sobre todo si estaba presente el Sr. Sullivan, con quien se sentía protegida.

– Mire a su alrededor, ¿qué le sugiere esta situación? – El Dr. Norton nunca hacía concesiones. Un método muy normal en él, tal como había aprendido, consistía en responder a una pregunta con otra pregunta. De esa forma tan sutil intentaba conseguir una opinión.

Mary Fishers movió lentamente su cabeza. Observó las mesas que estaban a su alrededor, el lento discurrir de las colas en el vestíbulo, la escalinata que ascendía al anfiteatro del salón principal y a cada una de las personas que alcanzaba con su vista. Luego, contestó:

– Creo… que estamos rodeados de científicos. Más bien, diría yo, que toda la ciencia sobre la COVID-19 se concentra hoy aquí.

– Científicos, pero también personas – interrumpió sin dejarla terminar el Dr. Norton.

– Sí, personas que han estado todos estos meses estudiando e investigando, para exponer sus descubrimientos durante estos días de congreso – respondió rápidamente Mary Fishers y tras un silencio volvió a preguntar – A propósito, ¿por qué es un día crítico para Laboratorios Microgensyn?

– Mary – respondió Arthur Sullivan -, nuestra empresa es pionera en la investigación sobre la COVID-19. Tenemos en el mercado un fármaco que se está utilizando en su tratamiento y nuestro proyecto de vacuna está muy avanzado. Somos los más importantes en ventas. Laboratorios Microgensyn son el número uno.

– Correcto. Todo el mundo sabe que es así. Y por eso nos respetan.  No entiendo a qué viene esa preocupación – dijo Mary.

Como buena investigadora, Mary Fishers quería saber más. La habían provocado con una aseveración y posteriormente con una pregunta. Era obstinada y por eso le intrigaba conocer el trasfondo de las cuestiones cuando se sentía interrogada. Se desenvolvía con primor en el arte de la conversación. Sabía concretar, matizar, parafrasear y exhortar. Conocía y utilizaba a la perfección las técnicas del marketing lingüístico.

– Hoy somos los primeros, pero probablemente después de este congreso ya no lo seamos – el Doctor Norton, como siempre y de forma sagaz, creaba incertidumbre.

El camarero los interrumpió con educación y comenzó a servir lo que habían solicitado. Un tiempo muerto que aprovechó Mary Fishers para repasar mentalmente todo el diálogo y realizar un diagnóstico de la conversación. Mientras le servían el café, miraba con fruición a sus jefes. Posteriormente, abrió la bolsita de azúcar, dejó caer sólo la mitad, la dobló con pulcritud y comenzó a girar la cucharilla dentro de la taza para endulzar el café y una situación que se adivinaba difícil.

– Mary, los científicos más prestigiosos del mundo, que están investigando acerca de la COVID-19, se encuentran reunidos en este Palacio de Congresos. Al mirar a su alrededor, ¿no ha tenido la sensación de encontrarse en medio de un nido de espías? – la voz de Arthur Sullivan se tornó seria.

– ¡Espías! – exclamó Mary Fishers, incrédula y esbozando una leve carcajada -. ¿Cómo puede usted sugerir eso?

Arthur Sullivan se sintió ofendido. Nunca realizaba un comentario al azar. Sus palabras, meditadas, aún con doble sentido o cierta ironía, siempre tenían razón de ser. Tomó de nuevo la iniciativa y esta vez su alocución reflejó un matiz más grave.

– Dra. Fishers, todo científico debe ser un buen espía. Todo este tumulto está perfectamente sincronizado. Usted ve que todos van y vienen, se detienen, intercambian unas palabras, se saludan y se despiden. Pero… todos están alerta, todos están escuchando. Un buen científico tiene que saber escuchar. En las ponencias, en las comunicaciones y en las mesas de trabajo se expone todo aquello que ya es conocido. Sin embargo – cada vez hablaba más lentamente Arthur Sullivan – el Congreso se vive en los pasillos, en los hoteles y en los restaurantes. Un simple desliz sobre una nueva línea de investigación, en una conversación fútil, puede ser escuchado por un espía científico y poner en marcha toda la maquinaria de investigación de su laboratorio, para adelantarse en el descubrimiento de una nueva molécula o de una vacuna.

– Corre el rumor – tomó la palabra el Dr. Norton – que Jeff Colleman y su grupo de colaboradores han descubierto, por fin, una vacuna eficaz contra la COVID-19.

– Sí, corre el rumor – agregó Mary Fishers.

– Si eso fuera verdad, Laboratorios Bioconn se asegurarían la primacía mundial durante mucho tiempo en la industria farmacéutica – aclaró el Dr. Norton.

– Tenga en cuenta que ese lugar privilegiado sería temporal, ya que nuestro proyecto de vacuna contra la COVID-19 está muy avanzado y dentro de tres semanas, aproximadamente, vamos a saber que también es eficaz – sentenció Mary Fishers.

– Tres semanas es mucho tiempo – tomó de nuevo la iniciativa Arthur Sullivan -. Estamos en guerra contra esta enfermedad y cada día que pasa es un tiempo que no debemos despreciar.

– ¿Estamos en guerra? – Mary Fishers no salía de su asombro – ¿qué intenta decirme, señor Sullivan?

Mary, que estaba apoyada en el respaldo de la silla, se incorporó hacia delante y fijó sus ojos sobre la mirada de Arthur Sullivan. Sabía que en estos momentos pasaba al ataque.

– Mary, desde hace varios meses asistimos a una guerra médico-científica contra la COVID-19 – Arthur Sullivan había cambiado el tono de su voz para intentar crear en la conversación una empatía cordial -. Como investigadores, debemos intentar detener esta pandemia y proporcionar a los pacientes un tratamiento definitivo. Bajo el punto de vista científico, hay un Premio Nobel que está esperando a la persona que descubra la vacuna de esta enfermedad.

– ¿Y comercial? – preguntó Mary.

– Hasta ahora, son miles de millones de dólares los que se han necesitado para tratar a los pacientes que han contraído esta enfermedad. Es un pastel muy jugoso para la industria farmacéutica. Con cada nuevo producto que salga al mercado, las ganancias de dinero para ese Laboratorio serán indecorosas. Las acciones en la bolsa subirán. Pero, cuando eso suceda, habrá otra empresa que pierda dinero – apostilló Arthur Sullivan.

– Por tanto, si son ciertos los rumores, y sale al mercado la vacuna de Jeff Colleman, Microgensyn dejaría de ganar muchísimo dinero – el Dr. Norton intentaba reconducir la conversación.

– ¡Estoy en ello! – Mary asintió.

– ¿Conoce usted al Dr. Colleman, Mary? – preguntó Arthur Sullivan.

– No – contestó ella.

– Pero, a través de revistas científicas, sí que han mantenido cierta polémica – inquirió Arthur Sullivan.

– Sí. En una ocasión, él publicó un artículo científico y yo realicé unos comentarios mediante una carta al director de la revista. Él no estaba de acuerdo con mis postulados, ¡no le sentaron demasiado bien! y redactó una réplica. En otra ocasión, fue un artículo mío el que él criticó, y que, por supuesto, yo intenté rebatir – expuso satisfecha Mary Fishers.

– El Dr. Colleman presenta en este congreso una Ponencia demasiado interesante. Una teoría sobre la génesis de una vacuna contra la COVID-19  mediante la utilización de plásmidos – dijo Arthur Sullivan.

– Tenemos informaciones muy precisas de que la vacuna que ha desarrollado el Dr. Colleman en Bioconn está basada en la utilización de plásmidos. Obviamente, el Dr. Colleman, sólo hablará de su teoría y no va a exponer públicamente, en este congreso, que ya tiene en su poder la vacuna más esperada del siglo XXI – expuso Christopher Norton.

De nuevo tomó la palabra Arthur Sullivan y con una serenidad pasmosa habló a Mary Fishers:

– Microgensyn piensa que es usted la persona idónea para llevar a cabo un nuevo Proyecto de Investigación.

– ¿De qué se trata? – preguntó halagada Mary, ya que la investigación era su vida.

– Queremos que conozca al Dr. Colleman. Que intenten dirimir sus polémicas. Que sea amable con él. Queremos saber si su teoría es cierta. Lógicamente, usted contará con todo el apoyo que precise para averiguar si existe esa vacuna – Arthur Sullivan estaba siendo muy explícito.

De pronto, los ojos de Mary Fishers se abrieron de par en par. Su rostro expresó una seriedad inquietante y sintió en todo su cuerpo la tensión del momento. No sabía qué decir. Por primera vez en su vida tenía la mente en blanco. Fueron unos segundos infinitos. Poco a poco la ira fue apoderándose de ella y atinó a decir furiosa:

– ¿Me está proponiendo que me convierta en una espía?

– ¡Puede usted llamarlo así! – respondió Arthur Sullivan.

El gran afecto que sentía Mary Fishers por Arthur Sullivan desapareció súbitamente y la protección que ella sentía de él se esfumó en ese instante, así como la complicidad que percibía en la relación entre ambos. No podía creer lo que estaba escuchando. Ella conocía muy bien a Arthur Sullivan. ¡No podía ser ese su comportamiento! Y esa forma de expresarse, cruel, ruin, miserable, tampoco. Igual ella lo tenía idolatrado por la imagen paterna que se había formado de él, de ese padre que había perdido, que nunca quiso perder y cuya personalidad veía reflejada en él. Aunque, en realidad, simplemente fuera la estampa de un hombre de empresa cuyo rol estuviera desempeñando fielmente con ella, también en estos momentos.

Armándose de valor y con actitud provocativa, Mary Fishers preguntó:

– ¿Y si me niego?

– Usted sabe perfectamente que no puede negarse. La viabilidad de Microgensyn depende de esa vacuna. Además, usted codicia el Premio Nobel y no va a permitir que nadie se lo arrebate, y menos por tres semanas – Arthur Sullivan sabía que Mary era ambiciosa y conocía perfectamente los resortes que debía utilizar para conseguir que ella aceptara.

Mary Fishers se sentía atrapada, herida y utilizada. Podía decir que sí y salir adelante. Podía decir que no y truncar una carrera de tantos años de esfuerzo. Se hizo un silencio sobrecogedor. Sus contertulios la observaban absortos. Simplemente esperaban una decisión afirmativa. Y ella lo sabía. Sabía que no se podía negar. Había comprendido el mensaje sutil de Arthur Sullivan, pero quería ponerlo en evidencia. Por primera vez estaban de tú a tú y quería que fuera Arthur Sullivan quien transmitiera los trapos sucios.

– ¿Qué se supone que debo hacer? – Mary no quiso responder con un “de acuerdo”, ni con ningún gesto que denotara su OK, porque era una decisión que ya habían tomado por ella.

– Usted es joven, atractiva y muy inteligente. Debe ganarse la confianza del Dr. Colleman. Finja que colabora con él. Finja que le gusta, que congenian. Es muy importante, ya que usted tendrá que acceder a Laboratorios Bioconn y sustraer el proyecto de vacuna. De esa forma retardaremos su salida al mercado en aproximadamente un año y usted conseguirá, mientras tanto, su objetivo.

En su alocución, Arthur Sullivan se expresó sin titubeos y prefirió utilizar la palabra sustraer por robar.

– ¿Y si fracaso? ¿Y si me descubren? – el temor acorraló por primera vez en su vida a Mary Fishers.

– Fracasaría usted. En ese caso, Laboratorios Microgensyn emitiría una nota de prensa explicando que debido a su afán de protagonismo y de reconocimiento de prestigio científico, la Dra. Fishers había tenido que ser relegada de sus funciones al frente del Departamento de Investigación de Vacunas de Microgensyn, como consecuencia del penoso incidente relacionado con el espionaje científico contra Bioconn – le respondió de forma clara y sin rodeos Arthur Sullivan.

Mary Fishers dejó caer su espalda sobre la silla. El pundonor y la autosuficiencia con la que había entrado al Palacio de Congresos, se transformaban ahora en un gesto pusilánime. Suspiró profundamente, queriendo inhalar todo el oxígeno que flotaba en el ambiente y dejó caer su cabeza hasta poner en contacto su mentón con el esternón. Pensaba. Procesaba rápidamente todas las imágenes llenas de sentimientos que fluían por su mente. Rabia, coraje, indignación y perplejidad fueron estremeciendo su gesto.

Todo el presente resumido en una conversación y todo un futuro pendiente de una decisión. Siempre había sido obstinada, decidida y combativa, nunca se amilanaba fácilmente. Sólo por un instante se dejó llevar por la emoción y no supo controlarse. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sus manos estaban temblorosas y al tragar notó un nudo que se aferraba a su garganta, como si fuera un síntoma depresivo.

Sin embargo, ni una sola expresión denotaba su estado de ánimo. Salvo su mirada perspicaz. Estaba siendo sometida a una situación límite y ello le suponía un estímulo a su orgullo herido. Volvió a retomar la situación. Al fin y como ella decía, siempre hay que manipular la realidad. De situaciones negativas hay que extraer consecuencias positivas, caminar hacia delante, dejando los prejuicios a un lado.

Volvió a tomar aire con frenesí, con decisión levantó la cabeza y esbozó una sonrisa pícara.

El Doctor Norton la miró complacido. El objetivo que se habían marcado Arthur Sullivan y él para aquella reunión ya estaba conseguido. La trama había sido urdida con una preparación exhaustiva y el momento de la comunicación, como es habitual, el oportuno. Ahora intentaría ser amable:

– ¡A propósito! Cambiando de tema – irrumpió Christopher Norton – el congreso está a punto de comenzar, ¿estará nerviosa?

– ¿Por qué he de estarlo? – contestó furiosa Mary Fishers.

– Porque cada año la Organización Mundial de la Salud elige a un prestigioso científico mundial para presentar su Informe Epidemiológico Anual. Este año ese honor ha recaído en usted – se apresuró a decir el Dr. Norton, como un detalle de amabilidad hacia la persona de Mary Fishers.

– ¡Sí! ¡Y qué! – intervino Mary, desafiante.

– Que son unas noticias muy importantes, esperadas con ansiedad por toda la comunidad científica y la base sobre la cual justificar futuros programas de tratamiento y prevención contra las enfermedades infecciosas y este año contra la COVID-19 – intentó apaciguar Arthur Sullivan.

– Sí… La verdad es que estoy muy ilusionada. Ahora, si son tan amables, me gustaría disponer de unos minutos para repasar mis notas – con esta frase, disfrazada de disculpa y llena de matices disuasorios, Mary finalizó la conversación.

Cogió su bolso, lo abrió con delicadeza y extrajo un cuaderno de papel reciclado. Tomó un bolígrafo y comenzó a repasar toda la información que momentos después tendría que exponer.

La música ambiental, en un volumen discreto, servía para crear un escenario de mesura en todas las personas que alcanzaba con su vista. Cuando leía ávidamente, escuchó una melodía nueva y todo su cuerpo se vio impregnado por cada una de las notas musicales que escuchaba, dejando volar su imaginación para refugiarse en sus recuerdos, como cuando era niña.

Estaba ensimismada. Por un momento creyó olvidar la conversación, pero de nuevo había vuelto a la cruda realidad. Era positiva. Tenía que extraer rápidamente una conclusión que alimentara su ego malherido. No caer presa en la confusión, sino planificar su futuro inmediato con objetivos tangibles y realistas.

Había girado su cabeza hacia los ventanales del Palacio de Congresos. No quería que nada ni nadie perturbara ese momento de inmenso placer que le procuraba escuchar esa canción. Miraba atenta un mar de limoneros, un horizonte de tonos verdes que desprendían un delicado aroma que a ella le recordaba algún perfume utilizado años atrás.

Generalmente, Mary conseguía lo que se proponía. Arthur Sullivan asistía por primera vez a un congreso mundial en calidad de Presidente de Microgensyn y, ese detalle, en un principio la había halagado, porque creía que acudía a avalarla con su presencia. Ella venía a la cita muy ilusionada. Sin embargo, su instinto femenino le hacía presagiar que algo no marchaba bien y desde un principio fue consciente de la emboscada preparada por sus superiores.

Le hizo sospechar el desconcertante preámbulo de la conversación. Meticulosamente organizada y con indicios maquiavélicos, indicaba que la reunión no era una más y que estaba preparada minuciosamente. Continuó en su fase central con episodios dubitativos, parafraseando, sin atreverse a concluir aquello que se ha iniciado. Como aquél que no se atreve a decir lo que ha planeado concienzudamente. Pero al final, concatenando opiniones, preguntas y respuestas, que iban poniendo entre las cuerdas a Mary Fishers, se desencadenó una ofensiva feroz para proponerle el espionaje científico. Mary, sólo utilizó aquellas cartas que podía jugar, a sabiendas de que la partida la tenía perdida. Al final no tuvo más remedio que claudicar y aceptar.

¡Joooouderrrr! La trama estaba tan interesante que no he querido interrumpir para contarte un chiste malo y que me pusieras a parir.

Yo que creía que la ciencia y la investigación era un mundo de personajes aburridos, petulantes y obsoletos, y resulta que todas las ideas preconcebidas que yo tenía se me han ido al traste, como cuando se te cae el móvil en un recipiente con agua y te quedas con cara de pasmao.

La cosa se pone fea. Científica en la cúspide de su carrera profesional, admirada por sus compañeros de profesión, guapa y atractiva, que es obligada a convertirse en espía para poder optar al Premio Nobel, es un cóctel que no puede funcionar, igual que esa cerveza caliente que te bebes en verano, a cuarenta grados, y que te sabe a rayos.

Copyright: Francisco Belda Maruenda

 

Aquí acaba el primer capítulo de LA VACUNA: una novela que te voy a publicar en este Blog por capítulos. Mi deseo, si el tiempo y mis obligaciones me lo permiten, es publicar dos capítulos cada semana.

Aquí te dejo el enlace al segundo capítulo:

Te quiero pedir un favor muy importante para mí:

Estoy muy ilusionado con esta novela, por lo que si te ha gustado el primer capítulo de LA VACUNA y piensas que le puede gustar a tus amigos o contactos, te quiero pedir que me eches una mano compartiendo este capítulo a tus amigos a través de email, WhatsApp, Facebook, Instagram, Twitter o tus demás redes sociales.

¡Te aseguro que me ayudas muchísimo!

¡Ni te imaginas cuánto!

Millones de gracias si lo compartes y un abrazo de todo corazón.

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¡Que tengas un día maravilloso!

8 comentarios en «LA VACUNA: Capítulo 1, UNA PROPUESTA PELIGROSA»

  1. La música que se oía al final del capítulo podría ser la Orquesta Cheri y «Oye como va…?? Me ha venido a la cabeza … Saludos 🤗

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    • Hola Elena, muchas gracias por tu comentario.

      La música del final del capítulo, de la que tú hablas, es una licencia literaria, una forma de hacer partícipe al lector en la novela y que pueda imaginar, mientras lee, la música ambiental que estaba escuchando Mary Fishers y hacerla propia. Así, de esa manera, cada lector escuchará una música o una canción que le traiga buenísimos recuerdos.

      Muchas gracias por leer el capítulo y espero tus comentarios en los siguientes que te responderé con mucho gusto.

      Un fuerte abrazo y espero verte pronto, cuando todo esto pase.

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  2. Madre mía «acho». Al leer el capítulo estaba en el Congreso .

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    • Hola Francisco, muchas gracias por tu comentario.

      La verdad es que se echa de menos los congresos presenciales. Pero esta pandemia pasará y volveremos a asistir de forma presencial a un congreso.

      Un saludo

      Responder
  3. Me encanta, es muy entretenida, una novela de la situación actual q engancha Enhorabuena Don Francisco… voy yaaaa a por el segundo capítulo.

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  4. Magnifica y cómo no, enganchada a esta magnífica trama , siempre me ha gustado el misterio 😉😘

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